25.01.2019

Invisibles: ¡Que le den a la dictadura del cuerpo 10!

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Ilustración: ‘Acapulco’, de William Gaber.

Pues nada, que resulta que ahora voy y me entero de que he llegado a la “edad invisible”. Sí, queridos y queridas cincuentistas, parece ser que cuando cumplimos los 50 nos convertimos en algo así como fantasmas. Y digo yo: ¿y si nos ponemos todos una capa de un color que nos guste para reconocernos y hacernos palpables? No olvidemos que somos multitud, al fin y al cabo pertenecemos a la generación del baby boom.

La verdad es que yo, que llevo algunos años en esta decena, no había caído en este detalle hasta que lo vi escrito en la web –últimamente me entero de todo por ahí–. Quizás porque, si os soy sincera, nunca he sido de esas mujeres a las que los hombres miran por la calle. Bueno, miento. Hace un tiempo, cuando pesaba 40 kilos más que ahora, sí notaba ciertas miraditas que hubiera preferido ahorrarme, sobre todo cuando subía a un ascensor o pedía paso para sentarme en el asiento central de un avión. Os lo aseguro, después de haber vivido aquello, pasar desapercibida me parece todo un lujo.

Como persona que ha dejado de ser gorda para convertirse en “madura”, he decidido que, al final, lo que elijo es ser, que ya es bastante, porque a estas alturas lo único que me importa es que este cuerpo serrano aguante mi ritmo –medio, tirando a alto–. No le pido imposibles. O sea, no aspiro a pasear de la mano de un treintañero cachas –a lo Yann Moix– para elevar mi autoestima. Uy, ¡qué miedo!, ahí sí que las comparaciones resultarían odiosas.

El caso es que hoy, aquí, repantingada sobre mi ajada figura, por primera vez me siento más o menos a gusto con mis lorzas, mis arrugas y otros efectos colaterales de haber vivido. Ya nadie espera de mí la perfección. Y mucho menos yo. Es más, confieso que con el tiempo he cogido cariño a mis imperfecciones. ¡Que le den a la dictadura del cuerpo 10! Cada una de ellas me trae a la memoria un recuerdo importante: la cicatriz que recorre mi muslo derecho lleva conmigo desde los ocho años y es un signo de mi tozudez; la que corta por la mitad mi barriga llegó a los 32, y se enorgullece de haber sido la puerta de salida de unas maravillosas gemelas; el culo y las tetas, afectadas por los efectos de la gravedad, son una justa venganza por los años que lo tuve desatendido; las arrugas de la cara, el reflejo de todo lo que me he reído (y llorado).

En fin, supongo que no os habréis creído ni una palabra de lo que acabo de contaros. Yo tampoco, la verdad, pero prefiero verlo así que amargarme echando de menos a todas esas personas que nunca van a mirarme. Qué queréis que os diga, ¡ellas se lo pierden!, porque, Cincuentistas del mundo, ¿qué nos importa a nosotros lo que piensen los mayores que no se resignan a serlo, por muy escritores premiados que sean?

Al fin y al cabo, sabemos que lo que nos falla por fuera es lo que nos refuerza por dentro, ¿o no?

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Sobre el autor

Marta Rañada
Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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