08.11.2018

El ‘Gran Hermano’ sigue aquí, vigilando cada uno de nuestros actos

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Un momento de la obra '1984'.

Un momento de la obra ‘1984’.

La sala Galileo de Madrid representa, por segunda vez este año, 1984, la obra cumbre de George Orwell, una historia de control absoluto y opresión, que está plenamente de actualidad. Todo está controlado nos repiten las máquinas, los presentadores de televisión, los discursos, los funcionarios: no hay escape. 

POR LULA GÓMEZ (@lulagomez)

1984, esa novela distópica, futurista y apocalíptica, escrita entre 1947 y 1949 por George Orwell, que ponía una pantalla gigante allá donde uno esté, un gran ojo, un “gran hermano” que vigilaba cada acto, cada palabra, cada movimiento, cada gesto… nunca pasa de moda. Ya sea en radio, ópera o teatro, como ahora, que ha vuelto a reponerse en Madrid en la sala Galileo, tras su estreno en marzo.

El año en que el escritor auguraba que ese incansable y omnipresente Partido iba a controlar cada segundo de nuestro consciente e inconsciente siempre está vigente, en 1984 y en 2018. Toma distintas formas y hoy se llama Ley Mordaza, discurso del odio (absolutamente presente en la puesta en escena por la compañía Paradoja Teatro), expulsiones en caliente, secuestro de libros o raperos encarcelados.

Por eso no hace falta que los actores de Paradoja Teatro se vistan de obreros y el ambiente nos lleve a un oscuro y dictatorial espacio postindustrial: la actualidad está en el objetivo del montaje, en la búsqueda de denunciar las diversas formas de poder que amenazan la libertad, la intimidad y el desarrollo personal y social, comentan desde la compañía. Quizás por eso resulta un tanto larga la primera parte, la introducción de la obra. Porque el texto de Orwell, una de las obras cumbres de la literatura del siglo pasado, nos lo arrebata todo desde esos cuatro ministerios de lindos nombres (Amor, Paz, Abundancia y Verdad) que recuerdan los protagonistas de la obra interpretados por un estupendo Alberto Berzal (especialmente en la segunda parte); perfecto Luis Rallo (en su papel de torturador); polifacético José Luis Santar y Cristina Arranza.

Todo está controlado nos repiten las máquinas, los presentadores de televisión, los discursos, los funcionarios: no hay escape. La educación está en manos del Ministerio del Amor, que se ocupa de administrar castigos y reeducar, para lo que la lengua, y la neolengua, juegan un papel crucial. Se trata de “reducir el alcance del pensamiento”, llega a decir Winston, el protagonista de la obra, cuando quiere escapar del sistema y se le ocurren dos subversivas ideas: escribir un diario, para lo que hay que pensar, y dos, amar a Julia, que también anda con la estúpida y peligrosa idea de discurrir y soñar un futuro donde solo existe un tiempo: el presente.

Existen más cosas, pero siempre dictadas por ese Gran Hermano que marca a los proletariados como si fueran bueyes con las máximas del partido: “Guerra es paz, libertad es esclavitud e ignorancia es fuerza”. No hay espacio para disentir: vale todo. También borrar archivos para cargarnos las incómodas memorias históricas, una tarea que ejecuta el Ministerio de la Verdad, para que no exista ni el espacio para la duda. Ya se ocuparán los funcionarios de “hasta borrar las estrellas”, se escucha en la sala casi 70 años después de que Orwell imaginase el futuro.

No obstante, queda siempre otra vía, la “habitación 101”, la tortura física, una vez se han torturado y retorcido las mentes. Y aquí la obra que representan los miembros de Paradoja Teatro hace vibrar al público hasta casi sentir la barbarie del dolor. Se valen de la estupenda interpretación del torturado y su torturador y de los sonidos utilizados, golpes que hacen cimbrear al público y que buscan lo mismo que el autor: llegar a lo más profundo para ¿arrebatarnos el pensamiento? Se trata de “ofrecer una inmersión radical para que el espectador pueda situarse como víctima o cómplice del mundo que contempla”, concluye su director, Carlos Martínez Abarca.

1984, la obra cumbre de George Orwell, en versión de Paradoja Teatro, está en la sala Galileo, Madrid, hasta el 25 de noviembre.

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