16.12.2013

‘Luba’, un relato inédito de Esther García Llovet

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Con ‘Luba’, el relato inédito que la escritora Esther García Llovet le ha regalado a esta revista y que está inspirado en el cuadro ‘Jacob luchando contra el Ángel’, de Paul Gauguin, cerramos las entregas de 12 inéditos de celebración del primer aniversario de ‘El Asombrario’.

Presentación de la autora:

‘Jacob luchando contra el Ángel’ es de Paul Gauguin, ya sabéis. El original lo vi hace unos años en un viaje, creo que a Washington. Me acuerdo que cuando lo vi me pareció muy torero, me pareció una estampa de Las Ventas, o una pelea de bar mormón en Utah. Luego leí algo sobre Jacob, que siempre me ha parecido un personaje que lo pasa fatal, como gran parte de los personajes de la Biblia, esa gran saga shakesperiana. Pero lo que más me gusta es el ángel, que parece más que nada un matón, un ‘hitman’ que no deja pasar ni una. Si yo alguna vez quisiera quitar a alguien de en medio me buscaría un ángel así, pensé. Alguien que te descoyunte como a un pavo de una sola caída. La historia de Recho y Luba es eso, una historia velada de venganza con un ángel macarra. Y va dedicada a Alberto y Gummy (Luis Miguel), con quienes el pasado verano atravesé Madrid de punta a cabo, caminando, sin parar, sobre el asfalto cocido de la Castellana.

LUBA

No había luz en el pasillo. Había debido fundirse el sistema mientras Luba y Recho estaban fuera y Kima tenía que avanzar con cuidado para no tropezar con las bolsas de viaje que seguían por ahí, los zapatos y las camisas sucias sobre la moqueta, frascos de champú y revistas de moda. Cuando tocó la ropa estaba aún fría después de ocho horas en la bodega del avión, húmeda y blanda. Había algo rígido debajo. El cuaderno de notas de Luba, cerrado con una goma de pelo.

-¿Era esto lo que buscabas?-preguntó a Luba al entrar en el salón.

Luba seguía sentada en el suelo delante de la tele mirando un programa sobre adiestramiento de perros, o era sobre adiestramiento de niños, con la boca abierta. No se había cambiado de ropa, una camiseta fucsia y unos shorts de chico. Probablemente llevaba un mes sin cambiarse.

-¡Este programa también lo ponían allí!-dijo señalando la pantalla- ¡Es brutal!

Luba cogió el cuaderno sin dejar de mirar la pantalla. Retiró la goma y una docena de postales cayeron sobre la mesa donde Kima colocó una lata de Tauro frente a Recho.

-Es lo único que os queda en la nevera- le dijo.

Recho la miró con cada ojo en un huso horario diferente, uno desde la media tarde y otro desde las dos de la madrugada hora local. Tenía un esparadrapo sobre la ceja rota, los puntos de un color rojo profundo. Los hilos duros como púas.

-Gracias, Kima.

Se bebió de un trago media lata antes de dejarla de nuevo sobre la mesa donde Luba estaba haciendo hueco entre bolígrafos de hotel y aspirinas y sobres de azúcar del  “Caribou Café”. Dejó las postales ahí y de pronto miró a Kima como si recordara algo antes de levantarse de un salto.

-¡Te hemos traído un regalo!-gritó desde el pasillo.- Debe estar por aquí.

Recho dio otro trago a la lata, esta vez lo bastante largo como para acabarla del todo. Cuando lo hizo se quedó mirando al techo sobre su cabeza, encima estaba el dormitorio. El cuello le latía muy deprisa.

-¿Qué te pasó en la ceja?

-La ceja.- Se tocó la ceja sin apartar la vista del techo.

-¡Se cayó en la ducha!-gritó Luba desde el pasillo.

-Me caí en la ducha.-murmuró.

