12.08.2014

La extraña comodidad de estar triste

Menéalo
Atardecer en una playa nudista. Foto: Manuel Cuéllar.

Atardecer en una playa del Mediterráneo. Foto: Manuel Cuéllar.

Tercera entrega de la serie ‘Cuentos de Verano’ que ofrece ‘El Asombrario’ esta semana. Hoy a cargo del escritor y periodista peruano afincado en Madrid Carlos Dávalos. Una cruda historia de episodios de sexo y desamor entre gente que busca ahuyentar la soledad, y que va de Nueva York a Madrid.

***

La soledad es una cicatriz en medio de una playa nudista. Una navaja afilada que te atraviesa el culo en una noche sin asaltantes. Todo lo que sé cabe en una caja de tranquilizantes. Anoche no dormí lo suficiente, pero ya me he ido acostumbrando.

En Nueva York trabajé vendiendo zapatos. Era un trabajo como cualquiera, pero nunca había tenido tantos pies a mi alrededor. He visto pies de todo tipo y es que Manhattan tiene gente de todo tipo. Pies gordos y con juanetes, que no apetecía tocarlos, y pies bonitos de chicas guapas, que de tan sólo verlos se me ponía dura. El dueño era un tipo de origen judío que cada vez que hablaba te perforaba las pupilas con su mirada amenazante. Cada vez que te decía algo, en verdad te estaba advirtiendo algo. Si te pillo robando no pararé hasta verte podrido en la cárcel, decía. Aún así pude llevarme un par de zapatos sin pagarle ni un centavo. La encargada era una colombiana que llevaba unas gafas con los cristales más gruesos que una mentira. Era realmente fea y todo el día comía McDonald´s con su hija, a la que iba a recoger al colegio todas las tardes. No sé cómo habiendo tantas colombianas guapas me tocó trabajar con una que le gustaba comer hamburguesas todos los días.

Madrid tiene el cielo como los ojos de una sueca, pero no como la sueca que llora cada noche antes de irse a dormir. Cuando mi madre me pregunta cómo me va en Europa, yo siempre le digo que mejor no me puede ir. Si hay algo que he aprendido es que a las madres no siempre se les debe decir la verdad.

Cuando llegué a España quería ser escritor. Ahora sólo quiero que me paguen por cada palabra que sale de mí. Puede parecer lo mismo pero no es exactamente lo mismo.

No sé como empezó todo, pero una noche estaba con una mujer que valía más por lo que llevaba encima que por los secretos que escondía debajo de sus joyas. Cada vez que sonreía era un aviso de todo lo que podía pagar con su tarjeta de crédito. Fuimos al teatro y luego a cenar. Un marido con dinero es como un barco sin ancla, no sabes muy bien cómo ni cuándo parar de gastar. Eso era lo que ella decía. Me preguntó si me gustaban los barcos.

—Nunca he estado en ninguno —le dije.

—¿Sabes lo que te pierdes?

—Siempre prefiero no saber lo que me pierdo.

Luego me invitó a pasar un fin de semana en un yate que tenía en Valencia donde, según ella, haríamos una buena orgía con sus amigos bailarines de la noche.

—Este fin de semana ya tengo planes —le dije antes de beber el último sorbo de vino.

Era mentira, claro.

En la zapatería también trabajaba un hondureño que se parecía mucho a Tony Baretta. Era bajo, musculoso y siempre llevaba una gorra en la cabeza que le hacía verse igual a Tony Baretta. Siempre alardeaba de las mujeres con las que se acostaba, pero yo nunca lo vi con ninguna. Le gustaba hacer bromas, pero no soportaba que se las hicieran. Una vez le hice una y se enfadó tanto que me di cuenta de que no valía la pena hacerse amigo de alguien sin sentido del humor.

