13.03.2016

Felipe Navarro: “Quiero escribir sobre los hombres buenos, porque nadie se ocupa de ellos”

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El escritor Felipe Navarro.

El escritor Felipe Navarro.

La cita con Felipe Navarro (Málaga, 1969) es en Malasaña, en la sede de Páginas de Espuma, la editorial que ha publicado su segundo libro de relatos. Han pasado 15 años desde su anterior trabajo, ‘Las esperas’, una etapa en la que durante algún tiempo dejó de escribir, pero nunca de leer, y que le ha servido para armar un libro sugerente, reflexivo e irónico en torno a la épica de la vida cotidiana y al anhelo de felicidad.

Navarro, afable y cercano, afronta con buen talante el ajetreo de la presentación y las entrevistas, lejos de su Málaga natal, donde ejerce como abogado y enseña en la universidad. Incluso uno pensaría que es un hombre feliz. “Un hombre trabaja para contar algo y eso, lo que cuenta pero sobre todo cómo lo cuenta, genera el interés de otro hombre, y ello permite un diálogo que tiene que ver con el amor a la escritura, a la literatura. Eso es la felicidad, ese instante, ¿acaso no voy a ser feliz?”, confiesa durante la entrevista. 

Una pregunta obligada. Quince años entre el primer libro y ‘Hombres felices’. ¿Por qué decidiste dejar la literatura por un tiempo? ¿Tal vez fue ella la que te dejó a ti?

La escritura no me dejó a mí, y además no me ha guardado rencor y se ha colocado a mi lado cuando la he necesitado. El motivo por el cual dejé la escritura y dejé de pensar en la literatura -pero no, nunca, de leer- es una cuestión privada y que creo que debe seguir manteniendo ese contorno. Pero fue esa la dirección de la decisión, fui yo quien se fue, y no ella. De alguna manera, y baste con eso, intenté facilitar la tarea al destino, a cierto destino.

¿Qué te llevó a retomar la escritura?

Pues supongo que ese cambio de cromos no debió resultar al final satisfactorio para quienes manejan los destinos de los hombres, porque en cierto momento me vi ante la necesidad, diría que incluso la obligación, de contemplar el paisaje que había quedado tras aquella decisión, y no me gustó.

¿Tenías un plan?

Yo puedo hacer planes para casi todo, desde tomar el Palacio de Invierno a correr un maratón, pero no los hago para escribir. No me gusta hacer planes que luego tenga que romper. Los planes son para los funcionarios de Hacienda. Vivir no se somete a planes, y la escritura y la literatura son la vida. Las cosas confluyen, quizás porque hacemos que confluyan, o porque contamos que han confluido construyendo a su vez otra ficción para que esa confluencia sea visible; nada más.

¿A quién se lo enseñaste antes de enviárselo a tu editor? ¿Tienes lectores críticos con los que cotejar tu trabajo?

Pues el libro pasó por varias manos de amigos a quienes admiro como lectores pero sobre todo como amigos, pero no pasó completo. Fraccioné esa información, esa solicitud de opinión, a medida que la mía se acababa de conformar. Existe un modo peculiar de pedir opinión, de solicitar la intervención del otro, que es hacerlo con la esperanza secreta de que el trabajo propio se confirme. Cuando no es así son otros los mecanismos que se ponen en marcha. Pero en mi caso no es así, yo valoro muchísimo opiniones y consejos cuando los pido, por eso los pido, pero incluso cuando no los pido los oigo y valoro. Lo hago con intención de aprendizaje, de reflexionar acompañado sobre el propio trabajo, pero eso no significa que no vaya a optar finalmente por asumir ciertos errores y decidir mantenerlos. Creo que el tiempo transcurrido entre Las esperas y Hombres felices muestra que suelo ir adelante cuando tomo una decisión. Si lo que quieres son los nombres de los lectores, de los amigos que me han hecho construir el libro de manera determinada, incluyendo a mi editor, están en la nota de agradecimientos del libro.

El libro pivota en torno a dos ideas sobre la felicidad. Una se apoya en la frase de Tawfiq Al-Hakim: “El que lleva una vida feliz no la escribe y se limita a vivirla”. La otra, de Camus: “Los hombres mueren y no son felices”. Desde luego tus personajes no parecen muy felices, abrumados como están entre las cadenas de los cotidianidad, de lo banal que nos atrapa y no nos suelta. Tal vez no querías escribir porque lo que querías era ser feliz. No sé.

