Manuel Cruz: "Los partidos parecen haber renunciado a disponer de intelectuales”

Manuel Cruz: «Los partidos parecen haber renunciado a disponer de intelectuales”

El filósofo Manuel Cruz, expresidente del Senado. Foto: PSC.

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El filósofo Manuel Cruz, expresidente del Senado. Foto: PSC.

En esta segunda parte de la larga conversación con el filósofo y ex presidente socialista del Senado Manuel Cruz (Barcelona, 1951), autor del recién publicado Transeúnte de la política. Un filósofo en las Cortes Generales (Taurus), aborda el debate entre las “vieja y nueva políticas”, y más en concreto la que Cruz describe como la segunda de las «impugnaciones» –junto a la independentista, tratada en la primera parte de esta misma conversación– al edificio político de la Transición. También da su opinión sobre la polémica que gira alrededor del Rey emérito y las distintas reacciones que se han producido desde la generación que acompañó al antiguo monarca en el diseño del retorno de la democracia. 

En general, eres bastante crítico con la denominada nueva política, pero ¿no es cierto que señalaron problemas serios del sistema? Ni siquiera la renovación de los partidos principales y más antiguos se entiende sin la amenaza que los dos nuevos supusieron.

Permíteme, antes de entrar a responder propiamente a tu pregunta, que introduzca, también en esto, algún matiz. En realidad, en un sentido mínimamente propio, lo que en su momento se denominó nueva política (sustanciada en C’s y Podemos) nunca fue nueva. De hecho, sus líderes más destacados se dieron a conocer hablando más de un regreso a lo que cada uno de ellos consideraba desde su perspectiva el mejor pasado que de un proyecto específico de futuro. Rivera hablaba todo el tiempo de Suárez, e Iglesias quería ser el nuevo Felipe González hasta que este le desautorizó por completo, y se ha tenido que conformar con ser una reedición de Julio Anguita, solo que con más cintura política (en mi libro hay un epígrafe titulado “Anguitismo amable”).

Rivera e Iglesias tienen algo de vidas políticas paralelas. En todo caso, los dos fracasaron en sus objetivos de máximos. La diferencia es que Iglesias se dio cuenta a tiempo y, arruinada su fantasía de sorpasso al PSOE, ha decidido aceptar un papel subalterno para poder estar en el Gobierno. También Rivera tuvo su particular fantasía de sorpasso respecto al PP y acabó sufriendo una ruina paralela a la de Iglesias, solo que en su caso de una magnitud tal que ha estrechado enormemente su margen de acción política.

¿Y en cuanto a lo que supusieron sus proyectos?

Por lo que respecta a sus proyectos de futuro, ambos han dado fuertes volantazos a sus propuestas en poquísimo tiempo. C’s los dio renunciando a cualquier planteamiento que conservara aroma socialdemócrata para alinearse de forma decidida y exclusiva con el liberalismo menos sofisticado (provocando el malestar en un importante sector de los suyos, especialmente entre sus fundadores). Mientras que Podemos lo hizo transitando –eso sí, por etapas– del peronismo fundacional al reformismo patriótico de la hora presente pasando por Bolívar, Tsipras o la socialdemocracia nórdica según fuera tocando (me disculpo en caso de haberme olvidado de alguna etapa).

¿Qué rescatarías de su aportación? 

No se pueden negar los aspectos positivos que ha supuesto la irrupción de ambas fuerzas en el escenario político. Está claro que si las nuevas formaciones obtuvieron en su momento importantes respaldos electorales es porque fueron muchos los ciudadanos que tuvieron la sensación de que estaban señalando problemas que las formaciones tradicionales no se estaban atreviendo a encarar, o no encaraban adecuadamente. Aunque también es obvio que, como empezaba a decir hace un momento, detectar la existencia de un problema no garantiza el acierto en la solución que se proponga. Y si su éxito inicial se quiere interpretar en términos de que tanto Podemos como Ciudadanos supieron detectar aquellos problemas, soslayados por los partidos clásicos y que realmente preocupaban a la ciudadanía (interpretación que estoy dispuesto a aceptar, lo dejo claro), entonces habría que decir también que los severos castigos que posteriormente les ha infligido su propio electorado también deben ser considerados como significativos. Ello debería haber llevado a ambas formaciones a una profunda autocrítica pública, que todavía tienen pendiente. Mi sensación es que si su éxito inicial expresaba el acierto a la hora de plantear el problema, su rotundo fracaso posterior es la prueba del error de las soluciones que proponían.

