02.04.2014

Marc Almodóvar, Egipto más allá del ‘periocaidismo’

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El periodista Marc Almodóvar. © Carlos Pérez Cruz.

El periodista Marc Almodóvar. © Carlos Pérez Cruz.

Periodista y documentalista, Marc Almodóvar presenta ‘Egipto tras la barricada. Revolución y contrarrevolución más allá de Tahrir’ (Virus editorial). En sendos trabajos documentales, abordó el papel de la mujer en los movimientos de protesta obrera y retrató los 18 días que acabaron con la caída de Mubarak. El autor explica y contextualiza ahora en este libro, prologado por Santiago Alba Rico, la revolución de Tahrir del 2011 y el golpe de Estado del verano, cuyo preludio encuentra en las protestas obreras que despertaron el país años antes. Almodóvar vivió en Alejandría desde finales de 2008 hasta el verano de 2013; fue allí corresponsal y colaborador de diferentes medios de comunicación.

‘Egipto tras la barricada. Revolución y contrarrevolución más allá de Tahrir’. Siempre me lo pregunté y todavía me lo pregunto. En un país de 80 millones de habitantes y de distancias tan enormes –en todos los sentidos-, ¿qué pasó en 2011 más allá de Tahrir, fuera de los grandes núcleos urbanos de El Cairo o Alejandría?

La insurrección se produjo en prácticamente todas las ciudades grandes y medianas del país. A pesar de que se ha reconstruido mucho la memoria colectiva sobre lo que pasó en esos primeros días, si uno se paseaba después por lugares como Damanhour, Tanta o Mahala -lugares sobre los que ha construido poca memoria colectiva- veía que prácticamente había sucedido lo mismo, aunque lógicamente a menor escala. La revolución azotó básicamente todos los cantones del país. De hecho, uno de los bastiones de resistencia revolucionaria más importantes estuvo en Suez, no en El Cairo. Allí es donde se produjeron los primeros muertos por represión policial.

Los primeros meses de 2011, los focos se dirigen a Tahrir, el 11 de febrero se produce lo que llamas “la caída de un faraón”, la caída de Mubarak después de años y años de dictadura militar. “Pan, libertad y justicia social”, lema fundamental de la movilización de 2011. Contextualicemos. ¿Cómo se traducen esas reivindicaciones en la realidad cotidiana del Egipto gobernado por Mubarak y cuáles son los hechos fundamentales que explican que una parte de la sociedad manifestara esas reivindicaciones?

En el libro intento explicar qué llevó a la gente a la plaza Tahrir o a revolucionarse en enero de 2011. Como antes no había interés en hablar de lo que sucedía en Egipto, parece que los egipcios hubieran combustionado espontáneamente y salido a la calle como si fueran zombis. Contrariamente a eso, hay una larga lucha de resistencia. Hay que remontarse a la Segunda Guerra Mundial para encontrar una oleada de huelgas obreras como las de 2006, producidas por el proceso de alianza que hace el régimen de Mubarak con las instituciones financieras internacionales, con el Fondo Monetario Internacional, con el Banco Mundial, para afianzar su régimen político. Estas instituciones financian los procesos de reforma económica que liberalizan y descomponen por completo los servicios sociales del país…

En el libro comentas cómo el Banco Mundial felicita a Egipto mientras allí tiene lugar la “intifada del pan”.

Eso es lo que sucede, que el Banco Mundial, el FMI, la Unión Europea, Estados Unidos están aplaudiendo los resultados de ese proceso de liberalización económica porque los índices macroeconómicos son muy buenos, hay un aumento del PIB histórico, pero, si nos fijamos, ese dinero se concentra, como acostumbra a suceder con estas políticas, en unas pocas manos y lo que se produce es una gran fracturación de la sociedad. Se pasa de un 20% de la población bajo el umbral de la pobreza en la década de los 90, a un 40% en los 2000. Viven con menos de dos dólares al día; un tercio de la población vive con menos de un dólar al día, el umbral de la extrema pobreza.

Es decir, a pesar de que Egipto está generando más dinero que nunca, este dinero se concentra en cada vez menos manos. La sociedad se fractura, la estabilidad del país pende de hilillos muy finos. En el año 2007 se aplaude a Egipto por las medidas económicas cuando un problema de suministro de harina provoca problemas en el reparto de pan subvencionado del Estado y que 50 personas mueran en un mes en las colas de las panaderías. Algo parecido sucedió a finales de 2009 con el suministro de butano para cocinar; decenas de personas mueren peleando por una bombona de gas butano.