Shona tenía diecisiete años y también trabajaba en la zapatería. Era la que menos hablaba y la que mejor me caía. Vivía en el Bronx y sólo oía música negra. Tenía el culo más grande que mi habitación y Tony Baretta siempre se lo estaba mirando. Una tarde que no había muchos clientes ella me preguntó qué clase de música escuchaba; cuando empecé a nombrarle mis bandas favoritas ella no pudo reconocer ninguna. Me dijo que estaba pasado de moda y que eso del rock ya no se llevaba. Me prestó sus MP3 y me hizo escuchar un par de canciones. No estaban mal, pero no como para salir corriendo a comprar alguno de aquellos discos. Tienes que venir un día a bailar conmigo a los clubes del Bronx, me dijo, la pasaríamos genial. Viendo su culo era muy difícil decir que no.

El miedo es una descarga eléctrica que te paraliza antes de que hayas podido tomar una decisión. Una serpiente a caballo que trota sobre tu cabeza y te inyecta en el corazón todo su veneno. Tu peor enemigo.

Fue la única vez que lo hice de esa manera. Me dijeron que sería simplemente compañía, una cena, charla sobre libros y arte, y nada que yo no quisiese que pasara. A mí la idea no me gustó al principio ni al final, solamente que ofrecían mucho dinero y acepté. Tuve que ponerme camisa y chaqueta porque al restaurante al que fuimos no dejaban entrar si no llevabas una encima. El tipo era uno de esos ejecutivos que llevaban en el rostro la desfachatez de poder comprarlo todo sin preocuparse por cuánto valía. Llevaba en la cabeza más tinte para pelo que una bailarina de cabaret, pero él parecía llevarlo con cierto orgullo. La conversación al principio pareció fluida y hay que ver cuánto tiempo libre desperdician los ricos escuchando a otros ricos. Pidió la botella de vino más cara y al quinto brindis su sonrisa adquirió el tamaño de su reloj. Me dijo para tomarnos una última copa en su casa donde abrió una botella de whisky que tenía más años que un adolescente. Me preguntó si podía llamar a un amigo y yo le dije que estaba en su casa. Al rato apareció otro encorbatado y no hay que ser muy listo para darse cuenta de algunas cosas. Me puse de pie y les dije: buenas noches.

—Espera —me dijo dejando un fajo de billetes sobre la mesa de centro—. ¡Por lo menos déjanos vértela!

Las mejores pizzas de Manhattan estaban a una calle de mi casa. Cada vez que regresaba de trabajar compraba un par de triángulos y una coca-cola. Así como el pescado se toma con vino blanco, las pizzas hay que comerlas con coca-cola. Eran las mejores porque sólo valían un dólar y bastaba un mordisco para darse cuenta de que tenía todo lo que hay que pedirle a una buena pizza. Mi habitación era un cuarto que no tenía más que un baño y un colchón en el suelo. Si me hubiese pegado un tiro en la cabeza nadie se hubiera dado cuenta hasta que el mal olor los hubiese alertado. Por la ventana, que daba a un patio, podía verse caer la nieve como en las películas de Papá Noel. Fue la navidad más triste de mi vida, pero tampoco recordaba ninguna realmente alegre. Una vez le pedí a Santa Claus una bicicleta y en vez de eso me trajo calzoncillos.

Por las noches salía y me metía a los bares. Los mejores estaban en el East Village porque eran donde mejor música encontraba. Un bar con buena música es como una chica con un par de buenas tetas, siempre podrás distraerte. Las noches se hacían largas y a veces echaba de menos la alegría. Una vez me topé con el vocalista de una banda muy famosa de finales de los ochenta. Estaba caminando por las calles del barrio gay y me acerqué a un tipo que estaba fumando fuera de un local. Le pedí un cigarrillo y me quedé conversando un rato con él. Me dijo que hacía música y que estaba en Nueva York de vacaciones, que en verdad vivía en Inglaterra. Le pregunté por el nombre de su banda y él me dijo que su grupo se llamaba Erasure. Entonces me acordé de sus canciones y antes de irme me dijo si quería entrar al bar a tomarme un par de cervezas con él. Adentro era más difícil encontrar chicas que encontrar a una estrella de rock en la calle. Hablamos de música y de libros, y en un momento dado me di cuenta de que estaba rodeado de travestis guapísimas y tipos con el torso desnudo. Fue cuando un tipo empezó a chupársela a otro enfrente de todos y decidí que lo mejor era salir a tomar un poco de aire antes de largarme.