Recho era un tipo nervioso. No aguantaba mucho tiempo sentado. Un tipo flaco, de los de comer de pie, cualquier cosa. Siempre a punto de marcharse por la puerta.

-¿Te duele?

Se encogió de hombros. Luego se tiró de uno de los puntos muy despacio.

Se echó a reír.

Bajó la vista y la miró como si ella debiera saber algo y se estuviera haciendo la despistada.

-Mira- dijo Luba entrando en el salón.- Espero que te guste.

Kima abrió el envoltorio con el logo de un museo. Dentro había un anillo de plástico con un material líquido en el interior y que reconoció como esos anillos de los ochenta que cambiaban de color según el estado de ánimo de quien lo llevara.

-¡Está contenta!- aplaudió Luba.

-Me gusta mucho.

-Y tú qué sabes cómo está- murmuró Recho enseñando los dientes.

Parecía muy cansado, Recho. Tenía el pelo sucio y los pies negros con las uñas crecidas como las de un animal.

-Me marcho- dijo Kima- Os veo mañana en Los Popes.

Empezó a levantarse del suelo donde estaba sentada cuando Recho la sujetó por el brazo y la hizo sentar de nuevo.

-Pero si no has visto las postales todavía. Ni las fotos- dijo sin mirarla. Cerró la mano sobre su hombro y la dejó ahí. ¿Quería decirle algo? Por qué apartaba la vista si quería decirle algo- Ni las postales.

Las postales eran todas de cuadros de los diferentes museos que habían visitado. Clyfford Still, Twombly y algunas de las mujeres enloquecidas de Jim Nutt, con largas lenguas puntiagudas en lugar de ojos. Un Carlo Crivelli. Luba se levantó y fue a poner un disco de esos que le gustaban a ella, de Cher o algo así. Empezó a bailar, marcando llaves de judo al ritmo de la música.

-Creo que voy a pedir unas pizzas-dijo.- Bueno, no. Debe ser muy tarde ya.

Pero creo que compré unas latas de atún antes del viaje.

Luba salió al pasillo. Recho se levantó y fue a apagar la tele. Después apagó el equipo de música y todo se quedó en un silencio ligero, un silencio de agosto donde alguna vez canta un pájaro nocturno, un ave muy alta, de plumas espesas y grandes ojos planos.

-Siéntate aquí- dijo Recho señalando el sofá. Estaba de pie. El pelo le había crecido hasta los hombros y había adelgazado tanto que tenía que llevar el cinturón atado en la cintura del vaquero. Parecía un presidiario.- Quítate la ropa.

Kima lo miró. Él se echó a reír o más bien hizo que se reía, como si recordara cómo se ríe en situaciones incómodas.

-Quítatela tú- dijo ella.- ¿Qué te pasa?

-Debe ser el golpe. Debe ser el golpe. Han pasado muchas cosas en este viaje de mierda.- dijo tirándose de uno de los puntos, muy apretados, no fuera  a salírsele ninguna idea.- Y van a pasar muchas más.

Sacudió los pies y una arena fina cayó sobre la moqueta, una moqueta gris en un cuarto de estar que a Kima siempre le había parecido funcional como una oficina de no ser por la colección de viñetas originales de la Marvel que cubrían las cuatro paredes de la habitación.

-Necesitas dormir- dijo Kima.- Nada más.

-Ya no duermo nada.

-Y comer.

-Ya no duermo nada pero lo que sí ocurre, fíjate, es que me despierto. Cómo puede ser eso. Me despierto todo el tiempo, todo el día, y cada vez que ocurre las cosas me parecen recién puestas. Como en un escenario. Cada vez que parpadeo me estoy despertando pero no recuerdo haber dormido ni un minuto y me cuesta volver aquí, a la… vigilia. La vigilia. Ese es su nombre. Nunca tengo sueño. Pero siempre estoy dormido. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

-Claro.

-Estoy solo.