La brutal paliza y asesinato del joven de 28 años Khaled Said en Alejandría por parte de la policía “mostraba la brutalidad del régimen ante los ojos de un sector social que había querido vivir de espaldas a ella. Y eso lo cambió todo”. Bien el miedo bien la conveniencia pueden llevar a no querer ver la realidad. ¿Qué sectores de la sociedad vivían bien no mirando y por qué empiezan a mirar?

Es evidente que la muerte de Khaled Said marca un punto de inflexión muy importante, eso se produce en el verano de 2010, y es importante por lo que comentas. Khaled Said no es la primera persona muerta por paliza policial ni fue la última, pero sí fue la primera en un momento político muy determinado, porque se produjo pocas semanas después de que el régimen renovara la Ley de Emergencia vigente en el país desde que Mubarak llegase al poder. Justo una o dos semanas después, se produce esta muerte y no es en los lugares habituales, es decir, en los barrios pobres, sino que se produce en una barriada de clase media alejandrina, con un alto porcentaje de universitarios. La gente abre los ojos, el ahogo que se produce en todos los sectores de la sociedad acaba también estallando ahí; es la insurrección de un sector de la sociedad que anteriormente no se había movilizado.

Mi abuela paterna me decía siempre: “Tú siempre en el observatorio”. Ya sabes, cuanto menos se involucra uno, menos riesgos corre en teoría. Estamos en las primeras semanas de 2011, las de la ocupación de Tahrir, las de la caída de Mubarak… ¿Qué papel jugaron entonces los Hermanos Musulmanes? ¿Se acogieron al consejo de mi abuela?

Un poco sí. Lo que intentaron los Hermanos Musulmanes fue jugar en todos lados. Cuando se convocan las manifestaciones del 25 de enero, los HH MM no convocan. Incluso cuando hay informes del Ministerio del Interior de que las movilizaciones son cosa suya, salen negando su participación. Sí que abrieron la puerta a que si alguno de sus miembros quiere participar de forma individual, como así sucede en algunos casos, lo haga. Cuando el 26 de enero se ve que las movilizaciones tienen un éxito sin precedentes, intentan subirse al carro. Reivindican las movilizaciones, hacen sus propias reivindicaciones, que no son las que se habían pactado entre la mayoría de las fuerzas revolucionarias, e intentan aprovecharse del proceso.

A partir del 28 de enero, y con la ocupación de la plaza Tahrir, se hace muy evidente su participación, pero también se ve muy claro que las están intentando instrumentalizar. Cuando las fuerzas revolucionarias hacen pactos políticos para gestionar ese proceso, y una de las principales reivindicaciones es que no se van a sentar a negociar con el régimen hasta que no caiga su presidente, los HH MM rompen ese pacto, se sientan con el vicepresidente Omar Souleyman y entablan lo que es el principio del pacto de transición, otro punto de inflexión de este proceso, en el que militares e islamistas pactan para acallar el ímpetu de la calle.

Escribe Santiago Alba Rico en el prólogo: “No fue una revolución socialista y no fue dirigida por la izquierda. Tampoco fue una revolución islámica y los islamistas tuvieron asimismo un papel muy reducido. Pero, como fue una revolución democrática (por la dignidad y la justicia social), salió a flote la verdadera relación de fuerzas en la zona”. Vamos por partes. La revolución no fue socialista, ni islámica, ni de izquierdas… ¿Fue una reacción social transversal, por encima de partidos, sindicatos o grupos sociales y religiosos?

Completamente. Cuando el 25 de enero se convocan las manifestaciones, al principio son formaciones políticas clásicas. De hecho, en las primeras movilizaciones, los grupos salían con sus banderas de Kifaya, de Wafd, de Karama… Casi en cuestión de horas, esas banderas desaparecen absorbidas por la propia masa. El mismo 25 de enero, a media tarde, cuando se ha hecho la ocupación de Tahrir, los grupos políticos están a punto de desconvocar. “Vámonos para casa, ha sido un éxito sin precedentes”. Pero la gente no se quiere ir y es la que presiona para que eso continúe y vaya un paso más adelante. Es muy difícil definir si la masa era islamista, izquierdista…

Seguramente tiene un poco de todo, porque así es la masa, es el pueblo, están todos, y es la gente la que empujó porque estaba ahogada. Con la evolución del proceso hemos visto también que la popularidad de unos y otros es muy volátil. Los HH MM obtienen en las elecciones legislativas de 2011 casi el 50% de los votos, pero en la primera vuelta de las presidenciales se quedan prácticamente con el 20%. Su popularidad se volatiliza durante el año de gobierno. Los militares pasan por momentos de enorme popularidad, son criticados públicamente en las calles y vuelven a ser populares con la deposición de Mursi. Hay una enorme volatilidad de la popularidad de unos y otros. ¿Qué grupos están liderando este proceso? En realidad se están formando y tendremos que ver.

