04.02.2017

Manuel Guedán: “Por republicana que se crea, cada familia es una pequeña monarquía”

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El escritor Manuel Guedán.

El escritor Manuel Guedán. Fotografía de Clara Garrido.

Ha sido profesor de literatura en un instituto, en la universidad y en escuelas de escritura, ha ejercido como crítico editor, y coordina la revista cultural ‘Buensalvaje’, asociada con ‘El Asombrario’. Ahora publica su primera novela, ‘Los favores’ (Ediciones La Palma), sobre la adolescencia y la juventud, “las relaciones de corral”, la venganza y la revancha. Y el proyecto de madurez fallido de toda una generación.

Preséntanos la novela.

Cuando vi L’esquive, la primera película de Abdellatif Kechiche y que hablaba sobre la adolescencia con un respeto que al cine solo le había visto por la infancia, decidí que quería escribir sobre esa etapa de la vida. Esta novela es un acercamiento a la cara b de los favores, cuando oscurecen una amistad y amenazan con convertirse en una cadena que estrangula a quien los hace y a quien se beneficia de ellos. Al mismo tiempo, muestra ciertas enemistades que, en la venganza y la revancha, encuentran una forma de intimidad.

Es tu primera novela publicada, ¿también lo primero que has escrito?

Publiqué antes un ensayo sobre el legado literario de Manuel Puig, que se llama Yo dormí con un fantasma. Pero sí, es lo primero que escribo de ficción, más allá de algunos relatos y proyectos pequeños que no fueron muy lejos.

¿Su proceso de creación?

Escribí la novela en paralelo a la tesis doctoral. Durante unos tres años, con bastante regularidad, le dedicaba de 9 a 15 horas a la tesis y de 17 a 21 horas a Los favores. Por supuesto, tuve altibajos, y momentos algunos meses en los que me alejé de la novela, porque el doble proceso me exigía mucha concentración y demasiado tiempo solo, delante del ordenador. Sin embargo, era muy liberador poder moverme entre dos registros de escritura tan distintos. Pude permitirme algo así porque disfrutaba de una beca; de hecho, las etapas más productivas fueron los meses en los que trabajaba en el extranjero, con alguna estancia de investigación. El último año, más que seguir escribiendo, puse a la novela a dieta y ahí perdió unas 100 páginas.

¿El tema de tu tesis, Manuel?

La tesis establecía una genealogía alternativa a las grandes figuras del boom: estudiaba la figura de Manuel Puig y su reconocida influencia en autores de los 90 -como Mario Bellatin, Pedro Lemebel, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet, Dani Umpi- a través del uso del pop y lo queer. Una parte de ese trabajo se publicó en el libro Yo dormí con un fantasma, título que atiende a la traducción en Argentina de I walked with a zombie, el filme de clase B de Jacques Torneur, que es uno de los que el protagonista gay le narra al militante en El beso de la mujer araña.

Tu estilo es directo y adusto, con poca descripción y reflexión, y mucho diálogo y narratividad, ¿qué influencias literarias te notas?

Como lector disfruto mucho de estilos digresivos y reflexivos, como Banville o Piglia, pero su escritura me cala menos. Siempre me han producido una emoción especial las obras desaforadamente verbales, que narran mucho y, con cierta impudicia, son generosas en revelaciones de secretos e intimidades. No sabría decir con seguridad si tomo cosas de ellas, pero pienso en algunas películas como Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, todas las de Jean Pierre Bacri y Agnès Jaoui, Two lovers, de James Gray, Opening night, de Cassavettes y La piel que habito. Volviendo a lo literario, pienso, claro, en el siglo XIX francés. De Madame Bovary tomé la idea de una caída del personaje helicoidal, en la que tropieza dos veces con la misma piedra, solo que cada vez con mayor gravedad, como le sucede a Emma con la infidelidad. La mayoría de los autores que se me pegan son perforadores de intimidades. John Steinbeck y Manuel Puig también entrarían en esa categoría, además de incorporar una lectura muy política. Y, finalmente, hay algo de la profusión de Bolaño, de su estilo supuestamente apresurado y ansioso que me gusta explorar. Todo esto, claro, con plena conciencia de que soy el mocoso que se pone la camiseta de su jugador favorito y sale al patio a ver si hay suerte y no se resbala antes de darle al balón.

Una novela de camaradería y gratitudes, de deudas y favores, de venganzas, odio y amistad. ¿Son las pulsiones que mueven a este mocoso autor?

“Odio y amo”, ese era un poema-tuit de Catulo. En mi vida personal me ilusiona pensar las cosas de un modo tan pasional y polar, pero luego me temo que soy mucho más racional y acabo ahogándolo todo en palabrería. Al final, me cuesta amar y odiar sin ironía, pero tampoco creo que Catulo fuera ajeno a eso en su poema. Por otro lado, cuando uno le hace un favor a otro y ambos creen de verdad en la gratitud, no debería haber deuda. Lo que pasa es que exige un acto de fe que no siempre somos capaces de hacer. De eso trata la novela: de qué pasa cuando la gratitud no cumple su función y aparecen las devoluciones de favores.

