03.05.2015

Luisgé Martín: “Sólo en los orgasmos conseguimos escapar de la muerte”

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El escritor Luisgé Martí.

El escritor Luisgé Martín.

La experiencia de matar. O de inventar un coche volador con que ganarse un nombre en la historia. O de tragarse todo el semen que genere tu pareja. O de quedarse enganchado a la imagen erótica de una niña de 13 años. O de odiar a tu madre. Todas esas pulsiones extremas aparecen en la última novela de Luisgé Martín, ‘La vida equivocada’ (Anagrama), en una búsqueda constante de escapar de la muerte y del fracaso. Hemos entrevistado a este pesimista profesional, cargado, sin embargo, de proyectos, fantasías y ganas de atravesar nuevas sensaciones para seguir escribiendo buenos libros. 

Una novela con algo del mundo feliz de Aldous Huxley, de la Muerte en Venecia de Thomas Mann -no olvidemos que Luisgé Martín publicó en 2000 La muerte de Tadzio-, del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Con muchos pequeños relatos cortos encastrados en el argumento general. Con varias curiosas listas de personajes históricos, como la de aquellos genios incomprendidos en su tiempo y que sólo después de muertos obtuvieron el reconocimiento merecido, como Kafka, Van Gogh, Hipatia, Galileo Galilei e Isaac Peral.

El título es tremendo, ¿no? Porque equivocarse en la vida es duro, pero, digamos, que puede esconder cierto matiz de aprendizaje y posibilidad de corregir, pero ‘La vida equivocada’ remite a lo que ya no tiene remedio.

Yo diría que es un pleonasmo, una redundancia. Haciendo el papel de pesimista profesional, yo creo que todas las vidas son equivocadas. Es lo que acaban concluyendo los dos protagonistas del libro, tanto Max como Elías, y también, desde hace tiempo, el autor. Otra cosa es que seamos capaces de vivirlas como si fueran pletóricas, y continuarlas con una cierta normalidad, pero si realmente nos sentáramos a abrir en canal, con un bisturí, lo que es la vida, la solución más sensata sería la de suicidarnos todos.

Produce ternura ver cómo la gente intenta construir un relato de su vida, ordenar los episodios, como si fuera una serie o una película -cuánto daño ha hecho Hollywood en cómo concebimos el amor, la vida, la muerte, la edad-, encontrar encadenamiento de causas y consecuencias, un sentido…

Cada uno tiene su temperamento y su forma de enfrentarse a eso, intentamos ponerle el lazo a lo que es nuestra vida, y, por ejemplo, retrospectivamente justificamos por qué hemos hecho algunas cosas, o intentamos buscarle razonamientos a los comportamientos, y otras veces vamos improvisando y anticipándonos a disparates, anteponiéndoles una justificación. Yo desde hace tiempo he concluido que la única forma sensata de vivir es vivir en el caos; lo que pasa es que con mi temperamento tampoco me alcanza para cumplirlo, pero envidio mucho a la gente que es capaz de sobrevivir en el alambre, porque es la única manera de que esto, que no tiene ningún sentido, sea por lo menos divertido e interesante.

Hay en el libro cinco temas que nos asaltan continuamente como obsesiones. Me gustaría analizarlos juntos:

La muerte: “En el fondo, todos los libros son libros sobre la muerte, y eso es algo que yo recuerdo haber dicho desde que presenté mi primer libro, Los Oscuros, en 1990. Yo creo que todos los escritores escribimos porque existe la muerte; yo creo que lo que intentamos hacer con la literatura es cerrar ese caos. La muerte es el anclaje de todas las inquietudes y preocupaciones que padecemos, porque, si no, las cosas tendrían otro ritmo… Yo no consigo entenderla, es algo totalmente absurdo, y toda la literatura está empapada de muerte. Por eso me parece hermosísimo el texto en que Joyce Carol Oates recuerda cuando contempla a su marido muerto”.

