Laure Adler: “Las feministas jamás hemos intentado impedir el juego de la seducción”

Laure Adler: “Las feministas jamás hemos intentado impedir el juego de la seducción”

La escritora Laure Adler. Foto: Georges Seguin.

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La escritora Laure Adler. Foto: Georges Seguin.

La denuncia contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein abrió otro momento histórico en el feminismo mundial. Hablamos con la ensayista y periodista francesa Laure Adler acerca de cómo está cambiando el mundo a partir del #MeToo y de las referentes feministas que la precedieron en su país.

“La desigualdad es una de las violencias que las mujeres sufren especialmente. Son las más marginalizadas del pacto social”, afirmaba Laure Adler (Caen, Francia, 1950), en un encuentro en torno a la violencia, en el marco del Foro de Derechos Humanos, celebrado, meses atrás, en Esauira (Marruecos). Adler creció en África Occidental (en Guinea Conakry y Costa de Marfil) y cuando regresó a Francia, ya como adolescente, vivió activamente el Mayo del 68. Luego se doctoró en Filosofía y comenzó a trabajar en la que sería su casa: la radio.

Ha trabajado durante décadas en la prestigiosa emisora France Culture, que dirigió entre 1999 y 2005, y ha creado magazines culturales para la televisión. Además, fue consejera de Cultura del gobierno de François Mitterrand y nunca ha dejado de escribir sobre mujeres (biografías como las de Marguerite Duras, Simone Weil, Hannah Arendt) y ensayos propios como el Diccionario íntimo de las mujeres o la colección acerca de las mujeres peligrosas, que son, según ella, “las que leen y que reflexionan sobre sí mismas, las que crean, las que son francas con las reglas de silencio que han pervivido por siglos y siglos, en definitiva, las que piensan por sí mismas”. También fomenta la publicación de obras de otras pensadoras y creadoras, como es el caso de la colección que actualmente dirige en Editorial Stock, llamada Puissance des femmes (la potencia de las mujeres), a partir del título del libro Tres mujeres fuertes, de la senegalesa Marie N’Diaye.

En diálogo con Adler, surge una referencia obligada en su carrera como es la de la antropóloga Françoise Héritier, la heredera de Levi-Strauss que murió hace un par de años, confiando en que la vergüenza cambiaría de bando a partir de la irrupción del #MeToo. Héritier hablaba de la “valencia diferencial de los sexos” que daba lugar a una jerarquía del todo cultural y que explicaba la discriminación ancestral de la mujer.

Usted cita a la antropóloga Françoise Héritier, explicando que una parte de la dominación masculina ha estado fundada en lo que simbólicamente representa la regular pérdida de sangre de las mujeres, ¿es que la sangre de las mujeres se puede desperdiciar porque vale menos?

El hombre asegura su superioridad sobre la mujer porque él puede decir que cuando él pierde sangre lo hace voluntariamente. Cuando marcha a hacer la guerra y se expone a ser herido, él decide. A la mujer se le escurre la sangre una vez por mes, ella no tiene decisión sobre la pérdida de sangre. Ellas nacieron con el ciclo menstrual y eso significa que pierden sangre inútilmente. Los hombres cuidan su sangre. Françoise Héritier basó estas reflexiones en mitos y observaciones de sociedades tradicionales.

Al mismo tiempo, eso daría una cierta libertad a las mujeres, porque se nos permite hacer cosas ‘inútiles’, incluyendo lo creativo. Los hombres no pueden dedicarse a nada que no sea ‘útil’…

Así es. Las mujeres somos más concretas, más pragmáticas y estamos más deseosas de que las cosas se cumplan; no estamos necesaria y únicamente preocupadas –como los hombres– del estatus social y de los cargos ocupados. Entonces, efectivamente, a medida que la sociedad se feminice y las mujeres ejerzan más puestos de responsabilidad, más benigna será la vida social para las mujeres y también para los hombres.

Heritier también hablaba de la figura del tío como sostén del orden de dominación masculino…

En las sociedades patrilineales que estudió Françoise Héritier, ella observó que una familia en la que muere el hombre, la viuda puede casarse con el hermano del muerto. La dominación masculina se sostiene en la figura del tío.

Hablando del presente de nuestras sociedades, ¿qué piensa de quienes plantean que el #MeToo es un movimiento puritano, en contraposición a los feminismos europeos?

Creo que el #MeToo es un movimiento revolucionario que ha iniciado cosas, que permitió que mujeres de diferentes geografías y orígenes perdiesen el miedo a denunciar lo que habían vivido después de haber sentido vergüenza de lo que habían sufrido. En cambio, no me gusta tanto el movimiento francófono #BalanceTonPorc (“denuncia a tu cerdo”), porque lo encuentro muy reivindicativo y señalando a los hombres como violadores en potencia. No creo que todos los hombres sean cerdos.

¿Percibe algún tipo de negación del deseo femenino en alguno de estos movimientos reivindicativos?

Creo que no hay que mezclar. Hubo un grupo de mujeres en Francia, particularmente Catherine Deneuve, que dijeron que si las mujeres tomaban el poder no habría más espacio para el flirteo, la cortesía, la seducción, etcétera… No hay que mezclar esas cuestiones. El feminismo pasa por el reconocimiento de la integridad de nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Las feministas no hemos intentado impedir jamás el juego de la seducción, por eso creo que mezclar esas dimensiones sería un mal proceso.

Hay otro tema polémico dentro del feminismo activo en países que fueron potencias coloniales, ¿qué hay de lo anticolonial?

Apruebo el movimiento feminista poscolonial, que fue creado por chicas que veían que, en cualquier asamblea feminista, eran las blancas las que se expresaban. Esas chicas veían también que a esas reuniones asistían mujeres cuyos hijos eran cuidados por sus propias madres, de piel morena, o negra. Ellas pusieron sobre la mesa la cuestión del feminismo poscolonial y la reivindicación de la doble penalización de haber sido esclavas y mujeres… Es una búsqueda histórica muy importante la de las mujeres en la esclavitud.

También tiene que ver con la controversia sobre los signos religiosos visibles, una cruz o un velo…

Hablo en términos históricos. Cada mujer debe vestirse como quiera, pero no estoy contra la prohibición del velo, salvo en el espacio público. Todo el mundo se parece en el espacio público… Si una mujer quiere ir con velo, no veo por qué eso debería molestarme. Estoy a favor del respeto individual. Que una mujer lleve velo no quiere decir que no tenga su propio sentimiento de libertad.

Sobre su trabajo, ¿cuál es la línea en la que discurre la colección de libros de mujeres que usted ha iniciado?

Es una colección de libros que permite a las mujeres expresarse sobre su relación con el mundo, en términos filosóficos, de ensayo social, y en términos de creatividad. La colección empezó hace algo más de un año: el primer título es de la intelectual francesa Laure Murat, que ha escrito Une révolution sexuelle? Réflexions sur l’après Weinstein (¿Una revolución sexual? Reflexiones después de Weinsten). Y el siguiente, el de una filosófa, Fabienne Bruguère, cuyo título es On ne naît pas femme , on le devient (No se nace mujer, se llega a serlo) que retoma aquel adagio de Simone de Beauvoir. Bruguère explica cómo el pensamiento feminista puede tener influencia sobre nuestra propia vida, hoy.

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