Bueno, que uno quiera ser feliz está más allá de la escritura o de la preparación de un arroz o de la construcción de torres Eiffel con palillos de la ropa. Yo quería ser feliz escribiendo, y quería ser feliz sin escribir, y quiero ser feliz contestando estas preguntas. Lo que no me genera tanta seguridad es que los hombres que salen en el libro no sean felices, que sean puramente infelices. Sí creo que indagan en ello, sí creo que se piensan, se cuentan en otras historias que no son la que les ocupa las manos en ese instante; se detienen a echar y echarse una mirada más detenida y más detallada, cosa que quizás no han hecho hasta ese momento. Buscan un modo diferente de acometer la resolución del conflicto, y entonces creo que el interés se desplaza del conflicto a la construcción de un nuevo enfoque. Uno a estas alturas sí puede concluir que las tareas cotidianas, banales, exigen esfuerzos heroicos. Decidir acometerlos es colocarse en camino a una nueva posibilidad de felicidad. Por eso digo que no estoy tan seguro de que no lo sean, que los personajes no sean felices o muy felices o al menos un poquito felices, más allá de lo que parezcan. No somos todo lo que parecemos.

En todos los relatos nos encontramos con un narrador muy potente. A veces incluso interpela a los personajes. Reflexiona sobre lo que hacen y por qué lo hacen, incluso explica los mecanismos de la ficción. Pero en cierta forma ‘cae’ en su propia trampa y acaba convirtiéndose él mismo en un personaje más. ¿Qué buscabas con esta implicación del narrador en la historia?

Buscaba lo que busco siempre que cuento una historia: comprender. Comprender la historia, las preguntas de la historia, a quienes preguntan en la historia. Busco explicarme y explicar, y además en ese orden. Y creo que ese es también un esfuerzo heroico -no quiero que se me malentienda- porque supone salir al camino, colocarse frente a los otros, tomarlos en cuenta, someterse a su cuestionamiento. Cuando eso sucede y ese diálogo se entabla entonces creo que también es un espectáculo digno a su vez de un nuevo relato.

Felipe Navarro.

Felipe Navarro.

Como lector, me da la impresión de que quieres ser absolutamente transparente, dejar al aire todos los mecanismos de tu escritura. “En mis relatos no hay trampa ni cartón”, pareces decir, como si quisieras quitarle cualquier posible misterio a la escritura.

Bien, eso es cierto, la pretensión de transparencia es absoluta, no es ficticia como en esas leyes de transparencia que ahora parecen estar de moda, y que al final lo que producen es una nueva máscara. Pero es incierto que ello elimine el misterio de la escritura. Una decisión narrativa incluye siempre un misterio, se coloca sobre un estrato, un sedimento de conflicto. La escritura -la literatura-, como yo la concibo, explica. Y si algo debe ser explicado entonces es que no se conoce, y lo que no se conoce, lo que aún no ha sido revelado o desvelado, es siempre misterioso. Pero además eso de la transparencia también tiene que ver en mi caso con pretensiones de honestidad y de verosimilitud. No me gustan los trucos, no me gusta engañar, no me gusta ir de farol, trabajo con lo que tengo, y con eso tengo la obligación moral de llegar lo más lejos posible. Si el resultado al final es bueno habré construido de manera verosímil una historia; si no lo es, al menos lo habré hecho de manera honesta. En ambos casos me acostaré ese día contento.

Me resulta muy interesante el diálogo que estableces con los clásicos: Argos, el mito de Sísifo. La literatura es un diálogo permanente con los libros que nos han conformado, pero no todos los escritores lo reconocen. A veces se intenta pasar por novedoso algo que se hizo hace 200 años.

Los pantalones campana se han llevado varias veces ya, y antes que Gaultier hiciese llevar faldas a los hombres ya se las puso Marco Aurelio. Todas las historias han sido contadas, porque en realidad son pocas y no son tantas las maneras de afrontarlas, y esta opinión tampoco es mía ni es original, la estoy heredando agradecido. A mí me interesa mucho el diálogo entre esas historias y entre quienes las cuentan, porque en ese diálogo nos construimos y nos sostenemos. Si alguien me recuerda que una historia similar ya se contó antes de un modo determinado no me está insultando, al contrario, me recuerda que cuando esté ante la necesidad de contar, de explicar una historia, no estaré solo, sino extraordinariamente acompañado, y eso es una gran suerte. Lo que a mí me sorprende es que no se reconozca esa deuda, o si quieres esa coincidencia, que incluso se niegue, porque o revela desconocimiento o revela deshonestidad y ambas cosas me parecen rechazables.