“En febrero de 2008, cuando murió su marido, Ray, Joyce Carol Oates escribió un libro titulado ‘Memorias de una viuda’, en el que trataba de curar su luto. Habían estado casados 47 años. Habían vivido juntos, por lo tanto, todo tipo de experiencias. Viajes, pobreza, revelaciones, amarguras, éxitos, dudas, separaciones, fracasos, enfermedades. Cuando llega al hospital en el que Ray ha muerto, sin embargo, Joyce Carol se abraza a él, sacude su cuerpo, sorprendida, y se da cuenta de que, a pesar de todo ese exceso de acontecimientos que han compartido, hay en esa circunstancia una sustancia que no admite comparación: ‘Nunca, en toda nuestra vida juntos, ha sucedido nada tan extraordinario entre nosotros’, escribe. La muerte, en efecto, es lo más extraordinario que sucede entre dos personas que han tenido algo importante en común. Y sólo una de ellas lo presencia” (‘La vida equivocada’, página 86).

El sexo: “Me acordé entonces de la primera vez que vi el cuerpo desnudo de Max. Me acordé de la obscenidad de sus movimientos, de la brutalidad con que se masturbaba delante de mí sin dejar de mirarme a los ojos”. (‘La vida equivocada’, página 85)

“Los únicos momentos, y esto es literatura barata, pero yo creo que es verdad, en los que yo he conseguido escapar de la muerte ha sido en los orgasmos, en un sentido amplio, los momentos en los que uno es capaz de salirse de sí mismo por la intensidad erótica. Y creo que eso no te sucede en ninguna otra circunstancia; desde luego no cuando he estado en otros momentos muy felices, como la lectura, o un viaje, o tomando una copa de vino con amigos; son momentos para mí que podrían acercarse al orgasmo, pero hay una barrera que los separa”. “Las fantasías sexuales responden a un ciclo vital. El sexo es como la droga. Estoy escribiendo ahora sobre eso, sobre mi vida gay, y justamente estos días estaba recordando lo que fue mi primer contacto erótico, con 13 años, con un chico del que yo estaba enamorado, y que jugando, en un determinado momento de barullo, de melée juvenil de esas, de tontería infantil, pude pasarle la mano por el paquete; eso tan ridículo lo recuerdo como uno de los principales momentos eróticos de mi vida, y eso ahora no me excitaría ni con el chico más guapo del mundo; bueno, me excitaría, pero no lo recordaría como algo que fuera más allá. Siempre me vienen a la cabeza esos estudios que dicen que la gente con inclinaciones sadomasoquistas es de un nivel socioeconómico alto y con un determinado estatus… Veo el sexo como la droga, es la mejor comparación que se me ocurre, que necesitas una dosis cada vez mayor… Hay cosas en la vida que llevan, con la edad, la necesidad de cierta sofisticación… Hay cosas que dejan de interesarte en su normalidad. La primera vez que vi un zoco árabe, me pareció deslumbrante; ahora huyo, quiero salir corriendo”. “Hasta ahora en mis libros me ha interesado poco el sexo soft. Creo que en mis libros, y en esta novela desde luego, el sexo adjetiva a los personajes, es un componente no accidental de los personajes, sino que forma parte de su personalidad, de su esencia, de su forma de estar en el mundo, de sus características vitales”. “De lo que sí creo que voy a dejar de escribir es de personajes pederastas, porque es algo que aunque no me excita en absoluto, también ha vuelto una y otra vez en lo que escribo”.

La belleza: “No sé si es muy distinto del sexo. Me obsesiona mucho, de siempre, la belleza física; para mí ha sido siempre un leit motiv, tanto de admiración como de acomplejamiento en la parte que a mí no me tocaba. Y por eso es algo sobre lo que he reflexionado siempre mucho. Y en una filosofía improvisada, la vería como el punto de unión de los otros dos grandes temas de los que estábamos hablando, el sexo y la muerte. Porque, por un lado, la belleza lo que produce es deseo sexual, pero por otro lado me fascina intelectualmente porque es la marca más evidente del paso del tiempo, de la decadencia, la degeneración, la desolación, el camino hacia la muerte”.

“Fue en esa época cuando comencé a pensar que la belleza física, en contra de lo que habitualmente se afirma, posee mayor valor humano que las virtudes intelectuales, y que aunque se deba a la herencia genética, y no al esfuerzo y al mérito, la recompensa que ofrece a quien la contempla es de una índole superior, casi sagrada. Treinta años después sigo pensando lo mismo”. (‘La vida equivocada’, página 23).

