25.08.2015

¿Inapetentes? Contra la medicalización de nuestra vida

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Píldoras. Foto: Pixabay.

Píldoras. Foto: Pixabay.

A raíz del reciente lanzamiento de la ‘viagra rosa’ para ‘despertar’ la apetencia sexual de las mujeres, una reflexión sobre la perniciosa hiper-medicalización de todos los aspectos de nuestra existencia, desde el carácter de los niños al sexo y el envejecimiento con naturalidad, a través del libro ‘La expropiación de la salud’, escrito por los médicos Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández: “Vivir sólo para tener salud es un síntoma de mala salud, pues se deja de disfrutar de la vida”.

Debo confesar que entre las noticias y serpientes de este agosto, aparte de las trolas tozudas del PP, una me ha llamado poderosamente la atención: el lanzamiento de la píldora rosa, o “viagra femenino”, para azuzar el deseo sexual de las mujeres. Se presentó la semana pasada y el impacto ha sido brutal. Lo escribes en Google y ya obtienes casi 800.000 entradas. Una prueba más -así lo veo, matices aparte- de la interesada medicalización de nuestras existencias. Y, en este sentido, no quiero que pase esta Ventana Verde sin dejar de recomendar una de las mejores lecturas que he tenido este agosto: el libro La expropiación de la salud, escrito por Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, y publicado hace tres meses por una de esas editoriales tan pequeñas como independientes y valientes, Los Libros del Lince, al frente de la cual se encuentra Enrique Murillo, un hombre al que conozco y admiro desde su paso por el suplemento Babelia de El País, y que ha publicado últimamente otros libros que considero revolucionarios de cabecera, como No vamos a tragar, de Gustavo Duch, sobre la pérdida de soberanía alimentaria de la gente y las sociedades a favor de las multinacionales de la alimentación, y Medicamentos que matan y crimen organizado, con un subtítulo que lo dice todo: Cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud, del catedrático danés Peter C. Gøtzsche.

Y digo que ha sido una de las mejores lecturas, porque, aun en desacuerdo con ciertas, para mí, excesivas críticas al sistema sanitario y los estupendos profesionales que le dan cuerpo, es un libro que consigue lo mejor que puede conseguir un libro (como también aseguraba Javier Morales en su última Área de Descanso en esta revista): abrir debates, conducirte a las preguntas más incómodas, llevarte a cuestionarte planteamientos que dabas por sólidos, darle la vuelta a muchas situaciones que aceptamos casi porque sí. Y una de esas situaciones provocadas es la progresiva medicalización de nuestras vidas, por intereses de las empresas. A propósito de la píldora rosa, escribía el pasado domingo Milagros Pérez Oliva, una de las mejores periodistas que le quedan a El País: “No es, pues, difícil deducir que estamos ante un nuevo capítulo de la estrategia que desde hace algún tiempo siguen las farmacéuticas para promover sus productos, especialmente cuando las ventajas no están del todo claras. Consiste en vender primero la enfermedad y luego el fármaco. Se trata de crear primero conciencia de que existe una necesidad no atendida, ofrecer la solución y promover una demanda social de tratamiento mediante la movilización de médicos y pacientes. Con esta estrategia se han logrado dianas comerciales tan exitosas como la de la píldora de la timidez (paroxetina), la del antidepresivo Prozac (fluoxetina), que sigue tomándose muy por encima de las necesidades reales, o el propio Viagra. (…) La flibanserina se promueve ahora para tratar el llamado “desorden de deseo sexual hipoactivo”. Pero ¿cuándo y cómo comienza ese desorden? ¿En qué consiste exactamente? ¿Cuáles son sus causas? El sexo es algo muy psicológico y el estrés, por ejemplo, tan común en nuestros días, provoca inapetencia sexual. ¿Qué es lo que se ha de tratar exactamente?”.

Y aquí llega el trabajo de Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, médicos, docentes e investigadores, que han desarrollado su trabajo dentro del Sistema Nacional de Salud tanto en grandes ciudades como en áreas rurales, y que han participado en proyectos de evaluación de la atención primaria no sólo en España, sino también en Brasil, Bulgaria y Georgia, y han publicado centenares de artículos en revistas especializadas. En el primer capítulo de su nuevo libro -antes ya habían publicado Sano y salvo (y libre de intervenciones médicas innecesarias), también en Los Libros del Lince- un párrafo me enganchó a la obra y me animó a dedicarles esta Ventana Verde, que lo que busca y rebusca es un nuevo pacto con el planeta y con nosotros mismos, una nueva forma de estar aquí, más consciente y natural, y menos dirigida por los intereses de un modo de vida capitalista radical que nos está llevando a la destrucción de la Tierra y de la esencia humana. Aquí ese párrafo sin desperdicio: “La salud es personal e intransferible, es una vivencia. La salud es un recurso para vivir, no un fin en la vida. Salud es ser capaz de afrontar, sin perder el ánimo, las adversidades, los inconvenientes, los problemas y los sinsabores de cada día. Sin salud nada parece valer la pena, pues la salud es la fuente de la que mana el disfrutar de la vida. Pero vivir sólo para tener salud es un síntoma de mala salud, pues se deja de disfrutar de la vida”.

