18.12.2015

Iván Prado, un payaso en rebeldía contra las multinacionales del miedo

Menéalo
El payaso Iván Pardo.

El payaso Iván Pardo.

Payaso. Activista. Artista. Soñador. Iván Prado se recorre el planeta repartiendo risas con sus Pallasos en Rebeldía allá donde la injusticia reina. Considera el circo social como un espacio de solidaridad internacional entre los pueblos que se expresa a través del arte. Si le toca mojarse, se moja. Sea Sáhara, Palestina o Chiapas. Si le toca desnudarse frente a la valla de Melilla, se desnuda.

¿Qué es ser un payaso en rebeldía?

Yo diría que todos los payasos por tradición o por historia estamos en rebeldía, pero quizás hoy necesitamos remarcarlo porque en parte se ha perdido el contenido contestatario y la parte más popular del arte del payaso y nosotros pretendemos que se recupere a través de esta figura internacional de los Pallasos en Rebeldía que van a zonas de conflicto, a los lugares donde se violan derechos humanos, como la valla de Melilla, Palestina, Sáhara… De alguna manera es asumir la historia de esa figura que el pueblo ha creado para enfrentarse al poder y al mismo tiempo la magnitud humana del payaso, que es alguien que conecta a través de la mirada, ése es el vínculo absolutamente democrático del payaso desde el escenario con el público, con la humanidad que todos somos. Ser payaso en rebeldía es también asumir que somos un todo, que la humanidad entera necesita caminar junta y que hay una belleza en reírse de ti mismo, de la estupidez humana, aceptar los errores y la vulnerabilidad. Y si pones todo eso en escena, ser payaso en rebeldía es también ser una especie de chamán de la risa, un ocupa del corazón.

Entonces, si la rebeldía es algo innato a ser payaso, ¿no hay payasos conservadores?

No. Es que payaso y conservador es como inteligencia y militar, son conceptos que no pueden ir juntos. No existe. El payaso por ADN es rebelde. De entrada tienes que subirte a un escenario a hacer el ridículo, así que ya hay una primera rebeldía contra tu ego, contra lo correcto, contra el fascista que busca la perfección. Nosotros vivimos de la estupidez, nuestro fracaso es nuestra mayor fortaleza, nuestro éxito. Cuando el payaso tiene un problema en el escenario o comete un error, ése es su gran acierto, se vuelve fuerte. Estamos en rebeldía contra todo un sistema de valores a nivel artístico y escénico; por lo tanto, ser conservador sería, no sé, pues como ver a Manuel Fraga en una manifestación del orgullo gay.

Curioso que el ridículo sea para vosotros una herramienta (dices incluso que tumba símbolos caducos), pero la gran mayoría huimos de él, por aquello del sentido del ridículo.

Se huye en la sociedad actual, en esta sociedad que busca la perfección. Pero la perfección es fascista, y la duda es contra revolucionaria. Hacer el ridículo es utópico y terapéutico. El ridículo es ese lugar donde uno descubre el verdadero potencial del ser humano, donde las cosas no son tan serias, no existe tal drama. Vienes a este mundo y empiezas a oxidarte como ser humano, empiezas a morirte. Es como un chiste cósmico. Hay que reconocerse en el derecho al fracaso. No en el derecho a la pasividad, a la vagancia, a mirar para otro lado, ésos no son derechos del ser humano, son actitudes cobardes, cómodas o victimistas. El derecho al fracaso te da el derecho al intento. Si asumes que lo intentas y que puedes fracasar y que la estupidez se cruza y se convierte en un vector que atraviesa todo lo que hacemos, tienes más libertad. El componente tonto, ridículo, del ser humano da una libertad brutal para fracasar. Intentamos entrenar cada día la utopía, porque cada día intentamos superar un concepto más: caminar por el aire, manejar ocho mazas al mismo tiempo, hacer que la gente se crea que sacas un conejo de un sombrero o que se ría con una tarta de nata. Constantemente rompemos los límites para recordarnos esa fuerza que tiene la humanidad de convertir lo imposible en posible y lo posible en bello. Eso es el circo. Sin el derecho al fracaso no nos podríamos inventar cosas tan increíbles como Charles Chaplin.

¿Y hasta habéis montado una multinacional de la esperanza?

Claro, ante las multinacionales del miedo, que se basan en el temor para conseguir sus objetivos, nosotros venimos más del lado del amor, de querer tanto al público que le enseñamos nuestras máximas vergüenzas, de querer tanto a la humanidad que nos desnudamos ante ella. Así alimentamos la esperanza. Te vas más tranquilo a casa cuando ves a un tipo en el escenario que fracasa y te quiere. Esa multinacional de la esperanza es la que sostiene a pueblos como el saharaui, como el palestino. Siempre hemos querido llevar la alegría y la esperanza a esos pueblos.