“Salió a flote la verdadera relación de fuerzas en la zona”, dice Alba Rico. Esa relación se manifestó en un proceso electoral que coronó un gobierno de Hermanos Musulmanes. El periodista Eugenio García Gascón me dijo en una entrevista que, “en gran medida”, las revueltas habían sido “promovidas por gente liberal”, que son “una minoría en Egipto” que había sido capaz de “aglutinar” al pueblo en contra de Mubarak. Añadía García Gascón: “no pueden aplicar el liberalismo porque los liberales constituyen una minoría”. Da la sensación de que los principales impulsores de estas movilizaciones no estaban llamados a ser los principales beneficiarios de sus consecuencias.

No conocía esta afirmación, pero estoy completamente en contra de ella. Además no sé qué acepción aporta del término liberal, si se refiere a liberalismo político o económico, pero tanto uno como otro, y lo puedo asegurar categóricamente por mi experiencia, no estaba en el corazón de la gente que impulsó esas movilizaciones ni del que las continuó. Está demostrado que la mayor parte de la sociedad no tiene esa categoría liberal y, precisamente liberales, en sentido económico y político, eran los que estaban gobernando. Sí que hay fuerzas liberales de oposición, pero son claramente muy minoritarias. Contrariamente a eso, creo que las bases populares tienen una filosofía que seguramente no es socialista, no es de izquierdas, pero sí popular, de repartición de la riqueza, de ruptura de brechas sociales. Eso es lo que se esconde detrás del lema de “Paz, libertad y justicia social”. Creo que el proceso está demostrando que la revolución no se hizo para una reforma política. Eso es lo que intentaron hacer precisamente militares e islamistas para apagar el ímpetu de la calle, que reivindicaba cosas que iban mucho más allá de una reforma liberal. En Tahrir se pedía el fin de la brecha social, el fin de las políticas impositivas internacionales, el fin del neocolonialismo de Estados Unidos y, precisamente, de esos sistemas políticos occidentales que son liberales. Esa revolución probablemente no es izquierdista ni islamista, pero, sin lugar a dudas, no es liberal.

Sin embargo, esto nos lleva al tratamiento mediático, que es otro de los múltiples aspectos posibles para analizar lo que pasó. A ojos occidentales, el foco se situó quizá en elementos que no sabría si llamar liberales.

Ese es precisamente uno de los problemas. Mi frustración por el trabajo como periodista es lo que me impulsó a hacer este libro. Veía que, por las propias lógicas de producción periodística, mi trabajo no iluminaba a la gente sobre cuáles eran los puntos relevantes para analizar lo que estaba sucediendo. Realmente sí, se da una imagen de que la revolución la hace gente de clase media-alta, ciberactivistas con formación en la Universidad Americana de El Cairo, en la Universidad Alemana de El Cairo, claramente liberales…

De hecho, yo recuerdo el tratamiento informativo de medios españoles, en concreto un especial de ‘Hora 25’ de la Cadena SER desde El Cairo, en el que quienes participaban eran egipcios que hablaban castellano. Eso ya da una cierta idea del nivel socioeconómico.

Evidentemente, pero es que ese es precisamente el problema de los medios de comunicación. Llega un séquito de periocaidistas, como les llamo yo, que no saben hablar árabe y, ¿a quién se van a dirigir? A la gente que habla inglés, español… Es evidente que se da una imagen muy determinada sobre el revolucionario. Esa gente participó en la revolución, sí, y tuvo un papel muy importante, no lo vamos a subestimar, pero ellos no son la revolución, son sólo un sector de la revolución. Si nos centramos en esos primeros 18 días, murieron 800 personas. Aquí se vendió la imagen de que había sido una revolución pacífica, pero habían muerto 800 personas en 18 días. Si nos ponemos a mirar el listado del origen de esas personas, veremos que esa gente ni hablaba inglés ni miraba Internet ni nada por el estilo, son gentes de clases populares a las que los medios de comunicación han ignorado constantemente; también por incapacidad, hay que decirlo. Esa imagen de que la revolución la hicieron los ciberactivistas es sesgada. Participaron, hicieron un papel muy importante, pero hubo otros sectores de la sociedad, de los que aquí no se ha hablado, que también la impulsaron y fueron parte de ella.

Las revoluciones no se hacen en dos días, “el proceso de cambio en Egipto aún tiene muchas páginas por escribir”, aseguras. De este proceso en marcha que es el cambio en Egipto, quizá se pueden extraer ya algunas conclusiones. ¿Sería una de ellas que es imposible la ecuación gobierno islamista y democracia?