Llama la atención ahora el interés del sistema occidental por tratar la apetencia sexual de las mujeres, pero a base de píldoras, sin preocuparse de que quizá/seguramente está motivada por circunstancias menos médicas, como es el mantenimiento de sistemas patriarcales de injusta distribución de la carga de trabajo, motivaciones y retribuciones entre géneros, o como es la promoción insistente desde la publicidad de prototipos de lo que debe ser una mujer seductora, causa sin duda de que muchas mujeres que no se ven así no estén a gusto con su cuerpo, y por tanto no se vean atractivas y capaces de disfrutar y hacer disfrutar del sexo. Pero no, en vez de preocuparnos por el estrés, como decía Pérez Oliva, o los micromachismos recalcitrantes, ahora nos inventamos la píldora rosa. Sucede también con los suicidios; La expropiación de la salud se encarga de recordárnoslo. Qué pocos medios ponen los sistemas políticos capitalistas para crear sociedades más humanas, serenas y estabilizadoras, cuando, por ejemplo, en España, en 2012, se registraron 10 suicidios diarios, lo que significó más víctimas que la suma de homicidios (1.500), accidentes de tráfico (1.300) y accidentes laborales (550).

La salud no es algo absoluto y monolítico, sino relativo. Nos lo recuerdan Juan y Mercedes: “Podríamos definir la salud como el equilibrio biológico, mental y social entre lo que se puede hacer y lo que se desea hacer. Ese equilibrio se puede lograr sin querer o por convencimiento, y se reajusta según la edad, el sexo y la situación personal, familiar y social”. “El fiel de la balanza es dinámico, cambiante con la situación, y se adapta a nuevos marcos según una idiosincrasia particular y según las expectativas culturales y sociales. Incluso es posible morir con salud si se logra un equilibrio adaptado a esa especial y singular experiencia personal. En sentido opuesto, el umbral puede estar tan bajo que el mínimo inconveniente o infortunio se viva intensamente como enfermar. Esa concepción de la salud permite entender por qué cada vez se sienten más enfermas las poblaciones cultas, desarrolladas y opulentas, llenas de salud y de oportunidades de disfrutar de la vida. Los ciudadanos de los países ricos rebosan salud, pero aspiran a más, y esa expectativa insaciable les lleva al consumo inmoderado de bienes y servicios sanitarios con el resultado de una insatisfacción constante”. “Es un objetivo inalcanzable estar sano en las condiciones que marca una medicina sin límites, y la preocupación malsana por la salud, de individuos y poblaciones, es una preocupación enfermiza y sólo beneficiosa para los médicos charlatanes y para las industrias que los apoyan”.

Ay, la ansiedad de las sociedades opulentas… “La medicalización de la vida termina produciendo fenómenos de masas aparentemente inexplicables. Por ejemplo, llenar las consultas de urgencias hospitalarias cada vez que hay epidemia de gripe estacional, cuando la mayoría de estos pacientes no requieren ninguna atención médica, sino solo un poco de autocontrol y autocuidado”.

Y ponen un ejemplo elocuente de la estrategia del miedo a perder la salud para sacar pingües beneficios unos cuantos: “Si no basta con el miedo normal a la gripe, se crea una epidemia ad hoc, un plus hasta el pánico. Puede parecer ciencia ficción, pero así se hizo en España. Los médicos expertos y sus sociedades científicas (financiadas por las industrias farmacéuticas) y los periodistas y sus empresas con los mismos intereses hicieron ver en enero de 2014 que la gripe estacional de ese invierno era especial, que era la A y que estaba provocando muertes por doquier. ¿El remedio? La vacuna y los antivirales como Tamiflu. De hecho, se multiplicaron por 5 las ventas de la vacuna. Lo lograron con engaño, pues en realidad la gripe A vino en 2009 para quedarse en el mundo, y el virus A es ahora el más frecuente en las epidemias de gripe invernales. No hubo nada especial, ni había mayor mortalidad. Pero ante las pocas ventas, en España los expertos y los periodistas redescubrieron la gripe A en enero de 2014 con tal de asustar, como si el virus de la gripe A fuera un nuevo y extraordinario invitado de esa temporada en la sopa de virus gripales. Ignorancia sesgada, para inyectar miedo, para invitar a consumir en masa las vacunas y antivirales que sobraban de ese año. Para vender, hubo que provocar pánico e histeria”.