Esto sí sonó con su voz de siempre. Al fondo se oía el abrir y cerrar de los armarios de la cocina, muy lejos, mucho más lejos de lo habitual. Recho dibujó un círculo en el aire con el dedo.

-Estoy solo.

Kima miró a otra parte. Al pasillo, oscuro, y frío.

-Vámonos- dijo Recho con voz ronca.- Ahora.

La miró. Se le hundieron los hombros a plomo pero tuvo el suficiente ánimo como para dejar la frase ahí suspendida unos momentos, bien visible por los cuatro costados. Kima se mordió los labios.

-Galletas- dijo Luba entrando en el cuarto de estar.- Y una caja de cereales pasada de fecha.

Dejó los paquetes sobre la mesa. Luego se dejó caer en el tresillo, encendió de nuevo la tele y la radio y subió el volumen. Era tan tarde que ya sólo emitían programas de tarot y astrología, por alguna razón subtitulados en español. En la radio sonaban los Ramones.

-Apaga eso.-dijo Recho.

Luba siguió comiendo galletas como si tal cosa.

-Me gusta la tele a esta hora- dijo volviéndose hacia Kima.- No hay anuncios, ¿has visto? Ni actores. Sólo sale gente de verdad.

Kima no le estaba prestando atención. Había encontrado una postal entre el montón de postales de viaje y ahora la sostenía frente a ella.

-¿Y esto?- preguntó levantándola.

-Jacob luchando contra el ángel- contestó Recho.- Estaba en una exposición temporal. Había muchísima gente.

Jacob luchando contra el ángel.

Kima miró de cerca la reproducción. En la reproducción aparecían Jacob y el ángel sobre la arena rojiza rodeados de mirones que más bien parecían apostadores como si aquello fuera una pelea de pueblo, de pueblo del lejano Oeste, en la que el ángel tenía todas las de ganar y sostenía a Jacob con una mano, como si fuera un fardo de medio kilo. Muerde el polvo, le está diciendo. Muerde el polvo y no te levantes más; has ido a parar con el ángel equivocado.

Al levantar la vista se encontró con la mirada de Recho fija en la suya, tan quieta y tan serena que parecía contemplarla desde otra dimensión.

Kima se levantó de un salto.

-Me marcho. Es muy tarde.

-Qué va a ser tarde- Luba levantó las piernas y las agitó en el aire.- Te quedas a dormir aquí, en el sofá. Mañana te llevamos a Los Popes en la furgoneta.

En la furgoneta. No era mala idea. Se evitaba los tres autobuses del trayecto hasta el trabajo.

-¿En el sofá? ¿No puede ser en el cuarto de invitados?

-Sólo si jugamos al Ciento diez.-dijo Recho muy despacio.

-¿Al escondite? ¿Ahora?

-Sí, sí. Ahora. Qué buena idea- Luba se acuclilló en el asiento. Los miró a los dos mordiéndose la uña del pulgar.- Ahora mismo.

-Una vez y nos acostamos- dijo Kima.

Luba sonrió y saltó por encima del respaldo del sofá, dirigiéndose al pasillo al tiempo que apagaba la luz del salón.

-¡Con las luces fuera!- gritó pasillo abajo- ¡Y vale toda la casa!

El salón había quedado en penumbra, bañado en la luz helada del televisor donde la echadora de cartas atendía la llamada de una mujer que preguntaba sobre un examen de conducir.

-Apaga eso-dijo Recho.- Y vete.

Kima apagó el televisor y la habitación quedó completamente a oscuras. Dejó caer el mando sobre el sofá. Al ir a dar un paso se tropezó con algo que había en el suelo.

-¿Sigues ahí?- preguntó.

Nada. Nadie dijo nada. Encendió de nuevo el televisor y vio que Recho ya no estaba ahí.

-¡Treinta!-Luba debía tener la boca llena porque su voz sonaba rara, allí abajo, en la cocina. Luego abrió un grifo, sonó como un petardo y las tuberías empezaron a sonar arrastrando aire a presión y lodo, pelos.