Esa es una conclusión un poco… Lo que sí se puede concluir es que cuando se conduce un proceso de revolución, de gente que está reclamando una reestructuración de base social, económica y política, eso no se puede conducir hacia un proceso de democracia orgánica. Si algo nos demostró lo que sucedió en 2011 es que los análisis que se habían hecho continuadamente desde occidente, que mirar esos países con las gafas de los sistemas propios, no sirve, no funciona. Nos estuvimos equivocando, o los diplomáticos de nuestros Estados se estuvieron equivocando durante mucho tiempo. Dijeron que habían aprendido del error, y lo que estamos viendo por activa y por pasiva es que no, que les importa un pepino la dignidad de los egipcios, la justicia social, todo. Lo único que quieren es reconstruir lo que ellos llamaban la rueda de producción. Eso es lo más importante, que vuelva a caminar, que nadie pare la circulación por el Canal de Suez, que nadie impida la pacificación con el Estado de Israel y que, poco a poco, las fábricas vuelvan a construir, que siga la exportación de gas natural… Eso es lo que acaba primando para la comunidad occidental. Luego se quiere vender que el islamismo tiene una incapacidad política. Ese es un análisis muy precipitado. Volvemos a analizar lo que sucede allí viendo lo que queremos ver, no lo que realmente está sucediendo.

¿Cómo valoras el tiempo que se les dejó estar en el gobierno a Hermanos Musulmanes?

El problema de los HH MM en el gobierno no es el de ser un gobierno islamista, es un problema de ser un gobierno continuista. Durante décadas, los HH MM estuvieron diciendo que pactar con el FMI era pactar con el diablo, y lo primero que hacen cuando llegan al gobierno es pedir un préstamo de 3.400 millones de dólares al FMI. Se dedican a decir que las políticas de Mubarak no eran malas, que eran buenas, pero que había unas manzanas podridas que, si se cambian, todo funcionará.

Como cuentas en el libro, tienden por un lado “puentes con las altas esferas del régimen depuesto, por el otro lado seguían su lucha solitaria para hacerse con el control de las estructuras del Estado y de la economía local”. En ese sentido, ¿cuáles han sido los grandes errores estratégicos, incluso de lectura de la situación, de Hermanos Musulmanes?

Primero, considerar que al conceder todo lo que los militares les pedían se garantizaban su pacificación. Los HH MM concedieron todas las divisas judiciales, los aumentos de sueldo, las barreras constitucionales… Todo lo que pedían los militares se lo fueron concediendo y ellos se creyeron que con eso ya se salvaban. Se ha demostrado que no fue así. El otro problema es que ganaron con un porcentaje muy bajo de los votos, y en lugar de tejer redes con aquellas fuerzas que les habían permito ganar por ese 1%, caminaron completamente solos. Emprendieron acciones que quizá sí que eran reivindicadas por las fuerzas revolucionarias, pero lanzadas por una fuerza política que, no olvidemos, anteriormente las ha traicionado. Además lo hacen sin pactar con ellas, lo que genera enormes recelos que son utilizados por las fuerzas del antiguo régimen para alimentar el odio contra ellos y decir “nosotros ya os avisamos” y ese tipo de cosas.

Los HH MM intentaron copar las instituciones del Estado, no intentaron desmontar el régimen para construir un nuevo sistema político. Atacaron el corazón del régimen. Eso se vio claro en los medios de comunicación, en el sistema sindical… Y cuando se intentó atacar a la judicatura, al Ministerio del Interior, es cuando estalló la bomba. Esa es la bomba que acabó estallando en sus manos. Sus grandes errores fueron creerse que con la supervisión de Estados Unidos y el apoyo de la Unión Europea, y dando las concesiones a los militares, podían avanzar cuando en realidad se estaban cargando los posibles puentes que les hubiesen permitido continuar en el poder. Mantienen políticas claramente continuistas en materia económica, en una situación de enorme tensión social y económica, con cortes del suministro eléctrico, con la enorme inflación que se produjo fruto de la desprotección de la libra egipcia a instancias del FMI… Eso produjo un colapso en la sociedad, el ahogo en las clases populares que alimentó el odio contra los HH MM utilizado por elementos del antiguo régimen para justificar su retorno.

Primero se sale a la calle para pedir el adelanto electoral, después llega el golpe de Estado. Ese apoyo, ¿es un apoyo sobrevenido? ¿Se asume con fatalismo la imposibilidad de evolución, la vuelta al pasado?