El libro es muy coherente y equilibrado, pero hay tres relatos que sobresalen de los demás, desde mi punto de vista: ‘Tarde de circo’, ‘La modificación sustancial de las condiciones de trabajo’ y el último, ‘¿Hacia dónde abre esta ventana?’. Juegas con la idea de que el autor está dentro del relato, en un juego en el que pareces buscar la complicidad del lector para ver qué camino seguir, qué debe ser un cuento. ¿Qué cualidades debe reunir un buen relato, según Felipe Navarro?

Gracias por lo de coherente y equilibrado. Sí es cierto que juego con esa idea del autor dentro del relato, que de alguna manera me obsesiona esa idea, pero ¡si yo supiese qué cualidades debe tener un buen relato no las contaba ni de coña, hombre! De hecho no lo sé, más allá de ciertas obviedades, ritmo, tensión, precisión, coherencia. Pero esa idea de juego sí creo que debe estar presente, creo que esa honestidad debe estar presente, que no hay que engañar ni trampear al lector -ni tampoco al ciudadano, mucho menos al ciudadano-, que si el autor o el narrador deciden pararse a pensar una determinada cuestión, si deciden detenerse a echar un vistazo a algo que de pronto exige por algún motivo su atención, el lector debe saberlo porque eso influye en el ritmo de resolución de la historia. De algún modo reclamo su ayuda, lo traigo a este lado de la escritura, le digo: Oye, echa un ojo a esto, ¿qué te parece si lo hacemos así?

En tus cuentos se percibe también una voz narrativa caudalosa, dotada de una fina ironía, de un humor sutil.

Bueno, creo que eso tiene que ver con lo que intentaba explicar antes, cómo hacer todo eso sin que ese humor y esa ironía no estén presentes y hagan más ligera la carga, por qué sobrecargar la estructura de manera artificial, es decir, inverosímil. Si uno desliza ese humor en su vida, o lo intenta al menos, no veo por qué no hacerlo en la escritura. Toda la escritura que me interesa lo contiene, está en Homero, está en Cervantes, está en Kafka, está en Cortázar, está en los hombres que firman las citas de inicio, Vilas y Fogwill, por no agotar mucho la lista; eso es lo que conserva a la literatura. La exploración, la profundidad, la intensidad, no están reñidas con el humor y la ironía y la sutileza en su uso.

Frente a la atracción del mal, que alimenta buena parte de la literatura occidental, tú pareces optar por la atracción del bien. En ese sentido, recuerdo una frase de Coetzee; dice algo así: “Es más fácil escribir sobre los hombres malos que sobre los buenos”.

Agamben habla del heroísmo del hombre común. Nadie se ocupa de esa épica, la noticia es el hombre que muerde a su perro, no el hombre que pasea con él cada día y que se acompaña con él, la noticia es Messi y no el hombre desconocido que se deja regatear por su hijo en un parque, la noticia es el hombre que pisa la Luna, pero muchos la miran cada día sabiendo que no la alcanzarán y cada uno de esos hombres tiene una historia, y a mí me interesa también y mucho esa historia. Yo estoy harto de los malos, estoy harto de los que salvan el mundo pero sólo salvan su cuenta bancaria, de los que animan a asaltar el palacio presidencial sólo para quedarse ellos a vivir en él. Yo quiero escribir sobre los hombres buenos porque nadie se ocupa de ellos, porque siendo más que los malos parecen invisibles, porque son los que sostienen el mundo. Me gusta que cites a Coetzee, que también es una deuda reconocida, porque esa cita o su paráfrasis también está anotada por mi casa en algún lugar.

¿Entre libro de cuentos y libro de cuentos te tienta la escritura de una novela o prefieres matar el tiempo de otra forma?

