31.10.2013

La fe en el subconsciente

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BAYER, Herbert. Urbanita solitario, 1933 (detalle)

BAYER, Herbert. Urbanita solitario, 1933 (detalle)

Nos detenemos en dos de las exposiciones más importantes que se pueden ver en la capital: ‘El surrealismo y el sueño’, en el Museo Thyssen y ‘Surrealistas antes del surrealismo’, en la Fundación Juan March. Madrid se rinde a lo onírico y a los artistas que quisieron escapar de la realidad generando un ismo fundamental en el arte

 

¡Espantoso! ¿Ves lo que está pasando allí, donde los árboles? El azul y el viento, el viento azul. Sólo una vez he visto el viento azul soplar entre esos mismos árboles. Desde allí, desde la ventana del Hotel Henry IV […] También hubo una voz que decía: vas a morir, vas a morir”.

Con estas palabras extraídas de Nadja, una de las más nombradas novelas surrealistas, André Breton rindió homenaje e inmortalizó la figura de esa extraña mujer con la que se vio durante diez días en el París de 1926. Desde el 4 al 13 de octubre de ella recibiría cartas, poemas y dibujos. Se conocieron en la rue Lafayette y no transcurriría apenas un año cuando el teórico del surrealismo decidió poner fin a la relación. Nadja no llegaría a cumplir los cuarenta años, pero con veinticinco conquistó la atención de Breton, que vio en ella un material inflamable de primer orden.

Ahora Madrid es el que está inflamado. Inflamado de surrealismo ya no sólo en lo sociopolítico, sino también en lo artístico. Una gran paradoja sobre la que muchos teóricos agotarán sus plumas intentando ver en la programación cultural un espejo de la decadencia de las democracias actuales. Quién sabe si el arte no es capaz de hablar por su sola presencia. Lo que sabemos es que las calles de Madrid están engalanadas con carteles publicitarios de dos de las exposiciones que mayor reclamo suscitarán hasta final de año. Si hace un mes se clausuraba la monográfica de Dalí en el Museo Reina Sofía, hoy tenemos por un lado al Museo Thyssen-Bornemisza que nos trae El surrealismo y el sueño, y por otro Surrealistas antes del surrealismo en la Fundación Juan March (ambas hasta el 12 de enero). En esta última nos detendremos con atención.

Si, como decimos, el surrealismo parece querer copar la parrilla artística de la capital, no tendremos la seguridad sin embargo de ver ese viento azul al ir a ver sendas exposiciones, antes escucharemos los estertores de muerte, no ya en la calle, que también, sino en las portadas de los periódicos, los noticiarios televisivos o la sección de clasificados. Una horrible y espantosa realidad que curiosamente se asemeja a la de Breton. Así que indaguemos un poco más en el arte y dejemos el realismo para los soñadores.

Ni el Germanisches Nationalmuseum de Núremberg ni la Fundación Juan March estaban dispuestos a alargar más de cuatro años este proyecto expositivo que ahora podemos contemplar en Madrid. No sabemos si tal providencia ha sido fruto de una enigmática conjunción astral porque, insistimos, definitivamente el surrealismo se ha apoderado del aire que respiramos. Si bien el Thyssen ha optado por desentrañar el reverso onírico del movimiento y los fundamentos del arte del siglo XX a través de sus principales protagonistas, en la March apuestan por una reflexión sobre la fantasía y lo fantástico, pero nosotros sabemos que como en toda gran exposición que se precie, hay algo más que dos términos impactantes. Detrás se esconde una mullida sarga de ideas que ven su materialización en un discurso que va más allá del arte del siglo XX y se apodera así de una perspectiva transversal que pretende repasar toda la historia del arte. Dicho de otro modo: quieren poner en práctica aquello la teoría del “tiempo-ahora” de Walter Benjamin (siempre Benjamin, maldita sea, pero es que es verdad), una pretenciosa reflexión filosófica que se allana cuando la explicamos: cuánto pasado hay en nuestro presente y cuánto presente hay en el pasado. De esa manera del arte resta el cuerpo y del estilo el alma, y para entonces, la cultura que pueda desprenderse de ello como impacto y fuente de conocimiento, se ve cosificada por la sencilla razón de que ya es material orgánico, y por tanto perecedero. También consumible, ojo, pero alejémonos del capitalismo y la sociología por un momento y adentrémonos de lleno en la exposición.