Las fuerzas revolucionarias que apoyan el golpe, que no fueron todas, lo hacen en parte porque se ven completamente incapacitadas para construir un movimiento de base suficientemente amplio que lidere ese proceso. Se lanzan a los brazos del Ejército, sobre todo porque esas movilizaciones fueron iniciadas por grupos nasseristas, que son bastantes numerosos, y en cuyo ideario figura el Ejército en el poder. Además, están convencidos de que ese Ejército no es el mismo del de 2011, lo cual el tiempo ha demostrado que se estaban equivocando; de hecho, ahora se están empezando a rasgar las vestiduras, y dentro de poco se las van a rasgar del todo. En ese proceso estamos. Y también los salafistas de Al Nur apoyan el proceso, con el apoyo de Arabia Saudí. Eso es lo que fue sucediendo el verano pasado.

“Es la historia de un proceso que ha permitido llamar “revolución” a lo que es transición, y “sabotaje” a lo que es revolucionario; acusar de terrorista al disidente, y cambiar los lemas de la revolución”. ¿Cuáles son los grandes errores de percepción y de precisión lingüística con los que hemos configurado nuestro relato de Egipto?

El principal problema semántico es cuando aquí vendimos -y es algo que yo sufrí como periodista-, que las elecciones de 2012 que acabaron nombrando a Mohamed Mursi como presidente fueron unas elecciones -y esos son los léxicos utilizados- justas, libres, democráticas; “los egipcios votan en libertad”, “los egipcios votan alegremente”, “entusiasmo democrático”… Esos eran adjetivos que se utilizaban en los medios de comunicación de aquí. Lo sufrí en carne propia, y compañeros míos me comentaron que les sucedían cosas parecidas, cuando en realidad ese proceso estuvo marcado por muchísimos interrogantes. Esas elecciones tuvieron una Junta Electoral liderada por los mismos jueces que habían adulterado las elecciones bajo el mandato de Mubarak, que estaba inmunizada judicialmente, por lo que podía hacer lo que le diera la gana. De hecho se negó a analizar algunas denuncias de irregularidades electorales bastante considerables y que no sabemos a día de hoy si son ciertas porque no fueron investigadas. Candidatos electorales apartados de la carrera por tener antecedentes penales, por haber sido opositores a Hosni Mubarak. Por eso no se pudieron presentar a las elecciones.

Tenemos un proceso muy turbio que llegó a una segunda vuelta, también muy turbia, entre el candidato del antiguo régimen, Ahmed Shafik, último primer ministro de Mubarak, y Mohamed Mursi, candidato de los HH MM que, por cierto, antes de las elecciones habían dicho que no presentarían a ninguno y acabaron presentando dos. El Centro Jimmy Carter, que no es un centro sospechoso de antisistema, libertario o de hacer un discurso destructivo, hacía comunicados diciendo que era el país en el que más problemas habían tenido para trabajar, para monitorizar las elecciones, que no podían hacer un análisis sobre si las elecciones habían sido limpias o sucias. En los medios de comunicación occidentales el titular era que ellos no habían visto muchas cosas, cuando te estaban diciendo que no les habían dejado trabajar. Eso es bastante significativo. Eso también dificulta que la gente no acabe de entender qué es lo que pasó el verano pasado, por qué hubo tanta gente en la calle pidiendo la caída de Mohamed Mursi. Es uno entre los múltiples problemas de léxico. También lo que hablábamos antes de los revolucionarios ciberactivistas forma parte de todo esto.

Si algo caracteriza, no solo a Egipto sino a las regiones de lo que llamaremos –por simplificar- el mundo árabe, es que la injerencia de las grandes potencias extranjeras ha determinado el día a día de la vida de sus ciudadanos, los grandes perjudicados de esta lucha de intereses económicos y estratégicos. Dices que la comunidad internacional “ha apadrinado este proceso desde su inicio”, desde lo que sucedió en Tahrir hasta el momento presente. Un proceso que parece tener incluso un guion escrito con el presumible acceso a la presidencia de al-Sisi. ¿Cuáles han sido y son las principales injerencias extranjeras? ¿Cuáles son sus objetivos cumplidos y cuáles los planes modificados por la imposibilidad de predecir los acontecimientos?

Lo que está claro es que la comunidad internacional se vio sorprendida por lo que sucedió en enero de 2011, y sobre la marcha se trató de improvisar un plan B que no estaba escrito. Ese plan pasó por el apoyo entre HH MM y militares roto el pasado verano. Lo que acaba sucediendo en Egipto, y en todos los países que se levantan en procesos de revolución, más allá del papel que tenga la Unión Europea o Estados Unidos, es una lucha regional entre dos potencias, que son los Emiratos Árabes y Arabia Saudí, que apuestan por el retorno al antiguo statu quo, y Catar, que apuesta por el proyecto de los HH MM de la mano de la Turquía de Erdogan. Ahí lo que se produce es una lucha por la geoestrategia, por el control de la zona, entre esas dos potencias que, evidentemente, colisionan, que ahora están en un proceso de enorme crisis entre ellos, incluso diplomática. Ante eso la comunidad occidental, la Unión Europea, Estados Unidos, que son aliados de todos estos países, se sienten un poco descolocados y no saben muy bien qué hacer.

