‘La excitación de bajar la basura’

‘La excitación de bajar la basura’

Cubos de basura en San Diego, California hacia 1940. Foto: Lee Russell. Biblioteca Pública de Nueva York.

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Cubos de basura en San Diego, California hacia 1940. Foto: Lee Russell. Biblioteca Pública de Nueva York.

Durante lo más duro del confinamiento la pasada primavera, bajar la basura se convirtió en uno de los momentos más excitantes del día. En eso se fija nuestra quinta entrega de ‘Relatos de un extraño Verano’, en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado.

POR ADRIÁN GUALDONI 

Maritere se arregla para bajar la basura. El delineador destaca sus ojos verdes por encima de la mascarilla quirúrgica. Por debajo, el carmín rojo intenso no se ve, pero ahí está. Su marido, el de siempre, la mira con gesto burlón: si no vas a andar más de diez pasos… A Maritere le trae sin cuidado. Los años de convivencia han conseguido agudizar la capacidad mutua de ignorarse.

Bajar por las escaleras es más seguro. Además, ella quiere hacer una parada rápida en el tercero derecha. Cuando llega al rellano mira a ambos lados. La luz que se filtra bajo la puerta izquierda dibuja una sombra movediza, y le hace dudar un momento: piensa en seguir su camino, pero finalmente la sombra desaparece. Con resolución, se dirige a la puerta derecha, que como si tuviera instalado un sensor de movimiento, se abre para dejarla entrar y vuelve a cerrarse.

El tiempo es relativo: diez minutos para bajar la basura es una eternidad, para otros asuntos pueden resultar escasos. A Maritere y Ricardo, el del tercero derecha, les han sido suficientes para maniobrar con agilidad. Han quedado satisfechos. Al menos les ha alcanzado.

Maritere flota escaleras arriba. Sin que se llegue a cerrar la puerta, sale Ricardo con mascarilla, guantes y dos bolsas de basura: la suya y la de Maritere. Antes de pisar el primer peldaño, invade el rellano Amalia, su vecina del izquierda.

–¡Que sí, pesao, que los restos de pescado huelen fatal! –grita hacia adentro de su piso. Una voz lejana le responde, no se escucha lo que dice–. ¡Y a ti qué más te dará si la que bajo soy yo!

Cierra la puerta y se gira. Ricardo se ha quedado con un pie en el aire, mirándola. Ella le clava sus ojos por encima de la mascarilla. Se ha pintado la raya también.

–Cuánta basura, ¿no?

–Es que llevo varios días sin bajar.

–Te vi ayer sacándola, mentirosillo… –y le guiña un ojo. Ricardo no sabe qué hacer y mantiene su postura de grulla–. Podrías ayudarme a mí también a bajarla. No se tiene por qué enterar nadie…

–No le entiendo, Amalia. Se la bajo, claro, démela.

–A la bolsa que le den… Bueno, y a mí, que me viene haciendo falta –y se levanta la mascarilla para que se vea cómo muerde el labio inferior.

Ricardo adelanta el pie que estaba suspendido y no acierta con el peldaño. Un ligero tropiezo y está a punto de rodar hasta el segundo, pero consigue mantener el equilibrio.

–Bueno Amalia, yo voy bajando. Venga, si quiere, pero cuidado, que hay que mantener la distancia de seguridad.

–Espera, que voy a llamar al marido de Maritere para preguntarle cuál es esa distancia. Es guardia civil, ¿no? Tendrá que saberlo…

Ricardo se queda mirándola desde unos peldaños más abajo. Amalia abre su bata y deja entrever una lencería que fue sexy un par de décadas atrás.

–¡Amalia, por Dios, cúbrase que puede subir alguien!

–Vamos a tu casa y me cubres tú. Venga, qué te cuesta…, ni siquiera tendrás que darte prisa como con Maritere, que mi marido está viendo al Negre en youtube y ni me echará en falta.

Resignado, Ricardo sube. Deja las dos bolsas junto a su puerta y saca las llaves.

–Una cosa, Amalia. Es que acabo… Bueno, me da la impresión de que usted ya lo sabe. –Traga saliva–. El caso es que ya no tengo 20 años, no sé yo si podré, así tan seguido.

–¡Cariño, no te preocupes! Si a mí con un restregón ya me das una alegría. –De lejos se escucha ruido de cacerolazos–. ¡Genial, mira, ya han empezado con las cacerolas! –se entusiasma Amalia–. Con esto Paco se tirará por lo menos 20 minutos en el balcón.

Ricardo abre la puerta y Amalia lo empuja, deja su bolsa de basura fuera, junto a las otras dos.

–Alegra esa cara, chico –dice. Ya quisieran muchos pasarse la cuarentena que te estás pasando tú.

En el rellano desierto se escuchan cacerolas batientes. Pasan un par de minutos y llega Natalia, la del sexto izquierda: sombra de ojos azul, a juego con la mascarilla y con su bolsa de basura. Sus pies apenas rozan el suelo cuando se acerca a la puerta derecha. Se sorprende al ver la acumulación de basuras. Va a golpear, pero se queda con el puño izquierdo en alto, como el gato de los chinos. Acerca el oído a la puerta. De pronto suena una chicharra y tres plantas más abajo alguien entra de la calle. Deja su bolsa junto al resto de basuras y, con el ceño fruncido, apresura sus pasos escaleras arriba.

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