30.06.2020

Intentemos frenar esta agitación permanente, esta prisa que nos paraliza

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Foto: Pixabay.

Que no, que por frenar no nos vamos a perder nada. Todo lo contrario. La velocidad de la vida se ha convertido en una problemática crucial causante de multitud de malestares modernos. Una velocidad que como sostiene el sociólogo alemán Hartmut Rosa no nos hace necesariamente más felices, sino que actúa provocando alienación y una acuciante distorsión de nuestros vínculos afectivos alterando nuestra relación con el mundo. ¿Y si Ítaca está lo pequeño y cercano? Urge alguna forma de armisticio, dejar de buscar lejos, profundizar en lo cotidiano, escapar del estado de hiperactividad sin contenido y arrancarnos la perversa obsesión por un rendimiento constante que nos desgasta.

Definitivamente no sabemos parar. O tal vez, sencillamente, no queremos hacerlo.

En estos meses de disrupción, impaciencia masiva y actualidad apocalíptica eran muchos los que vaticinaban que estaríamos irrevocablemente abocados a la implantación de velocidades distintas. Algo así como un contingente reajuste a cadencias más humanas sobre escenarios continuamente repetidos. La pandemia operando como una bifurcación inevitable o catalizador que trastocaría todo lo que no era susceptible de ser imaginado unos meses antes.

Sin embargo, no iba a resultar tan fácil. Cómo centrarse en cualquier asunto con lo que nos está sacudiendo, cruzados por un trastorno global que va dislocando incluso lo que parecía inalterable. Desorientados a mitad de camino hacia ningún escenario de suficiente seguridad.

Sí y no. Sí, porque todo esto nos está ocurriendo y es ineludible, y no, porque ese culto al aceleracionismo era algo que ya nos estaba pasando; acaso, nos hemos precipitado solamente un poco más.

De tal modo que la invasiva presencia de las nuevas tecnologías ha puesto también sobre la mesa inconsistencias e incompatibilidades para llevar a cabo cualquier cambio mientras estemos sometidos a este incesante imperio de las prisas. Parece que hemos vuelto a caer en el mismo vórtice desenfrenado de exceso de ruido y distracción permanente. La luz de las pantallas absolutizando las horas, la incertidumbre representanda en un bucle de expectación ansiosa y una consecuente debacle drástica de nuestra capacidad de atención. Pero no es que las cosas vayan cada vez más deprisa, es que no dejamos de pisar el acelerador. Tampoco es solo que la pandemia nos haya inflamado de urgencia las pantallas, es que de antemano ya estábamos hechizados por la vehemencia incendiada del espectáculo de la hiperconexión continua.

Escribe Remedios Zafra en Ojos y capital: “Porque solo parece haber lugar para la voracidad del instante como insaciable necesidad de ahora. Hoy el alimento de la máquina y del poder que la atraviesa es la demanda de actualidad que recolecta dedos posicionados y ojos frescos”.

Fatiga por no saber detener la rueda incesante de opciones que desencadena el capitalismo digital y la ansiedad condensada de tanta multiplicidad acumulándose. Uno de los precios a pagar por el luminoso entretenimiento envenenado que Silicon Valley nos instala a cambio de escarbar en nuestras cotidianidades más mundanas. Aparición de nuevos miedos y nuevas dependencias, como el FOMO, el incesante malestar moderno a estar perdiéndonos algo consensuadamente fundamental y que nos dejaría en un inasumible fuera de juego social. Un descentramiento crónico del sujeto. El pánico a quedarse fuera, a no ser visto, a tener que lidiar con la supuesta irrelevancia derivada de la desconexión. Y no es tampoco que haya que convertirse en un orgulloso ludita radicalizado o en un extravagante apólogo esencialista de formas de vida neolíticas. No, no es eso. Pero probablemente la deserción generalizada de la naturaleza y sus ritmos tengan mucho que explicarnos.

