18.10.2013

Gonzalo Golpe, “El libro digital es lo mejor que le ha pasado al libro”

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© Fotografía: ROBERTO VILLALÓN

Érase una vez un sastrecillo valiente que mató siete moscas de un golpe. Y gracias a su ingenio, se convirtió en rey. Gonzalo Golpe (1975) debe ser heredero de aquel sastre. Valor no le falta, pues con los tiempos que corren decidió montar su propio atelier, Siete de un Golpe. Pero sobre todo, porque tiene las mañas de un modisto. Hace libros de autor como si fuesen trajes a medida. De sus manos, por ejemplo, ha salido alta costura, como el último libro de Chema Madoz. Charlamos con este intrépido editor de arte sobre los gigantes del mundo editorial, libros digitales, autoedición o los riesgos para el autor.

¿Cómo nace Siete de un Golpe? ¿Cuál es vuestra filosofía?

Yo llevaba tiempo trabajando en el mundo de la edición, pero no me sentía a gusto con ciertas cosas que veía. En este proceso, descubrí que los fotógrafos y autores estaban necesitados de un trato cercano, de alguien que les aconsejara de forma sincera y que les dedicara tiempo. Por eso inventamos Siete de un Golpe. Intentamos crear un espacio en el que pudieran trabajar tanto autores reconocidos como alguien que sale de un máster de fotografía y hace su primera impresión. Tratamos de ser útiles y de potenciar lo que ellos buscan, tanto los consagrados como los que empiezan, a los que en muchas ocasiones se los trata con desprecio en los talleres de edición. Nuestra filosofía se resume en dos puntos: uno, el tratamiento de respeto al autor y su universo sin distinciones de edades o experiencia. Y el otro, potenciar la autoedición. En realidad, en Siete hacemos un trabajo de coordinación entre los autores y los diferentes colaboradores que se necesitan para realizar un libro de autor. Nuestra filosofía pasa por no cargar un porcentaje a cada proveedor. Lo que hacemos es compensar los precios de las grandes producciones para hacer un precio ajustado al pequeño cliente. Gracias al boca a boca, estamos consiguiendo llegar a un público variado y eso permite que Siete sea un punto de encuentro entre creadores.

¿Cómo un editor puede apostar por la autoedición?

Como editor me llevó tiempo entender la autoedición, pues parecía algo antagónico. Sin embargo, tras mucha reflexión, descubrí que ¡claro que había una conexión! El editor puede ser simplemente el coordinador de un trabajo manteniendo conectados los roles que intervienen dentro de un proceso editorial. Lo primero que hace la autoedición es decirle al autor que esto es una cosa suya.  No puede pedirle a otros que haga lo que él no haría por su obra. Esto le obliga a adquirir un grado de responsabilidad que a mí me interesa mucho. 

De hecho, en ocasiones te he oído decir “es el autor el que decide qué es arte y qué no”. Das al autor toda la responsabilidad.

Esto viene de una experiencia laboral. Un jefe que yo tuve, historiador del arte, comentó cuando un autor nos enseñó un trabajo: “Las fotos son bonitas, pero eso no es arte”.  Yo le dije que él no era quién para juzgar eso. El día que los historiadores del arte, los comisarios, los galeristas, los críticos nos digan qué es arte… El problema es que nos lo dicen y los autores se lo creen. Es el propio autor y las razones por las que desarrolla un quehacer creativo los que nos dirán si tiene una derivada artística. Antes los autores, cuando tenían algo que decir, necesidad por comunicar, al terminar su jornada laboral llegaban a casa y escribían, y escribían y escribían. Y eso que escribían llegaba a las manos de un editor. Y ese editor, si lo veía interesante desde un punto de vista humanista, hacía todo lo  posible para publicarlo. El lector no era el justificante de la obra. Tal vez por eso nos parece que el arte de décadas pasadas es más sólido y coherente. Ahora, los autores están sometidos a leyes totalmente comerciales de oferta y demanda.

Pero el autor está perdido en ese proceso.