Lo que parece evidente que acaban por hacer tanto unos como otros, lo que está haciendo el Estado español, Italia e incluso Estados Unidos, es apostar por una política de hechos consumados. El golpe del pasado verano no ha sido catalogado como tal por la diplomacia occidental sino que era una cosa mucho más “complicada”, aunque los diplomáticos no nos han explicado a día de hoy qué puñetas sucedió en Egipto. No queremos enemistarnos con el Ejército porque son los garantes de la estabilidad en la zona; no nos gusta lo que ha sucedido porque nuestro plan, el que propuso occidente, se ha roto y descompuesto, pero vamos a ver qué acaba sucediendo.

¿En qué medida en el estallido inicial, aunque tenga una fuerte base social, viene inducido por occidente? ¿Mediante qué elementos pudo potenciarse lo que sucedió entonces?

Yo creo que no hay ningún germen de iniciación claro en lo que sucede. Estados Unidos sí que estuvo presionando a la Administración de Mubarak para que hiciese medidas aperturistas, que en cierta medida se produjeron hasta 2005, 2006, cuando los HH MM ganaron más diputados que nunca. Eso fue utilizado para volver a la agenda represiva ante el miedo que tenía occidente de que ganasen los HH MM. A partir de entonces, los programas de democratización de Estados Unidos en la zona prácticamente se aparcan. Sí que se genera un aumento de las instituciones de sociedad civil tipo Human Rights Watch y Amnistía Internacional, etcétera, que tienen cierta participación en el proceso, pero en ningún momento lo intensifican. Es importante tener en cuenta el papel que desempeña Al Yazira en la concienciación, sobre todo en la década de los 90, en la generación de un referente en Egipto de que existe una realidad diferente a la que vende el régimen. Ahora, pensar que occidente potencia, alimenta, lo que está sucediendo en Egipto, yo creo que eso no es así. Lo que sucede en las calles genera cierta simpatía entre los medios de comunicación porque no hay una agenda claramente marcada. Hay errores clarísimos a la hora de analizar qué sucede, es evidente, pero generan simpatía. Como también sucedió cuando estalló aquí el 15-M. Nadie sabía qué estaba sucediendo y veías que los medios de comunicación lo trataban con simpatía. Y eso tampoco quiere decir que el 15-M lo montase El País. Se intenta analizar lo que sucede allí con las gafas occidentales, que lo que quieren es elecciones cada cuatro años y ya está.

Yo seguí con intensidad la cobertura de la plaza de Tahrir en Al Yazira en inglés y todo era de una simplificación extrema: pro-Mubarak y pro-democracia. No había matices intermedios que explicaran aquello.

Al Yazira tenía una agenda muy clara y se vio de forma muy evidente a partir de 2011. Realmente es un medio que abrió la pluralidad de los medios de comunicación en el mundo árabe pero, a partir de 2011, se vio claro que detrás había una agenda política a favor del aumento del peso estratégico del Emirato de Catar. Empezamos a ver cuáles son los intereses de unos y otros. Hoy en día, si uno abre la web de Al Yazira y la web de Al Arabiya, parece que estemos hablando sobre mundos completamente opuestos. Y con el golpe del pasado verano ya no era vivir en mundos distintos, sino en galaxias completamente opuestas. Y estaban hablando de los mismos acontecimientos, lo cual fue un ejercicio interesante de periodismo real. Los políticos lo llaman realpolitik, quizá deberíamos llamar a eso realjournalism. Eran la noche y el día hablando de los mismos acontecimientos.

Uno de los grandes actores beneficiados por la vuelta del Ejército al poder es Israel; uno de los grandes perjudicados, Gaza. ¿Cómo se cifra eso en la región?