Una novela que proyecta los encuentros y desencuentros de la familia, los amigos, la pareja. ¿En qué medida crees que están revalorizándose o devaluándose en nuestra sociedad?

Cada uno de esos tres grupos se impone en un periodo de la vida, por ese mismo orden, salvo que de un modo circular, ya que la pareja tiende a desembocar en una nueva familia. Siempre he vivido con cierta frustración ese momento en el que, por ciertas dinámicas, que en parte atribuyo al tsunami que supone la vida laboral, se produce un embudo social y la gente concentra la mayor parte de sus afectos en apenas una persona. Sin embargo, sobre todo en las grandes ciudades, la familia está perdiendo su sentido sanguíneo, lo cual abre las puertas a formas mucho más libres, interesantes y ricas de relacionarnos. Me parece extremadamente atávico que nuestra socialización esté determinada por un fluido rojo. En el fondo, por republicana que se crea, cada familia es una pequeña monarquía, con su trono, sus traspasos de poder, su mensaje de Navidad y su cuadro realista. Salvo que en lugar de un Goya o un Antonio López, es un selfie que hace el cuñado.

Pero también es una obra muy de individualidades y de gente a fin de cuentas sola y egocéntrica.

Yo no diría que son exactamente egocéntricos. De hecho, los dos protagonistas, Nacho A y Nacho B, practican entre sí una forma de “tucentrismo” que los aboca a una espiral destructiva, precisamente por no ser capaces de reconocer las necesidades de cada quien. Nacho A responde al patrón de una educación pijaprogre, obsesionada con ayudar y salvar a los demás. Lo que sucede es que en ese “ayudar” hay una relación jerárquica que es la que arruina cualquier buena intención. Precisamente porque desde el gueto pijoprogre, que es el mío, por cierto, el otro es poco más que una entelequia.

Creo que te ha salido una novela muy masculina…

Sí, eso es innegable, aunque espero que no lo sea en el mismo sentido que la última película de Linklater, Todos queremos algo, que era una retrato de las formas más garrulas y brutas de masculinidad, con dudosa distancia. Los favores se centra en la adolescencia y su prolongación a la vida adulta y, en ese periodo, suelen primar las relaciones de corral: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Quería retratar ese estado y opté por personajes masculinos por proximidad biográfica. Acaso ahí fui conservador. Soy consciente de que es problemático, ya que incide en la sobrerrepresentación de hombres en la ficción, pero no creo que el retrato sea complaciente. El bromance y la misoginia que se gastan los protagonistas tiene consecuencias graves para ellos.

Una novela en la que se folla mucho y sale mucho cine. ¿Se corresponde con los gustos del autor?

¿Cocinaba tanto Carvalho porque a Vazquez Montalbán le gustaba comer?

Creo que sí… Elige una película que te haya influido. Y una fantasía sexual que te marque…

Me encantó Ficció, de Cesc Gay, y fue importante para Los favores, porque de ahí tomé la idea de articular parte de la novela no sobre un hecho concreto, sino sobre su ausencia. Es decir, algo que está a punto de ocurrir, pero no termina de suceder y lo deja todo a medias, despertando una serie de retenciones, frustraciones y reproches que no pueden llegar a verbalizarse.

Quizás justamente porque no me gusta que la gente se apoye mucho en su identidad profesional, y entonces eso representa una especie de límite para mí, me seduce la idea de una orgía gremial, una, por ejemplo, donde todo el mundo fuera personal de transporte y mensajería. Como editor, trabajamos codo con codo, pero siempre están al otro lado del umbral, tan solo nos pasamos mercancía de unos a otros y, al final, claro, es imposible que no se convierta en un fetiche.

Por tus trabajos en una editorial, Demipage, y una revista literaria, ‘Buensalvaje’, tendrás que leer mucho. ¿Qué te satisface especialmente? ¿Algún título o autor concretos que destacarías de los que han pasado últimamente por tus manos?

Me interesa la capacidad para generar imaginarios políticos revolucionarios. En Sobre políticas estéticas, Rancière dice: “Los explotados no suelen necesitar que les expliquen las leyes de explotación. Porque no es la incomprensibilidad del estado de cosas existente lo que alimenta la sumisión, sino la ausencia del sentimiento positivo de una capacidad de transformación”. Creo que ese es el principal trabajo que tiene que realizar una posible literatura contrahegemónica, o como queramos llamarla. Desde la Associació Cos organizamos talleres de lectura colectiva que indagan en ese tipo de textos. También me satisfacen las obras con un buen trabajo lingüístico, que se alejan de la contención y el minimalismo y buscan el exceso y la deformación. Me encanta lo que hace Angélica Liddell y, aparte de que sean buenos amigos, me gustan mucho cómo escriben Víctor Balcells Matas y Guillermo Aguirre. De este, tuvimos la suerte de publicar en Demipage su última novela, El cielo que nos tienes prometido, un western ibérico muy divertido, con un despliegue léxico asombroso.