Pasar de las musas al teatro siempre tiene un coste en política, que tiene mucho de juego de suma cero.

Así es. Porque cuando no me refiero, claro está, a las cuestiones programáticas más generales, que si acaso les habían procurado amplio respaldo de la ciudadanía, sino en la gestión concreta del poder que les habían concedido las urnas, gestión paradigmáticamente expresada en su política de pactos. Es cierto que el momento en el que las cosas se les habían puesto más de cara pasó enseguida. No cabe desdeñar el dato de que los dos partidos clásicos, tradicionales, que los nuevos pretendían orillar para ocupar su lugar, reaccionaron llevando a cabo una renovación de sus líderes, lo que en buena medida desdibujaba la vistosa y lucida especificidad juvenil de los recién llegados.

Déjame que lo diga de una manera algo simplista, pero creo que perfectamente descriptiva: a muchos ciudadanos se les hacía difícil discernir por donde pasaba la línea de demarcación que separaba a Pablo Casado de Albert Rivera, especialmente a partir del momento en que este último decidió olvidarse del barniz progresista de antaño y no dudó en alinearse con la derecha más dura. Lo que lleva a pensar que tal vez una de las cosas (no digo que la única, obviamente) que tenía pendiente la política de este país era un relevo generacional y que, realizado este, las diferencias programáticas en cierto modo han pasado a segundo plano. En todo caso, los instrumentos (por ejemplo, demoscópicos) de los que disponemos nos informan de que la percepción de la ciudadanía va por ahí. No es casualidad que la expresión nueva política haya caído completamente en desuso.

¿No te preocupa que alguien pueda interpretar que tu crítica a la denominada nueva política contiene implícita, aunque tú prefieras no enunciarla claramente, una defensa de la vieja política (por seguir con este tipo de expresiones)?

Declaraba Pablo Iglesias en cierta ocasión que hoy en día la gente no milita en un partido sino en un medio de comunicación, y que ya no se es del PP o del PSOE sino de la COPE o de la SER, de La Razón o de El País, etc. De esas declaraciones me interesa más lo que dan por supuesto que lo que afirman explícitamente, porque esto último es algo que responde más a una recurrente preocupación personal de Pablo Iglesias por los medios de comunicación y por la visibilidad que a cualquier otra cosa. Lo primero, en cambio, la relativa desafección respecto a los partidos políticos, que es en el fondo de lo que trata tu pregunta, es algo que nos debería mover a reflexión.

¿Y qué reflexión haces?

Que la proliferación creciente de «grupos de intelectuales», “círculos de opinión” o incluso de think tanks, la mayor parte de ellos de carácter transversal, induce a pensar que los partidos parecen haber renunciado a disponer no ya solo de intelectuales orgánicos en el sentido clásico sino de intelectuales a palo seco, lo que podría significar que han renunciado a producir discurso. Pero la inteligencia no puede abandonar a los partidos, que están ahí no solo para recoger y dar forma a las preocupaciones y demandas de la ciudadanía, sino también para dibujar horizontes atractivos hacia los que tender como sociedad. Sin inteligencia se corre el peligro de que los partidos queden reducidos, en el mejor de los casos, a meras organizaciones de reclutamiento de mano de obra política para las instituciones y, en el peor, a agencias de colocación para los más allegados. Yo creo que esta es una línea en la que se impone pensar.

Dicho esto, me importa añadir a este respecto que mi experiencia como parlamentario es muy positiva, lo que me hace pensar que resulta perfectamente viable la corrección de todo aquello que requiere cambios en el funcionamiento de las formaciones políticas. Frente a tanto tópico que insiste en la idea de que la disciplina interna de los partidos termina asfixiando la libertad individual (tópico en el que algunas se complacen en extremo últimamente) mi experiencia es bien diferente. En estos años como representante público integrado en un grupo parlamentario, he escrito y publicado cuanto he considerado oportuno, sin llevar a cabo ninguna consulta previa, y quiero señalar que siempre me he sentido apreciado a este respecto tanto por parte del PSC como del PSOE.

