Historias de una madre confinada (2): El cepillo de dientes vegano y los genéricos

Historias de una madre confinada (2): El cepillo de dientes vegano y los genéricos

Foto: Pixabay.

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Hace un mes, Alejandro Palomas nos comentaba en la primera entrega de ‘Una madre confinada’ que esta pandemia le parecía una mala jugada del mismísimo Nosferatu. En esta segunda entrega, nos cuenta ciertos roces con sus hijas a costa de un cepillo de dientes vegano y la recomendación de no tomar ‘genéricos’. Cosas del encierro de una madre de 80 años.

Hoy mi madre ha puesto la guinda a un pastel que venía horneándose desde hacía unos días en nuestro confinamiento. Lo cierto es que madre y hermana no siempre llevan bien la convivencia obligada. Una se escaquea lo que puede de todo lo que la otra considera necesario para que mantenga la cordura. A saber: ducha diaria, pastillas a la hora, comida sana, sal y azúcar controladas, no abuso de chocolate, no chuches a la perra obesa… En fin, un largo listado que mi madre teme y odia a la par y contra el que utiliza todas las argucias que se le ocurren, la mayoría sin éxito.

La primera parte de la guinda de ese pastel “madre-que-quiere-huir-como-sea-de-hija-mediana” ocurrió el miércoles. Mi hermana llegó de hacer la compra cargada con una bomba de relojería que ninguno supimos ver. Al levantarnos de la siesta, mamá salió del cuarto de baño con un cepillo de dientes en la mano. “Qué bonito. ¿Es nuevo?”, preguntó. Mi hermana respondió que sí. Al parecer se lo había regalado Marisa, la farmacéutica. Mi madre se puso las gafas y estudió el cepillo con atención. “¿Es un poco raro, no?”. Mi hermana me miró y yo me senté. “Raro”, en el lenguaje de mamá, quiere decir “preparaos-porque-estoy-empezando-a-tener-una-teoría”. Mi hermana la atajó: “De raro nada. Es un cepillo como cualquier otro, mamá. Lo único que pasa es que es vegano”.

Error. Mi madre irguió las orejas como un Husky y se acercó el cepillo a la nariz para olisquearlo. “¿Vegano?”, preguntó. Luego empezó a reírse bajito, como si de repente estuviera sola en el pasillo y hubiera descubierto una caja de bombones de licor escondida debajo de una baldosa. “Pero, hija, ¿cómo va a ser vegano si es un cepillo de dientes? Vegana es tu hermana mayor. Y Celia, pero Celia no cuenta porque desde que la dejó la novia esa de las chinchetas en la lengua se apunta a cualquier cosa”. Mi hermana se sentó a mi lado y respiró hondo.

“Mamá, es un cepillo de dientes vegano, en serio.” Mi madre volvió a inspeccionar el cepillo y, no contenta con eso, le pegó un mordisco a las cerdas e intentó arrancarlas. Sin éxito. Nos miró con cara de fastidio. “¿Se come?”, preguntó. Intenté no reírme. Una de las cerdas se le había quedado clavada entre los incisivos superiores como una especie de pelo duro y blanco que no le permitía cerrar del todo la boca. “No, mamá. ¿Cómo quieres que se coma?”, respondió mi hermana. “Es un cepillo de dientes”.

Mamá arrugó la boca. El pelo asomó entre los labios. “Pues, hija, si no se come, qué más te da que sea vegano. Desde luego, estáis todos locos”. Dicho eso, dejó el cepillo encima de su mesita de noche y decidió sentarse a hacer sopas de letras en la terraza.

Sin embargo, como suele ocurrir a menudo, la bomba no había estallado aún. Pasó la tarde, cenamos y nos acostamos. Por la mañana, mientras barría la habitación, mamá hizo un hallazgo que la llenó de dicha no confesada: el cepillo de dientes que había dejado en la mesita no estaba. O mejor, estaba, pero no en la mesita, sino debajo de la cama de mi hermana, totalmente mordisqueado, hecho trizas. Obviamente, el estropicio era obra de su perrita, que siente predilección por todo lo que sea nuevo y de uso personal no comestible. Ella se limitó a recogerlo sin decir nada y a guardárselo en el bolsillo de la bata.

Por la tarde, mientras mi hermana y yo trabajábamos en el jardín, subí al lavabo. Al acercarme a su habitación, oí a mamá hablar por teléfono, muy excitada. Hablaba con S, mi hermana mayor: “Hija, ¿te lo puedes creer? Tu hermana está fatal, pero ahora de verdad. Se compra cepillos de dientes veganos. ¡Veganos! (…) ¡No! ¡No es eso! ¡Se los come por la noche, cuando no la vemos! (…) ¡Porque es sonámbula! Ay, S, tienes que sacarme de aquí. No sabes. He envejecido veinte años. Tu hermana es de espacios libres, ya lo sabes, medio asilvestrada, y lo de estar encerrada la tiene loca. Eso de comerse los cepillos de dientes seguro que tiene un nombre, búscalo en Internet. Digo yo que a lo mejor hay que internarla un tiempo. Ingrid me dijo ayer que a veces empiezan así y luego se comen la ropa y los marcos de las ventanas. A una prima suya le pasó. Y bueno, hay otra cosa que no te he dicho. (…) Lo de los genéricos, que esa es otra. Sí, solo me trae genéricos de la farmacia y yo no digo nada, pero cuando no me ve los tiro al váter. ¿Cómo que por qué? Pero hija, si eres tú la que dice que nos están envenenando con todos los genéricos y la soja que te ensancha el corazón como a los bueyes, que por eso se nos pone un pecho tan grande y el otro se nos queda igual. ¿No eras tú la que manda todos esos folletos donde dice que los genéricos son veneno?

Se hizo un silencio. Pude oír a mi hermana mayor gritar algo al otro lado de la línea cuando mi madre se separó el teléfono de la oreja.

-¡Transgénicos, mamá! ¡Son transgénicos, no genéricos! ¡Trans-gé-ni-cos!

Mamá dejó que mi hermana se explayara al aire mientras ella miraba distraídamente la portada de una revista del corazón y, cuando por fin llegó la calma, volvió a ponerse el teléfono en la oreja y dijo:

“La verdad, cielo, no sé por qué me llamas para reñirme, si sabes que estoy encerrada por ser vulnerable. Y encima con una hija que se come los cepillos de dientes y que me esconde el chocolate. Menos mal que tengo a tu hermano, él sí que me escucha. Ya lo decía la abuela, ten un hijo, ten un hijo. Las niñas están bien, pero que no te falte un hijo, porque ellas al final te esconderán el chocolate para que dures más. Y mira. Ay, cuánto echo de menos a la abuela…”.

Silencio. Mi madre se apartó el teléfono de la oreja y clavó los ojos en la pantalla. Luego miró a su perrita, que estaba comiéndose un paquete de pañuelos de papel, y le dijo, cogiéndola en brazos y besuqueándola:

“¿Quieres que mami te dé un yogur de chocolate vegano?”.

Me escondí en el baño.

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Comentarios

  • Sonia

    Por Sonia, el 22 abril 2020

    Leer estos artículos es como leer fragmentos de tus novelas.¡Esas madres y abuelas!
    Gracias.

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