07.12.2018

Pongamos freno a la sociedad de la ansiedad: sal a la calle y mira el cielo

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Foto: Diego Lara.

Foto: Diego Lara.

Estamos entrando en unas fechas especialmente ansiosas. Y la ansiedad es miedo… Según la Organización Mundial de la Salud, cada vez la padece más y más gente. Miedo al que viene de fuera, a lo diferente, miedo a dejar de ser como somos, a perder algo, miedo a sufrir daño, miedo en definitiva a cualquier situación de cambio en un momento de la historia en que lo único que podemos dar por seguro es precisamente eso: el cambio. La consecuencia a esta incertidumbre sistémica, a este ritmo desenfrenado y a esta convulsión perpetua es una sociedad ‘ansiógena’. La viralidad de las redes está provocando además que se disparen los episodios de ataques de pánico y ansiedad entre nosotros. Así que ha llegado el momento de cambiar. ¿Cómo?

El 11 de septiembre de 2001, tal y como les sucediera a otras muchas personas que contemplaban atónitas la televisión, sufrí un ataque de pánico. Mi reacción, no obstante, no sucedió en el momento en que proyectaron las imágenes del primer impacto en diferido, ni tan siquiera se desencadenó cuando fuimos testigos, en directo, de cómo el siguiente avión se estrellaba contra la segunda torre. Ocurrió un poco más tarde, justo mientras escuchaba a un veterano presentador de telediarios que, con voz trémula, trataba de explicar lo sucedido. Fue entonces cuando me percaté de aquella música que sonaba de fondo tras la locución del periodista. Era un sonido de orquesta inquietante, con una percusión intensa y cambios bruscos de ritmo, el típico que se utiliza para ambientar una película de terror. ¿Por qué habían puesto aquel efecto? ¿Las espeluznantes escenas del atentado, el desconcierto informativo, el rostro compungido del locutor, no aportaban suficiente carga emocional? ¿Qué había pasado por la mente del realizador o del director para tomar semejante decisión? Me sentí desamparado ante la ausencia de una respuesta aceptable. Y en ese momento exploté, como si aquel sonido impactase como una tercera aeronave contra mi propia confianza. A partir de entonces y durante un largo periodo, sufrí un cuadro de ansiedad generalizada.

La ansiedad es miedo. Es algo más complejo, sí, pero en síntesis es la sensación que nos afecta en cualquier grado (inquietud, miedo, fobia, angustia, pánico) cuando nuestro sistema de alerta detecta una amenaza latente. La ansiedad, por tanto, constituye un factor necesario para nuestra supervivencia y bienestar, en cuanto que nos ayuda para actuar convenientemente en caso de peligro real (preparándonos para el enfrentamiento, la huida o, incluso, la parálisis). El problema surge cuando este sistema psicofísico se activa en ausencia de un peligro constatable o, bien, cuando actúa de una manera desproporcionada a los hechos, lo cual deriva en desajustes fisiológicos (tensión muscular, ritmo cardiaco alto, respiración acelerada…), cognitivos (una tendencia persistente a la anticipación, a focalizar un tema obsesivamente, a radicalizar conclusiones, a generalizar particularidades…) y conductuales (como una propensión al aislamiento).

Los factores que pueden originar este desequilibrio son variados y a menudo actúan combinados. Desde causas endógenas, como una predisposición genética, hasta exógenas, como un shock traumático o, en la mayoría de los casos, un desgaste de lo que podríamos llamar nuestro armazón psicológico, un debilitamiento producto de la presión ejercida por un ritmo de vida estresante, por experiencias dolorosas acumuladas y por el bombardeo de estímulos que se producen de forma interesada desde el exterior con el objetivo de generar inseguridad.

Agitar las emociones ha sido un método de control social que se remonta a las primeras etapas de la civilización. Cualquier autoridad o la propia ley se constituyen, en buena medida, a partir del miedo que suscita su capacidad de coerción. Pero la tentación de superar los límites sobre los que se legitima esa dominación ha espoleado a distintas esferas de poder –institucionales o no– a seguir atemorizando como medio para ampliar su influencia. Da igual si los argumentos esgrimidos para azuzar la emoción están o no justificados, porque la razón nunca podrá vencer a un impulso emocional. Es una apuesta segura para posicionarse o sacar beneficio. Esa es la estrategia de la publicidad, del populismo político –tan en boga hoy– pero también la de muchos medios de comunicación que últimamente han elevado el tono del relato para aumentar su público por la vía de los sentimientos. Ese sonido de fondo…

La agitación emocional se ha acentuado en los últimos tiempos gracias al potencial de interacción de las nuevas tecnologías. Nos comunicamos a todas horas y con un alcance infinitamente mayor que hace apenas veinte años. Propagar una emoción nunca fue tan accesible como en la actualidad. La viralidad es un efecto al alcance de cualquiera, las fake news corren sin control y los cruces de opiniones en redes sociales han derivado más en bullicio y enfrentamiento –cuando no directamente en crueldad– que en un debate proclive para la concordia. Un caldo de cultivo ideal para extender todo tipo de emociones y entre ellas el miedo, frente al cual estamos incluso dispuestos a sacrificar una cuota de libertad, ante la promesa –parapetada siempre tras la amenaza– de su cese. Miedo al que viene de fuera, miedo a lo diferente, miedo a dejar de ser como somos, miedo a perder algo, miedo a sufrir daño, miedo en definitiva a cualquier situación de cambio respecto a nuestro presunto ámbito de confort, en un momento de la historia en que lo único que podemos dar por seguro es el cambio. La consecuencia a esta incertidumbre sistémica, a este ritmo desenfrenado y a esta convulsión perpetua es una sociedad que podríamos calificar de ansiógena. 