Has mostrado interés, tanto en el libro como en artículos recientes, en la figura, el auge y la caída del Rey emérito. Las reacciones han sido diversas: están aquellos, como Iñaki Gabilondo, que ven una enmienda total a una generación, la suya; otros, en cambio, defienden sin matices la obra e insisten en separarla de la persona. ¿De qué posición estás tú más cerca? 

No se trata de decidir separarlas o no; es que, en principio, están separadas. No es contradictorio censurar el comportamiento personal, por cambiar de ejemplo, de Jordi Pujol y aceptar que para su propósito político llevó a cabo una gestión política adecuada (cosa que, por cierto, los nacionalistas catalanes no dejan de repetir en los ratos libres que les deja criticar al Rey emérito). Habría infinidad de ejemplos que servirían para ilustrar esto mismo. Si alguien me dijera que la gestión de Mariano Rubio como gobernador del Banco de España fue magnífica, valoración que yo no me siento capaz de hacer, no me parecería una respuesta consistente desde un punto de vista lógico replicar: “eso es imposible, ¡pero si fue condenado por fraude fiscal y falsedad documental!”. Dicho de otra manera: es a quienes afirman que los episodios que últimamente se están conociendo acerca del Rey emérito suponen también una condena a su actuación como Jefe del Estado, especialmente en los primeros años, a los que corresponde la carga de la prueba, esto es, demostrar qué relación hay entre dichos episodios y su decidida defensa de la monarquía parlamentaria.

El episodio sí parece estar teniendo un efecto distinto según generaciones.

Yo soy también de los que consideran que los planteamientos en términos generacionales pueden tener en determinadas circunstancias, una notable utilidad. En el caso de España, esto es muy claro. La generación que accede al poder (aunque tal vez lo más correcto fuera decir a todos los poderes en todos los ámbitos de la vida social) con la llegada de la democracia no solo arrumba por completo a las generaciones precedentes, dando por amortizadas a personas a las que probablemente les quedaba todavía mucho por aportar, sino que va a permanecer en ese lugar hegemónico durante décadas. En ese sentido, lo que se llamó en un determinado momento, a principios de la segunda década de este siglo, “nueva política”, tuvo mucho de relevo generacional. Pero precisamente porque entiendo que la categoría de generación puede ser útil, creo que conviene huir de generalizaciones simplistas, como suele ser la de dar por descontado que el relevo generacional represente siempre un avance, una mejora. Una cosa es que sea inevitable y otra, bien diferente, que debamos juzgarlo positivamente comporte lo que comporte. Solo puedo estar de acuerdo con Iñaki Gabilondo en que la, vamos a llamarla así, “generación de la Transición” tiene pendiente hacer un examen completo de su legado.

¿A qué te refieres exactamente?

La forma, digna de elogio, en la que se llevó a cabo el tránsito a la democracia constituye solo una parte de dicho legado. La deriva que han acabado tomando los acontecimientos también es, en parte, su responsabilidad. Así, afirmar que ya no hay líderes políticos como los de antes, como si esa ausencia fuera el resultado de alguna condena metafísica, implica obviar que de ser cierta la carencia, lo sería en gran medida como resultado de las estructuras de funcionamiento de las organizaciones e instituciones democráticas, diseñadas precisamente en esas etapas anteriores y con esos líderes que algunos ahora añoran tanto.

El inevitable relevo generacional será completamente inane si no va acompañado de cambios estructurales profundos en aspectos básicos del funcionamiento de los partidos y de la política en general. Cifrarlo todo en que los nuevos, por el mero hecho de serlo, introducirán las modificaciones necesarias para una completa regeneración moral y política de la vida pública es una expectativa que carece por completo de sentido. Por mi condición de profesor, ya he tenido la oportunidad de empezar a escuchar a jóvenes estudiantes, de una incipiente generación post-indignados, echar pestes de los recién llegados a las instituciones, acusándoles de haber caído en un plazo extremadamente breve de tiempo en los mismos vicios cuya crítica les permitió alcanzar notoriedad (y poder). Es posible que esos estudiantes exageren al valorar el tamaño de los errores, pero no al señalar su existencia.

