08.10.2013

Llorar en el cine

Menéalo

Fotograma de Mar adentro de Alejandro Amenábar

WE’RE NOT IN KANSAS ANYMORE

El autor reivindica las lágrimas en las salas de proyección como algo natural y descubre cuáles son las películas que le han hecho llorar y las que debían haber conseguido ese efecto y no lo lograron. ¿Qué películas te han hecho llorar en el cine?

PACO TOMÁS

A veces, sin motivación aparente, somos conscientes del tiempo que hace que no comemos chocolate, merendamos con tal o cual persona o escuchamos el Waterfalls de TLC. Yo, esta semana, me he dado cuenta del tiempo que hace que no lloro en el cine. Y lo he recordado con una cierta y absurda nostalgia, como la de una drama queen encasillada en la comedia.

No engaño a nadie si reconozco que el cine fue mi refugio. Mucho antes que la literatura y, posiblemente, a la par que la música. La sala de cine era el templo de las emociones, el lugar que procuraba la atmósfera oscura y necesaria para que el enternecimiento lacrimógeno no fuese objeto de burla. Unos buenos altavoces eclipsaban nuestros sollozos que, en el mejor de los casos, buscarían la complicidad del compañero o compañera de la butaca de al lado.

Echo de menos llorar en el cine. Puedo hacerlo en casa. De hecho, tengo en DVD todas las películas que abren las compuertas de mi embalse pero cuando eso sucede, cuando las lágrimas se convierten en un acto íntimo, siento que, en el fondo, me estoy avergonzando de mi sensibilidad. Y eso me retrotrae a un tiempo pasado de prejuicios y armarios que no me gusta nada.

Nos da vergüenza llorar en público. Preferimos salir en pelotas en una foto de Instagram, ante millones de desconocidos, que mostrar nuestras lágrimas a un reducido grupo de amigos. Puede ser lógico, no digo que no, pero tampoco hay ningún matiz negativo en conmoverse frente a los demás. Hay personas que hacen gala de su mal carácter como un rasgo de su personalidad. Sin embargo, muy pocas se sienten orgullosas de sus lágrimas, como si mostrarlas fuese una manifestación de debilidad en una sociedad espartana.

No soy un llorón, ojo, pero con el tiempo he encontrado algo terapéutico en el acto de llorar en el cine (y con el cine). Primero, porque es algo espontáneo, sucede sin más, sin que me predisponga a ello. De hecho, cuando me predispongo no sucede. Un ejemplo es Brokeback Mountain. Entré en la sala dispuesto a llorar y no me pasó nada. Tuve que esperar mucho tiempo hasta que una noche, viendo la película en casa, brotó la emoción. Otro ejemplo: nunca he llorado con La vida es bella. Ni he sentido la mínima intención de hacerlo. Sin embargo, les confieso que me alegré cuando, al fin, matan a Roberto Benigni. Es solo cine, no me lo tengan en cuenta.

La primera vez que uno se enfrenta a una película no sabe en qué momento el nudo de la corbata oprimirá la garganta. Ni siquiera sabe si habrá momento, aunque lo intuya. Eso sucede sin más. Solo el director de la película lo sabe pero eso no significa que lo consiga, aunque toda cinta que se precie tenga un potencial lacrimógeno. Eso se lo escuché una vez al escritor argentino Rodrigo Fresán en una charla que dio en Casa América precisamente sobre las secuencias de cine que persuadían a sus lágrimas. Contaba que tenía un amigo que, siempre que él le contaba que había ido al cine, le preguntaba: “¿Muere el perrito?” Daba igual la película. Lo importante era si moría o no el perrito que todo film debe tener. Su potencial lacrimógeno. A la vista de todos o peligrosamente oculto.

No llega mi memoria tan lejos como para recordar la primera vez que lloré en un cine pero garantizo que no moría ningún perrito. Tal vez fuera un ciervo. La madre de Bambi con seguridad. Disney…menudo hijo de puta. Hidrató mi infancia de tal manera que mi abuela y mi madrina, que solían llevarme al cine de programa doble que había varias manzanas más allá de nuestra casa, dejaron de hacerlo para evitarme los berrinches. Y la madre de Dumbo encerrada en un carromato por defender a su hijo de los que se reían de él. Y yo con cinco o seis años.  Disney…menudo hijo de puta.

