30.07.2018

Islas en Grecia de dragones y leprosos, besos con lengua

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ellas en medio de la desnuda Dragonara. Quizás estuvieran besándose.

Ellas en medio de la desnuda Dragonara. Quizás estuvieran besándose.

La tragedia se ha cebado con Grecia. Julio le ha vomitado fuego, rabia, ceniza, muerte. En este Cuaderno Mediterráneo de Martha Zein seguimos a bordo del velero GoOn repasando mitos, vientos, Historia e historias. Placeres a bordo (ellas se besan) y horizontes inciertos. Hoy en estos apuntes nos detenemos en islas pequeñas ­––“adoro las pequeñas islas, las elijo, me parecen soberanas de lo minúsculo”– en torno a Creta: Dragonara, Kassos y Spinalonga, “la isla de los leprosos”, que tanta injusticia y dolor evoca. Y nos detenemos en un héroe, Epameinondas Remoundakis, que luchó para que los leprosos no fueran tratados como apestados, sino con dignidad.

Ellas se besan. La tierra arde, la luna enrojece, el viento arrecia y el mar se traga lo terrible; todo sucede ahí fuera porque ellas se besan y en su boca detienen la existencia. El GoOn, asombrado testigo, se zambulle y se salva al mismo tiempo. En esta estremecedora travesía, que tanta fragilidad alienta, nuestro velero se hace dulce por dentro. Entre ese afuera y este adentro la cuerda que soy se tensa y vibra. Ignoro qué sonido emito, sólo comprendo que la vida muestra sus graves y sus agudos mientras ellas, fruta madura, se deshacen, puro almíbar, sin perder el compromiso ante la realidad más adusta. Higos y queso, sus bocas traen la sentencia de Juana Rivas, las políticas públicas de los cuidados, el modelo económico impuesto en Grecia, los permisos de paternidad y maternidad, el peso del cambio climático y la política medioambiental y urbanística en el drama de Mati… y también los besos, con lengua y sin ella. Más que muchos son los besos necesarios para que en este viaje la vida vuele.

Sus arrullos no han necesitado ser vistos para existir, del mismo modo que lo humilde no necesita hacerse evidente para brillar. Es cierto, soy una testigo insignificante, del tamaño de una oliva. De hecho, aún se besaban a mis espaldas en la pequeña Nissos Dragonara, una de las islas satélites de Creta, o quizá las vio mi nuca y mi sombra. Probablemente besarse en una isla pequeña e inhabitada sea un acto aún más desnudo. Caminábamos bajo un cielo salpicado por cientos de halcones Eleonora (nunca vimos tantos comiendo al vuelo), por un lugar sin rincones en los que esconderse. Paseábamos al atardecer por Dragonara (2,892 km²), un nombre que se repite en el Mediterráneo para indicar las tierras que acogen salamanquesas, llamadas dragóns en Baleares, donde también existe la isla de Dragonera. Si alguien me hubiera preguntado, hubiera dicho que ellas andaban devanando la madeja que habían hilado juntas durante años, porque han sido amigas y confidentes antes que amantes y todo lo vivido cambiaba ligeramente de color. Mientras ellas andaban en eso yo andaba amando esa isla breve, la tercera en la que habíamos fondeado en los últimos días, un área protegida.

Adoro las pequeñas islas, las elijo, me parecen soberanas de lo minúsculo. El capitán también; es capaz de retorcer la ruta sólo por poner pie en ellas (como si llegara a la Luna) y recorrerlas buscando especies autóctonas, huellas de asentamientos, fósiles… La costa de Creta no tiene muchos satélites, pero en su extremo noreste ofrece las cuatro Dionysades, entre la que se encuentra Dragonara. Allí estábamos los cuatro en una isla oficialmente dionisíaca, una tierra agreste dedicada a Dionisio, dios de los placeres y la desmesura, de lo fluido, la curva y la pasión. Para llegar hasta allí habíamos trazado un laberinto con la proa en medio del Egeo: de nuestro refugio en la pequeña Nissos Día (12 km²) habíamos saltado hacia la aún más pequeña Spinalonga (0.085 km²).

de noche, las ruinas de la leprosería de Spinalonga se vuelven estéticas.

De noche, las ruinas de la leprosería de Spinalonga se vuelven estéticas.

Cuando llegamos al golfo de Elounda, Spinalonga no era más que un nombre en el gps. Por donde estaba situada podría ser un lazareto, ese lugar aislado en el que antaño hacían cuarentena los barcos que venían de lugares remotos. No imaginaba hasta qué punto aquella isla (que prácticamente nadie llama por su nombre griego, Kalydon) fue el triste destino de cientos de personas que sufrían la enfermedad de Hansen, conocida como lepra.

El 30 de mayo de 1903 trasladaron hasta allí a 250 enfermos procedentes de Creta; diez años después a Spinalonga llegaban desde todas partes de Europa, por lo que se ganó el eufemismo de “Hospital Internacional de Leprosos”, aunque no tuvieran ni tan siquiera los medicamentos adecuados. El asunto cambió en 1936, cuando Epameinondas Remoundakis, un paciente de unos 20 años, estudiante de Derecho, llegó a la isla. Cinco años antes había logrado escapar de ese destino burlando a las autoridades, abandonar Creta en su propio barco, alcanzar Atenas y perderse entre la multitud. Su intención era convertirse en abogado, participar en política, y consiguió ingresar en la facultad de Derecho. Pero en 1936 la enfermedad empezó a hacerse demasiado evidente y terminará siendo descubierto. Le detuvieron. Sabía el terrible destino que le esperaba, su hermana había sido encerrada en Spinalonga por la misma enfermedad. Pidió que le trasladaran allí, al menos allí encontraría un abrazo, el tacto tibio de un ser querido. Y así fue como aquel joven que quería cambiar el mundo tuvo que asumir que el destino le ofrecía otra labor: transformar el infierno.