Y precisamente por esos trabajos, ¿cómo ves el panorama editorial?

Mi visión es muy poco original, pero eso está bien porque significa que una mayoría compartimos el diagnóstico: en España se publica mucho, se vende poco y se lee menos. La contradicción entre las dos primeras se resuelve precarizando los empleos del sector. Correctores, traductores, maquetadores, personal de comunicación y editores están trabajando en condiciones muy difíciles, tanto en las pequeñas como en las grandes editoriales. La propia supervivencia de los sellos en un juego malabar.

Respecto a la lectura, el CIS decía que un 39% de los españoles no abrió un libro en 2015. Obviamente, la lectura no solo debe relacionarse con los libros, pero aun así es preocupante: es imposible alcanzar una sociedad con igualdad de oportunidades mientras tengamos estas cifras. Hay actuaciones que deberían ser inminentes: reformar el plan de fomento de la lectura, modernizar las bibliotecas públicas y actualizar su fondo y, sobre todo, dotar de personal especializado a las bibliotecas escolares, que son la primera estación y la más importante en la formación lectora.

¿Y el de los medios de comunicación y su papel en la sociedad?, ¿y en la cultura?

De los medios de comunicación tradicionales mejor ni hablar, que dan ganas de llorar. Sus vínculos con el poder están muy claros y, afortunadamente, en los últimos años han quedado bastante retratados. Medios más pequeños y nuevos también tienen intereses empresariales y políticos, pero gozan de un poco más de autonomía y honestidad en su proyecto informativo e ideológico. Su problema sigue siendo la sostenibilidad y la posibilidad de ofrecer condiciones laborales óptimas. En torno a los nuevos medios, crecen una serie de revistas o plataformas culturales como El Asombrario, Pikara, Canino o Buensalvaje que desarrollan líneas distintas y muy interesantes, pero de nuevo lidiando con la precariedad más de lo que deberíamos.

La cultura, tal como la entendemos hoy, parece algo para iniciados. Una marca de distinción social, cuando debería ser justo lo contrario. Los museos, los teatros, los centros como Matadero son en realidad un selecto club de amigos donde siempre vamos los mismos. Por un lado, hay una mayoría que no tiene dinero para acudir, pero es que además, con razón, no se sienten interpelados. Tenemos que desvincular la idea de “cultura”, de “bienes culturales” y atender a procesos que están más relacionados con la vida. Y, además, luchar contra lo que el grupo Nativa llama el “cierre de la cultura” y que tiene que ver con ese aura exclusivo y excluyente. Si la cultura no sirve para hacernos iguales, estamos palmando a lo grande.

En la contraportada de ‘Los Favores’ se destaca que la novela refleja “el proyecto de madurez fallido de toda una generación”. ¿En qué sentido?

El proyecto de madurez, tal como se entendía hasta principios de los 2000, pasaba por encontrar pareja estable, piso estable y empleo estable. Desvincular la madurez de la duración de una relación sentimental, la posesión de un bien inmueble y una identidad profesional obviamente es algo positivo. Pero el primer problema es que se ha dado de un modo traumático, que nos ha obligado a elaborar un relato alternativo, proceso en el que la gente ha sufrido una barbaridad y muchos se han quedado en el camino. El segundo es que no se han dado las condiciones para que ese relato alternativo sobre lo que queremos ser se pueda llevar a cabo. La supervivencia material se lleva casi todas las energías. Nos toca sacar fuerzas para reinventar los sindicatos, seguir tejiendo redes de apoyo y desatascar el proceso de cambio político institucional, intentado que todo sume y no nos frenemos los unos a los otros.

¿Te ves identificado como autor de ese análisis de ‘peterpanismo’, quizá por eso las referencias tan marcadas a Macaulay Culkin, como símbolo de una manera de estar en el mundo?

Elegí a Macaulay Culkin como símbolo de una adolescencia arruinada por la negligencia de padres ensimismados, que es algo que sirve de contrapunto al caso de Nacho A. Bueno, y porque me gustan mucho Solo en casa y Mi chica, la una por su fantasía del hogar como parque de atracciones y la otra por su repentina oscuridad.

El peterpanismo suele significar el deseo de perpetuar ciertos rasgos de juventud y no asumir responsabilidades. Si va de lo primero, me apunto; si es lo segundo, no. Porque esas son dos cosas muy diferentes. Yo, de adolescente, asumía bastante bien mis responsabilidades, entre ellas, la de estudiar y la de cuidar de mis amigos, que es una de las pocas relaciones entre iguales que tenemos. Y pocos adolescentes conozco que no cumplan esta última. Para ellos la manada es esencial. Ahora bien, si entendemos que responsabilidad es necesariamente formar familia y tener un trabajo asalariado, entonces no estoy de acuerdo. Aunque luego yo soy el primero que me olvido de mis responsabilidades reales y me pongo a pensar en cómo tener una carrera profesional de éxito. Afortunadamente, no se me ocurre ninguna idea.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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