Sí, una vez más la estrategia del miedo -a la que asistimos en múltiples variantes, como el terrorismo o la precariedad del empleo- para hacer dóciles las masas, permeables sin resistencia a los intereses y discursos dominantes.

Nos detenemos en otro caso, que explican bien Juan y Mercedes en su libro: el de la obesidad: “En la actualidad, la obesidad tiene un fuerte y negativo estigma social. Ya señalamos que se suele olvidar su componente político y social. Se impone una visión profesional biológica de la obesidad de forma que parece una elección individual y siempre controlable, un simple problema médico. Sin embargo, la obesidad es un problema generalmente asociado a la pobreza y a la desigualdad social, al diseño absurdo de la geografía humana y al bajo nivel cultural formal. Al cargar la obesidad exclusivamente sobre los hombros del obeso se comete un error, y en muchos casos se convierte a la víctima en culpable. Los factores personales son importantes en cada caso, pero la epidemia tiene causas generales políticas y sociales que se suelen ocultar o minimizar”. “La obesidad es fundamentalmente un problema político. La obesidad depende de la organización de la sociedad. La obesidad afecta sobre todo a los pobres de las sociedades ricas. Quien come comida basura (chatarra) y quien ingiere bebidas basura (chatarra) es básicamente el pobre. Es la vida miserable y estresante de los pobres en las sociedades ricas la que provoca la obesidad, a base de comer y beber basura (chatarra). Así, en España se ha demostrado que la obesidad entre los niños y adolescentes de 8 a 17 años afecta al 16% de aquellos cuyos padres o tutores tienen como máximo educación general básica, y al 8% de aquellos cuyos padres o tutores tienen bachillerato o estudios universitarios. Entre adultos, las mujeres de clase baja tienen casi el doble de riesgo de tener obesidad”. “Las industrias de alimentación son las responsables de la ingesta de la comida basura (chatarra), con sus promociones, por ejemplo, de “hidratar” (Coca Cola y sus refrescos varios), de “desayunos saludables” (Kellogg’s y sus cereales) y de falsa “dieta mediterránea” (McDonald’s y otras industrias). Es también la geografía urbana la que exige largos desplazamientos en vehículos de motor, privados y públicos, y la que determina el tiempo disponible para la vida familiar, para comprar, cocinar y comer la verdadera dieta mediterránea, y para disfrutar de la vida. Esta geografía no obedece a un diseño arbitrario, sino a una ideología que promueve el uso del automóvil privado”.

Aquí es donde quiere llegar esta Ventana Verde semana tras semana: cómo todo está relacionado, cómo la ecología no se puede reducir a esos recuadros de noticias en las páginas de Sociedad de la prensa con estudios sobre especies en peligro de extinción o campañas por la limpieza de las playas, sino que es algo -mucho- más, todo. Acabamos de ver otra prueba: cómo el sistema demencial de distribución del territorio y planeamiento de las ciudades, abandonando el esquema de ciudad mediterránea, lleva emparejado también el abandono de la dieta mediterránea e incide decisivamente en las altas tasas de obesidad.

“La vida entera se medicaliza, desde la alimentación al sexo, desde el ejercicio físico al envejecimiento”, subraya La expropiación de la salud. Terminamos, a modo de resumen, con una conclusión, que no puede estar mejor expresada: “Podemos considerar perversa y patológica la búsqueda obsesiva de la salud perfecta a través de la cultura de consumo de la prevención del riesgo y de la porno-prevención que todo mal quiere evitar, típica de la sociedad occidental. Esta obsesión es la que transforma el círculo virtuoso (que incrementa la salud por el propio disfrute de la vida) en el círculo vicioso que atemoriza y encoge el alma hasta vivir sin alegría, con la enfermedad en los talones”.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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2 comentarios

  • El 26.08.2015 , Magu Fero ha comentado:

    Gracias por el excelente artículo y la recomendación para lectura.

    El número de homicidios intencionados en España en 2012 fue de 362, por cierto.

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