Os viene de lejos el apoyo al pueblo saharaui, vuestra participación en el FiSahara, el Festiclown por Palestina… No sólo actuáis, os posicionáis claramente.

Para nosotros ésta es nuestra marca. Pallasos en Rebeldía no trabaja en Israel. Israel ni es un país ni es un Estado, es un ejército de ocupación. Pallasos en Rebeldía trabaja con los palestinos porque son las víctimas de un genocidio. Pensamos que también hay que trabajar con los verdugos, porque son víctimas de su propia cárcel, pero no tenemos ni el tiempo ni la energía ni la economía para hacerlo. Nosotros vamos a Palestina porque es un país ocupado, donde hay gente maravillosa con una luz increíble, un amor y una sensibilidad extraordinaria, que está padeciendo un genocidio a manos de los nietos de los que lo sufrieron hace 80 años. No nos queda otra que estar con las víctimas, porque el payaso al final siempre está con los de abajo. No hay manera de ser payaso y no trabajar para la gente que lo necesita. Estamos en rebeldía contra la injusticia, contra la falta de belleza y de amor, contra los muros. No es una posición ideológica, es que vivimos en la rebeldía como actores y como personas. Me hace daño todo lo que considero injusto y todo lo que hace daño a mis hermanos, que se llaman seres humanos. No hay manera de no posicionarse.

¿Tiene un coste ese posicionamiento?

Seguramente. Pasé una noche en una cárcel de Tel Aviv. Nos hemos visto en mitad de un bombardeo en Gaza. Si estás en el muro del Sáhara sabes que está lleno de minas. Sabemos que hay listas negras profesionales y el mundo sionista tiene un gran poder en la cultura y los medios de comunicación. Pero estamos en el placer de hacer como payasos aquello que nos hace ser un poquito más libres. Siento una gran erótica de la risa por poder hacer el tonto frente a un muro, frente a la valla de Melilla. Un guardia civil me decía: “Pero es que esto es una cosa muy seria”. Claro que es una cosa muy seria, os creéis que se puede parar el tránsito humano, que se puede poner vallas donde la gente se ha movido durante siglos, y además lo hacéis para defender al capital, no para defender la vida. Hay gente que llega huyendo de conflictos terribles, como los sirios. Poder hace el payaso, desnudarme frente a los militares, me da un placer tan grande, una libertad tan grande, que no me preocupan las listas negras.

¿Y qué pasa en esos encuentros con los niños saharauis, los palestinos, cuando llegáis y empezáis a actuar?

Pasa de todo. Hay momentos en los que nos rompemos como seres humanos por dentro porque son pueblos que están sufriendo muchísimo y lo que te dan es amor. Te rompes de emoción linda, pero es una alegría ver que en mitad de la guerra o del genocidio hay gente que te mira, te quiere, te agradece. También trabajamos mucho con los adultos. Recuerdo a los trabajadores de ambulancia en Gaza. Tenían que salir en los bombardeos a buscar a los heridos, a los muertos, sabiendo que en otra parte de la ciudad estaban bombardeando a su familia, y tienen que ir a hacer su trabajo. O pasa que eres psicóloga y tienes que atender a gente violada, torturada, pero vuelves a casa y te pasa lo mismo. Nos han regalado tantas cosas. Nos caía el mortero a 300 metros del bolo y los niños se ponían de pie y cantaban para que tuviésemos la valentía de salir al escenario y no escucháramos las bombas y pudiéramos hacer una función para ellos, aunque fuese lo último que hicieran en la vida. Los zapatistas en Chiapas, donde las comunidades indígenas no tienen nada material pero son los más ricos del planeta Tierra por su belleza, su ternura, su alegría, mientras se enfrentaban a un ejército. Vuelves a casa con tanta riqueza humana que te llenan de Naturaleza, risa, cantos, aunque no tengan para comer, como en la selva de Brasil, que tienen payasos sagrados y hacen ceremonias con siglos de existencia.

Viendo el sufrimiento y la alegría en lugares tan diferentes, ¿al final es el mismo corazón humano el que late?

Este sistema de economía global se sustenta en un mecanismo de terror global, por eso los atentados de Beirut tienen que ver con los de París, con los de ciudades africanas y con esta expansión del terror y del dolor que disfrazados de bandos contrarios responden a una sola idea y un solo proyecto: el de la economía global y el capital. Ante eso: todo lo que tenga que ver con abrazar la humanidad, que es una, aceptar la diversidad, valorar la diferencia, enriquecernos con el contacto entre culturas, trabajar con las víctimas y desenmascarar a ese sistema corrupto de poder global es lo que nos mantiene unidos.