A cargo de Yasmin Doosry, el recorrido está construido tan a conciencia, que tan pronto erramos en el camino correcto, como que de pronto acertamos al perdernos. Algo delirante. Se trata del espacio onírico, el del subconsciente, que brota entre esos vientres arácnidos de tela que penden del techo y parecen movernos a un tipo de reflexión intimista. Después está la buena elección de dos colores como el blanco y el negro como respuesta a la naturaleza del grueso de obras que conforma la exposición, esto es, grabado y fotografía. Como ven, no tengo nada que objetar sobre el montaje, sencillamente magnífico.

El discurso está vertebrado en secciones cuyo resultado es variable. Pero para comprender mejor esta exposición de tesis es necesario un breve análisis por algunas de ellas. El primer espacio titulado El ojo interior nos ilustra con el paradigma (o anatema, según se mire) del surrealismo, el ojo es el elemento base, la justa intersección entre lo trascendente y lo tangible. La carta que Goethe envía a Schiller un día de noviembre de 1796 sirve para dejar constancia de esta temprana y reveladora consideración sobre la visión humana: un órgano total de canalización creativa. Poco a poco, y gracias en parte a la Revolución Francesa, el motivo del ojo fue secularizándose para conquistar el lado profano de la vida y así lo recogieron varios artistas representados en la muestra como la emotiva Hannah Höch (algunos nunca olvidaremos su Álbum dada), el genio de Goya o Redon, Herbert Bayer, Max Ernst, Dalí, Magritte o Laughlin. Muy curiosa es la obra de Grete Stern titulada El ojo eterno (c. 1950). Esta artista alemana que tras su exilio de Alemania en 1936 y cruzar el charco para recalar en Argentina y trabajar posteriormente al servicio de la revista Idilio, ilustraría las cartas que iban llegando a la redacción con las narraciones oníricas de anónimos lectores que se ofrecían voluntariamente a enviarlas. El resultado, uno de ellos, fue este: la imagen de un ojo, paradójicamente el ojo de Dios convertido en mujer bajo el que gravitan una serie de manos agonizantes sin rostro que parecen crepitar de angustia.

LEDOUX,Claude-Nicolas.Un vistazo al interior del Teatro de Besanzón,-1804

LEDOUX,Claude-Nicolas.Un vistazo al interior del Teatro de Besanzón,-1804

Otra etapa interesante de este recorrido soñador y espeluznante es Perspectivas cambiantes. En él podemos contemplar diversos ejemplos en los que se pone en tela de juicio la completa imaginación del artista; aquí el visitante sin imaginación está vendido y el artista, por ende, fracasado. Decir no obstante que es sencillo ver el ingenio de este arte, puesto que obras como la de Christoph Weigel, Caballero con lanza ante un castillo (1670-73) o Erhard Schön con La pareja de amantes (c. 1535) nos embelesan con tal desconcierto y maravilla, que cuando pasamos a otra sala todavía tenemos el recuerdo estupefacto del prodigio al que acabamos de asistir. Se riega esta zona con la famosa serie de Los cuatro caídos de Goltzius (inspirados en Cornelis van Haarlem) de un titanismo miguelangelesco difícil de olvidar. Pintura anamórfica para disfrutar del aspecto cambiante de la visión y de comprobar cómo el hombre también era capaz de dominar el artificio. Obras geométricas de Man Ray, una de las láminas de la Suite Vollard de Picasso o La caída de los cuerpos de Pierre Boucher cierran este homenaje a la catóptrica.

