16.04.2018

Madres negras, monjas crueles, niñas tullidas: los monstruos de Patricia Esteban Erlés

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La escritora Patricia Esteban Erlés. Fotografía: Daniel Mordzinski.

La escritora Patricia Esteban Erlés. Fotografía: Daniel Mordzinski.

Patricia Esteban Erlés, prolífica autora de cuentos, ha debutado en la novela con ‘Las madres negras’, título que ha logrado el IV Premio Dos Passos de Novela, concedido conjuntamente por la editorial Galaxia Gutenberg, la agencia literaria Dos Passos y Ámbito Cultural El Corte Inglés. Con resonancias de los grandes maestros y maestras del género gótico, el horror, lo fantástico…, Esteban Erlés ha construido un mundo cuyo epicentro es el tétrico y melancólico convento de Santa Vela, y lo ha poblado de madres negras, monjas crueles, niñas tullidas.Los personajes crueles son necesarios; la literatura debe contarnos por entero, sin retoques favorecedores, sin eliminar las arrugas o las sombras del retrato. El ser humano es complejo, bueno y malo, luz y tiniebla”.

Por RAQUEL MORALEJA 

¿Qué crees que cambia este premio en tu carrera literaria?

Creo que el premio ha supuesto muchas cosas. La primera, que de alguna forma me ha hecho creer en que puedo narrar en una distancia más larga, contar una historia que hace tiempo andaba pidiendo permiso para salir y que necesitaba más páginas que un cuento, el género que había cultivado hasta que llegaron las madres negras a mi vida. Me ha dado mucha alegría que eligieran mi trabajo autores admirados y respetados que formaban el jurado, y entrar a formar parte de una agencia literaria reconocida. Por otra parte, el escaparate de la novela, en tanto género mayoritario, es más visible y estoy recibiendo muchas pequeñas alegrías diarias, invitaciones para presentar la novela en librerías y clubes de lectura, críticas positivas de lectores y colegas escritores que animan mucho.

Hasta ahora habías producido siempre relato corto. ¿Cómo cambia el proceso creativo?

No tengo conciencia de haber cambiado la manera de trabajar, de haber vivido otro proceso. La obsesión por la historia, el hecho de sumergirse tanto en un espacio ficticio, de observar cada movimiento de los personajes, de saber desde su interior lo que piensan o sienten, todo eso lo he vivido al escribir cuentos, y me ha vuelto a ocurrir con la novela. Creo que hay más parecidos; en ambos géneros me preocupa la atmósfera, el aire que se respira en cada página, la visibilidad de ese mundo que solo tú conoces cuando empiezas a escribir. Quizás haya una mayor libertad en el sentido de que la distancia es más larga y te dejas llevar en lugar de vigilar a cada momento la tensión narrativa.

La estructura del libro recuerda inevitablemente a ‘Crónicas marcianas’: distintos relatos enmarcados en un mismo mundo. ¿Cómo surgió ‘Las madres negras’? ¿Se escribió de forma lineal o combinando historias sueltas?

Surgió cuando encontré el cuartel general, el palacio del horror en el que debían confluir todas las historias de las que hablas. Llevaba tiempo imaginando niñas, “niñas tontas”, desvalidas y frágiles como los niños tontos de Ana María Matute. Venían, me hacían conocer parte de su vida y no sabía cómo hacer que se quedaran. Esas pequeñas chiquillas condenadas por el azar, por un destino cruel, tan diferentes y parecidas entre sí, pudieron regresar cuando me salió al paso la historia de la casa Winchester, esa mansión enloquecedora en la que la viuda del fabricante de rifles se encerró para huir de los espíritus de cada hombre muerto por el balazo de un arma de fuego. Los espectros de cada soldado, de cada indio asesinado la perseguían, según le dijo una médium, y Sarah Winchester se enclaustró en una casa que al principio solo tenía ocho habitaciones pero que fue agrandando para esconderse mejor de sus fantasmas a lo largo de 40 años. La historia es fascinante y entonces supe que debía usarla para edificar mi Santa Vela. No seguí un planteamiento lineal, preferí contar la vida previa de las niñas, su llegada al convento, para intentar que el componente azaroso de su encierro se advirtiera. Me parece que uno de los temas de la novela es el destino y su facilidad para atrapar a seres muy distintos, que nunca hubieran podido coincidir en el mismo lugar sin su ayuda.

¿Cuándo y a raíz de qué primera historia empezaste a imaginar este universo tan particular lleno?

