03.12.2019

Jesús Rodolfo: el glamour de la viola

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El violista Jesús Rodolfo.

A sus 32 años el violista asturiano Jesús Rodolfo lleva una carrera imparable. Ha estudiado en las mejores instituciones musicales de Estados Unidos, como la famosísima Juilliard School. Ha grabado ya tres discos y está empeñado en hacer de la viola un instrumento solista atractivo y con glamour.

El violista Jesús Rodolfo es como la música de Tchaikovsky a la que tanto ama: romántica, enigmática, emocional y, sobre todo, muy bien construida. De una técnica compositiva incontestable. A sus 32 años, este hombre nacido en Oviedo y que lleva viviendo el último tercio de su vida en Estados Unidos es un ejemplo de tozudez y tesón.“Lo importante en la vida es visualizar tus objetivos como posibles, por más grandes o inalcanzables que te puedan parecer. Eso, y ser generoso y buena persona”, explica en conversación telefónica desde Manhattan, Nueva York, donde reside desde hace ya una década.

Jesús ha borrado de su vocabulario la palabra desaliento. Cuando el viento ha soplado frío y de cara, ha sabido transformar la tentación de la queja en trabajo y posibilidades. Ha tenido la sabiduría de construirse una magnífica red humana y profesional a su alrededor en la que sustentarse, habitada, además, por algún que otro ángel de la guarda. Y mientras tejía esa red, se doctoró en música por la Universidad Stony Brook en el Estado de Nueva York. Terminó un máster en interpretación de viola en la Juilliard School/Mannes College of Music. Consiguió su diploma de estudios profesionales en la Manhattan School of Music y una beca completa para realizar estudios en la Universidad de Yale con el renombrado director de orquesta y violista Jesse Levine.

En los últimos dos años, ha publicado tres discos. En Transfixing Metamorphosis hace un repaso autobiográfico musical por las tres décadas de su existencia. A este hay que añadir Sonatas para viola solo de Paul Hindemith y Sonatas para viola y piano de Hindemith junto a la pianista Mariko Furukawa. Tres discos de una exigencia voraz, no solo para el intérprete, que derrocha precisión, técnica y emoción a partes iguales, también son tres propuestas arriesgadas y difíciles que requieren una atención plena para los oyentes. Tres trabajos que significan una magnífica carta de presentación del lugar de madurez al que ha llegado este músico en un tiempo muy bien aprovechado. Tres propuestas que suponen construir la casa por el tejado para, ahora, poder visitar otros repertorios más amables y, por qué no decirlo, comerciales.

Por si fuera poco, arañándole tiempo al tiempo, Jesús cumplió además con la demanda familiar de que estudiara Arquitectura. Lo hizo. Eso sí, se especializó en Arquitectura para las artes, esos que se dedican a soñar cómo serán los auditorios y museos del futuro.

Con 32 años, ¿cómo te da tiempo a sacarte la carrera de Arquitectura y a la vez estudiar música y llegar adonde has llegado?

Bueno, hay que echar muchas horas, pero sí da tiempo. (Ríe). Consiste en utilizar la lógica y organizarte bien la mente. Tienes que planteártelo todo como un reto, pero visualizando la solución final. Y te aseguro que salí y me corrí mis fiestas como todo el mundo. Viajé, me enamoré y me desenamoré… Hice de todo durante estos años. No soy un raro de esos.

Algún secreto tiene que haber…

Nunca, nunca veo la tele. Solo cuando tengo que memorizar conciertos raros la utilizo como una especie de sparring. Parece que todo entrase mejor y, si en una sala de conciertos pasara algo raro y estoy tocando una partitura complicadísima, me ayuda a aprender a no perder la concentración. Pero tienes razón. No veo la tele, quita mucho tiempo.

Desde tu punto de vista, ¿cómo debe ser el carácter de un buen músico contemporáneo?

Mira, la disciplina y el tesón son muy importantes, desde luego; pero creo que es vital la actitud. Dentro de la humildad, un músico tiene que tener cierta alma de divo. Una voluntad de trascender. Creo que hay que tener mucha imaginación y carisma. Es importante no solo tocar bien, sino estar dispuesto a tocar el corazón de la gente. Y eso es tan difícil, que no se consigue sólo con la técnica. Has de querer brillar y deslumbrar.

Cuéntanos cuál es tu primer recuerdo musical. Ese que puede significar el germen de que hoy seas quien eres.

De hecho he hablado de ello en mi primer disco, Transfixing Metamorphosis. Fue el principio de la partitura de la banda sonora de la película La Bella y la Bestia, de Disney. Me recordaba a El carnaval de los animales de Camile Saint-Saëns. Y luego, Tchaikovsky fue un compositor clave para mí de pequeño. El Cascanueces, el concierto para piano número 1, los conciertos de violín. Era casi obsesivo. Y por supuesto Bach.

‘Transfixing Metamorphosis’ es una preciosa autobiografía musical. Cuéntanos un poco de ella.