¿Te ha pasado alguna vez que la risa no salga?

Ha costado alguna vez desbloquear la situación de agresividad. En el Festiclown Palestina 2014 en una actuación había adolescentes muy nerviosos, tensos, se pensaban que éramos israelíes. Han vivido una represión constante. Entonces, llegas, abrazas, te vistes de payaso y al final acabas con los niños encima de ti jugando. Fue el único bolo difícil que he tenido en estos años y al final fue uno de los días más bonitos de mi vida.

¿A un payaso le está permitido llorar?

¡Claro! (Risas). Por supuesto. El payaso es el más sensible de los artistas porque le duele la humanidad, el dolor de los demás. Y si tienes que llorar en escena hasta tienes el permiso del público.

Pero con la risa no negáis el dolor…

Al contrario, el único problema del dolor es que existe. Y si lo niegas tienes dos problemas: el dolor y su negación. El dolor es una parte de la existencia humana como la tristeza, la rabia, la impotencia. A veces es necesario mostrar todo eso si trabajas con honestidad en el escenario. Cuando pones el dolor en escena con honestidad, humildad, vulnerabilidad, se puede convertir en risa porque todo tiene una parte ridícula. Entonces el público va a estar contento. Hay que ser tan libre como para amar tu libertad y poder ser tú.

¿Cómo es el circo social y el movimiento internacionalista del circo?

Es que hemos tenido que volver a renombrar las cosas tras la gran derrota cultural después de la Tercera Guerra Mundial, la guerra de bloques. La cultura ha entrado en un discurso derrotista, autoflagelante, perdió su fuerza. El mercado se impone y se pierden valores adicionales del circo, que siempre tuvo su parte social. En esto estamos muy implicados en Pallasos en Rebeldía, a través de foros, hablando para que nuestro gremio, nuestra familia, se reconozca en las prácticas sociales del circo como herramienta de esperanza y utopía, para empoderar a colectivos discriminados. Hemos hecho cosas muy bonitas con personas con discapacidad, con gente en las favelas. Es un movimiento minoritario frente al discurso de mercado que triunfó en las artes. Tenemos payasos locales en otros países con los que trabajamos; si no, no podríamos existir. Pallasos en Rebeldía nace en el Festiclown que se hizo en Galicia durante años. Con el dinero de taquillas se hacían proyectos con comunidades indígenas, con las Madres de Plaza de Mayo, y decidimos llevar la risa a lugares en conflicto. Enviamos caravanas. Vi el potencial del payaso como escudo humano, la población lo recibía con ilusión en lugares dolidos, servía. Y así se gestó el proyecto.

¿Y tú? ¿Por qué te hiciste payaso?

Según mi madre, desde niño me dedicaba a hacer reír a la gente. Dice que iba por los asientos de los autobuses y si no me aplaudían, lloraba. Siempre hice papeles cómicos en el colegio, hice teatro, siempre entre actor y activista social hasta que descubrí que podía unir las dos cosas siendo artivista. El payaso me daba oportunidad de comunicar, hacer reír a la gente y hacer un trabajo para construir un mundo en el que quepan todos los mundos.

Escuchándote, resulta que también eres un filósofo del humor.

Es que soy gallego (risas). Tengo una visión de viejito, justo en el último momento de la vida, rodeado de gente que me quiere, me veo con un ataque de risa y ahí me muero. Espero que eso sea lo último que escuche este cuerpo.

Festiclown Gala Solidaria’, en Rivas Vaciamadrid el 19 de diciembre con Pepe Viyuela. Recaudación destinada al ‘Festiclown Palestina’.

‘Curso de Clown Payaseando la Existencia’ impartido por Iván Prado en Barcelona (Centro Cultural de Drassanes). 19 y 20 de diciembre. En apoyo a las 25.000 familias damnificadas por las lluvias torrenciales en los campamentos de refugiados saharauis.

Menéalo

Sobre el autor

Silvia Melero
Periodista freelance convencida del poder de la comunicación para el cambio social. Hecha de palabras, sueños, músicas y lo vivido en años de radio, prensa y televisión. Trabajó en Radio Ñandutí de Paraguay y ha escrito guiones para videos de ONG y documentales en Humania TV. Colabora en revista 21 y dirige los proyectos Desinstrumentados y Cómo lo Cuento , Luto en Colores Twitter: @SilviaMeleroAba

¿Quieres leer más artículos de este autor?

Aún no hay comentarios

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.