La ‘Guía del Madrid de la Movida’ de Patricia Godes y Jesús Ordovás

La ‘Guía del Madrid de la Movida’ de Patricia Godes y Jesús Ordovás

Pedro Almodóvar y el protagonista de ‘La ley del deseo’, Eusebio Poncela. Foto: Domingo J. Casas.

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En un Madrid tenso, descolocado, desorientado y a punto de ser confinado, viajamos a aquel otro Madrid lleno de energía musical e ilusión por construir un futuro distinto. Son las 11 de la mañana y un grupo de periodistas nos reunimos en la plaza del Dos de Mayo con la escritora y crítica musical Patricia Godes para reproducir con nuestros pasos uno de los trayectos incluidos en el libro ‘Guía del Madrid de la Movida’ (Anaya Touring), del que Godes es coautora junto a Jesús Ordovás, otro sabio de la cultura pop en general y de la música muy en particular.

La primera parada nos queda muy cerquita. Se trata del club La Vía Láctea, (Velarde, 18), con la suerte de ser recibidos por su histórico encargado, David Krahe. Empiezan a sonar nombres emblemáticos de artistas plásticos y visuales como Montxo Algora o Las Costus, cuyo rastro demediado permanece en las paredes del local como si el tiempo se hubiera echado una siesta de la que le despertamos a base de preguntas. ¿Dónde estaba el escenario? ¿Qué pasó después de aquel gravísimo incendio? ¿Quiénes pinchaban en la cabina? ¿Es verdad que Joe Strummer vino aquí? ¿Y Paul Collins? ¿Qué fue del Marlon Brando de cartón que vivió junto a la entrada? ¿Es verdad que la mascota del lugar era un hurón?

David responde mientras subimos al piso de arriba. Él, que también es músico, comenzó en La Vía como pinchadiscos y se emplea a fondo en mantener aquel espíritu de bar californiano que definieron en 1979 el productor Yayo Aparicio y su colega Marcos López, interviniendo una antigua carbonería. La cabina siempre tuvo ilustres habitantes. El mítico Kike Turmix, Juan de Pablos, Diego A. Manrique, Ángel Aparicio, Guille Martín, Luis Mario Quintana, Manolo Calderón… “No había grupo de pop o rock que llegara a Madrid, desde cualquier ciudad o país, que no se pasara por La Vía Láctea”, comenta nuestra guía. Y sí, hubo un hurón que mantenía a raya a los malditos roedores que se colaban en La Vía sin permiso. Era propiedad de Maxi, la señora que pasaba las mañanas sacando lustre al local. Detalles gráficos de todo lo narrado, en las redes del lugar.

Abierto sigue, a pocos pasos, el Ramones fan club de Madrid: Nueva Visión (Velarde, 5), desde 1977, regentado por Johnny, un verdadero disco duro de anécdotas del barrio de Malasaña. Toca recorrer ahora la calle de La Palma. Pasamos por la puerta de La Vaca Austera, amiga hermana de La Vía, y algo más allá, en el número 14, Patricia Godes señala un edificio sin nada especial a simple vista. Es Casa Costus, morada y estudio de Enrique Naya y Juan Carrero, dos costureras que firmaban Costus todas sus obras y consiguieron hacer de aquel 1º exterior izquierda un laboratorio de La Movida en permanente estado de puertas abiertas. Allí rodó Pedro Almodóvar su película Pepi Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) mientras trabajaba en Telefónica, y Olvido Gara se convertía en Alaska. En Malasaña también nacían estrellas. Hoy es un Scape Room.

Antonio Vega al frente de Nacha Pop. Foto: Domingo J. Casas.

Decir El Pentagrama y pensar en esa joven rubia que se asoma a la ventana un día sí y otro también es todo uno. “Luego por la noche al Penta a escuchar canciones que consigan que te pueda amar” (La Chica de Ayer, Antonio Vega, 1980). El Pentagrama (La Palma, 4) tuvo entre su clientela a grupos como Burning, Los Secretos y Mermelada, todos los locutores de la emisora radiofónica Onda 2, Tequila, Gabinete Caligari, Los Pistones, Los Elegantes, Monaguillosh o Glutamato Yeyé. Por cierto, Patacho Recio, guitarra de este último grupo y hoy presidente de SEDA, entidad alternativa a la SGAE para gestionar derechos de autor, nos acompaña en este tierno paseo musical.

Hoy el Penta sobrevive como un museo del grupo Nacha Pop y en su puerta un cartel reincide: “El bar de La Chica de Ayer”, exactamente igual que si Hemingway hubiese repostado allí. Cosas de la mercadotecnia.