Al igual que todo el mundo se siente descolocado, Israel también. Pero el primer comunicado que hace la Junta Militar cuando toma el poder es decir que no se va a tocar ninguno de los tratados internacionales, para dejar claro a Tel Aviv que aquí nadie toca nada. En el libro no he podido entrar mucho en eso, fue un capítulo que acabé diseminando porque no podía entrar en ese tema, que trataba de los procesos políticos clave vinculados con momentos en los que se habían organizado manifestaciones frente al Consulado de Israel en El Cairo y accidentes que se habían producido en la frontera, etcétera. Ahí hay una historia. A partir de 2011 se intenta construir el proceso de reconciliación entre Fatah y Hamás, que fracasa completamente a partir del golpe del pasado verano; hay un intento de instaurar la OLP, que fracasa igualmente a partir del pasado verano. Gaza se abre, de hecho vemos un Hamás que ya no actúa como una gallina acorralada sino con un pragmatismo político que no se había visto antes, por lo que vemos un giro político positivo o al menos prometedor e interesante que se ve interrumpido el pasado verano. Figuras del antiguo régimen crean el discurso de que la revolución de 2011 fue creada allí y que los manifestantes eran gente venida de la Franja de Gaza, militantes de Hamás y de Hizbulá que entraron en el país para liberar a los HH MM y crear el caos. Es la imagen que se crea en el país. El objetivo de los militares es acabar con los túneles que conectan Egipto con la Franja de Gaza y que, según el régimen, abastecen de armas aunque en realidad están abasteciendo, dejando de lado las armas, de combustible, alimentos… que representan el 60% de la economía de la Franja.

El Ministerio de Defensa ha hablado de que ya ha acabado con 300 túneles en los últimos cinco meses y vemos que a día de hoy Gaza está más ahogada que nunca, y no solo por la intervención del Estado de Israel sino por la intervención de un país supuestamente hermano, árabe, como es Egipto. De hecho, la semana pasada vimos el cierre de la única central eléctrica que hay en Gaza por falta de combustible, que entraba por los túneles. Si no se abre el paso fronterizo de Rafah, que se está abriendo en caso ultrapuntuales, están literalmente ahogando a los gazatíes. La situación es claramente desesperante para la población de Gaza.

¿Qué te impulsó viajar a Alejandría y a contarnos todo esto que ahora recopilas en un libro, antes también en trabajos documentales?

Entre los múltiples motivos que me hicieron moverme de Barcelona en octubre de 2008, y elegir Egipto y Alejandría, está que en abril de 2008 hubo esa intifada obrera de Mahala al Kubra, movimiento obrero y combustión social que yo había vislumbrado en algunos artículos pero de lo que aquí nadie hablaba. Me despertó la curiosidad. Al ponerme en contacto con activistas en Egipto, lo que me pidieron es que abriera un blog que hablara sobre esto en lengua castellana, en catalán, “para que la gente en tus tierras se entere de lo que está sucediendo aquí”. En febrero de 2009 abrí un blog que se llama ‘Egipto tras la barricada’ y, a partir de entonces, informé de lo que estaba sucediendo, de aquellas noticias que antes de 2011 no generaban interés en la prensa española. Intenté vender a medios de comunicación catalanes, españoles, algunas noticias; tampoco insistí mucho porque vi que no había ningún tipo de interés por hablar, por ejemplo, sobre la muerte de Khaled Said en Alejandría. A mí se le decía que a quién le importa que en Alejandría la policía mate a un chaval, y luego llega 2011 y hay mucha prisa en intentar contar lo que sucede.

Por otro lado, parece que el Estado español y el Estado egipcio estén muy lejanos, que no haya ningún tipo de relación. Pues hay que resaltar que es el tercer socio comercial de Egipto, que el año pasado el Ejército español vendió armamento al Ejército egipcio por valor de 50 millones de euros, que las exportaciones de armamento superaron el año pasado los 92 millones de euros, que la justicia española está obstruyendo la extradición a Egipto de un hombre llamado Husseim Salem, que en Egipto es conocido como la caja negra de la corrupción, mano derecha de Mubarak, el hombre que firmaba todos los contratos de exportación de gas natural, y ese hombre está protegido por la nacionalidad española que el señor Pablo Ruz dice que no es importante saber cómo la consiguió, pero que la consiguió en 2008, cuando los Estados español y egipcio estaban firmando contratos para la transferencia de gas natural, por debajo de los precios de mercado, entre Egipto y una empresa española llamada Unión Fenosa en el puerto de Damietta. En informes de los juicios contra el señor Husseim Salem –juicios que se hacen sin su presencia, porque él está en un chalet de La Moraleja- , se ha calculado que entre los años 2005 y 2010 el Estado egipcio perdió 6.000 millones de dólares por todo esto. ¿Se cambiaron esos 6.000 millones de dólares por un pasaporte para Salem? No lo sabemos porque la justicia española dice que no es importante investigar eso.

¿Qué te frustra más? ¿Las políticas de Estado o las coberturas mediáticas desde España?