Lo primero que hizo fue conseguir medios para desinfectar los hogares y eliminar el hedor. Los siguientes pasos fueron obtener un generador, contar con la presencia de un dentista, situar altavoces en las calles para que pudieran escuchar música clásica, comida fresca, suficiente y asequible… En aquellos años los enfermos cobraban una pequeña ayuda del Estado, que apenas les daba para pagar los alimentos imprescindibles, pues sus vecinos, los comerciantes, les obligaban a pagarlos a precios de oro. Cuentan que antes de la invasión de las tropas alemanas, Elounda había prosperado económicamente gracias a “las aportaciones” de los leprosos. Pero el verdadero éxito de Epameinondas Remoundakis fue organizar a los habitantes de Spinalonga. Creó la Hermandad de Pacientes de Spinalonga, promovió que plantaran árboles, que limpiaran las áreas externas y comunes, que abrieran una escuela, su propio teatro, un pequeño cine, cafés, barberías…., estimuló el sentido de la solidaridad y la ayuda mutua. Intento imaginar su modelo de autogestión, querría saber más sobre su acción política. Sólo logro enterarme que hasta el final de su vida reivindicó que no querían la simpatía ni la compasión de nadie sino “esa sensación agradable que es el amor”.

Entre la antigua leprosería de Spinalonga (cerró en 1957) y el puerto de Elounda apenas hay dos millas. En el corto tiempo que recorrimos esa distancia descubrí que durante la II Guerra Mundial los habitantes de Elounda bautizaron la leprosería como ‘La isla de la calma’. ¡L’illa de la calma  es el apodo que Santiago Rusiñol le dio a Mallorca a principios de siglo XX y el término que aún usan los touroperadores! ¿En qué desasosiego vivirían los habitantes de Creta que percibían como calma el dolor de los leprosos? He leído que Spinalonga fue uno de los pocos lugares no ocupados por el ejército durante la guerra, que les habían eliminado de los registros oficiales, que se les había prohibido votar y que Remoundakis denunció aquella pérdida de derechos… Aquel hombre era un político al que las autoridades trataban como enfermo.

En Kassos había globos mientras Mati ardía. Foto del Intagram de la autora que sigue un diario gráfico en su cuenta.

En Kassos había globos mientras Mati ardía. Foto del Instagram de la autora que sigue un diario gráfico en su cuenta.

Al caer la noche, las ruinas de Spinalonga se iluminaron haciendo de aquel paisaje herido un rincón cautivador. La tierra parecía reposar en calma. Fondeados allí, habíamos observado cómo a lo largo del día numerosas embarcaciones habían llevado y traído cientos de turistas interesados en conocer el espacio del horror. Debía ser una excursión de un par de horitas, podía combinarse perfectamente con una mañana en la playa. La idea aún me revuelve. ¿No deberían visitarse los lugares en los que ha habido tanto dolor de puntillas y en silencio? En el momento más inesperado, con la Luna ya en el firmamento, se acercó una nueva barca con un nutrido grupo de personas. Eran los exquisitos invitados de una velada excepcional: un concierto de música clásica entre las ruinas. El viento traía de vez en cuando alguna nota.

Las islas pequeñas saben dejarnos a solas, a secas, a locas, a tientas. Espinalonga y Dragonara lograron hacerlo.

Cuando llegamos a Kassos (49 km²) ellas llevaban amándose sólo unos infinitos y alegres días, los suficientes como para que los besos empezaran a escapárseles de la boca y cayeran de forma desordenada en sus cuadernos de viaje. Sí, en sus cuadernos, porque ellas, además de navegar, querían aprender conmigo a narrar con delicadeza. Puedo asegurar que cada mañana, tras el desayuno, solía colarse algún sonrojo entre las líneas que escribían y que yo, testigo-aceituna, debía hacerme invisible como un grano de sal para no interrumpir la belleza.

Llegó el día en el que el capitán decidió hacer más breve la siesta y me subí con él a lomos de una 125cc. Perderse por una isla pequeña equivale a jugar con lo discreto, a quedarse a la sombra de una flor, al refugio de una caracola o a los hombros de una libélula, y Kassos prometía fósiles, leche de cabra y un baño en alguna cala robada a la roca. Subimos por las laderas, Kassos es una isla empinada, y nos asomamos a un risco (al capitán le agrada retratar el GoOn desde algún lugar elevado).

-¿Pero qué hacen?

Iban y venían por cubierta en medio de un extraño frenesí. ¿Se habría soltado algún cabo? ¿Se les habría caído algo al agua? ¿Algún problema? El capitán echó mano del zoom. Ampliamos la foto en la pantalla: Estaban sacando la sábana de su cama de un cubo; devolvían al mar el mar que ellas llevaban dentro. Ellas, fuentes gozosas tras la siesta.

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Sobre el autor

Martha Zein
Me llamo Martha Zein, soy narradora. Utilizo múltiples lenguajes para contar el mundo. En el año 2000 empecé a desarrollar mi propia línea de producción y creación basada en la ecología y el cuidado bajo el sello Producciones Orgánicas. Con el tiempo me he convertido en una experta en estrategias narrativas. Comparto este conocimiento con quienes creen que no saben contar historias; les guío a través del juego, la imaginación y la delicadeza. Porque habito un barco 4 meses al año sé el poder que adquiere un viaje cuando se convierte en relato.

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Un comentario

  • El 26.08.2018 , Guadalupe Morales López ha comentado:

    Muy interesante un precioso viaje además de instructivo eh hecho el viaje con Uds imaginariamente creo que no lo repetiría!!!

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