20.08.2019

Historias increíbles de héroes-árboles que nos harán mirarlos de otra manera

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Ginkgos que sobrevivieron a la bomba de Hiroshima.

Supervivientes al desastre nuclear de Chernóbil y a la bomba atómica de Hiroshima. Una acacia que crece en la zona más árida del desierto del Sáhara. O un abeto que increíblemente logra sobrevivir en la isla subantártica de Campbell. Historias fascinantes que se encuentran en ‘El increíble viaje de las plantas’, el último libro del investigador italiano Stefano Mancuso, que una vez más nos hace mirar de una manera distinta el ‘inteligente’ y heroico mundo vegetal. 

Stefano Mancuso, profesor en la Universidad de Florencia y director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal, no deja de sorprendernos en cada libro que saca sobre la inteligencia vegetal. En Galaxia Gutenberg ha publicado El futuro es vegetal, Biodiversos y Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal; este año nos ha traído, en la misma editorial, El increíble viaje de las plantas.

Como bien explica la contraportada de este último volumen, Mancuso nos ha descubierto “que las plantas son sensibles, se comunican e intercambian información, duermen, tienen memoria, cuidan de sus hijos, toman decisiones, resuelven problemas…”. El Asombrario ya atendió las investigaciones de Mancuso hace cuatro años, y aún recuerdo cómo varios amigos veganos se tomaron muy a mal el titular que puse al artículo: ¿Por qué lloran las lechugas? Alguno hasta dejó de seguirme en redes. En fin…

El increíble viaje de las plantas vuelve a estar lleno de casos curiosos en torno al mundo vegetal, que nos hacen pensar una vez más en lo equivocado de tanto antropocentrismo. Entre tanta sustanciosa historia, llenas de sabia savia, hemos elegido cuatro para este verano asombrario. 

Comenzamos con los combatientes de Chernóbil, central de la entonces URSS (hoy Ucrania) que en 1986 sufrió el accidente nuclear más grave de la historia, y que causó decenas de miles de víctimas. “La zona evacuada –la llamada zona de exclusión, 30 kilómetros a la redonda de la central– se blindó por completo y durante decenios se prohibió que nadie accediese a ella”. “Los efectos del desastre de Chernóbil fueron tan devastadores que todavía hoy, más de 30 años después del accidente, apenas tenemos una vaga idea de sus consecuencias y del tiempo que deberá transcurrir para que todo vuelva a la normalidad”. “Una parte considerable de los bosques, incluidos en la zona de exclusión y formados sobre todo por pinos silvestres, murió de inmediato, adoptando un color rojizo y dando pie al fenómeno que desde entonces se conoce como bosque rojo”. Pero… “Pasados los dramáticos efectos de la primera exposición a dosis tan altas de radiactividad, las plantas hallaron el modo de sobrevivir y adaptarse a esas condiciones aparentemente incompatibles con la vida. Lo ocurrido en la zona de exclusión roza lo increíble. Ese espacio inaccesible al ser humano es hoy en día uno de los territorios con mayor biodiversidad de la antigua Unión Soviética. Se diría que el hombre es más nocivo que la radiación. Y es que la supresión de la actividad humana en esa zona ha creado, de forma involuntaria, una enorme reserva natural”.

El ‘bosque rojo’ cercano a Chernobyl.

Otro caso fascinante es el de los Hibakujumoku, unos árboles que son los verdaderos supervivientes de la bomba atómica en Hiroshima, “un himno viviente a la fuerza de la vida”. Como un ginkgo, un pino negro japonés y un muku; árboles en apariencia normales, de no ser por el evidente sentimiento de respeto, e incluso afecto, que suscitan entre las personas que se desplazan a conocerlos. El campeón de los Hibakujumoku es un sauce llorón nacido de unas raíces que habían sobrevivido bajo tierra; en su cartel puede leerse que se encontraba a sólo 370 metros del epicentro donde estalló la bomba atómica. Atención al dato: El héroe vegetal fue capaz de sobrevivir a una temperatura del suelo que alcanzó, aquel 6 de agosto de 1945, entre los 4.000 y los 6.000 grados. No es de extrañar que los visitantes le miren con tanto respeto.

