13.02.2014

La Fundación Juan March despliega todos sus catálogos on-line de acceso libre

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Foto: ©Mario S. Arsenal

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La Fundación Juan March digitaliza todos sus recursos expositivos y despliega sus catálogos en Internet al completo. Son 182 volúmenes recopilados desde 1973, y no solo de las exposiciones realizadas en su sede de Madrid, también de las de Cuenca y Palma de Mallorca. 27.000 páginas, textos de más de 400 autores e imágenes de 18.000 obras de casi 1.400 artistas; todo de acceso libre.

Probablemente sea la mejor noticia a nivel museístico que se ha dado en mucho tiempo. Son pocos, pero a veces en mitad de la tormenta también llueven caramelos. Y si encima son imperecederos, la dicha es similar a un ejercicio de alquimia. Ya lo habían llevado a cabo otras instituciones, pocas; el ejemplo brillaba por su ausencia, puesto que soltar en red dos publicaciones en tiempos pretéritos era todo un acontecimiento. Como no podía ser de otro modo, la luz volvió a venir de fuera, de un lugar llamado Quinta Avenida o comúnmente conocido como el Más Allá: el Metropolitan de Nueva York vertió en su portal de Internet cerca de cuatro centenares de catálogos y revistas especializadas para que todo el mundo libremente pudiera leerlas, consultarlas o descargarlas desde su casa. También el Guggenheim, siempre en la Gran Manzana, hizo lo suyo. Y las instituciones afines comenzaron entonces a prestar atención a esta alternativa y decidieron emprender en la misma dirección. Otras ya tenían este tipo de operaciones en mente, como es el caso de la Biblioteca Nacional de Madrid, y que, debido esencialmente a su ingente fondo bibliográfico, todavía está en ciernes.

Ya lo saben todos ustedes, la noticia es que la Fundación Juan March ha digitalizado por completo todos sus recursos expositivos. Gracias a un trabajo meticuloso de más de tres años, ahora podemos leer y descargar todos los catálogos de las exposiciones celebradas desde 1973, y no solo las de sus sede de Madrid, sino también las de Cuenca y Palma de Mallorca. En resumen, la cifra asciende a nada más y nada menos que 182, un número modesto si lo comparamos con esos otros museos monstruosos como el MET o el Prado, quien, por cierto, ha hecho lo propio con su archivo hasta 1929, quedando en el aire todavía el grueso de las exposiciones temporales y para las que, aún hoy día, no existe intención abierta de progresar debido a los díscolos presupuestos. Tres cuartos de lo mismo sucede con el Museo Reina Sofía. Incentivos e intereses a un lado, está claro que la digitalización de la cultura se está imponiendo poco a poco en las prácticas habituales de acercarse al conocimiento. En el caso de la Juan March, es un concepto aperturista, cualitativo y democrático el que rige la maniobra. Que todo el mundo pueda consultar el texto de un catálogo desde prácticamente cualquier punto de la geografía mundial es un acontecimiento mayúsculo, y os diré por qué. Porque el tiempo se comprime, nos acercamos a la historia y la historia nos abraza, porque la misma molestia que el arte se ha tomado a lo largo de los siglos con todos nosotros (todos), ahora se revierte en una suerte de pliego digital. Y esto, permitidme recordároslo, desgraciadamente no se repite muy a menudo.

Javier Gomá durante la presentación de la digitalización de los catálogos. ©Carmen Botán.

Javier Gomá durante la presentación de la digitalización de los catálogos. © Carmen Botán

Internet, esa compleja nube de códigos binarios, se está alzando a paso de gigante como el gobernador global de todos los procesos cognitivos. No existe prácticamente ningún material que no deba someterse, tarde o temprano, a la tiranía (despótica en ocasiones, no seamos entusiastas) de la red. Texto, hipertexto, vínculo, hipervínculo. El mapa hermético del arte es el que es, pero los tiempos demandan mayor público así como mayor conocimiento ese público.

Javier Gomá nos explicó que la institución que dirige ha pasado de ser una fundación meramente de becas a afianzarse como un modelo de fundación de tipo operativo, lo que traducido viene a ser: empresa que invierte el 100% de su presupuesto anual en programar, generar, desarrollar y exhibir sus propios contenidos. Es “la diligencia de tener memoria”, nos decía, “lo que nos empuja a querer ofrecer el mejor material de acceso universal y democrático”. Después de un repaso sumario por la labor de esta Fundación a lo largo de sus casi 60 años de existencia, afirmó de manera rotunda: “Nuestro éxito no lo mide el nivel de visitantes. Nosotros nos dedicamos a pensar”.

Luego fue el director de exposiciones Manuel Fontán del Junco quien se encargó de llevar a cabo la presentación propiamente dicha. Todavía tenemos en la mente esa frase-dardo de T. S. Eliot que, dicho sea de paso, abrió también la exposición La isla del tesoro. Arte británico de Holbein a Hockney, de finales de 2012: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en la información?”. Como es costumbre en esta casa, todo se ha cuidado al detalle. Si el MET se vio constreñido a eliminar las imágenes de sus catálogos por sobrevivir a la lucha de derechos, en la March han decidido protegerlas con una marca de agua. En la web tenemos recomendaciones llevadas a cabo gracias a sencillos algoritmos que permiten la simultaneidad. Todos los formatos en pdf contienen su índice correspondiente desde el que acceder rápidamente al contenido concreto. Pero no solo eso, cada uno de los caracteres digitalizados se ha convertido a texto con un sistema OCR. Pero, ¿qué quiere decir esto? Significa que en cada documento podemos rastrear palabra a palabra como si de un índice onomástico se tratase. Tengo que confesar que solo encuentro elogios, no hay fisuras. Una gran labor, un gran trabajo y, lo más importante, una poderosa idea detrás de todo ello, la de abrir la cultura a más personas y de manera gratuita, la seña por excelencia de esta casa.

Sin embargo, hay algo detrás de la emoción que parece mover el universo. Y me refiero a toparse con un texto del mismísimo Walter Gropius en la exposición Bauhaus del 76, o un André Malraux apostado tras la monográfica dedicada en el 77 a Marc Chagall, o incluso al desaparecido André Chastel, legendario historiador del arte francés y eminente humanista, que habla brevemente sobre Georges Braque para la exposición Georges Braque. Óleos, gouaches, relieves, dibujos y grabados del 79. Por no mencionar las muestras de Francis Bacon, la primera del artista en España, allá por 1978, o textos históricos como los del injustamente olvidado por la crítica Ángel González García en la de Pierre Bonnard del 83 o Francisco Calvo Serraller aprovechando la primera individual de Zóbel del 85. En fin, una nómina de elegidos que nunca concurren por azar y de los que ahora nosotros podemos disfrutar libremente. Sencillamente magistral.

Sospecho que, después de este genial requiebro, habrá un antes y un después en la historia de la investigación digitalizada. Tal vez después de este viraje todas las instituciones deberán contemplar la posibilidad de ofrecer sus materiales en abierto, sean del cariz que sean, pero sobre todo para relatar esa idea de que la cultura, a pesar de ser eminentemente para aquellos que la buscan, es de todos los que la aman.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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