23.01.2014

Marco Mezquida: “Los caminos de la música son libres, fértiles e infinitos”

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Tiene sólo 26 años pero acumula ya tres premios como ‘músico del año’ de la Asociación de Músicos de Jazz y Música Moderna de Catalunya (AMJM) y una generosa cosecha de discos como líder, colíder e integrante de otros proyectos. El pianista menorquín Marco Mezquida (1987) reside en Barcelona, donde finalizó sus estudios en la Escuela Superior de Música de Catalunya (ESMUC). En ella logró plaza tanto en jazz como en clásica y sus departamentos se pelearon por ser los elegidos. Se acogió al primero pero no desechó la oportunidad de estudiar con músicos como Juan de la Rubia, uno de los organistas (órgano de iglesia) más importantes de Europa. Charlamos con él con motivo de la presentación de La hora fértil, su primer disco de piano solo, uno de los grandes discos del año 2013 en el ámbito del jazz y la improvisación.

Inicio fértil de carrera en unos años especialmente fértiles en la escena barcelonesa donde tengo la sensación de que, poco a poco, van cayendo barreras divisorias, monopolios estéticos, trincheras, y se intuye una mayor apertura, ganas de expandir las posibilidades de expresión sin preocuparse por el nombre que darle a eso. ¿Están cayendo por fin reglas que parecían inamovibles y hay músicos hoy más desprejuiciados? ¿Se ha desacralizado la música?

Supongo que hablar en términos generales es arriesgado. Yo confío en que gracias a las personalidades de ciertos músicos que tienen un bagaje más completo, a su manera de compartir la música de forma continuada con otros músicos, a su mayor apertura de miras, estemos ya por encima de una etiqueta como la de jazz, free, o música brasileña, por ejemplo. De alguna manera sí que hay una fusión e interés por muchas músicas, pero no sé si en términos generales. Supongo que hay gente que sólo querrá tocar ciertos temas o una música muy específica. Siento que las barreras no están en la música, si acaso se ponen para poder clasificarla y escucharla más fácilmente. Yo siempre he admirado mucho más a los músicos que superan todas estas barreras y, de hecho, es uno de mis retos intentar sorprender en la música, que un disco pueda tener más reminiscencias jazzísticas y otro pueda tener más reminiscencias románticas, etcétera. Superar esas barreras me parece algo que te ofrece la música de forma natural.

¡Déjate de musiquitas. Si quieres hacerte oír tendrás que meter ruido!, exclamaba una viñeta de El Roto protagonizada por una pianista. Cuando un músico de jazz consigue romper las barreras de la afición más acérrima a esta música y acercarse a públicos más generales, ¿es porque está haciendo ruido?

No lo sé. Quizá hace ruido o quizá es que su música atrae, y eso es algo que está por encima de las estéticas. Este músico me aporta algo, me conmueve, me atrapa y lo sigo. En el último año sí que lo he sentido más. Mucha gente me escribe y me dice: “¡Ostras! Me ha encantado verte. Te quiero seguir más. Avisa, no te olvides”. Y esta persona avisa a otros. En mis conciertos siento cada vez una mayor calidez del público. Si Brad Mehldau llena auditorios no creo que sea porque a veces toque canciones populares, de los Beatles, o lo que sea, que también, sino porque realmente lo que él ofrece o la manera en cómo lo ofrece es muy atractiva para el público en general.

Sin embargo el factor estadounidense, extranjero y, sobre todo mediático –aunque estemos hablando de unas músicas muy alejadas de lo mediático-, sigue pesando en ese llenar auditorios. Estamos escuchando en estos años proyectos muy interesantes, complejos y completos de músicos de aquí que, por esas razones quizá externas, no atraen a un público al que sí atrae un Brad Mehldau.

Totalmente. Es muy importante que el acto artístico vaya acompañado de cierta difusión y eco mediático. Que la gente, si lee los periódicos o ve la tele, vea de vez en cuando que aparece eso para que pueda decir: “¡Mira! Esos que han aparecido en la tele tocan mañana”. Que lo vea en los periódicos. Eso es importante. La gente no está tan atenta a la programación del club Jamboree o cosas así. Creo que es importante esa parte mediática.

