Heroínas de piscina y cervecita

Heroínas de piscina y cervecita

Ilustración de Concha Pasamar.

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Ilustración de Concha Pasamar.

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Hoy, como todos los viernes desde hace unos siete años, mi amiga Maru y yo nos vamos a la guerra. Sí, habéis oído bien: a la guerra. ¿Cómo llamaríais vosotros si no al hecho de acudir a una piscina municipal para intentar nadar un kilómetro sin chocarte con ninguno de los aguerridos nadadores que circulan por la misma calle que tú?

Los días que tenemos suerte solo recibimos alguna que otra cachetada en diferentes partes de nuestro cuerpo, provocada por una enérgica brazada del contrario ­–es cierto que en ocasiones es a nosotras a quienes se nos va la mano–; otras veces, la batalla se pone más dura y, cuando menos te lo esperas, notas un peso que avanza sigilosamente por tus piernas. La primera vez que me ocurrió esto me quedé desconcertada, y eso que aún no sabía que, en unos segundos, el enemigo se quedaría literalmente varado sobre mi cuerpo cual ballena en la arena. Aquel día descubrí la importancia de tener bien cubierta la retaguardia.

Con los años he aprendido a clasificar a las personas según su forma de nadar: en primer lugar, tenemos al avasallador que, normalmente pertrechado con aletas y palas para las manos ­–arma que yo antes desconocía­–, provoca un maremoto a su paso que te hace dar el primer trago de agua de la tarde; luego está el individualista, ese que, ajeno al número de efectivos que se encuentran sobre el terreno, decide flotar plácidamente ­–haciendo el muerto–, obligando a la tropa a romper filas para sortear su figura; en tercer lugar, uno puede distinguir al héroe: ese que avanza pase lo que pase, cual kamikaze, y choca con todo aquel que se encuentra en el camino. Por último, no debemos olvidar a los cobardes –entre los cuales me encuentro–, que antes de comenzar la maniobra se atrincheran en la base a esperar que el campo esté despejado.

Nosotras, cuando por fin conseguimos cumplir con el objetivo –orgullosas de no haber desertado–, salimos de la piscina dispuestas a iniciar el repliegue. Pero, ¡ojo!, la retirada también entraña ciertas dificultades, porque en la retaguardia –o vestuario–, decenas de madres esperan ansiosas la vuelta de sus vástagos, ocupando despreocupadas el espacio destinado a que los soldados se despojen de sus uniformes mojados y malolientes. Incansables, nos abrimos camino hacia la ducha con la bandera blanca bien alta y allí, bajo el chorro de agua caliente –cuando no está en modo ducha finlandesa–, estudiamos las tácticas para abrirnos paso y hacernos fuertes en el banco con el objetivo de vestirnos de civil y abandonar el campo de batalla con la cabeza bien alta.

Finalmente, una vez salimos a la calle, y mientras yo me fumo la pipa de la paz, nos preguntamos por qué nos empeñamos cada semana en repetir la hazaña, a lo que solo podemos responder que no lo hacemos para disfrutar del placer del deber cumplido, sino por darnos el gusto de brindar por la victoria con una cerveza que a esas alturas de la jornada nos sabe a gloria.

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Comentarios

  • Maatauri

    Por Maatauri, el 12 octubre 2018

    Tal cual.
    Yo sin embargo he dejado de nadar…. en fin. Habrá que retomarlo de alguna manera.

  • Marta

    Por Marta, el 12 octubre 2018

    Ademas de escritora, psicóloga! Una original manera de describir un hacinamiento piscinero. Eso si, con esta descripción creo que voy a seguir dedicándome a la lectura!!!🙊
    Muy bueno!!!

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