Me frustra un poco todo, es un poco frustrante todo en general, y todo tiene su propia lógica. La entrada del periodismo en los mercados bursátiles ha hecho que no haya mucha diferencia entre estar trabajando en un McDonalds haciendo hamburguesas o estar en Egipto escribiendo noticias, porque las noticias se escriben desde las redacciones de Madrid y se encargan a la gente que está escribiendo sobre el terreno. No importa la visión que tú des, lo que consideres relevante en la zona; las noticias y la agenda la marcan los medios de comunicación. Ya no en Madrid o en Barcelona, se acaban marcando por los grandes medios internacionales que determinan esas ruedas de producción. El periodismo, que teóricamente tendría que ser el perro guardián del poder, acaba siendo el perrito faldero del poder.

La crisis del periodismo, más que una crisis económica o de modelo, que también, es una crisis de alejamiento del ciudadano.

Está clarísimo, y se argumenta que no hay dinero. Pero muchas veces no es una cuestión de que no haya dinero. Yo puedo incluso asimilar que a mí, por estar allí en Egipto, se me paguen 40 euros por una pieza, lo cual lo encuentro de por sí bastante indignante. Pero es que incluso aceptando eso, no se dan ni los instrumentos para confiar en esa persona que tienes allí. Y en el caso de Egipto son 40 euros, pero hay gente que está en Siria bajo las bombas y está cobrando 50 la pieza, y se está jugando literalmente el pellejo. Y todo en aras no de producir una noticia que dé al lector una comprensión de lo que está sucediendo, sino que se producen noticias sensacionalistas, como si estuviésemos en un McDonalds haciendo hamburguesas. Eso es lo que acaba primando, porque las noticias que más gustan son las que menos informan. Eso es algo que viví en mis carnes, lo que interesa es vender cosas bonitas, rápidas, digeribles, que no generen mucho dolor de cabeza, porque se considera que así se van a vender más periódicos.

El periodismo no es cuestión de pronósticos, pero ¿juegas por el pronóstico a corto y medio plazo de Egipto?

Jugar no, pero creo que si se confirma lo que llevamos meses esperando, y que todo el mundo da por hecho, que el general Abdul Fatah al-Sisi se presenta candidato a las presidenciales y que va a ser, sin ningún lugar a dudas, el próximo presidente, si eso sucede, va a abrir nuevas brechas, nuevas perspectivas para que haya insurrección en las calles. La gente se está cansando de la situación actual. De hecho, cuando llegue el verano va a ser una situación de enorme dramatismo porque, cuando la gente encienda todos los aires acondicionados, el país va a volver a colapsarse porque no hay recursos energéticos suficientes en el país, sobre todo porque se sigue vendiendo gas natural a potencias extranjeras entre las cuales están el Estado español, Jordania…

Las políticas económicas siguen el mismo camino que trazaron en los años 90 las instituciones financieras internacionales, que siguió Mubarak durante todo su reinado, que intensificó en 2005 y que llevaron a los HH MM a la situación en la que se encuentran ahora, y que el nuevo régimen político ha dicho que va a continuar. Ha dicho que va a poner fin al subsidio energético, alimentario… Eso va a colapsar el país y, si a la cabeza del Estado está un hombre como el general Abdul Fatah al-Sisi, eso va a abrir las perspectivas a que todo estalle. Hemos visto que el pacto del golpe de Estado con los nasseristas se está rompiendo, están entrando otra vez a un discurso crítico contra las fuerzas militares; los salafistas de momento les siguen la estela pero los liberales se están quejando de la nueva ley electoral… Es decir, el pacto de ese golpe de Estado se está fracturando. También hay elementos del antiguo régimen que se sienten dolidos por lo que sucedió en 2011 con las fuerzas militares y pueden volver a acabar disputándole el poder a la Junta Militar. Creo que todavía no hemos visto nada. El libro intenta ilustrar el proceso pero no es un libro cerrado, para nada. Van a venir muchas cosas todavía y el proceso camina, y seguramente va a caminar, con el ímpetu popular de la calle.

Escucha la entrevista íntegra en el podcast de ‘Todos los caminos están cerrados’

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Sobre el autor

Carlos Pérez Cruz
Carlos Pérez Cruz, músico y periodista. Desde 2001 dirige el programa ‘Club de Jazz’, dedicado al jazz y músicas improvisadas. Colabora con el programa ‘Carne Cruda’ de Javier Gallego (antes en RNE3 y la Cadena SER), donde dirige la sección 'Bienvenidos al club'; con Radio Vitoria (EiTB) y la revista ‘Cuadernos de Jazz’. Desde 2012 mantiene el blog/podcast ‘Todos los caminos están cerrados’, dedicado a los Territorios Ocupados de Palestina.

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