¿Cuál sería, entonces, la mayor crítica que cabría hacerles?  

Aquella generación que tanto ha presumido de su gestión de la transición hacia la democracia, luego, una vez alcanzada y consolidada esta, no solo no supo evitar que determinados errores se produjeran, sino que en muchos casos estableció las condiciones de posibilidad materiales para que se dieran. Cosas análogas podrían decirse respecto al empobrecimiento del debate público. No podemos hacer como esos malos profesores que parecen obtener un extraño consuelo en afirmar que sus alumnos no saben nada. Lo que los mayores, por principio, deben preguntarse es qué llevaron a cabo ellos mal para que esté prácticamente todo por hacer y resulte tan hiriente la evidencia de que los nuevos en demasiadas ocasiones lo único que hacen es repetir lo peor del pasado.

Una crítica habitual a la Academia es la de, digamos, vivir en su torre de marfil y «mirar los toros desde la barrera». Aunque has tenido compromisos previos, ¿qué balance haces de tu etapa de ‘transeúnte de la política’? ¿Es lo que esperabas? ¿Has encontrado los clichés que se imaginan desde fuera? ¿Cuál es tu balance personal?

Supongo que habría que diferenciar el balance de esta etapa en sí misma y el balance de mi experiencia durante este tiempo. Respecto a lo primero, solo diré una cosa. He de confesar que vine a las instituciones con la ilusión de asistir a algo parecido, aunque fuera remotamente, a una segunda Transición y en los últimos tiempos, en los momentos en los que tengo el ánimo más bajo, me preocupa acabar presenciando, en vez de eso, un remake de la España más cainita.

Respecto a lo segundo, el balance es sin duda positivo en la medida en que ha sido una experiencia sumamente enriquecedora. Con “enriquecedora” no quiero decir que en todo momento haya resultado agradable o satisfactoria. Por supuesto que ha tenido sus sombras y sus momentos difíciles. Pero muy por encima de ellos pongo el hecho de que esta experiencia me ha permitido conocer una realidad que, de otra manera, habría ignorado, a pesar de que tanto se hable de la misma. Con esto quiero decir que en muchos aspectos la vida parlamentaria no es como nos la cuentan. Los medios en ningún caso se limitan a describir lo que pasa y lo que hay, sino que median decididamente, sin que el signo de dicha mediación sea sometido a escrutinio en ningún momento. Pero conviene destacar la enorme trascendencia de dicha mediación. Porque tales espacios no son un ámbito opcional, sino que constituyen un ámbito ineludible. No disponemos de otro modo de obtener noticia del mundo, de cuanto ocurre a nuestro alrededor, sino a través suyo.

Se corresponde poco la imagen y el relato de la política de lo que has vivido y vives desde dentro.

La mayor parte de clichés acerca de los políticos y la política que se dan por descontados en la calle no se corresponden con la realidad, a pesar de que se reiteren de manera permanente, inicio de legislatura tras inicio de legislatura. En nuestra sociedad el término “político” ha terminado por quedar asociado a casi todas las connotaciones negativas que se puedan imaginar. Esto no me preocupa por ningún sentimiento corporativo con quienes ejercen de representantes de la ciudadanía. En realidad, eso que la gente llama, tan sumariamente, “los políticos” carece por completo de identidad corporativa, cosa que me consta de primerísima mano pero que, sin embargo, se les atribuye tenazmente desde fuera (en muchas ocasiones, por cierto, por parte de sectores en los que ellos sí practican un corporativismo feroz). De algo debe de ser expresivo el hecho de que no haya conocido ni a un solo diputado o senador que se defina a sí mismo como político. En realidad, yendo a los datos, el número de diputados o senadores que permanecen en las cámaras prácticamente toda su vida es muy bajo. El grueso no sobrepasa las dos legislaturas de permanencia en las cámaras.Pero tampoco quiero distraerme con datos. Si me preocupan las críticas injustificadas a los políticos es porque lo que terminan propiciando es la conversión de los representantes de los ciudadanos en chivos expiatorios a los que se les endosan todos los males de nuestra sociedad, exculpando así de ellos al resto.