Prefiero leer, claro, prefiero charlar sobre lo que leo, o charlar sin rumbo ni propósito sobre lo que sea, prefiero caminar por la ciudad, prefiero hacer fotos, prefiero ir a comerme un arroz o un helado, prefiero bañarme en la playa cuando no hay nadie en la playa. ¿Tentado por la escritura de una novela? Creo que ahora ni siquiera estoy muy tentado por la idea de la escritura a secas.

Eres un atleta popular. ¿Qué semejanzas ves entre la literatura y el deporte?

En una carrera un hombre corre solo acompañado de otros que también corren con él, junto a él, delante, detrás. Eso es un diálogo, eso se parece mucho a lo que me preguntabas antes sobre los clásicos: literatura y carrera a pie son un ejercicio solitario que se hace acompañado. Es un lugar común la épica de las carreras; contienen su propia historia, su conflicto, su resolución, la crónica de un viaje que es interior a la vez que físico. Mira, hace un par de años un amigo, Jose Cervi y yo acompañamos a otro amigo a correr el maratón de Valencia. Este otro amigo, Luis Gragera, lo hacía dentro de un programa de Canal +. En la salida la gente se acercaba a él, porque le conocían de las emisiones previas del programa mientras preparaba la carrera. Y la gente le contaba su historia, estábamos allí esperando para salir, nerviosos por lo que podía suceder en las siguientes horas, y gente desconocida se plantaba delante nuestra y le decían: Hola, Luis, te he visto en la tele, ánimo, yo también vengo a correr por esto o por lo otro. Yo estaba allí frente al privilegio de contemplar cómo se construía una comunidad, y se estaba haciendo con historias, sobre relatos que pretendían explicar y justificar y generar una identificación. Luego uno corre, y la carrera a veces te hace estar delante y otras, las más, detrás, y corres solo, pero salvo que seas un tramposo ahí no hay trampa, es más, si flaqueas, si casi caes, alguien se coloca a tu lado a echarte una mano, alguien a quien no conoces de nada pero que identificas como un semejante. ¡Coño, eso se parece demasiado a la literatura, a cómo dialogan las obras y los hombres, a cómo se construye la escritura! De todos modos, simplemente es que amo correr.

¿Cómo ves el momento actual del cuento? ¿Hacia dónde debería ir el género para no repetirse, si es que lo hace?

Sobre hacia dónde deba ir creo que he te he hablado algo cuando me preguntabas por el diálogo con los clásicos. ¿El momento actual? Ya ha habido más veces un momento actual. Creo que hay excepcionales cuentistas, en todas las franjas de edad, con intenciones y preocupaciones diversas que confluyen en amar el cuento, y en respetar al cuento, y en respetarse entre ellos -y quien no lo haga no me interesa, ni él ni su obra-. Quizás pueda ser más problemática la existencia de buenos lectores de cuento, de una crítica atenta al cuento y conocedora del cuento, y de una industria editorial que conceda suficiente espacio y valoración al cuento. Yo es que forzosamente tengo que hablar de mi editorial, de Páginas de Espuma. Es un empeño homérico levantado sobre el amor al cuento. Como los negocios ruinosos no se sostienen, supongo que Páginas es el ejemplo de que empresarialmente es posible hacer algo así, y hacerlo con clase, y sobrevivir. Y ahora viene una queja tópica: el cuento no es antesala de otros géneros, me cansa bastante oír eso. A quien escribe novela, ¿por qué no se le pregunta para cuándo un libro de cuentos? O a quien acaba de publicar un ensayo, o de estrenar una obra de teatro, o de sacar un libro de poemas. El género debe ser consciente de que es un género no sólo mayor sino muy antiguo, más antiguo que otros, tan poderoso como otros, tan válido para la comprensión del mundo como otros, es decir: los cuentistas deben ser conscientes de ello, y deben ser humildes y generosos con ello, y deben ser generosos entre ellos. Una comunidad genera apoyo, lo que antes contaba sobre el correr, y genera el interés de los otros en lo que todos hacen.

 Por último, ¿eres un hombre feliz? ¿Qué es para ti la felicidad?

Un hombre trabaja para contar algo y eso, lo que cuenta pero sobre todo cómo lo cuenta, genera el interés de otro hombre, y ello permite un diálogo que tiene que ver con el amor a la escritura, a la literatura. Eso es la felicidad, ese instante, ¿acaso no voy a ser feliz?

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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