Te expresas de formas muy diversas: de un lenguaje más romántico a otro de exploración tímbrica, pasando por lenguajes minimalistas, de evocación clásica, improvisaciones… ¿Qué es lo que para ti unifica toda esa diversidad de expresiones que ofreces con el piano? ¿Cuál es el hilo común de tu música?

Para mí grabar a piano solo fue una de las experiencias más íntimas porque, como bien decías al principio, ya he ido grabando bastantes discos en estos años, pero siempre acompañado de otros músicos. Nunca me había encerrado en un lugar de forma tan íntima a grabar lo que pasaba. Muchos de estos temas son improvisaciones, otros son composiciones, pero el hilo conductor era básicamente mi concentración en la música, mi conexión con el sonido de ese piano y de esa sala. Dejarme llevar. Porque realmente ni yo podría prever cuál podía ser el siguiente número. Grabé como cinco horas de música el primer día, cuatro el segundo, y hacía cosas absolutamente diferentes. Pasaba de la canción más pura y sencilla con dos acordes o tres al free más abrupto, o a una composición con una sonoridad más jazzística o más impresionista. Es decir, me intentaba sorprender cada minuto de las ocho horas que estuve tocando. Intentar no repetir, intentar asombrarse. Esa manera de hacer es para mí el hilo conductor con el que me identifico y que me hace estar vivo y realmente conectado con la música, con un sonido. Supongo que ese es el hilo conductor.

Uno de los hándicaps de los pianistas es que siempre tenéis que interpretar instrumentos diferentes. ¿En qué medida un piano puede determinar la expresión final de la música? ¿En qué medida la propia composición o improvisación dependen del instrumento con el que cuentes en cada momento?

Para mí lo afecta en una grandísima medida. A lo mejor a otros pianistas no tanto, pero yo reconozco que mi objetivo principal es siempre conectar con el sonido. No con mi sonido, que también, sino con el sonido que se crea entre ese instrumento y yo, que no puede ser preconcebido sino que se va adaptando. Y también a la sala, si es una sala más grande o más pequeña, con una acústica más seca o más reverberante. De alguna manera eso es lo que marca el sonido de ese día, de la grabación, del concierto. Para mí es muy importante y siempre pienso un poco en eso, en el alma que tiene cada piano y en la que puedes sacarle. Hay pianos que están más destartalados y me encanta tocarlos porque me sacan una energía muy violenta y muy intensa a la vez. A su vez, tocar un Steinway de cola recién afinado te saca una parte muy diferente. Creo que esas son de las cosas también estimulantes de tocar el piano, que nunca sabes qué te vas a encontrar.

La hora fértil es tu manifestación discográfica más próxima, también la más íntima. Para llegar a ella has recibido el correspondiente tratamiento de fertilidad académico. Un camino que en tu caso se inicia en Mahón y finaliza en Barcelona. La enseñanza académica siempre ha estado en el punto de mira en nuestro país, especialmente si se mira desde el ámbito del jazz y de la improvisación, que tanto tiempo han sido obviados académicamente. ¿Qué te ha dado la enseñanza y qué has encontrado fuera de ella en el camino de tu formación musical?

Desde pequeño he sido también un músico muy autodidacta. Soy de una familia en la que no hay músicos, son más profesores de escuela, más pedagogos. Desde el momento en que vieron que tenía cierta facilidad con la música me apuntaron a clases. Pero ese proceso de ir a clases nunca fue el que motivó que yo fuera músico, sino que necesitaba escapar un poco de la rutina familiar, de la cotidianidad, sumergido en el piano; en la cantidad de miles de horas que invertía en ello para ahuyentarme un poco de las movidas de casa o de lo que fuese, de la vida en general. Ese proceso autodidacta ha sido para mí el verdadero motor y lo sigue siendo. Después, gracias a Dios, también he tenido una gran compañía -la voy a llamar compañía- y colaboración de los grandes profesores que he tenido, que no me han puesto palos en las ruedas sino todo lo contrario. Han visto en mí un buen alumno y un músico potencialmente bueno. Siempre me han ayudado, desde que tenía ocho años hasta ahora. Creo que las clases me han acompañado y me han formado pero, de alguna manera, no para aprender qué es la música sino para compartir la música. Profesores que siempre han tenido también un componente muy filósofo o espiritual en la música. Eso a mí me ha enriquecido. No es que haya aprendido la hostia, sino que en realidad he compartido muchísimo.