-¡Cuarenta!

Kima caminaba con los brazos extendidos frente  a ella. Arrastrando los pies. Con la cabeza baja. Por aquí está el dormitorio, pensó, y pegó la mano a la pared para dar con la puerta. La pared estaba un poco húmeda, como si se hubiera despegado el empapelado. A los pocos pasos sus dedos tropezaron con el marco de la puerta y Kima entró en el vacío de la habitación. Un vacío muy grande, que le pareció kilométrico, como la casa aquella de Johnny Truant. Su mano tropezó con la piel desnuda de un brazo o de una espalda. Recho debía haberse quitado la camisa. La retiró y Recho pasó a su lado apenas rozándola al salir.

-Sal de aquí-susurró.

-¡Cincuenta!

Kima abrió los ojos. No se había dado cuenta de que los llevaba cerrados y al abrirlos se encontró con que estaba en el dormitorio de Recho y Luba. En el centro de la habitación había una maleta abierta, vacía, vacía de una manera extraña, como si hubiera explotado o reventado desde el interior.

-¡Sesenta!

Kima salió de la habitación y se dirigió de nuevo a las escaleras. Ahora que llevaba los ojos abiertos se movía más deprisa y saltó de dos en dos los escalones hasta que llegó a la planta baja. El trastero del fondo le pareció un buen lugar para esconderse pero al llegar al comedor sonó un golpe fuerte, como si hubieran dejado caer un mueble desde aire, que la sobresaltó. Venía del piso de arriba.

-¡Noventa y contando!-gritó Luba desde la cocina.- ¡A ver si tenéis más cuidado!

Kima se detuvo un momento en el  descansillo, volvió sobre sus pasos y entró en el recibidor. También era un buen escondite. Había un perchero de esos metálicos, un burro que se habían llevado de una tienda de moda donde colgaban abrigos y la ropa de invierno, cinturones, ropa usada. Se agachó detrás de una hamaca roja y se sentó contra la pared, donde se acumulaban las cartas que el cartero había ido empujando por debajo de la puerta las últimas semanas.

-¡Cien!

Si encogía las piernas era muy difícil verla pero ella sí podía ver por debajo de la hamaca, el suelo de la habitación y hasta algo más de medio metro de altura.

-¡Ciento diez!¡Ha llegado vuestra hora!

Kima miró, efectivamente, la hora. Eran las tres y media. La tele aún estaba encendida. No distinguía las voces aunque sí un sonido que era ajeno al televisor, un ruido como el que hacen las llantas de los coches al desplazarse sobre la grava, muy lentamente, en el piso superior.

Kima se apretó contra la pared. En la de enfrente colgaban dos grandes retratos de unos luchadores mejicanos fotografiados por Recho años atrás que la miraban desde detrás de sus máscaras, plateadas, con sus capitas. “La Chona”, se llamaba uno. El otro se llamaba “El Matador” y llevaba una capa de algo parecido al celofán que sostenía desde los extremos sobre su cabeza, con unos enormes puños desproporcionados en un cuerpo tan pequeño, subido a unas botas de plataforma. En la máscara, sobre la frente, llevaba una estrella azul y a Kima le pareció que si se presionara esa estrella “El Matador” saldría disparado hacia la estratosfera.

De pronto, sobre el cristal de la foto, vio el reflejo de Luba entrando en el salón. Caminaba de puntillas y miraba alrededor sin apenas detenerse, apretándose los labios con los dedos para contener la risa. Kima agachó la cabeza por debajo de la hamaca y vio sus pies huesudos sobre el linóleo gastado, el tatuaje del mono loco en el tobillo izquierdo. Luba pasó de largo. Ya no podía verla, pero sí oír sus pasos y el roce que su movimiento producía en el aire sobrecalentado de la habitación.