Se llamaba Almudena y llevaba en la mirada una tristeza que conmovía. Me dijo que nunca lo había hecho antes y quedamos para tomar un café. Su marido no la golpeaba, pero tampoco la tocaba. A veces la indiferencia duele más que un puñetazo. Era una mujer guapa, pero a veces la rutina termina acabando con todos tus atributos. Al principio más que conversar quería que la escuchara. Si hay algo que aprendes con todo esto es a oír con la mirada. No tenía hijos y eso parecía dolerle. Hay que ver cómo echaba de menos lo que no tenía. Después de los cafés vinieron las cervezas y me preguntó si me apetecía ir a un hotel. Le dije que eso tendría otro precio, pero a ella no pareció importarle. Fuimos a uno por el centro de Madrid que tenía más estrellas que una película de Hollywood. Una noche me preguntó por qué hacía todo esto y le dije que no lo sabía muy bien. Me acarició con tanta ternura que me quedé dormido.

El invierno en Nueva York puede ser más duro que recibir una mala noticia. No sólo hace frío sino que te congelas. Si no llevas guantes en las manos los nudillos te sangran. La primera vez que conocí el Central Park lo vi tan blanco por la nieve que daba pena pisarlo. Me gustaba pasear por el parque y ver cómo la gente paseaba a sus perros. Una tarde me quedé sentado en una banca viendo jugar fútbol americano a unos niños. Nunca he entendido ese deporte, pero tampoco entiendo por qué el Papa no quiere a los homosexuales. Los niños corrían y saltaban, y parecían realmente felices.

Una noche me tocó una mujer más desagradable que jugarle una broma a un minusválido. Era más aburrida que una misa de domingo. Hablaba tanto que no terminaba de entender por qué iba vestida de esa manera. Creo que le urgía un polvo que la callase de una vez por todas. Trabajaba en política y llevaba con orgullo el hecho de votar a la derecha en un país ambidiestro. Cuando me preguntó si me interesaba la política, le dije que prefería una buena copa de vino. Sonrió y su piel adquirió una textura de pergamino.

—¡En política hay que mojarse! —me dijo contundentemente.

—Yo prefiero mojar el pan con mantequilla en el café.

La belleza se parece mucho a una canción de cuna que duerme a un niño cuando ha acabado con la leche de su madre. En Nueva York las mujeres son muy lindas pero parecieran ir todas vestidas iguales. Llevan el orgullo en sus peinados, pero qué bien huele su pelo a veces. Caminan con el mentón elevado y cada paso es una afirmación de que esa ciudad les pertenece y que nada podrá herirlas.

A Nicole la conocí en un bar en el que había más gomina que en una peluquería italiana. Cada camisa abierta llevaba medio torso descubierto y cada cerveza tenía un borracho entre sus manos. Todas las camareras mostraban el piercing que llevaban en el ombligo y eso parecía más fácil que enseñar a servir una copa sin la necesidad de una propina. Se paró a mi lado cuando mi cerveza había llegado.

—Me gustan las chicas que parecen saber lo quieren.

—Gracias.

—No lo decía por ti.

Me miró con el orgullo convertido en desconcierto.

—Tú eres más que eso —le dije antes de dejar de mirarla.

En la pista de baile los culos de las chicas parecían tener hambre y en ese momento la sonrisa de Nicole me pareció la más bonita del mundo.

Una noche Almudena y yo fuimos a pasar un fin de semana fuera de Madrid. Fuimos en su auto y ella condujo todo el camino. Llegamos justo para cenar y ella me habló de lo mucho que le hubiera gustado volver a enamorarse. Bebimos mucho vino y yo le conté que escribía. Fue la única vez que se lo conté a alguien. Me preguntó qué era lo que escribía con la curiosidad de un niño frente a un árbol de navidad.