La primera historia que surgió fue la de La Pequeña, una niña condenada a no crecer. Esta idea surgió de pronto. Qué pasaría si un personaje estuviera condenado a una infancia eterna, a no alcanzar nunca la edad adulta. Qué sería de alguien eternamente atrapado en el cuerpecito de una muñeca. La maldición del diferente, el trato que recibe quien sufre además una jugarreta de la naturaleza está detrás de este capítulo. La Pequeña es una criatura monstruosa para quienes la rodean y una especie de broma pesada que Priscia gasta a algunas familias que se acercan al orfanato a adoptar a una de las niñas.

¿Quiénes son ‘Las madres negras’? ¿Qué representa esta figura femenina?

Las madres negras son el símbolo de la vertiente más oscura de la religión, de cualquier sistema de creencias basado en el fanatismo y el abuso de poder. Son mujeres que siguen a una líder a la que solo guía el amor extremo a un dios y su obediencia ciega. Las madres negras son una especie de epidemia que se lleva por delante la razón, la alegría de vivir, el derecho de otras mujeres a su propia identidad, a su libertad, a aprender. Destruyen los libros que abarrotaban la biblioteca de Santa Vela para cercenar la posibilidad de que las niñas recluidas allí lean y aprendan a pensar, a rebelarse contra el poder establecido por ese mandamás terrible al que sirven con una fidelidad enfermiza. La blancura, la luz que representa Tilda como custodia de la cultura, de la belleza de la ficción, del valor del conocimiento, son mancilladas por Priscia y sus seguidoras, tan oscuras y equivocadas en su fe como las chicas que siguieron a Charles Manson y subieron al autobús pintado de negro para viajar gratis al infierno y darle un sentido a sus vidas.

¿Qué es para ti “lo extraño”?

La realidad. Es extraña, siniestra, maravillosa. Hay puntos de contacto entre lo que puede ocurrir y lo que en teoría no que siempre me sorprenden en el día a día, en lo más cotidiano. Percibo, quizás porque quiero imaginar que existen, pequeñas grietas en el mundo que nos rodea. Persigo esas historias inquietantes que hacen que me pregunte cosas, que no encuentre las respuestas.

¿Qué te atrae de las niñas tullidas, las monjas crueles y los monstruos en las torres?

Me atraen los vulnerables, los débiles, aquellos a los que la mirada ajena convierte en monstruos. Me gusta analizar el concepto de monstruosidad, su cambio en el tiempo. Me gusta llegar a la conclusión de que los monstruos son aquellos que miran al hombre elefante enjaulado, no el hombre elefante con su cabeza de nube de tormenta, tan bello en su dignidad. Los personajes crueles son necesarios, en el sentido de que creo que la literatura debe contarnos por entero, sin retoques favorecedores, sin eliminar las arrugas o las sombras del retrato. El ser humano es complejo, bueno y malo, luz y tiniebla. Si no contamos toda la historia, si no admitimos esa zona sombría y la plasmamos, ofrecemos solo una imagen sometida a un photoshop tranquilizador, claro, pero tramposo.

¿Por qué el Dios de la novela es tan humano: cruel, casi sádico y vengativo?

Porque necesitaba inventármelo, convertirlo en un personaje verosímil, en el fazedor universal de entuertos. Admiro a la gente que puede creer en él sin desfallecer, que le concede un poder y una sabiduría absolutos. Yo he tenido que crearlo a imagen y semejanza del hombre para conseguir explicarme su existencia. El dios que he imaginado es cualquiera que se ve condenado a un poder eterno, que a ratos se comporta como un jefe vitalicio al que nadie va a someter a una inspección de trabajo, al que ningún superior sancionará con un mes sin empleo y sueldo. Su naturaleza caprichosa, indolente, cruel, el hecho de que se enamore como un pobre mortal son características clonadas del ser humano. Ese dios se nos tiene que parecer por fuerza, en lo malo y en lo menos malo.

¿Está el convento de Santa Vela inspirado en algún lugar real?

En lo arquitectónico a la casa Winchester que mencionaba más arriba. Para reflejar el régimen tiránico y oscurantista, en la crueldad institucionalizada que gobierna su día a días me inspiré en el convento de las Magdalenas de Irlanda, un lugar espantoso en el que durante décadas se encerró a chicas descarriadas (o eso decían que eran) a las que se privó de libertad, de capacidad de decidir sobre su presente y su futuro. Se perdieron allá dentro varias generaciones de mujeres sometidas, que no volvieron a ver a sus familias ni salieron a la calle, si exceptuamos a unas pocas que lograron escapar. Las prisioneras debían purgar sus pecados, lavar sus sucias conciencias y esa metáfora logró convertirse en un negocio rentable para las monjas, ya que hacían que las muchachas lavaran sin descanso la ropa de hospitales y hoteles cercanos. Muchas de ellas pasaron allí toda su vida adulta y cuando se cerró la institución, a finales de los años ochenta, pasaron de allí a una residencia de ancianos. Siempre me ha impresionado que eso pudiera suceder en una época tan reciente, que llegara tan lejos la impunidad de esa orden religiosa en pleno siglo XX.