Kima cerró los ojos. Quería dormir. Despertarse en otro lugar, tal como le acababa de decir Recho. Qué le pasaba a Recho. Qué se había traído del viaje aparte de su tristeza de siempre si no la convicción de que esta tristeza de siempre, y no otra, iba a ser ya la definitiva.

En la escalera sonó un silbido como de sifón vacío. Varios segundos. Luego paró y volvió a sonar pero algo más abajo, cerca del salón. Kima escondió la cabeza entre las rodillas. El silbido volvió a sonar, o era alguien pidiendo silencio. Sonó en la planta baja. A su espalda. A Kima empezaron a latirle las sienes a toda velocidad. Miró al cristal de la foto, el reflejo del salón. Había alguien ahí. Quien fuera era muy alto y no era Recho. Estaba de pie al fondo del comedor y sólo podía ver su silueta recortada contra el ventanal. Llevaba una correa o una cadena en la mano y giraba la cabeza como si oliera el aire. Por lo demás estaba tan quieto que parecía una foto o un anuncio. Avanzó unos metros y la luz de la calle entró de lado. Iba en bañador o algo parecido, negro. Tenía la cabeza rapada y la piel cubierta de cicatrices. Un macarra, pensó Kima, un macarra que ha entrado a robar o a violarnos a todos, uno por uno, y a descuartizarnos después. El macarra giró la cabeza hacia la ventana y Luba vio que llevaba gafas de miope, una de las patillas pegadas con celo, y que parecía muy triste, muy solo y muy perdido.  El macarra se detuvo. Estaba a medio metro de Kima. Su respiración sonaba sin pausas como si estuviera expirando todo el tiempo, hasta que sonó un ruido extraño, como cuando se descoyunta un hueso, y el hombre pasó de largo. Kima vio su espalda, muy ancha, fuerte y correosa, con cientos de piercings en los costados, dos largas cremalleras que cruzaban el tronco de arriba abajo. Cuando salió de la habitación dejó un olor amargo y dulce, de fruta podrida.

Kima estiró el brazo. Agarró el pomo de la puerta y fue girándolo hasta que saltó el pestillo. La puerta se abrió. Ahí estaba el jardín, la mala hierba y la cicuta bajo la luz ácida de la farola de la calle desierta. Se puso a cuatro patas. Ni siquiera intentó levantarse. Avanzó una rodilla, una mano, la otra rodilla, agarrándose a la hierba con los dedos hasta que llegó a la cancela y se apoyó en el borde. Entonces se levantó. Salió a la calle. Primero dio unos pasos hacia la izquierda. Luego volvió atrás y empezó a subir la cuesta. Había una bicicleta por ahí y la cogió sin darse cuenta de nada. La empujaba. Un poco más arriba estaba la tienda de abarrotes, la del chino, abierta como siempre. Estaba la cortinilla de cuentas recogida a un lado y el chino sentado en un taburete abanicándose con un periódico. Dentro estaba su hijo. Apoyado en el mostrador con las puntas de los dedos, y la otra mano en la cadera, como un dandy, mirando a Recho. Recho estaba en el suelo, sobre el suelo cubierto de serrín, la cabeza contra  el refrigerador de los helados. El chino miró a Kima y le hizo un gesto, dirigiéndose el pulgar hacia la boca: “Está borracho”. Se echó a reír, pero sólo con los labios, sin hacer ni un ruido. Kima se detuvo frente a Recho. Arriba, como un coche de muertos, pasaba el camión de la basura.

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Sobre el autor

Esther García Llovet
Esther García Llovet nació en Málaga en 1963 y reside en Madrid desde los 70, donde estudió Dirección de Cine en el TAI y Psicología Clínica. Ha publicado "Coda" (Lengua de Trapo, 2003), "Submáquina" (Salto de Página, 2009) y "Las crudas" (Ediciones del Viento, 2009) y participado en diversas antologías, "Madrid, con Perdón" la más reciente (Caballo de Troya, 2013).

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