Sin embargo, el director que más veces amenazó con matar al perrito y que más veces me ha hecho llorar en el cine es Steven Spielberg. Lo hizo con ET, repitió con El color púrpura y clavó la puntilla con La lista de Schindler. Solo se le puede igualar en sadismo Lars Von Trier con Bailar en la oscuridad y Franco Zeffirelli en Campeón. Lágrima fácil, tramposa, provocada de la manera más básica posible pero efectiva en cualquier caso. Luego podemos indignarnos por esa manipulación de nuestras emociones pero, si les soy sincero, yo voy al cine a que me manipulen. Y llorar con esas películas es como echarse una siesta después de un masaje: natural.

He llorado –y sigo llorando- con Azul, con ¡Qué bello es vivir!, con Estación Central de Brasil, con Cinema Paradiso, con Mar Adentro, con Los puentes de Madison, con Esplendor en la hierba, con En el filo de la duda, con casi todo Chaplin y hasta con Libertarias. Pero esta semana he tenido nostalgia de una buena panzada a llorar en una sala de cine. Quizá es que ahora he dejado de llorar en el cine porque he empezado a llorar por el cine.

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Sobre el autor

Paco Tomás
Soy periodista, guionista y, en los tiempos que corren, funambulista. Escribo. Eso es lo que hago la mayor parte del día. También leo y, en ocasiones, releo. Escribo artículos de opinión, teatro, programas de televisión, guiones de cine inéditos y ahora también hago radio. Soy el de “Carta Blanca” en La 2, el de "Alaska y Segura" en La 1, el de “La Transversal” y “Wisteria Lane” en RNE, el del serial “Kurt & Courtney” en Radio 3 y el autor de "Los lugares pequeños", mi primera novela, editada por Punto en Boca.

Puedes seguir al autor en twitter @srpacotomas

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3 comentarios

  • El 08.10.2013 , Espelipe ha comentado:

    Hay algo de orgasmico en lo bien que se queda uno tras una película en la que se ha llorado y moqueado a gusto. Uffff ha sido Leer tu artículo y enterarme unas ganas, como sí estuvieras cocinando un bizcocho y me llegara el olor dulzón del horno. Me encanta llorar en y con el cine aunque hoy día como tu dices llore también por el cine (preposiciones ante debacles) y coincido contigo en títulos aunque también hago clasificaciones. Las de “llanto suave” “lágrimas sorpresa” o “gran berrinche”, en este último solo tengo el recuerdo de “Bailar en la Oscuridad” que mi marido y yo agotamos los paquetes de kleenes de ambos y tuvimos que cambiarnos a las filas de atrás para no molestar, aunque recuerdo que estaban todos igual, el post de esa película fue menos orgasmico más de doloraco de cabeza. Pero en fin, que es un gusto llorar en el cine y dejarse manipular por el arte que vulnera nuestra fortaleza y nos iguala. Me gustan mucho tus artículos aunque no interactue con los comentarios por falta de tiempo, pero que no te quepa duda de que los leo. Un abrazo.

  • El 08.10.2013 , Belén ha comentado:

    la Última vez que lloré dentro del cine, fue con “Pequeñas mentiras sin importancia” al final mucho , lloramos los dos, mi pareja y yo.
    La siguiente fue delante del cine, delante del Marta y María, el día de su cierre hace sólo unos días, nuestro último cine abierto en la ciudad, ya nos nos quedan. Bueno si ,ponen cine el centro Niemeyer… pero permítanme decir que no es lo mismo… ya no diremos , Vamos al Marta a ver una peli? Los Avilesinos saben a que me refiero.

  • El 25.11.2013 , juru ando ha comentado:

    Espérate a ver Dallas Buyers Club y ya me lo contarás… maravillosa.

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