Irina, está usted preciosa esta mañana

Irina, está usted preciosa esta mañana

Foto: Manuel Cuéllar.

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RELATOS / UN AMOR DE VERANO

Si ayer el protagonista de nuestro cuento era un conejo, hoy en la serie veraniega ‘Un amor de verano’, nos topamos con un elegante caballero de modales timoratos. “Desde el primer día deseé abordarla en solitario, pero la oportunidad me era esquiva, pues los pretendientes que la rodeaban impedían el acercamiento. Así aprendí a observarla de lejos y a vivir en el espejismo de formar parte de su círculo más íntimo. Olía ya su perfume cuando me quité el sombrero y le hablé: Buenos días, Irina Vasílievna, está usted preciosa esta mañana”.  

Por CRISTINA CONEJERO MARTÍNEZ 

Fue una tarde de primavera, en este mismo parque, cuando la vi a solas por primera vez. Avanzaba de frente hacia mí por el Camino de los Príncipes y, a pesar de que nos separaba un trecho considerable, supe que era ella; según se acercaba, sus ojos, su nariz, su boca, y hasta la pequeña cicatriz bajo la ceja izquierda, adquirían una nitidez abrumadora. El cabello, libre al viento, se agitaba sobre sus hombros; una falta de decoro imperdonable en otra, pero no en ella. Sin quererlo, mis latidos se acompasaron a sus pasos. Habíamos coincidido en algunos de los bailes que se celebraban en la ciudad, a los que yo asistía más por esnobismo que por convicción. Desde el primer día deseé abordarla en solitario, pero la oportunidad me era esquiva, pues los pretendientes que la rodeaban impedían el acercamiento. Así aprendí a observarla de lejos y a vivir en el espejismo de formar parte de su círculo más íntimo.

Olía ya su perfume cuando me quité el sombrero y le hablé: “Buenos días, Irina Vasílievna, está usted preciosa esta mañana”. Pasó de largo sin mirarme, juraría que un gesto de repugnancia torció su boca. Aflojé el lazo de la corbata y, como la espuma del champán, una ira desconocida burbujeó en todo mi cuerpo. Lo que ocurrió después es una maraña de imágenes turbias, el eco del silencio. Llegué a casa al atardecer con la única voluntad de hundirme en un letargo que lo borrara todo. Luego dejé de asistir a los bailes, a las partidas de durak e incluso a las tertulias que tan reconfortantes me habían resultado en otros momentos de abatimiento. Sólo bajaba las escaleras para llegar al piso de abajo, donde mi madre buceaba en la nada.

Al principio algún amigo me visitó con la intención de arrastrarme a la calle, a las diversiones que antes me eran necesarias. Pero yo me limité a inventar una dolencia que me mantendría apartado de la vida social durante meses y así, las escasas visitas, aburridas de mi humor taciturno, se volvieron esporádicas, y pude sumirme, por fin, en el desasosiego.

Hoy vuelvo a pasear con seguridad entre los tilos del parque, escenario de la afrenta. El aire alborota las hojas que vuelan a mi alrededor y nubes ominosas van cubriendo el cielo por completo. Empieza a llover. Mientras me cubro con la capa acelero el paso, comienzo a correr. El viento y el agua van lavando los recuerdos, es hora de volver a casa y dejar enterrado, para siempre, lo que sucedió. Aunque sospecho que no será fácil borrarla de mi mente, nunca olvidaré sus ojos negros suplicándome mientras mis manos ceñían la sedosa piel de su cuello.

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