Estoy en la treintena y por eso decidí dividir el disco en tres partes. Tres décadas. La primera etapa corresponde a cuando eres un niño y por eso elegí la Sonata número 3 en Do Mayor para violín de Bach. Él representa cuando aprendes todo lo básico: los principios y las creencias. Para la segunda parte, la adolescencia, esa época indomable, elegí la Sonata op. 11 nº5 de Hindemith. Él es realmente una prolongación de Bach, pero distorsionado. La ultima parte, la Sonata para viola sola de Ligeti, correspondería al último tercio de mi vida. Supone un cambio dentro de la inestabilidad. Es un asentamiento, una búsqueda de tu propia ruta y destino. Y, curiosamente, es una obra que está también basada en Bach.

¿Había algún precedente musical en tu familia?

Mi padre es arquitecto y mi madre estudió arte, pero nunca trabajó fuera de casa. No hay precedentes musicales en mi familia. Mi abuela por parte materna era muy cultural. Su casa siempre estaba llena de literatura, arte, música. Por parte de mi madre fueron indianos de esos que se marchaban a hacer fortuna y luego volvían. Mi abuelo materno se convirtió en promotor inmobiliario. Pero mi padre era de familia de pescadores. Su padre era marinero y su madre trabajaba en una conservera. Mi familia ha sido siempre de contrastes.

Entonces, ¿cómo fue tu comienzo en la música?

Empecé a estudiar con un piano que había en casa. Mi abuela siempre me decía que tenía que estudiar música. ‘Hay que llevar al niño a dar clases de música’, decía. Empecé en el Conservatorio con las clases de preparación, pero me portaba fatal y siempre me echaban de clase.

Ya rebelde desde niño…

Bueno, es que me aburría, realmente. Todo el asunto de la teoría y esas cosas me resultaba demasiado árido. Todo lo que no fuera tocar… Entonces descubrieron que tengo oído absoluto y decidieron que tocara el violín.

Así que tu primer idilio fue con el violín en realidad.

En casa siempre ha habido y se han escuchado grabaciones de Anne-Sophie Mutter que, para mí, es la mejor violinista del mundo. Recuerdo que tenía un cd que contenía obras de Mendelssohn y Brahms y otro con grabaciones de Tchaikovsky. Y es que lo de Tchaikovsky me tenía obsesionado. Trataba de tocarlo de oído y todo, pero aquello me crujía mucho. (Ríe). No era como con el piano, que podía meterle más caña. Y terminé también un poco aburrido del violín.

¿Cómo llega la viola a tu vida?

Uno de mis profesores tocaba la viola y me enseñó Imágenes de Cuentos de Hadas de Robert Schumann. Me quedé en shock. Era un sonido tan mágico y especial, más oscuro, pero también melancólico e íntimo. Era un sonido que me resonaba mucho en el pecho. Era de una intensidad tremenda. Como si fuera una voz humana. Y todo cambió. Porque podía centrarme en la musicalidad del instrumento. No era tan importante la delicadeza y eso me permitía sacarle mucho más partido al instrumento.

¿Qué edad tenías?

Once años. Estaba a punto de empezar la ESO. Mira, me acuerdo que mi lucha con el violín me tenía muy frustrado. Yo quería que aquellas cuerdas estuvieran menos tensadas para poder hacer la partitura mía. Y cuando descubrí la viola vi que podía tocar aquel concierto de Mendelssohn, que se me estaba atragantando, con mucha más soltura y mucho mejor con la viola. Todo sonaba una quinta por abajo, pero ¡menuda diferencia en el resultado! Creo que por eso también toco mucho repertorio de violín transcrito para viola.

¿Cuándo supiste que ibas a dedicarte a la música, pasara lo que pasara?

De los 15 a los 17 años tuve una crisis de amor con la música. Volvía a aburrirme. Pero entonces volví a enamorarme. Creo que el momento clave fue un poco antes de cumplir los 18 años, cuando entré en la Gustav Mahler Jugendorchester (la Orquesta Joven Gustav Mahler). Hice las pruebas en París y tuve muchísima suerte y entré de viola principal. Hasta ese momento no había hecho cosas tan grandes. La orquesta tiene un enorme prestigio mundial. Fue fundada en Viena a finales de los ochenta por Claudio Abbado y por allí pasaban algunos de los mejores músicos del mundo como mentores o colaboradores. Mira, ahí descubrí que cuando toco, cuando hago esto que hago es cuando me siento más auténtico. Entonces supe que ese era mi futuro.

Un comienzo de lo más prometedor, desde luego, pero con el tiempo, sin embargo, quieres enfocar tu carrera como solista, no dentro de una orquesta.