“Yo solía pensar que la vida de alguien que tenía un cuerpo de esa naturaleza era radicalmente distinta de quien, como yo, no se había sentido jamás satisfecho en las hechuras del suyo. Más allá de las posibilidades infinitas de tener innumerables amantes o de encontrar a alguien con quien compartirlo todo, que eran asuntos que en aquella época a mí me inquietaban mucho, me parecía que la posesión de un cuerpo como el de Max otorga un estado espiritual distinto a quien lo posee” (‘La vida equivocada’, página 49).

Los golpes de fortuna y el fracaso. “El fracaso es otro de los temas que están siempre en mi literatura y en mi vida, en mis obsesiones; hasta qué punto el azar, el destino, y hasta qué punto decisiones que tomamos que en su momento creemos pequeñas, pero luego se revelan decisivas, hasta qué punto nos llevan al éxito o al fracaso”. “Un personaje histórico que me fascina es Shackleton, por lo enigmático; alguien que, como Elías, el protagonista de mi novela, se empecina en un objetivo absurdo desde el principio, como es su empecinamiento en cruzar el Polo Sur -aunque los escritores y los artistas somos mucho de pensar que las únicas cosas que tienen sentido son las cosas inútiles-. Es una misión absolutamente absurda en la que él se empeña, que le sale mal, pero logra rescatar a toda su expedición, logra que todos los que le acompañan regresen con vida, a pesar de estar aislados en el hielo dos años, y se convierte en una especie de héroe del que seguimos hablando por su fracaso, al que le da la vuelta y se convierte en un triunfo. Me atrae esa sensación de empeñarse en cosas absurdas y de triunfar en el fracaso”.

El odio y la venganza. “La vida equivocada, en cierto sentido, supone para mí un cierre de ciclo, porque sí creo que en ella están presentes, de una manera muy concentrada, todos los temas que han estado en mi literatura de una manera muy obsesiva desde el principio. Y la venganza y el rencor es otro de los temas fascinantes. Tanto que La dulce ira, mi primera novela, reivindicaba la venganza. Yo creo que al final los temas que mueven la literatura son cinco o seis. El amor, el espanto, el resentimiento, la venganza, la compasión y la muerte”.

Y de hecho las palabras amor, vida y muerte se repiten en los títulos de tus libros. ¿Cierre de un ciclo? ¿Qué planeas ahora?

Los dos proyectos que tengo entre manos son muy distintos: uno es confesional, sobre mi vida gay, de recuperación de recuerdos; y el otro es un libro de viajes, a partir de una idea que tengo con Axier, mi marido, de pasar todo 2016 fuera de España, viviendo en 24 ciudades distintas alrededor del mundo; cada mes en dos ciudades distintas.

Termino. Hay otra parte del libro, hacia el final, también especialmente dura. Leo: “El ser humano tiene una capacidad inacabable de embaucarse a sí mismo y de transformar un hecho en su contrario (…) Es posible que fuera entonces cuando Elías se dio cuenta de que es la excelencia la que conduce siempre al fracaso o de que, en el reverso del espejo, la insignificancia puede ser el mejor camino hacia la felicidad”… La insignificancia, la mediocridad, Luisgé, como vía hacia la felicidad…. Algo que también salía a relucir en la entrevista que te hice en ‘El Asombrario’ en verano de 2013 a propósito de tu libro ‘La misma ciudad’. Tremendo…

Sí, la mediocridad es la que te puede dar la felicidad. Pero la Mediocridad con mayúsculas; en el sentido latino de la palabra. Alguien que tiene sus ambiciones muy medidas, que conoce bien sus fuerzas para enfrentarse al mundo, creo que tiene muchas más opciones de ser feliz. Creo que la mejor manera de ser feliz es no querer hacer algo memorable, sino enfrentarse a la vida buscando y disfrutando las cosas pequeñas. Estoy convencido de que, seguramente por una formulación química o genética, hay gente con mucha más capacidad de ser feliz que otra, porque es mucho más capaz de disfrutar, sin reparos y sin rémoras, de esas pequeñas cosas, del presente; y no proyectar todo en el porvenir, con todo lo que eso implica de ansiedades.

Más sobre el escritor, en su página, desde su vida y sus libros a retratos, premios, presentaciones y “payasadas”.

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