Seguimos repasando heroicidades vegetales de la mano de Mancuso. Hasta llegar al abeto de la Isla de Campbell, uno de los lugares más remotos de la Tierra. Con una superficie apenas superior a la de la isla de Formentera, se encuentra 600 kilómetros al sur de Nueva Zelanda, en plena región subantártica. La isla siempre ha estado deshabitada, pues el clima es endemoniado. “El sol brilla raramente, una media de 650 horas anuales, y durante siete meses al año hay menos de una hora de luz al día. La temperatura se mantiene constante en torno a los 7 grados, llueve muchísimo y todos los años se registran más de 100 días con vientos superiores a los 100 kilómetros por hora”. “Ese clima espantoso es una de las razones por las que ninguna comunidad humana se ha establecido nunca en la isla en los 250 años transcurridos desde su descubrimiento”. “Con un clima semejante, lo esperable sería que ni siquiera los árboles tuvieran posibilidades de sobrevivir, y, de hecho, la vegetación de la isla es la propia de la tundra: musgos y líquenes, plantas herbáceas, unos cuantos arbustos y ningún árbol…”. Con una pequeña e importante excepción: un magnífico ejemplar de Picea sitchensis. “El árbol vive tan alejado de cualquier otra planta de su especie que figura oficialmente en el Libro Guinness de los récords como el árbol más solitario del mundo”. ¿Cómo llegó ahí? Parece ser que por el empeño de un excéntrico lord inglés, Uchter John Mark Knox, gobernador de Nueva Zelanda entre 1897 y 1904, que quiso convertir la isla de Campbell en una factoría de madera para construir barcos para mayor gloria del Imperio británico; así que ordenó plantar cientos o miles de árboles. Al cabo de unos años, todos desaparecieron…, excepto esa Picea sitchensis, que ha cumplido ya más de 115 años.

La Picea de la isla de Campbell, el árbol más solitario del mundo.

Pero la Picea de la isla de Campbell no siempre ha sido el árbol más solitario del mundo. Terminamos con otra malograda heroína: la acacia del Teneré. “Hasta 1973, ese título tan poco envidiable correspondía a otro excepcional campeón del arte de la supervivencia en hábitats extremos: la acacia del desierto del Teneré. En uno de los lugares más áridos del mundo, caracterizado por una absoluta falta de vegetación, esta acacia, único árbol en cientos de kilómetros de paisaje arenoso, ha sido durante más de tres siglos un punto de referencia para las caravanas de dromedarios de los tuaregs”. Las condiciones climáticas del Teneré, en el norte de Níger, son las más extremas que puede haber en la Tierra: parte centro-meridional del Sáhara, un desierto dentro del desierto, “una abrasadora pesadilla clasificada como zona hiperárida, con temperaturas máximas que superan a menudo los 50 grados y uno de los niveles de precipitación más bajos del mundo, entre los 10 y los 15 milímetros anuales, lo cual significa que pueden pasar varios años sin que caiga una sola gota; y con más de 4.000 horas de sol al año. En estas condiciones no hay vegetación que sobreviva”.

Cómo un árbol pudo crecer en un entorno tan poco hospitalario es un verdadero misterio. “La acacia del Teneré (un ejemplar de Acacia tortilis) estaba tan aislada que era el único árbol marcado en los mapas de la región a escala 1:4.000.000. Se cree que pudo ser el último ejemplar de una pequeña población proveniente de una época, no tan lejana (6.000 años), en la que el agua todavía no había desaparecido del todo en la región y todavía podía sustentar algunas formas de vida vegetal”.

“El hecho de que en 1959 el árbol fuera embestido por un camión era un triste presagio de su inverosímil destino. Pensemos: ¿cuáles son las probabilidades de que te atropelle un camión en medio de la nada del Teneré? Poco menos que ninguna”. Pues ocurrió. “El 8 de noviembre de 1973, un conductor libio borracho consiguió materializar esa única probabilidad entre millones y acabó con el único árbol del desierto tras hacer diana en él con su camión”. El árbol más solitario y, sin duda, también el más desafortunado.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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