En Figuras compuestas, tal vez el episodio más divertido de toda la exposición, se ilustra a través de varios ejemplos, algunos muy célebres de Edad Moderna como el comentario a la lámina del papa-asno o la Cabeza de Gorgona de Tobias Stimmer de 1571, y otros no menos famosos como las fotografías de Man Ray y Denise Bellon que testimoniaron los maniquíes de Dalí y Paalen, respectivamente en la Exposición Internacional del Surrealismo de 1938 y en la que participaron más de sesenta artistas de catorce países. Aquí, si bien lo extravagante y lo grotesco cobra un protagonismo exacerbado, la nota política es latente. Ambos acontecimientos, remotos en el tiempo, certifican el constante afán de los artistas por cargar de significantes sus obras.

Siguen microrrelatos fascinantes como Metamorfosis de la naturaleza donde deleitarse con diseños de Simon Cammermeir y Theodor van Kessel o poetizar de viva voz con Hannah Höch o Vilém Reichmann y su obra Lazos, gracias muchas de ellas al generoso préstamo con el que la Colección Dietmar Siegert ha contribuido para la ocasión. Espacios mágicos, El ser humano construido, Las sombras de las sombras, El desorden de las cosas… Realmente no disponemos del tiempo ni del espacio para detenernos en todos los detalles, pero la aportación de esta magnífica muestra despertará el ingenio de muchos y aflorará la imaginación en otros. No se olviden especialmente de Fantasmagorías o El Capriccio, donde se demuestra que sobre la filología, por suerte, no está dicho todo, y tampoco de obras capitales de Lucas Cranach el Viejo, Martin Schongauer, un Agostino Veneziano o ¡La Melancolía de Durero! Cierra la exposición un apartado donde más de medio centenar de documentos surrealistas danza en pianos blancos e inmaculados mientras un óculo nos observa desde la pared contraria. ¿El ojo de Dios? ¿El de Buñuel acaso? Quién sabe.

Respetuoso es haber levantado esta piedra expositiva sobre el sedimento de la ya mítica Fantastic Art, Dada, Surrealism de 1936 con la que el no menos legendario Alfred H. Barr confrontó por primera vez el arte clásico con el arte de vanguardia, intentando conformar un árbol genealógico del arte. En definitiva, una muestra con obras dispares de artistas que, en un principio, no se nos ocurriría relacionar ni por asomo con el surrealismo, pero que si nos detenemos en ellas por un instante, todo cobra sentido. Este quizás sea el mayor acierto y tal vez la virtud identitaria de la Fundación Juan March a lo largo de su historia: ofrecer nuevas interpretaciones. Porque mientras que en muchas sedes museísticas se van cubriendo programas patronales con atractivas exposiciones, anodinas reflexiones que ahondan machaconamente en el paradigma de turno ya construido y agotado, recorridos monográficos que buscan un impacto empresarial o resultados en el campo del marketing corporativo (en definitiva y como pueden comprobar, nada que tenga que ver con arte), esta sede tiene la costumbre de abordar toda –y digo toda– su iniciativa cultural priorizando el sentido de lo que se expone o se realiza. Por ello, todavía hoy, o mejor dicho, hoy más, sería harto interesante escribir un capítulo en la historia de la museografía sobre esta fundación, pero lejos de lo seductor que pueda resultar esta hipotética contribución, cabe plantearse, como epítome y respuesta ante el panorama de exposiciones en Madrid y nuestra desquiciante situación actual: ¿será la nuestra una época surrealista?

Puedes seguir al autor en Twitter @Mario_Colleoni

Surrealistas antes del surrealismo. La fantasía y lo fantástico en la estampa, el dibujo y la fotografía.

Lunes a sábado: 11.00-20:00 / Domingos y festivos: 10:00-14:00

Hasta el 12 de enero de 2014

Entrada gratuita

Fundación Juan March

C/ Castelló, 77

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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