A medida que avanzan las páginas, tenía la sensación de que el convento era un personaje en sí mismo, con su propia historia trágica y su propia voz narrativa. ¿Es así?

Muy bien visto, sí. Me he preguntado siempre qué dirían las cosas y las casas si tuvieran voz, cómo sería esa voz. Manderley podría habernos contado muchas cosas, muchos secretos, de su amada Rebecca. Ese animismo, que tan bien cultiva Shirley Jackson en sus novelas, me parece muy inspirador. Quería tirar de la frase “Si las paredes hablaran…”, quitarle el condicional, los puntos suspensivos, hacer que la casa, como depositaria de tantos secretos, contar su desazón, su soledad, su cansancio. La casa tiene un pasado, otra historia previa a la llegada de las madres negras. Es una especie de cementerio indio, como el que había bajo la casa que compra la familia de “Cementerio de animales” de Stephen King. Un lugar en el que no puede habitar mucho tiempo la esperanza, condenado al horror.

¿Cuánta herencia del género gótico tiene tu literatura?

Me atrae mucho el efecto estético, el ropaje siempre favorecedor para contar algunas historias de lo gótico. Es misterioso, fotogénico, tiene una gran carga metafórica, el fondo oscuro, claustrofóbico del género se trasluce en determinados elementos y personajes. Creo que ahí termina mi herencia gótica, me interesa narrar historias que en muchos casos no tienen una raíz relacionada con ese género. Es una cuestión externa, más bien, basada en lecturas y en el poder evocador que detecto en su imaginería, lo que me lleva a introducir elementos relacionados con la novela o el cuento gótico.

Lo gótico, el terror, la fantasía heredera de autores como Poe, Lovecraft… ¿Se sigue leyendo hoy en día?

Yo sigo releyendo a Poe, no renuncio a todo lo que he aprendido de su visión del ser humano, de la locura como monstruo interno que te persigue allá donde vaya, del mundo como lugar tenebroso. Vuelvo con frecuencia a un cuento, William Wilson, que es mi favorito, una lección magistral sobre el tema del doble donde, a pesar del final tramposo, siempre encuentro algo nuevo. Es un cuento inagotable, lleno de recovecos, de detalles que se van captando poco a poco. El horror de saber que hay alguien en el mundo que desafía tu individualidad, que te destrona como ser único está perfectamente trazado en esas 20 páginas en las que incluso las iniciales del nombre, esa W, juegan con el tema de la duplicidad, de la repetición indeseada. Poe tira del hilo, imagina que la voz de la conciencia nos habla y nos acosa en la figura de alguien que se nos parece pero es infinitamente mejor que nosotros.

Antes de comenzar la novela haces referencia a Ray Bradbury y Shirley Jackson. ¿Qué autores “de género” te inspiran?

Siempre que leo un párrafo de Bradbury deseo ponerme a escribir enseguida. Me fascina su poder para utilizar el lenguaje, la plasticidad de sus cuentos, esa creación de mundos singulares que tiene su origen en una intuición de las posibilidades que brinda la palabra. Poe, ya lo he comentado, es casi un padre tutelar, el autor que sentó las bases del cuento como género moderno, como espacio para la inquietud, el desasosiego del ser humano que parte de la propia vida cotidiana y sus misterios. Shirley Jackson es una autora formidable, su cuento La lotería es una lección de narrativa, cruel y perfecto, una antifábula de la sociedad americana, con su visión deformada de la buena vecindad y esas raíces casi míticas en el tratamiento del sacrificio ritual. De los autores españoles me fascina la obra de Cristina Fernández Cubas, que transita con mucha naturalidad de un lado al otro del espejo. Es una sabia en la creación de atmósferas y de personajes inquietantes. Me gusta mucho que me inquiete lo que leo.

¿Crees en eso que llaman “literatura de género”, separada de la literatura más apegada a la realidad y generalmente denostada por crítica y academia?

No, cuando se utiliza para relegarla a un desván perdido, a un cuarto lleno de trastos. Creo que la literatura lo es sin necesidad de etiquetas y que en ocasiones estas reducen la entidad de piezas de calidad indudable simplemente porque contienen determinados elementos formales. Yo no me planteo como autora ni como lectora esos límites, no mando a ningún libro a la sección de “tallas raras”. Esa clasificación es casi la construcción de un gueto al que parecen abocadas determinadas obras.

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