‘Mañana de caza’

‘Mañana de caza’

Una postal con una escena de caza. Foto: Biblioteca Pública de Nueva York.

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Postal antigua con escena de caza. Foto: Biblioteca Pública de Nueva York.

Con la pandemia, el confinamiento y las desescaladas, los asistentes al Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado han trabajado sobre las más dispares sensaciones atravesadas. Una selección de esos relatos es lo que estamos ofreciendo este mes de agosto en nuestra serie ‘Relatos de un Extraño Verano’.

 POR CLÉMENCE GENET

Escuchaba el crujir de las hojas muertas bajo sus botas de goma. Marrones, naranjas, recién caídas del árbol al que habían pertenecido. Hasta entonces intactas en el suelo, se desgarraban ahora con sus pasos, se hacían añicos. De la tierra, aún húmeda a estas horas de la mañana, emanaban olores calurosos y un tanto agobiantes: a madera podrida, cadáveres de animales minúsculos, fruta macerada. Vanessa los respiró todos de un solo golpe, como quien inhala cocaína, con necesidad, ganas y algo de aprensión. Las sensaciones seguían intactas. El peso de la escopeta cargada en su hombro derecho, la mirada alerta, el oído inquieto.

*

A Marcel solo le gustaba el bosque en otoño, porque podía salir a cazar. Consideraba que la primavera traía demasiada energía. Le abrumaban el polen, los pájaros, los insectos. La vida explotaba de manera obvia y exhibicionista. En verano, al contrario, todo quedaba reseco y silente, y, para colmo, los caminos polvorientos se llenaban de decenas de turistas urbanos con niños chillones y dramas matrimoniales. No entendían nada. El invierno tampoco era de su agrado, mas no por el frío, la lluvia o la nieve, sino porque con él, regresaban los recuerdos. Le invadía una tristeza profunda, el arrepentimiento. Había abandonado a su padre en sus últimas semanas de vida y jamas se lo había perdonado. Murió un 16 de febrero, seis años atrás. Marcel envidiaba a los animales que pueden hibernar.

*

Cada 15 de agosto, el día de la Virgen, Vanessa empezaba con la preparación de su escopeta, una semiautomática Super Black Eagle III de la marca italiana Benelli, muy cara y sumamente elegante. La limpiaba con paciencia, verificando cuidadosamente todas sus piezas. Del guardamontes al fondo del cañón, frotaba cada una con detenimiento. La rastrillaba a menudo, e incluso la acariciaba por las noches, mientras veía televisión en su casa solitaria. Le gustaba el contacto del arma con su piel, un tanto reseca por la edad. Cincuenta y seis. El frío del metal la vigorizaba, le hacía sentirse consciente de su poder. Conocía todos los sonidos del arma: clic, tic, clac. Cuando finalmente llegaba septiembre, la apertura de la temporada, ambas estaban listas para enfrentarse al barro, a las frías y húmedas madrugadas.

Ese día, Vanessa se había adentrado en el bosque sobre las siete de la mañana. Consideraba un gran privilegio tenerlo todo para sí misma. Ahí era el ser más fuerte. Sabía que representaba una amenaza, que los animales temían su olor y oían con miedo sus pasos acercarse.

“¡Vanessa, vaya sorpresa! ¿Qué tal la caza hoy? ¿Te acompaño un rato?”.

Se sobresaltó. ¿Quién se atrevía a invadir su reino? Volteó bruscamente, con una expresión de seriedad e intenso fastidio. Reconoció a Marcel, un soltero del pueblo de unos cuarenta y tantos años, tímido y un poco tonto. Sospechaba que estaba enamorado de ella. “¿Será que me está siguiendo?”, se preguntó. Lo saludó lacónicamente, con la esperanza de que este encuentro fuera lo más breve posible. Enseguida notó la mala calidad de la escopeta en su espalda, la pobreza de su atuendo, probablemente de segunda mano. Intercambiaron rápidas banalidades sobre los cultivos, la fábrica, la renovación de la iglesia. Vanessa estaba incómoda, odiaba estos momentos de sociabilidad fingida. Aprovechando un instante de silencio, se despidió toscamente y desvió su camino hacia las profundidades del bosque, evadiendo la incómoda propuesta de Marcel, quien se quedó unos segundos sin reacción, anonadado. Vanessa no soportaba cazar con compañía. Disfrutaba únicamente de la que le hacían los árboles, las nubes y los escasos rayos de sol que caían en su rostro.

*

Marcel anduvo más de tres horas, perdido en sus pensamientos. “¡Qué casualidad encontrarme con Vanessa! Tan guapa como siempre. Una mujer fuerte. Y este cuerpo tan firme…”. Reprimió la ligera erección que empezaba a sentir. No era momento. “¡Concéntrate en el bosque, Marcel, en los animales!”. Conocía y reconocía todos los árboles por los que pasaba, aún cuando se alejaba de los caminos trazados. De pronto, el cielo se empezó a nublar. De blanco cremoso, su color cambió en unos instantes a gris oscuro, como si alguien hubiese vertido ahí un frasco entero de tinta negra. La tormenta se avecinaba. Se resignó a dar media vuelta, sin haber conseguido ni una miserable liebre. La aparición repentina de la mujer sobre la que fantaseaba por las noches lo había desconcentrado.

*

Vanessa notó un movimiento, allá, detrás del olmo. Un sonido leve pero reconocible entre mil. El animal estaba a pocos metros y aún no había notado su presencia. Por el ruido, se trataba seguramente de algo grande. Se acercó, paso tras paso, suavemente. Bajó la escopeta de su hombro. Sintió el agradable contacto de la cantonera contra su bíceps. Una fría gota de lluvia cayó justo en medio de su frente, pero no la secó. Y lo vio. Un hermoso jabalí, solitario y apacible. Una imagen de serenidad y calma. Un navegante confiado en un océano de quietud. Quitó el seguro y escuchó el clic que le generó una subida de adrenalina. El animal levantó la cabeza.

*

Pum.

El jabalí se fugó inmediatamente, y Marcel sintió la misma decepción de siempre. Una vez más, había fallado, y era la única y última oportunidad del día. “Será la escopeta”, pensó, sin mucha convicción. Se acercó al lugar donde había estado el animal, cerca del gran olmo. De manera inexplicable, le entró un mal presentimiento. Una presión en el pecho. A lo lejos, la tormenta empezaba a rugir. Aunque admitía que no era muy buen cazador, Marcel siempre había tenido un buen olfato. Un olfato de perro, le decía su padre. Y lo que olía a medida que se acercaba, ya no era la humedad del bosque en otoño. Era sangre. Caliente y abundante. Su corazón se aceleró, su respiración se hizo más corta. Unos pasos más, y la vio. Vanessa estaba tendida en el suelo, en medio de las hojas muertas. Sus ojos estaban abiertos e inertes, parecía sorprendida. En su pecho, su chaqueta estaba empapada de sangre, mojada y viscosa, prácticamente negra. Temblando, se arrodilló a su lado, pero sabía que ya no sentiría su aliento.

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