25.12.2019

Luis Castellanos: “Las palabras te pueden llevar a la felicidad”

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El filósofo Luis Castellanos. Foto: Naiara Castellanos.

Dijo Tolstoi que las personas infelices viven mejor en las ciudades, donde hay más estímulos y, ¿quizá también más posibilidades de comunicación? El filósofo Luis Castellanos aborda en su nuevo libro, ‘El lenguaje de la felicidad’ (Ed. Paidós), este tema. Charlamos con él sobre las palabras habitadas y la importancia de la contradicción; y nos muestra cómo un relato puede cambiarnos por completo la vida.

¿Podemos cambiar nuestra vida modificando nuestro lenguaje?

Si pensamos que podemos cambiar como seres humanos, el diseño de ese cambio empieza por nuestro propio lenguaje. 24 horas nos hablamos interna y externamente. Todas las posibilidades pasan por si nos decimos ‘puedo’ o ‘no puedo’, ‘me quiero’ o ‘no me quiero’… El lenguaje es la posibilidad más absoluta. La tecnología está muy bien, pero nadie nos quiere decir que nuestra mayor revolución es el propio lenguaje.

La asociación entre lenguaje y felicidad no es en principio muy común, ¿no te parece?

Claro, pero hagamos la pregunta al revés. ¿Tú crees que una persona que tiene un lenguaje tosco, lleno de odio, amargura, culpabilidad… es feliz? Y sin embargo, buscará la felicidad. La gran pregunta que nos hacemos desde hace siglos los seres humanos es por qué no somos capaces de alcanzarla, qué es lo que sucede. Yo creo que hay que aclarar ciertas terminologías. Confundimos por ejemplo la satisfacción, el bienestar o la alegría con la felicidad, cuando no lo son. No es lo mismo. Para mí esta última es un acto consciente, creativo.

Dices en el libro que “la caligrafía es la disciplina de la pasión”. ¿Debemos fijarnos además en cómo escribimos?

¡Sí, me encanta! La caligrafía del corazón es como un latido. Las palabras tienen latido, te hacen vivir o no. Te regalan vida o te la restan. Eso lo aprendí con los niños, en mi libro anterior. Un niño se miraba en el espejo a solas y se decía “voy a ser un fracasado, soy un inútil y no sirvo para nada”. Está caligrafiado en su corazón ese lenguaje. Me interesa cómo a través de la propia caligrafía, del propio movimiento de la mano, podemos escribir bello en nuestro corazón. También fuera, una letra que se entiende es una letra confiable. La caligrafía del corazón es para mí la herramienta más valiosa que el ser humano tiene para poder empezar a transformarse.

¿Por qué decidiste escribir este libro? En él hablas de una crisis personal, ¿fue ese el motivo?

El primer planteamiento fue a raíz de mi segundo libro, en el que preguntaba a padres, profesores y niños: ¿Qué deseáis en vuestra vida? La mayoría de las respuestas eran ‘ser feliz’. Sin embargo, toda la educación, todo el sistema, no coincidía mucho con la felicidad. Estábamos en un instituto donde había gente de etnias y culturas diferentes. Qué maravilloso es eso, pero si lo vemos de otro modo, ¿cómo vas a ser feliz si cierras puertas a lo diferente, si excluyes? Dije, bueno, hay que hablar de lo que es felicidad. Empecé ahí. Luego ocurrió mi experiencia de la vulnerabilidad y descubrí que dar y recibir es clave en la vida; leí a Svetlana Alexievich, sus relatos sobre la guerra y por primera vez lloré con contenido. Nunca había entendido hasta entonces el dolor y el sufrimiento.

En el libro hablas de esta autora y de cómo leerla fue un revulsivo para ti. Hay quien dice que algunos libros te cambian la vida. ¿Tú lo crees así?

Sí. La lectura, la cultura, cambian la vida. Se habla de la cultura como algo económico, que necesita apoyo…        Quizá primero se precise comprender qué es. Cuando alguien escribe, narra una historia ficticia o real, da lo mismo. De repente eso que está escrito llega a ti, tú lo transformas y te puede cambiar la vida. La forma en que te llegue, en que tu corazón se abra, o cómo la otra persona ha sabido escribirlo provoca eso. Como un cuadro. Yo me iba al Museo del Prado a ver un solo cuadro, uno solo, El jardín de las delicias. Y me sentaba para verlo, no quería más. Y la música lo mismo, el cine… Me emociona la cultura. Todos queremos un mundo mejor, ¿desde dónde lo podemos construir, desde la tecnología? Nos ayudará, es necesaria. Pero hay un lenguaje que necesitamos cambiar de alguna manera, para entender al otro y a nosotros mismos, para abarcar un mundo que sea un poco más generoso, más compasivo y amable, que es lo que necesitamos. El lenguaje de la felicidad es un lenguaje de esperanza, es decir que tenemos esperanza en nosotros mismos. Cambia tu relato, lo puedes hacer.

¿Cuáles son las palabras más poderosas?