“Campbell estaba comprometido con un tipo de música libre e improvisada que valoraba un vehemente individualismo frente a la técnica despersonalizada”. Son palabras del trompetista Taylor Ho Bynum sobre el también trompetista Roy Campbell Jr., fallecido hace unos días. No son necesariamente cuestiones contrarias, quizá complementarias: ¿Cómo conjugas la cuestión técnica con la expresión de tu propio yo? ¿Cómo conjugas la expresión de tu propio yo con la exigencia técnica?

Siempre digo que la técnica está al servicio de la música y no puede ser al revés. Si lo es, es imposible que el producto sea atractivo. Al final, la música se tiene que imponer a la técnica y la técnica tiene que estar siempre a su servicio. Y eso se trabaja paralelamente si uno no pierde de vista esta motivación. Yo me he ido desarrollando técnicamente gracias a que mi necesidad musical crecía. Supongo que no tocaría notas rápidas si no sintiese la necesidad de tocarlas, o no tocaría todo el registro de piano si no tuviese la necesidad. Creo que hay muchos pianistas, músicos en general, que a veces no ven eso claro. Tenemos algunas discusiones. Para mí la técnica no es lo más importante aunque obviamente tiene que desarrollarse. Es obvio que uno se va perfeccionando y tiene que sentir que evoluciona a nivel musical y a nivel técnico, pero siempre lo técnico a su servicio.

Escuchar es fundamental pero no todos los músicos escuchan (incluso una mayoría no escucha, si entendemos la escucha como una actitud desde la curiosidad y la voluntad de ampliar horizontes). Lo digo desde mi experiencia en estos años de conversaciones e indagaciones. ¿Te consideras un buen escuchante de música?

Sí, me considero muy buen escuchante de música. Si algún día me pasara algo y no pudiese tocar, en realidad el martirio no sería tan enorme sólo por el hecho de que podría seguir disfrutando de escucharla. Escuchar música, llegar a casa por la noche, ponerse un vinilo, algún disco, es lo que me da más vida, además del amor. Es que cambia el aura de la habitación. Es maravilloso. A veces intento pensar si realmente podría vivir sin cine, sin pintura o sin arte… Adoro el cine, la pintura, adoro muchas formas de arte, pero que no me quiten la música que es lo que me enriquece mucho. A nivel emocional, espiritual, me acompaña de una manera que pienso que si hoy no toco nada, o mañana no toco nada, o no toco nada durante un mes, no pasa nada. Mientras pueda escuchar algún disco de vez en cuando sé que voy a seguir siendo músico.

Una curiosidad de tu formación. Tanto en tu etapa balear como ya en Barcelona has recibido clases de órgano de iglesia, por ejemplo con Juan de la Rubia ¿Por qué te formaste en órgano?

La razón primera fue que quien fuera mi profesor de piano desde los siete hasta los catorce años es organista, su instrumento principal es el órgano. A los catorce años, en Mahón, pasé de ir de la Escuela Municipal al Conservatorio y, claro, eso implicaba que iba a dejar de ver al que había sido mi primer profesor y ya un verdadero amigo. Yo debía de tener catorce y él veintiocho años y ya teníamos una buena relación. Le dije: “No me quiero desprender de ti e ir al conservatorio, que son unos carcas que me van a martirizar”. Y dijo: “Ya sé, ya sé. Por lo tanto sólo te queda una. Dedícate al órgano y continuamos, que puede ser muy enriquecedor”. Como yo en esa época ya empezaba a dirigir una coral de gente bastante más mayor, me dijo que también me serviría mucho para leer partituras de orquesta y agilizar la lectura. Obviamente además de toda la parte instrumental y orquestal del órgano, que es como un primo mayor del piano. El piano es ya de por sí un instrumento muy orquestal pero el órgano lo es diez veces más en recursos, sonidos… Y decidí que sí. Mi padre también contribuyó, me animó porque ya empezaba a estar un poco agobiado con las clases y tantas horas de música. De los catorce a los dieciocho estuve desarrollándome como un verdadero organista en Menorca. De hecho me conocían allí más como organista que como pianista.