Todo va tan rápido y es tal la urgencia que el nivel de reflexión ha bajado mucho, cuando tal vez sea más necesaria la reflexión: entender qué quieres hacer, cómo y por qué, antes de siquiera dar un paso. Pero por mi experiencia creo que muy pocos autores pueden explicar por qué hacen lo que hacen y hacia dónde van con lo que hacen. Esto exige ser duro contigo mismo. Muchas veces confundimos intereses comerciales con algo que se hace por otros motivos. La autoría tiene que ver con la necesidad, no con el ego, ni el premio, ni la relevancia, el reconocimiento… La autoría viene del vacío, de la necesidad de llenar ese vacío con un quehacer artístico. El autor tiene un vacío que cree que tiene que ser llenado y necesita conocerse, cuestionarse, posicionarse.

¿Qué tiene de especial el libro de autor?

La historia del hombre con el papel y la tinta tiene miles de años.  No se trata de pelearse con las nuevas tecnologías, sino encontrar tu espacio. El libro tiene una cosa maravillosa, que es algo que están descubriendo ahora los fotógrafos, y es que el libro tiene la capacidad de mantener un diálogo a través de los siglos de tú a tú. No lo tienen ni la escultura, ni la pintura, que necesitan de intermediarios y de un tiempo y un espacio. El libro no necesita intermediarios, todos tenemos acceso a él. No necesita de un espacio y a los 300 años puedes recuperar el diálogo con el autor en una forma casi casi igual a la que tenía en el momento en que se ideó. El libro da mucha liberta al autor y restituye un espacio de intimidad entre el autor y el lector.

“El fotolibro es un semillero de creatividad brutal”

Se está dando un fenómeno dentro del libro de autor: el fotolibro ¿lo consideras una moda?

El fotolibro es un lenguaje autónomo. Es una disciplina que permite al autor desarrollar un discurso que viene precedido por una intención comunicativa. Se genera un discurso que sólo se justifica por el pasar de páginas. Se están haciendo muchos libros, alguno de ellos con poco peso o poco maduros. Ojalá todos los libros fuesen maduros, pero es un proceso que necesita tiempo. Los que piensan que es una fiebre y que se hacen demasiados, muchas veces son también autores de libros y creen que genera una competencia negativa. Para mí, el fotolibro es un semillero de creatividad brutal.

¿Y el ‘crowdfunding’?

Es un sistema antiguo. Antes lo llamábamos suscripciones y trataban  de generar una masa crítica para saber que una edición era viable. El crowdfunding crea esa masa crítica y además trata con respeto a la comunidad lectora. En un crowdfunding hay cientos de personas estableciendo un tú a tú con un autor, dando un dinero y apostando por un trabajo cuando este aún no existe. Es algo muy positivo.

¿Cuál es el papel del libro digital en este escenario?

El libro necesita respeto por parte de todos, de los distribuidores, editores, autores. Se dice que el libro digital es la muerte del libro de papel. Cuando ¡el libro digital es lo mejor que le ha pasado al libro! Lo primero que hay que saber es si un libro digital es un libro. Un libro digitalizado no es un libro; un libro tiene lomo, páginas, un Ipad cantos y como mucho simula papel. Además, el lector digital lee de otra manera: usa hipertextos, ventanas simultáneas. Los editores se tienen que preguntar qué tienen que hacer para que la lectura y los libros sean una constante en la humanidad. Tienen que preguntarse qué tipo de lector nos viene. Yo siento mucha curiosidad por los libros digitales. Hemos de preguntarnos cómo generar experiencias de lectura nuevas para los nuevos lectores.

¿Entonces el libro digital no es el enemigo?

En España se publican unos 70.000 títulos nuevos todos los años, más que en Francia o Alemania. Aquí se utiliza una política de tierra quemada. No es ya solo un problema de despilfarro de papel, sino de falta de respeto a la trasmisión de conocimiento. Publicar en un ejercicio de responsabilidad. No tanto sobre si un libro es bueno o malo, ese no es mi trabajo. Yo no juzgo la calidad de los trabajos. Pero sí tengo que intentar que el autor haga el libro que quería hacer. Los libros no son buenos o malos; pueden ser pertinentes, coherentes, necesarios… pero no buenos o malos. El sistema editorial es un sistema falto de armonía, de proporción, de responsabilidad… y muy poco respetuoso. La crisis económica ha coincidido con la mayor crisis de las artes gráficas. Y no se debe solo al libro digital. En realidad, esto empezó con los cambios que llegaron hace 30 años en EE UU. Por un lado, con las técnicas nuevas de impresión, las impresiones digitales, que permitieron imprimir con una calidad suficiente y además ajustar la oferta y la demanda de un libro sin necesidad de sobreproducción. A eso se le ha unido Internet, como herramienta de comunicación, difusión y de venta incluso.  Y al final la llegada del libro digital. Eso ha provocado el cambio en el sistema de márgenes, de intermediarios, de almacenamiento… en una industria resistente al cambio.