Cada uno puede tener las suyas, pero sí hay unas palabras poderosas a nivel universal. Imagínate al principio, en los orígenes, cuando tú estabas abrazando a alguien o dando un beso y querías explicar eso que tú sentías. Querías ponerle nombre a toda costa. Y ahora sabemos que eso se llama beso, ternura, abrazo. El abrazo no está vacío, tiene tanta historia detrás, tantos seres humanos que han aprendido a través de ellos hasta que le pusieron nombre. Y ahora, a veces lo que más necesitas es eso, que te abracen. Esas palabras originales, que son sensaciones, emociones, perduran en nosotros y son valiosísimas. Es el peso más maravilloso de la historia del ser humano; y hay que recalibrar la vida y nuestro lenguaje, para empezar a decir ‘esto es valioso’. Los políticos no van a hablar de estos temas: de cariño, de amor, de compasión, de ternura, de sabiduría… Y cuando pensamos qué es la sabiduría vemos que al final es ese abrazo original inicial que vive en ti una sensación única. Y lo curioso es que lo que siempre ha sido es lo que te hace único, es una paradoja bonita.

¿Crees que la sociedad convulsa en la que vivimos anda escasa de lenguaje de calidad?

Está escasa de lenguaje habitado. Es importante la riqueza lingüística, pero solo si está habitada. Eso lo aprendí en un programa de Jon Sistiaga cuando hablaba del mal y se entrevistaba con el hijo del gobernador de Polonia, que contaba que su padre era un hombre muy culto. Una cosa es el conocimiento, pero lo tienes que habitar, tienes que creer en él. Si no, haces barbaridades con él. Y al revés, hay gente que tiene pocas palabras, pero las tiene habitadas.

En el libro propones ejercicios para acercarnos a la felicidad. Uno de ellos es crear nuestro propio armario de palabras. ¿Las palabras que elegimos, al igual que la ropa, nos visten?

Totalmente. Cuando hablamos de la belleza interior de una persona, es el ‘palabrario’ que utiliza. Qué más da que sea negra blanca, gorda, delgadísima… qué más da. ¿Qué palabras son las que tiene en su corazón? ¿Has mirado? Te las va a decir. La belleza de las personas es algo increíble. Nos venden que hay que mirar el interior de las personas, pero creo que lo hacen de una forma confusa. Hay que mirar el interior, pero el exterior también es digno de amar. Somos presencia física, el lenguaje es físico. Abrázalo. La belleza del lenguaje es la belleza de la realidad, tú tienes el poder de hacerlo real. Cuando de repente te conectas con una persona todo cambia. El lenguaje está para conectar.

En el libro dices “llevo mucho tiempo preguntándome si mis palabras me cuidan o no”. ¿Crees que podemos utilizar el lenguaje de forma preventiva?

Sí. Hay muchos estudios ahora que indican que a través del lenguaje se puede saber si una persona tiene depresión, mediante algo tan sencillo como decir ‘estoy bien’ o ‘estoy jodido’. El lenguaje es pura energía, transforma, tiene latidos, es oxígeno. Tú vas por la calle y dependiendo de lo que oigas a veces se te quitan las ganas… El lenguaje es la revolución.

Vivimos en un mundo en el que la duda está mal vista, se pide que la gente se posicione. Tú hablas de la importancia del ‘no sé’. ¿Necesitamos tirar más de estas dos palabras?

Claro. Y de las contradicciones. Wislawa Szymborska, cuando recibió el premio Nobel, dijo en su discurso que a ella le mueven los ‘no sé’, constante y permanentemente. Es un principio de curiosidad. Todavía no es el asombro, que es muy importante. Nos hace falta asombrarnos, quitar la sombra de todo y ver luz. Los límites, que son nuestras contradicciones, aparecen todos los días y nos ponen a prueba. Es necesario que existan, son los cómo de las cosas. Te dicen ‘cambia tu actitud’. Pero ¿cómo lo hago? Cambia tus palabras, escógelas bien. Poco a poco, elige una. Suficiente. Luego vendrá otra, y otra, y otra.

Cuando perseguimos la felicidad, ¿sabemos qué es exactamente lo que estamos buscando?

Creo que nos venden que está en el camino, en el presente. Yo creo que no. La felicidad es un acto creativo, un acto consciente. Y necesitamos más consciencia. Saber que a eso que siento soy capaz de llamarle amor. Al final del libro hay una definición del lenguaje de la felicidad: es el lenguaje amigable, un acto creativo para encontrar una excepcional amistad con el mundo y con la vida. Consigues algo invencible dentro de ti y así cuando te caes puedes decir que has perdido el equilibrio, pero no la armonía. Y eso es lo que te sostiene y lo que hace que te perdones.

¿Cómo escribes la felicidad, en mayúsculas, en negrita…?

Con toda naturalidad, porque la tengo que crear. Hay días que estoy triste; genéticamente, cuando nací creo que le dije a mi madre, ‘venga, no me fastidies que tengo que venir a este mundo…’. Y de repente te das cuenta de que tú puedes empezar a construir.

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Sobre el autor


Periodista que cree en la cultura como refugio y salvación del loco mundo en que vivimos. Redactora desde hace dos décadas en diversas revistas y periódicos de tirada nacional. Autora del libro de relatos ‘Preferiblemente vivas’ y de la novela ‘Los lugares rotos’, editados por Hidroavión. En Twitter, @SanchezGarciaS

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