03.06.2019

Volver siempre a sabios como Humboldt y su pasión por lo desconocido

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Alexander von Humboldt, retratado por el pintor alemán Joseph Karl Stieler.

“He presenciado mucho, pero, en comparación con lo que deseaba, ha sido muy poco”. Lo dijo Alexander von Humboldt poco antes de morir, cerca de cumplir 90 años, en 1859, y su lamento podría ser el epitafio de cualquiera de nosotros. Ahora, 160 años después, un libro de la periodista y editora alemana Maren Meinhardt revisa a fondo el trabajo y personalidad de este sabio que fusiona con excelencia los albores de las revoluciones industriales, la Ilustración y el auge del romanticismo.

El polímata prusiano tuvo el consuelo de haber exprimido la vida al máximo. Su nombre resuena ahora por haber sido un gran naturalista, por su curiosidad insaciable, por sus libros sobre plantas, sobre astros, sobre minas o por sus cuadernos de viajes a través de Europa y América Latina. Y por haber personificado la visión romántica de su época y su siglo, la actitud de quien quiere conocer experimentando en primera persona aquello por lo que se interesa.

La editorial Turner acaba de publicar en español Alexander von Humboldt. El anhelo por lo desconocido, de la periodista y editora alemana Maren Meinhardt. La autora explica bien el trasfondo de toda la vida de Humboldt en una frase que recorre todo el libro: “Una vez más, la misma paradoja, que ya era bastante llamativa en los experimentos fisiológicos a los que él mismo se sometía: aquello que podía concebirse como la más subjetiva de las medidas –su propia respuesta emocional– era, de hecho, aquello capaz de generar el juicio más objetivo”. O, como escribe en otro párrafo: “Contempló la posibilidad de que la manera más veraz de comprender la esencia de los fenómenos naturales fuera mediante respuestas emocionales. Para ello, era necesario ir más allá de lo puramente cuantitativo, la simple recogida de datos, y obtener lo que denominó como una impresión total”.

El libro de Meinhardt se complementa muy bien con La invención de la naturaleza. El Nuevo Mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf, publicado hace unos años por Taurus, y que se ajusta más a patrones más habituales en biografías. El anhelo por lo desconocido, en cambio, tiene algo de autobiografía, pues su autora hace hablar más al autor a través de sus propias cartas, artículos y libros, con un entrecomillado muy bien hilvanado y escogido. La lectura de los dos nos da una panorámica nutrida y muy amena de una época –los albores de las revoluciones industriales, la Ilustración y el auge del romanticismo– que aún nos condiciona, también para mal, como vemos en estos años de hipertrofia de la subjetividad y el ensalzamiento de las emociones.

De “las torres del tedio” al Amazonas

Humboldt había nacido en una familia aristocrática del Reino de Prusia, y tanto él como su hermano mayor, Wilhelm, se criaron bajo un código de conducta estricto, muy enfocado a la función pública o al Ejército. Alexander, que dejó una nutrida correspondencia, se refería a su casa familiar de Tegel como “Las torres del tedio”, según cuenta Meinhardt en el libro. Por decisión familiar, había estudiado cameralismo, una disciplina universitaria que preparaba a los pupilos para la gestión de las haciendas y los recursos provinciales. En una carta de su hermano Wilhelm, sorprende encontrar ya entonces una letanía respecto a la mala calidad de las universidades similar a las habituales hoy: “Si conoces a alguien que desea ser doctor y no haya aprendido nada, simplemente envíalo aquí”.

Alexander se dedicó a estudiar las minas, y sus primeros inventos estuvieron relacionados con artilugios que facilitaran su explotación de forma más eficiente y segura, como fue el caso de lámparas con mechas más consistentes. Bajar a las entrañas de la Tierra tenía algo ya de homenaje a la exaltación romántica del yo y las tinieblas interiores. Gestionó con éxito minas en Prusia, y sus maestros consideraban que su lugar estaría en un alto cargo relacionado con ello en la administración prusiana. Así se le ofreció en diversas ocasiones, hasta que Alexander decidió abandonar las comodidades y viajar para conocer.

Es cierto que tuvo todas las facilidades financieras y políticas para prosperar y poder saciar su curiosidad. Más aun en una época en que los avances de la Revolución Industrial se dejaban notar, especialmente en la creación de un estado de ánimo general optimista respecto al futuro. Era amigo de Goethe, de Schlegel y otros escritores y filósofos, y frecuentaba los salones literarios de Berlín. Pero la suya –aunque frecuente en viajeros románticos– no fue la actitud mayoritaria de unas clases aristocráticas sonámbulas ante la llegada de un nuevo mundo, representado por la Francia napoleónica.