Esa parece ser, efectivamente, una de las funciones de los representantes, pero quizá sea consustancial a la democracia.

Te podría poner un ejemplo que conozco bien, porque he sido docente universitario a lo largo de cuatro décadas. Me hace sonreír la ligereza con la que funciona el cliché de que el mundo de la política es el mundo oscuro y sórdido de las traiciones y los navajazos. No estoy embelleciendo nada, sino que me limito a describir la realidad que he conocido si te digo que en el seno de un grupo parlamentario (al menos en los dos que yo he estado), siempre hay alguien dispuesto a echar una mano en caso de apuro. En cambio, te puedo asegurar que en muchas ocasiones lo que ocurre en materia de traiciones y navajazos en la esfera de la política es un juego de niños comparado con lo que ocurre en los departamentos universitarios.

De hecho, no otro es el origen de la campaña contra mí emprendida por un diario madrileño de derechas durante mi época como presidente del Senado. Por supuesto que lo que vale para el reproche más general que descalifica a los políticos en su conjunto, vale para los reproches particulares. En las cámaras se trabaja mucho. La imagen del diputado o el senador ocioso y absentista, que en cuanto puede abandona los plenos para escapar a la cafetería, dejando el hemiciclo como un erial, es una caricatura interesada, como cualquiera que se informe mínimamente sobre la vida parlamentaria debería saber. Además, por cierto, se trabaja bien.

¿A qué te refieres?

Lo digo en un sentido muy determinado, en el de que el clima que se respira entre diputados y senadores de las diversas formaciones es muy agradable y respetuoso. Eso no obsta para que cuando toca subir a la tribuna se planteen cuantas críticas y reproches se considere oportunos, pero eso no impide una relación fluida y educada con los adversarios políticos. Cosa que, tal vez valdrá la pena especificarlo, me parece muy bien no por meras razones de urbanidad, sino por razones de fondo. Entre otras, que los representantes de los ciudadanos no solo tienen la obligación de censurar a sus adversarios cuanto estimen necesario, sino también la de llegar a acuerdos en los momentos en los que ello resulte obligado. No están ahí para proporcionar a las televisiones el espectáculo de sus peleas sino para defender los intereses de los ciudadanos.

En cambio, la percepción es la de ser una élite privilegiada.

No quiero entrar en el capítulo de los reproches referidos a los presuntos privilegios de los representantes públicos porque eso equivaldría a admitir que tales reproches poseen una entidad de la que carecen por completo. Algunos de los que con tanta ligereza como demagogia se dedican a criticar aspectos como el de la remuneración de diputados y senadores deberían pararse a pensar los motivos por los que a los partidos políticos les resulta tan difícil reclutar a profesionales de reconocido prestigio (cuya aportación por tanto podría resultar de gran valor para el conjunto de la sociedad) para que se incorporen a sus proyectos, sea en listas electorales o sea en altos cargos. La respuesta es fácil de imaginar: no les compensa desde ningún punto de vista. No deja de ser llamativo que esos hipercríticos que tanto gustan de ensañarse con los representantes de los ciudadanos a cuenta de los más variados (y en algún caso, pintorescos) motivos no tengan el menor interés en poner los medios para que, si realmente ese es el problema, mejore la calidad de nuestros representantes.

Yo no discuto en absoluto que no solo los partidos políticos sino también la propia Administración en general necesiten reclutar talento. Lo que me preocupa es que esas personas valiosas, abundantes en nuestro país, no encuentren alicientes para trabajar en lo público. Y lo que me solivianta por completo es que con demasiada frecuencia algunos de quienes más se esfuerzan en disuadirles de que lo hagan sean precisamente los que carecen por completo de él (de talento, claro).

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Comentarios

  • Races

    Por Races, el 17 septiembre 2020

    Nunca he entendido muy bien a qué tipo de personas de les puede englobar en el término de intelectuales pero recuerdo cuando desde la universidad y desde otros frentes culturales había personas con análisis críticos del sistema político y de la sociedad en general, dando opiniones libres y fundamentadas. Dónde están esos personajes en los últimos años?

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