17.06.2013

Lo masculino como objeto comercial

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The expected meeting

La vida de los otros es el título de la última propuesta del fotógrafo Fernando Bayona en el programa Off de PhotoEspaña. Una investigación aséptica y a la vez llena de carga dramática sobre distintas realidades que ponen el cuerpo masculino en la posición de objeto comercial.

ALBERTO D. PRIETO

Puedes seguir al autor en Twitter: @ADPrietoPYC

Nada es verdad ni mentira, sino del cristal con que se mira. En las fotografías de Fernando Bayona el cristal parece ser el portaobjetos sobre el que posa las realidades que retrata. Este artista jiennense de 33 años nos explica de palabra que su serie The life of the other se basa en “la investigación de las diferentes realidades” que ponen el cuerpo masculino en la posición de objeto más o menos comercial.

Bayona comparte muestra con la fotógrafa Mar Cuervo: la exposición El cuerpo (in)subordinado, que permanecerá abierta hasta el próximo 25 de julio en la galería madrileña 6mas1 ( C/ Piamonte, 21.), dentro del programa Off de PHotoEspaña 2013. La XVI edición de este festival que convierte Madrid en la meca mundial de la fotografía toma como inspiración el cuerpo, y Bayona ha querido entrar por los poros al asunto.

“Las imágenes son construcciones a medio camino entre la fotografía documental y actuada”, dice. Y es en verdad como el científico de bata blanca que tras sus pesquisas, lecturas y observaciones, después de diseccionar y penetrar en todas las capas del objeto de su trabajo, nos traza un croquis de lo visto. Explicativo, didáctico, real. Pero aséptico. “El sentido lo tiene que dar el espectador; yo me limito a mostrarle lo que veo”. Para esto, para construir estas imágenes, Bayona comienza visitando a los protagonistas en sus vidas reales. “Busqué a los strippers, a los actores porno, a los chaperos; me tomé cafés con ellos, los escuché, les pregunté, estuve en sus casas, los sentí”. Porque ésa y no otra es la manera de aprender y aprehender lo que destilan sus cuerpos.

“Yo buscaba esa parte de actores que sin duda tienen todos ellos. Intuía que para habitar esas vidas tenían que construir una especie de ‘alter ego’ y actuar más que vivirlas”. Bayona se adentró en sus día a día, visitó sus escenarios, conoció sus vivencias y aspiraciones, sus alegrías y sus límites, sus miedos, todas sus miserias. Y encontró historias, verdades ocultas en un mundo de caretas.

El juego del fotógrafo, luego, estuvo en recrear la escena, darle vida. Pero decíamos más arriba que Bayona parece científico, tan esterilizado como el foco de un quirófano. Todos sus personajes están bañados por la luz, una luz potente que los envuelve en una especie de aura irreal, que a la vez que acerca los detalles aleja al espectador. Es un juego de sentimientos, una consciente toma de postura neutral.

Bayona quiere captar ese momento en que todo es sutil y puede ser muchas cosas, en el que una caricia puede ser lasciva o trágica, cariñosa o despectiva. “Recreo los escenarios lo mejor que puedo, cuido el detalle y, por suerte, donde tengo el estudio, todos me conocen y puedo contar con colaboración”. Pero el detalle al límite, como en los cuadros de los maestros flamencos, esa hiperrealidad irrealiza un poco. Lo justo para que la tragedia o la sonrisa sean decisión del espectador.

Bayona se detiene especialmente en dos imágenes: El cliente: “Es la historia de un chapero, Sergio, que vive con su novio en un piso pequeño y con tan poco poco dinero que tiene que recibir a sus clientes a la vuelta del tabique, en la cama que comparte cada noche con Amador. El perrito que comparten abrazado, el cliente… yo los presento. Quien mira, si quiere, puede oír las demandas del pagador. Toda su crudeza, pero con toda su dignidad”.

La otra es El esperado encuentro, en la que un joven se recuesta en calzoncillos junto a un anciano en ropa interior en una cama de hotel. “Es la historia de Rubén, que lleva años buscando a su padre; yo los reúno en mi fotografía, en una escena del futuro…” O no. Porque cualquiera puede interpretar que Rubén está “de servicio”.

Es así como Bayona muestra una verdad recreada, explicada sin palabras –ni falta que hacen–, pero elocuente, llena de todas las historias que ha recogido en entrevistas y visitas, y refabricada, de nuevo, con un juego entre lo real y lo representado, como las historias que cuenta: “en mis fotos están los propios protagonistas mezclados con actores, algunos incluso populares”. Es un juego de impostura que obliga a tomar postura.

Es la verdad recreada y captada. Es una ensoñación de lo sórdido. Es la vida de estos otros, a los que, si no es por las fotografías de Fernando Bayona, muchos quizá no miramos.

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