Alexander embarcó hacia América Latina, con parada en las Islas Canarias. Allí exploró el Teide y se reforzó su fascinación por los volcanes, de nuevo en conexión directa con lo interior real, lo oculto y determinante. Las Indias Occidentales ejercían entonces una atracción similar a las Orientales, y la época ya se había encargado de encumbrar el estado de naturaleza que encontrarían. Rousseau y otros ya habían ensalzado al “buen salvaje”, pero los que él conoció no eran como le habían prometido las lecturas en su hogar. “Uno se resiste a la idea de que este estado de infantilismo social, esta tropa de indios lastimosos, taciturnos y apáticos deba representar la forma original de nuestra especie”, escribió. Aunque tampoco era capaz de sustraerse a la visión romántica: “Qué diferencia tan grande hay entre los indios libres y aquellos de las misiones, que están esclavizados por las ideas y la opresión de los sacerdotes”.

Recorrió el Amazonas y cuestionó la oposición europea a la idea de que dos grandes sistemas fluviales pudieran estar conectados. Cruzó los Andes, viajó en barco a Ecuador para explorar allí el volcán Chimborazo y tomar medidas exactas de su altitud, y finalmente fue recibido en la Casa Blanca por otro polímata y viajero de curiosidad infinita, el presidente de Estados Unidos Thomas Jefferson. Durante sus viajes tomó notas, medidas e hizo dibujos que ayudarían posteriormente a la ciencia a progresar. Quería encontrar la relación entre todos los fenómenos de la naturaleza y del ser humano, y por esa razón ningún tema quedaba lejos de su interés.

Como explica Meinhardt al comentar Cosmos, la opus magna de Humboldt, buscaba “reunir todo lo que consideraba importante sobre su perspectiva de la ciencia. Su mayor preocupación sería la búsqueda de fuerzas y estructuras comunes subyacentes a distintos fenómenos: se trataba de hacer hincapié en que los fenómenos no podían analizarse aislados. […] Humboldt tenía un propósito global: unificar la investigación científica con la percepción estética y emocional”. Una idea de totalidad propia de su época, hoy algo olvidada en pos de una hiperespecialización que, con toda seguridad, Humboldt encontraría tan empobrecedora y aburrida como su casa de Tegel.

La vida de Alexander von Humboldt es fascinante, y este libro también lo es, en la medida en que sabe transmitirla y contagiar su entusiasmo. Además, al haber dejado que fuera Humboldt el que hablara a través de sus textos y correspondencia, he descubierto citas de sus obras aparentemente menores que jamás habría leído si un autor –o, en este caso, una autora– no se hubiera tomado la molestia de llevar a cabo un trabajo tan exhaustivo de revisión de las fuentes. Como esta, que engarza con el trascendentalismo de mi admirado Ralf Waldo Emerson, y de él hasta Borges y su Aleph: “El mundo físico se refleja en lo más íntimo de nuestro ser con toda su verdad viviente. Cuánto da carácter individual a un paisaje el contorno de las montañas que limitan el horizonte en un lejano difuso, la oscuridad de los bosques o de pinos, el torrente que se escapa del centro de las selvas y se estrella con estrépito entre rocas suspendidas; cada una de estas cosas ha existido, en todo tiempo, en misteriosa relación con la vida interior del hombre”.

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Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

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2 comentarios

  • El 03.06.2019 , Asanuma ha comentado:

    Excelente. Solo añadir que Humboldt, antes de su llegada a Canarias y su marcha hacia América, estuvo medio año recorriendo la Península Ibérica -y tomando notas- junto a su amigo francés Aimé Bonpland.

  • El 03.06.2019 , Isidoro Sanchez Garcia ha comentado:

    En primer lugar señalar que Humboldt recorrió los paises de Colombia, Ecuador y Peru por tierra, desde Cartagena de Indias al puerto del Callao en Perú atravesando la gran avenida de volcanes de Ecuador y en particular el Chimborazo. De Perú subió a Mexico en barco con escala en Guayaquil (Ecuador) y de Acapulco cruzó a Veracruz saltando a Vuba en barco y luego seguir a Estados Unidos para hablar con el presidente de USA, Thomas Jeffersom. En segundo lugar recordar el impacto de su visita a Tenerife despues de conocer in situ el Drago de Franchy en La Orotava y el volcán Teide

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