—Historias que a nadie le gustaría leer.

—A mí me encantaría hacerlo.

—A la gente no le interesa.

Esa noche me pidió que le recitara un poema mientras se la metía. Me quedé callado y pensé en Nicole con todas mis fuerzas, pero fue en vano.

Nicole era de esas chicas que no miraba a nadie que tuviese enfrente cuando caminaba, pero a mí me dijo que le gustaba mi flequillo. Seguía haciendo frío, pero ya no me importaba llevar abrigo debajo de los pantalones. Fue un buen año, pero ese año también se cayeron las torres gemelas. El susto se parece mucho a una ciudad que corre para salvar su vida. A veces hay que sentir a la muerte dando vueltas para no olvidarse de que existe.

A la quinta cita supe que las cosas con Almudena no iban a terminar bien. Se había acostumbrado a la atención, pero no parecía darse cuenta de que por esa atención ella estaba pagando. Me ofreció lo que nadie me ha ofrecido nunca y me prometió que seríamos felices. La confusión puede parecerse mucho a una señora con dinero. Quizá debí haber aceptado, pero en vez de eso le dije que lo mejor era dejar de vernos. Una mujer enamorada no es lo mismo que una mujer que se obsesiona. Las primeras lloran, pero las segundas también se enfurecen.

En este oficio he visto que la felicidad y la amargura están separadas por un marido que trabaja mucho. Uno podrá llevar trajes muy elegantes, pero la elegancia no te asegura saber llevarla. Cualquiera que haya llevado zapatillas por las noches sabe lo importante que puede ser el silencio mientras caminas.

La suerte se parece mucho a un revólver con una sola bala. A un sapo con una princesa como esposa. El día que lo dejé con Nicole preferí tomar una caja entera de tranquilizantes antes que llorar toda la noche. Uno nunca sabe qué se cuece en el corazón de una chica y menos en el corazón de una chica bonita. Hasta que la besas. Al tercer día me desperté con mucha hambre, pero sobre todo tenía muchas ganas de un batido de fresas con naranja.

Ya no he vuelto a ver a Almudena, pero sigo echando de menos Nueva York. Madrid es una buena ciudad, pero todo aquel que haya buscado un sitio fuera del concreto sabe que las playas de estacionamiento no tienen olas. Aún así, siempre se agradece una caña bien servida y un buen pincho de tortilla.

Una vez conocí a un hombre que lo único que quería era inyectarse emociones en los antebrazos y siempre lo conseguía. Llevaba muchos agujeros, pero a él no parecía importarle. Peor que un invierno crudo en las calles es no tener que pincharse en las calles, me dijo antes de seguir caminando calle abajo y gritarme: ¡todo lo que yo he dormido es más de lo que tú has vivido! Y así como apareció, desapareció.

Menéalo

Sobre el autor

Carlos Dávalos
Nació en Lima, Perú. Ha colaborado con El País, GQ, Rolling Stone, Esquire, Interviú, Viajes de National Geographic, El Periódico de Catalunya, La Tercera de Chile, The Clinic, Emeequis de México, Paula de Uruguay, Soho, entre otros. También ha publicado el libro de relatos 'Nadie sabe adónde ir'.

¿Quieres leer más artículos de este autor?

3 comentarios

  • El 13.08.2014 , Vetinari ha comentado:

    …”cada cerveza tenía un borracho entre sus manos”. Me he quedado prendado de esa frase.

  • El 13.08.2014 , franpesa ha comentado:

    Genial lo de “país ambidiestro”.

  • El 02.11.2016 , Mauro Mistiano ha comentado:

    Me encanta, fácil de leer, quizás porque son historias cortas con mucho sentido del humor y sus comparativas me parecen geniales, me gusta aquello de que la felicidad y la amargura están separadas por un marido que trabaja mucho.ja ja ja.

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.