“Editar es un acto de amor”

Pero el mundo editorial parece haber potenciado la vieja fórmula: más y más títulos, novedades constantes, papel llenando las estanterías… Es como si corriera hacia el abismo.

El mundo editorial está en una carrera que no puede detener, esclavo de una forma de trabajo que ya no funciona. Editar, desde mi punto de vista, es una cuestión de amor, una labor de humanismo. Parte de la necesidad de que algo que tú conoces y crees que los demás deben conocer, salga a la calle. Ahora se trata el libro como producto. Junto al editor han ido creciendo una serie de roles. Manchar papel ha sido una actividad muy rentable, surgiendo gestores, publicistas, abogados… Un montón de gente que querían parte del pastel. Algo que antes era una relación a tres, como mucho, pero fundamentalmente dos, autor y lector, se ha ido poblando de intermediarios. Y estos intermediarios, aparte de ir distanciando los dos polos fundamentales auto-lector, han hecho inviables los libros, marginando el trabajo del autor y los beneficios para el mismo. Los editores de vieja escuela manejan presupuestos del 500% sobre precio de coste. De ese 500, el 50% de se va para el distribuidor, el 30% para el que los vende y como mucho para el autor es el 10%…

¿El mundo digital limpia esa parte?

El libro digital hará que en ¿5 años? el 70% de las publicaciones sea digital. Se imprimirá menos y los que sigamos haciendo libros de papel lo haremos desde otra perspectiva muy diferente. La demanda de libros por aquellos a los que les gusta el papel siempre estará ahí. El bibliófilo, compré más o menos, es un público fiel.

Es comparable al disco de vinilo en el mercado musical

Exacto, igual que el sonido, el tacto y la comunicación del vinilo. En el libro, la demanda de papel o se mantiene estable o será mayor. Ante un entorno más digital, tendrá más necesidad de que los materiales le comuniquen cosas mediante el tacto, el olfato… y todas esas emociones que genera el libro tradicional. El papel dejará de interesar a los grandes grupos editoriales. El papel será el reducto de los fanáticos del libro, y de los editores independientes. De los grandes grupos, los editores de verdad hace tiempo que salieron corriendo, porque se trata al libro como un producto y someten a los autores a la ley de oferta y demanda.

¿Cuál es el papel de los editores independientes?

Los editores de verdad, los que han dejado las grandes editoriales, se han llevado su saber hacer, han establecido una resistencia activa a través de pequeños sellos que desde hace tiempo son los que preservan los valores editoriales. Estos sellos con el tiempo tienen muchísima más coherencia, con una gran capacidad de seleccionar a los autores y tratarlos con un respeto muy superior a los grandes grupos. Algo similar pasa con las librerías. Se pusieron a competir con Amazon y las grandes superficies. O se confiaron a espacios multidisciplinares, donde tomarte un café. Yo creo que eso es un error. Creo que tienen que centrarse en lo que otros no pueden ofrecer: es ese trato personal y esa capacidad de conocimiento de tú a tú con el bibliófilo.

Ellos conocen los auténticos “me gusta” que tanto se valoran en la red.

El que ama el libro necesita al librero. Un librero no es un dependiente que te dice en La Casa del Libro en qué estantería está una novedad o sabe escribir correctamente el nombre de un autor en un ordenador. Un librero es alguien leído, que puede responderte sobre cierto libro, que te recomienda en función de tus compras… Las librerías que se atrincheren en ese comportamiento humano serán las que sobrevivan. Otra alternativa serán las librerías digitales, como Dalpine, que seleccionen unos títulos y pongan a la venta autoediciones pequeñas en todo el mundo. Supondrá que un autor español con 150 ejemplares pueda vender en Japón o Rusia sin gastos de distribución. Es más, yo creo que estas librerías tendrían que apoyar la edición. Este es otro comportamiento coherente ante las nuevas tecnologías.