Desde pequeño siempre me prepararon para ser solista. Cuando tenía 12, 13 años siempre tocaba piezas para solista. Y más tarde, cuando me marché a Estados Unidos, mis profesores tomaron aquello como una directriz: prepararme para que tuviera una carrera como solista. Durante muchos años hice cosas con orquestas y estos dos últimos años he estado centrado en quitarle esa sombra a la viola de que no tiene mucho repertorio para tocar como solista. Estoy empeñado en reivindicar este instrumento como solista. Pero ahora también voy a empezar a hacer conciertos con orquesta de nuevo. Hago mucha música de cámara, muchos recitales con piano y desde junio en adelante va a haber muchos conciertos con orquesta. Empiezo en Oviedo, donde tocaré el concierto para viola de Antón García Abril con la Filarmónica de Oviedo.

Cualquier persona que no te conozca y que lea tu currículo, que has estudiado en algunas de las mejores universidades estadounidenses relacionadas con la música, pensaría que eso solo puede hacerlo alguien que tenga un sustento económico muy fuerte detrás con su familia.

Nunca, nunca tuve el apoyo económico de mis padres para dedicarme a la música. Y he intentado buscarle a esa circunstancia en mi vida el lado positivo. Es algo que te catapulta hacia la excelencia. Mi primera audición importante relacionada con mi estancia en Estados Unidos fue con la universidad de Yale. Y tuve claro que esa audición no tenía que prepararla bien. Tenía que brillar. Tenía que llegar tan arriba que lograse que me dieran una beca completa. Todas las universidades a las que fui en Estados Unidos me dieron beca completa. En todas y cada una de ellas. Estados Unidos ha significado la promesa de que todo es posible. Da igual lo bueno que seas o lo bueno que te digan que eres. Tu audición para Juilliard va a ser la más importante de tu vida, seguro. Yo quería entrar con beca completa y además estudiar con uno de los mejores violistas del mundo que se llama Paul Neubauer. Y también lo conseguí.

¿Por qué estudiar en tantas instituciones diferentes? 

Creo que la formación es importantísima para un músico. Cuanto más te formes, mejor tocarás. Y, además, es una forma perfecta de adquirir mentores. Yo ya me he doctorado en la universidad, pero siempre que tengo un compromiso importante, ya sea concierto o grabación, llamo a Paul Neubauer para que me guíe y poder hacer eso es impagable.

¿No echas de menos España?

Hay cosas buenas en España y otras que no. Es un honor que España me reconozca, pero por otro lado el sistema de trabajo y algunas decisiones artísticas son un poco cuestionables. En España, a veces, parece que todo vale dependiendo de a quién conozcas o no; y no todo vale. En España hay muchas envidias todavía. Me encanta ir a tocar allí, me encanta tener mis amigos y me gusta mucho España. Pero en cuestiones artísticas creo que todavía falta mucho por hacer. Ser músico no significa ser funcionario.

¿Cuál va a ser tu próximo trabajo discográfico?

Voy a hacer un disco con todo repertorio ruso. La sonata op. 19 de Rachmaninov. Es de cello pero está transcrita para viola. La suite italiana de Stravinsky, de la que he hecho la transcripción para viola. Y para cerrar, una selección del ballet Romeo y Julieta de Prokofiev, también en una transcripción. Ahora va a ser como enseñar el corazón. Ahora quiero dar cariño y amor. Magia.

***

Diez piezas imprescindibles para iniciarse en la Clásica, por Jesús Rodolfo

1- ‘Danza del Hada’ / P.I. Tchaikovsky: El Cascanueces. Berliner Philharmoniker – Mstislav Rostropovich.
2- Toccata y Fuga en re menor BWV 538 Dorian – Tom Koopman.
3- W.A. Mozart – Requiem en re menor – I. Introitus – Berliner Philharmoniker – Karajan.
4- Beethoven – Concierto para Violín en Re Mayor – Anne Sophie Mutter/Kurt Masur – New York Philharmonic – I. Allegro ma non troppo.
5- R. Strauss: ‘Don Juan, Op.20’, Berliner Philharmoniker – Karajan.
6- R. Wagner: ‘Mild und leise wier er lächelt’ de Tristan e Isolda. Jessye Norman/Karajan Wiener Philharmoniker.
7- I. Stravinsky – ‘La Consagración de la Primavera’ Parte 1: Adoración de la Tierra: Augurios de la Primavera: Danza de las Jóvenes Doncellas. Berliner Philharmoniker/Karajan.
8- S. Prokofiev: ‘Romeo y Julieta’Danza de los Caballeros. Berliner Philharmoniker: Esa-Pekka Salonen.
9. O. Messiaen: Sinfonía Turangalîla : I. Introducción – Royal Concertgebouw Orchestra/ Jean Yves Thibaudet/Riccardo Chailly.
10. John Williams: ‘Luke and Leia’Star Wars. Anne Sophie Mutter / The Recording Arts Orchestra of Los Angeles.

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Sobre el autor

Manuel Cuéllar
El 12/12/12 decidió poner en marcha esta revista después de una experiencia profesional de 17 años en el diario EL PAÍS, donde se convirtió en un periodista todoterreno. Se licenció en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el máster en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS. Periodista convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, cubrió el 15 M por Twitter y otras redes sociales. Puedes seguirme en mis cuentas personales de Twitter, Facebook e Instagram. Gracias.

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