En San Vicente Ferrer esquina con Corredera Alta de San Pablo, parece que rugen todavía las motos aparcadas junto al King Creole. Tras la barra estuvo Rossy de Palma. En el escenario, Loquillo, Los Rebeldes, Lobos Negros, Alaska, Derribos Arias, Malevaje o Gabinete Caligari, ajenos o no a las broncas que se organizaban fuera. Todo por el honor de los rocker de ADN, contra los de imitación.

Mientras Patricia Godes reivindica la innegable función social del arte y de la música, pasamos por la puerta de un restaurante oriental bastante cutre. Nadie diría que en San Vicente Ferrer 23 estuvo hace cuatro décadas la que se anunciaba como “sala independiente de la noche”. Si en 1984 los modernos disfrutaban con la película de Alan Rudolph Choose me, el 1 de noviembre de 1985, el escritor y periodista Víctor Caudín abría, junto a Pedro Sahuquillo, un local llamado Elígeme. Para programar un concierto cada noche había que tener bien apretada la agenda telefónica y sentimental: Luis Pastor, Aute, Hilario Camacho, Javier Krahe, Javier Ruibal, Ricardo Solfa, Loles León, Las Virtudes, Moncho Alpuente, Gran Wyoming y El Reverendo, Moris, Gato Pérez, Ketama y, por supuesto, Joaquín Sabina consiguieron poner de los nervios a aquel reaccionario concejal de Centro, Ángel Matanzo, señalados por muchos como uno de los responsables del fin de La Movida. ¡Que se lo digan a la gente del Alfil! (Pez 10), teatro independiente y mucho más. Allí, en 1979, presentó Radio Futura su disco Música Moderna. Allí, vestidos de etiqueta, recogía su disco de oro el grupo gallego Siniestro Total, y allí descargó sus iras el citado concejal al verse representado y ridiculizado en la obra Cabaré Castizo, dirigida por Eduardo Fuentes, que les costó el cierre.

“Todos queríamos que los locales fueran limpios, legales y seguros. Pero nadie se ocupó de regular nada. Desde el Ayuntamiento fueron directamente al cerrojazo”, explica Patricia Godes. Por suerte, el Alfil recuperó su sitio en el tablero y hoy anuncia nueva programación con una declaración de intenciones en la fachada. “Teatro seguro”. Cosas de la Covid.

Entre la comitiva heterogénea que disfruta de esta deriva musical, hay periodistas muy jóvenes. Parados frente al 22 de la calle Madera, observan dos cierres echados y llenos de pinturas tan mediocres que no llegan a la categoría de grafitis. No les dice mucho más. Pero a quienes alguna vez madrugamos sin haber dormido saliendo de la sala Agapo cuando la ciudad se estaba desperezando, se nos llena el alma de fantasmas. Puede que fuera solo uno, pero solo su volumen le hacía valer por cien. Le llamaban “el príncipe lagarto de Malasaña” y podía aparecer por cualquiera de los locales citados, incluyendo los bares que servían pollo al ajillo después de medianoche, para que pudiéramos beber un poco más, como el amable Chamizo junto al Elígeme, o El Palentino y sus pepitos de ternera, hoy convertido en un bar más a tono con la onda de parque temático que ya ha invadido el barrio.

Alaska y Elisabetta en el rastro en 1977.

Hablamos de Kike Turmix, el vasco que trajo a Johnny Thunders de gira por España, fundó y lideró el grupo de garaje Pleasure Fuckers, y dictaba lo último en rock y punk encajado en la cabina del club que en buena hora abrieron los hermanos Ruiz, Álvaro, Marisa y Kike, junto al agitador Santi Camuñas. Los Ronaldos, Los Enemigos, Desperados, Sex Museum, Las Ruedas, Los del Tonos, Sex Tatoo… ¿Cómo podía caber tanta gente en un sitio tan pequeño? Milagros del Agapo, herencia de lo que justo antes fue el recinto. Un lugar para la magia llamado El Ángel Exterminado que sin duda les pasó sus credenciales para lo sobrenatural.

Si llegara el caso, a Jesús Ordovás le gustaría tener una placa con su nombre en el barrio de La Elipa. Patricia sería feliz con un reconocimiento en el activo Rastro madrileño, concretamente en la Plaza Campillo del Mundo Nuevo, donde se hizo con los mejores discos de su colección.

Y un apunte más. Guía del Madrid de la Movida se presentó con este ilustrador paseo. Pero en sus 281 páginas, hay textos, mapas y fotos de 13 zonas: Sol-Gran Vía, Barrio de las Letras, La Latina, Lavapiés, Chueca, Malasaña, Moncloa y Chamberí, Barrio de Salamanca, Prosperidad, La Elipa, Ventas y La Conce. Barrios del Sur, además de entrevistas con músicos y periodistas que vivieron algo llamado Movida Madrileña, y por suerte conservan las neuronas suficientes para recordarla.

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