Entretanto, seguimos constatando cómo el exceso de información está socavando la focalización a todo lo que no grita y a todo lo que no puede elegir el estruendo y lo trepidante como manera de estar en el mundo. La distracción mediatizada. La hiperexigencia, la optimización personal sin límite, el fantasma imaginado de la inutilidad, la necesidad compulsiva de querer llegar a todo, la ansiedad y las toneladas de frustración amontonándose con una crudeza cerebral que el solucionismo tecnológico no consigue siquiera aliviar. Saturación en línea. Alboroto en prime time. Ruido. Agotamiento. Casi con toda probabilidad se avecinan tiempos de recetas mágicas que de poco o de nada servirán, de gurús hambrientos de vulnerabilidad ajena y de una lógica bipolar que oscilará entre un impostado optimismo fácil y un fatalismo que aplasta. La publicidad tratará de convencernos de cualquier cosa que prolongue las mismas sedantes dinámicas consumistas de siempre y será difícil escapar de las arenas movedizas de un asedio de discursos hipertrofiados de la emotividad que confunde. Todo ello mientras la amenaza de una posible precariedad o su exacerbación nos mantendrá atravesados de un desasosiego sostenido. Y el miedo, lo sabemos bien, es un arma poderosa de control social que los nuevos entramados de poder saben utilizar a la perfección haciendo desaparecer de la imagen televisada cualquier atisbo de suciedad real, miedo que también paraliza si el marketing neoliberal es capaz de disuadir del todo la rabia y la respuesta.

Sin embargo y a pesar de la tendencia puesta de moda por determinados sectores de patologizar todo lo que hacemos y todo lo que no hacemos, no parece que haya indicios de patología en todo este desplazamiento radical hacia lo virtual.

¿Pero y si Ítaca está en lo pequeño?

En muchos casos, hemos observado cómo el descubrimiento y la importancia adquirida de lo que ya teníamos delante y no éramos capaces siquiera de detectar ha resaltado aún más la rapidez descabezada con la que desarrollamos nuestras vidas. Una velocidad que imposibilita la detección de lo insignificante. Prevaleciendo en demasiadas ocasiones la necesidad de estar ocupados todo el tiempo, el atasco de actividades siempre en disputa con lo más cercano y la multitudinaria sentimentalidad tecnológica compartida que parece adoctrinarnos en una especie de hipnotizante dogma de perpetua productividad hipervisibilizada. Un conflicto constante entre la quietud y la avaricia de experiencias grandilocuentes que hagan de los días un espectáculo adulterado y estimulante. Urge alguna forma de armisticio, dejar de buscar lejos, la profundización del vínculo con lo cotidiano, escapar del estado de hiperactividad sin contenido y arrancarnos la perversa obsesión por un rendimiento constante que nos desgasta.

Ante un escenario de crecimiento de la incertidumbre y de deserción de la naturaleza, si pudiésemos al menos bajar un poco el ritmo, detenernos más en lo pequeño, desobedecer los algoritmos, reventar su acción, ignorar la insistencia constante de las notificaciones parpadeando en nuestros dispositivos, dejar de reforzar a la kalashnikov de estímulos que nos ametralla en simulacros virtuales sin interrupción. En definitiva, elegir unas cuantas cosas y conseguir que funcionen mediante la desactivación del caos implícito que conlleva quererlo todo y a la vez con gula utilitaria. Es pedir mucho, y no lo es.

Porque a bordo de este ritmo enloquecido que expulsa la reflexión no nos quedará otra que asumir la dificultad de abrir nuevas ventanas de posibilidades, líneas de fuga rupturistas que traspasen la roca mediática y puedan abordarse sólidas modificaciones de conductas tanto individuales como colectivas. Ya no se pueden cambiar las cosas tomando ninguna Bastilla, tampoco parece posible hacerlo instalando y sobreutilizando un aluvión de apps ni haciendo un montón de cursos online de 150 horas avalados por prestigiosas escuelas de lo que sea.

Fuera de los engranajes, en la epidermis de las cosas hay poca capacidad de alteración. Nos va a tocar centrarnos.

¿Es posible producir cambios significativos sin estarnos quietos?

Escribía Nietzsche: “Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie”.

Quizá habría que ser un poco más como los gatos, meticulosos observadores de lo que parece quieto, concentrados únicamente en el siguiente movimiento, por leve que este sea, postrarnos a esa lentitud que desbroza la maraña cognitiva engordada sin descanso por la inmediatez. Algo así como apagar para encender. Y articular, tal vez, cualquier conato de hazaña contraepocal desde la potencia afinada que pueda originar la reflexión sosegada. Repetirnos unas cuantas veces aquello del poeta estadounidense Ron Pagget: “En primer lugar, cuida las cosas que están cerca de tu casa. Ordena tu cuarto antes de salvar al mundo. Luego salva al mundo”.

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Sobre el autor


Diagnóstico Cultura es un proyecto formado por los psicólogos Lázaro Santano y Merche García-Jiménez. Un espacio que desde enfoques multidisciplinares reivindica el valor de la cultura como instrumento de cambio y cohesión social. Twitter: @diagnosticocult

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