La Organización Mundial de la Salud cifra en más de 260 millones las personas que padecen trastornos de ansiedad, según su informe de 2018; una cifra que se ha doblado en apenas dos décadas. Según datos de la propia OMS, así como de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en España un 10% de la población sufre este tipo de desorden. Los datos no se refieren a todas las personas afectadas en algún momento, sino solamente a aquellas que lo sufren patológicamente. Según la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), cuatro de cada diez españoles aseguran haber padecido algún episodio de ansiedad excesiva en el último año y nueve de cada diez confiesan haberse visto afectados por su preludio: el estrés.

Uno de los principales factores que inciden en un trastorno de ansiedad es el modo de vida. En ocasiones, sus efectos no son más que un aviso de que estamos padeciendo a consecuencia de una insatisfacción general, de un ritmo diario inabordable, de un descanso insuficiente, de una escasa interacción afectiva, de unas expectativas personales acordes a la sociedad competitiva en la que vivimos y de las consiguientes frustraciones, mal humor y juicios críticos a los que nos sometemos cuando no las alcanzamos. Es a raíz de este debilitamiento cuando nuestro sistema de alerta rebaja su umbral de percepción de amenaza y brota esa sensación de inquietud o temor infundado.

Algunas de las respuestas más habituales frente a esos síntomas son la de tratar de alejarse del problema ­–mediante la huida o la evitación– o bien la de anularlos a través de la medicación. España lidera el consumo porcentual de ansiolíticos a nivel mundial, una medida que solo resulta conveniente en estados agudos y, por supuesto, bajo prescripción médica. A tenor de las estadísticas, no parece que en nuestro país se cumplan estos dos preceptos. La medicación puede paliar el sufrimiento, pero en ningún caso va a solucionar la causa que lo provoca. En cuanto a la evasión, puede resultar adecuada para despejar nuestra mente de la espiral mental negativa característica del trastorno de ansiedad, pero siempre y cuando no contribuya a realzar esos déficit vitales que la han alimentado, como con frecuencia sucede.

Las nuevas tecnologías han constituido un factor de acentuación de estas distorsiones. Resulta paradójico que una circunstancia que facilita la interconexión entre personas constituya, a su vez, un elemento de separación. Obviamente la responsabilidad no puede recaer sobre el medio –que es inocuo– sino en la deficiente adaptación al mismo por la celeridad con la que ha invadido nuestras vidas. Si anteriormente se ha hecho mención a la vertiente agitadora de emociones y conflictos de las redes sociales en concreto, la adicción tecnológica en general –el “Always on, always connected” ha implicado un incremento sustancial de saturación vital, ocupando los pocos espacios que todavía disponíamos para el descanso y la pausa, para el encuentro presencial, cuya carga afectiva es irremplazable, o para algo tan elemental como airearnos, tomar contacto sensorial con el mundo.

Un primer paso para prevenir un desorden de ansiedad es comprender que se trata de un proceso de estrechamiento de nuestra experiencia vital a todos los niveles: mental, relacional y emocional. En este sentido, Internet supone un nuevo y último estadio agorafóbico. La dinámica de estrechamiento que tradicionalmente se iniciaba con una evitación de las relaciones sociales presenciales, continuaba con una sensación de incomodidad al salir de casa y se acentuaba con un enclaustramiento, hoy termina con una reclusión tras una pantalla. Posiblemente, muchos se identificarán con esa progresión o la reconocerán en seres cercanos, incluidos muchos menores, que son lamentablemente las nuevas víctimas de esta plaga.

Si alguien se ve afectado por una ansiedad excesiva es conveniente acudir a un especialista. Pero para evitar llegar a ese extremo, o incluso para ayudar a detenerlo, lo más efectivo es impulsar la dinámica contraria: ensanchar, esto es, salir al exterior tanto como nos sea posible para contemplar el cielo y no el techo sobre nuestras cabezas; ampliar nuestro marco mental y emocional más allá de nuestro foco, viendo una película, leyendo un libro o practicando cualquier actividad que nos divierta; sobrepasar el horizonte acústico del silencio –que nos arrastra como una marea hacia la obsesión– poniendo música de fondo; incrementar el vigor haciendo deporte o caminando; aumentar las horas de descanso y sueño; profundizar en la relajación mediante la respiración; y sobre todo desarrollar el contacto humano –sin necesidad de utilizar un teclado y una pantalla– escuchándose y tocándose. Lo más probable es que al principio no tengas ninguna gana de poner en práctica estas pautas, pero precisamente por eso has de comenzar a hacerlo.

Revertir la ansiedad consiste en cambiar el rumbo de una dinámica que nos hace más vulnerables. Para hacer un provechoso uso de una tecnología con una ascendencia tan arrolladora, repasar las noticias edulcoradas con sosiego o afrontar las crecientes responsabilidades con ecuanimidad primero es necesario vivir adecuadamente. No hay pastilla que cure eso.

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Sobre el autor

Javier Alberdi
"Aunque casi toda su vida profesional se ha centrado en el ámbito de las tecnologías, no hace mucho decidió dar un giro y orientarse hacia aquello que verdaderamente le apasionaba: escribir y comunicar. Entusiasta de cualquier aspecto que tenga que ver con el pensamiento y la expresión artística, en la actualidad colabora con varios medios y trabaja en un proyecto editorial compartido, así como en una novela propia. Su Twitter: @javieralberdi Su blog: javieralberdiblog.com

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