21.09.2013

Gallardón no ha leído a Ginzburg

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ÁREA DE DESCANSO

Chéjov, que murió tras darse el gusto de volver a beber champán. Carver y Pasolini. Y los certeros ensayos de la italiana Natalia Ginzburg. Como el que escribe sobre el aborto y la difícil elección de la madre. Seguramente Gallardón, nuestro impostado ministro de Justicia, no la ha leído, porque son trabajos literarios que carecen de moralismo y fundamentalismo.

JAVIER MORALES

Los libros tienen vida propia. Quien lea con atención puede comprobar cómo se comunican. A mí me ocurrió el otro día. Por motivos de trabajo, tenía que releer a Chéjov: cuentos, ensayos que se han escrito sobre él, biografías. La más chejoviana, sin duda, es la de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), publicada por Acantilado. Como el propio Chéjov con la vida de sus personajes, Ginzburg consigue que conozcamos al escritor ruso en apenas 80 páginas. “Anton Chéjov nació en Taganrog el 17 de enero de 1860”. Así comienza. Y termina con los últimos días de Chéjov en Badenweiler, en plena Selva Negra. El autor había ido allí con su mujer, la actriz Olga Knipper, después de que en Berlín el doctor Ewald, una eminencia, se cruzase de brazos como signo de impotencia tras examinar a Chéjov, gravemente enfermo de tuberculosis. De modo que la pareja partió a Badenweiler, sin ninguna esperanza. Se alojaron en una casita con jardín y Chéjov pareció recobrar el ánimo, pero el calor se hizo insoportable y se trasladaron a un hotel. “El primero de julio se despertó en plena noche y le pidió a Olga que llamara a un médico”. Chéjov deliraba. “Ella le colocó una bolsa de hielo sobre el pecho. Y de pronto, recuperada la lucidez, él le preguntó: “¿Para qué poner hielo en un corazón vacío?”, relata Ginzburg.

El doctor Schwörhrer llegó a las dos de la mañana. Me muero, le dijo Chéjov. El médico le puso una inyección de alcanfor. “Luego quiso mandar a buscar un tubo de oxígeno. Chéjov le dijo: “Es inútil. Cuando lo traigan me habré muerto”. Entonces, el médico mandó que le subieran una botella de champán.

“Chéjov aceptó la copa que le ofrecieron y dijo: “Hacía mucho que no bebía champán”. Vació la copa y se acostó de lado. Poco después dejó de respirar. Era el 2 de julio de 1904”.

Esta conocida anécdota le sirvió de inspiración a Raymond Carver (lean el último número de la revista Quimera), otro gran chejoviano, para rendir homenaje al autor ruso en uno de sus mejores cuentos, traducido en español como Tres rosas amarillas. De modo que releí este relato y otros de Carver, también muerto prematuramente, como Chéjov. Pensé entonces en otro gran escritor malogrado, Pasolini. Aun hoy se tienen dudas de quién le asesinó. Sobre Salò, la última película de Pasolini, escribió un hermoso ensayo Natalia Ginzburg. No tuve más remedio que leerlo y su lectura me llevó a otros, recogidos hace tiempo por Lumen en una bonita edición. Ensayos incluye dos libros de artículos periodísticos de Ginzburg y ninguno tiene desperdicio. Son pequeñas joyas literarias. Los libros, la escritura, las tareas de la casa, el amor, la muerte, la vejez, el sexo, el cine, la política. Nada le es ajeno. Lo que más me gusta de Ginzburg, aparte de su prosa, es la ausencia de moralismo y de fundamentalismo. No intenta aleccionarnos, como hacen otros escritores o intelectuales que todos conocemos. Y defiende sus posiciones con convicción, pero dejando siempre una puerta abierta. Ginzburg nunca es previsible. Vale la pena leer su autobiografía en tercera persona recogida al final del libro. Termina así: “[Natalia Levi, nombre de soltera] Vive con su hija Susana, muy enferma desde los primeros meses de vida. La enfermedad de su hija le impide pensar en su propia muerte con tranquilidad. Todavía confía en la providencia, en el cariño de sus demás hijos, en los ángeles de la guarda. Cree en Dios, aunque de una manera caótica, atormentada y discontinua”. Esta comunista, que perdió a su primer marido (militante antifascista) en la Segunda Guerra Mundial, está en contra de la clase de religión en las escuelas, por ejemplo, pero se muestra partidaria de mantener el crucifijo en las aulas solo con que lo demande un niño.

Pero de todos los artículos, joyas literarias ya digo, el que más me sigue impresionando es el que dedica al aborto. Nadie ha explicado este drama con tanta lucidez, al menos yo no lo he leído. Partidaria de su legalización, la creyente Ginzburg explica: “De todas las elecciones humanas, [el aborto] es la más privada, la más anárquica y la más solitaria. Es una elección que pertenece por derecho a la madre, y solo a ella; y ello no porque en todas las circunstancias de la vida exista un libre derecho de elección ni porque “la barriga es mía y hago con ella lo que quiero”, pienso que en tal elección las personas sienten como nunca que nada les pertenece, y mucho menos su propio cuerpo. Les pertenece solo una horrible facultad de elegir, para una forma sin voz ni ojos, la vida o la nada. Es una facultad pesada como el plomo, una libertad que arrastra consigo hierros y cadenas, porque quien elige debe elegir por dos, y el otro está mudo”.

El artículo de Ginzburg me recordó otro artículo sobre el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, y su proyecto de reforma de la ley del aborto. Con fama de culto, con sensibilidad para la música y el arte, quiero pensar que Gallardón no ha leído a Ginzburg, su texto. De lo contrario, no estaría pensando en condenar a miles de mujeres en este país solo porque les pertenece “una horrible facultad de elegir”. ¿O sí?

Foto: PP de Madrid.

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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3 comentarios

  • El 21.09.2013 , Ricardo ha comentado:

    No se a quien consultara Gallardon al redactar una ley que correspondería a las mujeres realizar. Quien engendra un hijo no es el hombre, es la mujer y esta es la que tiene que apechugar durante nueve meses con ese futuro ser. ¿No es por tanto lógico que sea ella y sólo ella quien decida sí tenerlo o no, si continuar su embarazo o no? De acuerdo que tiene que haber unos plazos, pero la decisión de tenerlo debe ser sólo y exclusivamente de ella, no de ministros, jueces, curas o moralistas. Sólo de ella.

    • El 22.09.2013 , Javier ha comentado:

      Totalmente de acuerdo, Ricardo. Saludos

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