Descendiendo a lo concreto, estáis trabajando en el primer libro de autor de Chema Madoz.

Es un libro que ha sido complicado. Empieza con la propuesta que le planteo a Joaquín Gallego para hacer libros de artista, dado que, como editor que lleva mucho tiempo en el mundo de la fotografía, cuenta con muchos contactos. Queríamos empezar fuertes, con autores con mucha experiencia en el formato libro y que fueran primeros espadas. Así lanzábamos el mensaje de crear un espacio de libro de artista para fotógrafos. Nos propusimos García Alix, Joan Fontcuberta y Chema Madoz. Nos surgió hacer uno a Donna Ferrato, un trabajo que resolvimos de forma rápida e interesante y ha funcionado muy bien. Luego ha venido el libro de Madoz que se llama Tempo. Recoge 15 fotografías de toda su obra que relacionan el tiempo y la música. Él es un melómano absoluto y un lector voraz. Empezó hace tres años con una visita de Joaquín y Chema al Reina Sofía para ver otros ejemplos de libros de artista y observar cómo se había realizado este tipo de trabajos por parte de grandes autores muy consolidados o en terrenos como pintura o grabado desde hace siglos. En fotografía, Twentysix Gasoline Stations de Edward Ruscha se considera el primer libro de artista fotográfico. Luego empezamos a trabajar con Chema en la interpretación de sus fotografías mediante el trabajo con pigmentos minerales en entorno digital y en papel mate y no en copias químicas en baritado que es como él trabaja. Chema es muy muy exigente, lo cual es bueno. Terminamos el proceso hace unos meses y ya está en producción.

¿El libro existe ya?

De hecho ya está comercializándose en museos, fundaciones, coleccionistas… Se producen de siete en siete y lleva un mes o mes y medio crear todos los libros. Ha sido el libro más exigente técnicamente de los que he hecho nunca. Pero Chema es un tipo de autor muy muy accesible y dispuesto. Había que interpretar en digital la obra de Madoz y el tono de sus fotos es muy complicado de producir.

¿Cuál está siendo la respuesta?

Es complicada. Salen a la venta 15 ejemplares. La comercialización de este tipo de libros no es fácil. Pides 5.000 euros por algo que la gente considera un libro, cuando en realidad tiene la naturaleza de obra, como una escultura, un cuadro o una fotografía. Pero cuando tienes alguien tan potente como Madoz es más fácil.

¿Más en cartera?

El libro de Fontcuberta está a la espera de cuadrar agendas.

Excepcionalmente ejerces de comisario en una exposición.

Es una acción puntual, una exposición de fotografía de Jon Cazenave y Alejandro Marote, dos autores que tienen mucho en común. La propuesta me surge porque trabajo como editor con los dos. Además se desarrolla en un espacio muy especial, en el Santuario de Arantzazu, en Oñati (Gipuzkoa). Un espacio con una carga, no ya religiosa, sino humanística, donde la obra de Oteiza es fundamental. La sala donde exponemos es la primera vez que se abre a obra distinta de la del escultor. Pero para nosotros ha estado presente. Oteiza construye la escultura a través del vacío. Nosotros partimos del silencio para componer un mensaje. Buscamos la imagen más contemplativa. Por un lado, Cazenave con un silencio más oscuro, profundo, introspectivo, y, por el otro, el silencio de Alejandro más etéreo, más leve y sereno. Estos dos autores en la sala van a generar un discurso. La idea es ir a lo esencial. La exposición estará un mes. Sabemos que no será una muestra muy visitada, por lo distante del lugar, pero esperamos que cree una especie de militancia.

Exposición: ‘Ixil Ar’.

Autores: Jon Cazenave y Alejandro Marote. Comisariada por Gonzalo Golpe.

Lugar: Gandiaga Topagunea de Arantzazu.

Fecha:  hasta el 3 de noviembre.

Horarios: Viernes, sábado y domingo, de 11.00 a 18.00 horas.

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6 comentarios

  • El 20.10.2013 , Lunero ha comentado:

    Gracias, acertadísima y clarificadora entrevista.

    Me apunto a sus futuras sugerencias.

  • El 23.10.2013 , F.- ha comentado:

    Una observación: probablemente donde habla de Alpine como librería digital (alpine. es) debería decir Dalpine http://www.dalpine.com/
    Saludos!

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