01.04.2016

‘La Gran Ilusión’ de la fraternidad europea

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Un fotograma de 'La gran ilusión'.

Un fotograma de ‘La gran ilusión’.

La Gran Ilusión (1937) es la película a la que les invitamos hoy, una de tantas grandes obras del enorme maestro Jean Renoir y que pertenece al desventurado periodo de entreguerras en Europa. Esta obra fue declarada enemiga número 1 por el ministro nazi de propaganda, Goebbels. Por algo será. Representa la maravillosa puesta en escena de un ideal de esperanza que no llegó a plasmarse en una sociedad azotada por el desencuentro entre los hombres y sus más profundas inquietudes de libertad y hermanamiento. Una bella ilusión: la de la Paz.

En 1914, cuando los caballeros de la anciana Europa se declararon la guerra, estaban alumbrando, sin proponérselo, un cambio mucho más poderoso que el de propiedades o tierras, que el de fronteras mayores o menores, que el de ideologías o religiones; habían puesto la primera y más firme piedra hacia un mundo nuevo, un mundo que dejaba de pertenecerles para pasar a manos de los pueblos, de los plebeyos.

Esta guerra, feroz e inútil como ninguna otra guerra – si es que el sentido de utilidad puede ser apreciable en cualquier conflicto armado- abrió con el final de la misma, un corto periodo de readaptación que desgraciadamente fue paralizándose y perdiendo oportunidades, evaporándose entre los extremos ideológicos que sumirían de nuevo a una Europa descolocada en el centro de un horror, más siniestro si cabe, y que acabaría hundiendo cualquier sentido humanista posible de creer o confiar en la esencia humana, en la naturaleza positiva del hombre.

La Gran Ilusión (La Grande Illusion, 1937) es la maravillosa puesta en escena de un ideal de esperanza, de una bella ilusión, la de la Paz.

La premisa es sencilla: Primera Guerra Mundial. Dos militares franceses, el teniente Marechal (Jean Gabin), mecánico perteneciente a la clase obrera, y el aristócrata capitán De Boeldieu (Pierre Fresnay), son capturados por el comandante Von Rauffenstein (Erich von Stroheim), un alemán elegante y agradable que muestra interés destacable en su llegada, especialmente en el capitán De Boeldieu, con quien comparte en el fondo similar rango social e intelectual. Llevados a un campo de prisioneros se encontrarán con sus compatriotas, entre los que se halla Rosenthal (Marcel Dalio), un nuevo rico y judío parisino que, irónicamente, ha comprado el castillo que la familia de De Boeldieu ya no puede permitirse. Los nuevos prisioneros ayudarán a sus compañeros a excavar un túnel secreto. Pero en la víspera de su escape son transferidos a una fortaleza de alta seguridad dirigida por un Von Rauffenstein, herido en batalla, que trata a los prisioneros con cortesía, incluso con amistad al capitán De Boeldieu. Pero los oficiales franceses piensan en la libertad y preparan una nueva fuga, no sin algún sacrificio.

Calificada como la gran comedia contra la guerra de Jean Renoir, esta penetrante narración es ejemplo claro de la flamante emoción que subraya el estilo visual del maestro francés al contar historias. Lejos de cualquier maniqueísmo y con el dominio absoluto que ejerce cinematográficamente, se nos guía con sutileza a través de una composición sin el efecto por el efecto, deslizándose, sin apuntar, por los actos de los personajes, sin sobresaltar ni subrayar nada que no pueda pertenecer al ámbito de la realidad; hasta el sentimiento habrá que cazarlo al vuelo, tendrá que salir de nuestro propio sentimiento.

Pero no es sólo La Gran Ilusión una declaración filmada contra la guerra, va más allá, convirtiéndose en una exquisita exploración de lealtades de clase y de relaciones que las sobrepasan. Renoir no se acomoda en sentimientos patrióticos, ni siquiera muestra el infierno de la guerra, ninguna secuencia de abismo y sangre, ninguna retórica, ninguna disertación provocadora o sentimental, sólo hombres compartiendo aspiración, quizás la de ser simplemente la medida de todas las cosas. Sorprendentemente, Renoir se centra en un único conflicto, el de la confraternidad, haciendo extensible su análisis sobre la humanidad, a ambos lados del conflicto, exponiendo con similitud los anhelos y los demonios de todos ellos, la idiosincrasia, las relaciones, la naturaleza humana. Un testimonio de la posible hermandad de la humanidad, de la futilidad de la guerra.

No crean que van a hundirse en un drama del que sea difícil salir, no; La Gran Ilusión no es eso, es una historia meticulosa, es cierto, pero una historia donde cabe la comedia, la ironía, la sensualidad, la seriedad, el valor, la tolerancia, los dilemas morales, los juegos y la esperanza, una película en la que el director nos permite movernos curiosos en medio de todo ello, en medio de todos ellos.

No supo verse, o no quiso verse así por parte de algunos, tal vez. Poco tiempo después, la humanidad caería de nuevo en una guerra cruel, y tipos como Goebbels, adivinando el daño que podría hacerles esta inoportuna película, ordenó quemar todos los negativos existentes de la misma. Fue un alemán nacionalista quien paradójicamente salvó una copia para la eternidad.

Porque Renoir, partiendo de la realidad de la guerra, decide contemplar los ideales, sacando lo mejor de los comportamientos humanos. Todos los personajes son personas, tienen alma, miedos y sentimientos, el naturalismo de su puesta en escena lo desarrolla y lo enfatiza, con movimientos lentos de cámara y una profundidad de campo que otorga, junto a la utilización explícita del sonido, una realidad tan palpable como impactante. Capta Renoir lo inmediato de forma extraordinaria, a través de la calidez de los interiores, en los que se desenvuelve una historia que sufre de lo que sucede en un exterior que no se ve, la guerra. De unos hombres más separados por las fronteras de clases que por las fronteras territoriales. “Las fronteras están hechas por los hombres, a la naturaleza le importan un comino”.

Revisiten esta joya donde el equilibrio es una virtud, donde la amistad, la esperanza o el amor se convierten en ilusión colectiva. Una película que sigue siendo noticia en los días que vivimos, cuya crisis de identidad es premonición de conflictos por venir; intuyamos aquí la esperanza para entender que malgastar la facultad de entendimiento en demostraciones de fuerza está por debajo de nuestra naturaleza, capaz de evitar la violencia y el sufrimiento. ¿O no?

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Sobre el autor

Antonio Bazaga
Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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4 comentarios

  • El 02.04.2016 , Juan ha comentado:

    Maravillosa, gracias!

  • El 03.04.2016 , Jesus ha comentado:

    Una vez más, una gran historia que abarca distintas y diferentes disciplinas. Gracias por la sugerencia!!!

  • El 04.04.2016 , Auri ha comentado:

    Tal y como se plantea en este artículo la película, se me hace difícil no verla, puesto que expone valores importantes en un momento complicado para la humanidad. No me la pierdo y máxime cuando no se trata en sí de un drama.

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