¿Qué te ha aportado esta vertiente con el órgano? Aparte de la lectura de partituras orquestales que te prometía tu primer profesor, ¿qué te ha aportado al lenguaje de la improvisación lo que has podido trabajar de improvisación en el órgano con Juan de la Rubia?

Algo muy enriquecedor. Básicamente abordar la música desde otras sonoridades, no sólo desde la del piano. Poder cambiar los registros y sentir cómo vas desarrollando un discurso basado también en una instrumentación. Es muy enriquecedor. El piano tiene siempre el mismo sonido, por decirlo de una manera muy sencilla, pero el órgano es un mundo de sonoridades y tiene realmente un repertorio muy extenso. Siempre me ha encantado interpretar Bach o Messiaen. Por ejemplo, estos dos extremos a nivel organístico fueron para mí muy inspiradores para después buscar mi camino, ya fuese en el piano o en el órgano, para improvisar libremente. Cuando tenía diecisiete o dieciocho años empecé a hacer conciertos con el órgano totalmente improvisados. Empezaba tocando media hora repertorio clásico y contemporáneo de órgano y la siguiente media hora eran improvisaciones libres.

Eso me conectó rápidamente con Juan de la Rubia, que para mí es una de los más grandes improvisadores de música clásica y contemporánea que hay en este país y en Europa. Es un portento al que le tengo una grandísima admiración. De hecho a los Reyes Magos les he pedido tomar clases con él, retomarlas pronto. Él controla mucho la improvisación en toda su base. Así como los músicos de jazz o de free la abordamos desde otros caminos, él la aborda desde la composición y eso es para mí algo también muy motivador que puede conectarse con mi otra parte más libre, o jazzística, o free jazzística. Escuchando Scriabin o escuchando Chopin, tantos grandes compositores de la historia, te das cuenta de que lo que se hace en la música de jazz no está alejado de eso. Precisamente tenemos una conexión muy directa y potencialmente increíble con la música antigua o con la música contemporánea.

Creo que todas estas barreras se ponen para después, a nivel estético, estilístico, poder decir “a mí me gusta el jazz”, “a mí el barroco”. Pero en esencia la música es mucho más libre que todas esas etiquetas. Para un músico, para una persona que ama la música, esa clarividencia tiene que estar presente en el proceso de aprendizaje, en el proceso educativo. Yo he tenido la suerte de poder participar como alumno en esta Escuela Superior de Música de Catalunya, que realmente hace apología de esta libertad y de la conexión entre músicas. Obviamente, cada música tiene su intríngulis y su proceso, pero la música como disciplina es libre, amplia, está conectada. Hay que potenciar esa conexión.

En tu nómina de profesores, pianistas como Albert Bover y Agustí Fernández. Hace poco lo comentábamos en el programa con Agustí, que ha tenido un espléndido 2013. Albert lo felicitaba públicamente (si es que asumimos que Facebook es un organismo público) por alguna de sus grabaciones. Qué difícil es encontrar la felicitación pública del trabajo de unos hacia otros, si además unos y otros se expresan artísticamente con formas que muchas veces se ven enfrentadas y en debate. ¿Es el mundo de la música, tal y como lo vives, tan egocéntrico y tan competitivo como se intuye?

Puede serlo y a la vez no lo es. Depende de alguna manera del tipo de persona. Yo también vi esos comentarios de Bover felicitando a Agustí y, claro, se convierte en algo público pero, ¿si no tuviésemos Facebook? ¿Escribiría a Agustí felicitándolo? Puede que sí, puede que no. Antes de esto de Facebook recuerdo hablar con cada uno de ellos por separado y tener la sensación de que realmente había una competitividad, un cierto recelo. Pero no por estos dos nombres sino por otros muchos que dicen que “sí, bueno, toca bien pero no sé…”. O el otro que te dice que… Como alumno también he participado en conversaciones de este tipo con profesores. Creo que sí, que la competitividad existe pero también es necesario que así sea, porque es lo que te mantiene despierto y activo para seguir creando y haciendo cosas.

Pero no por la competitividad sino por la necesidad de crear, por crear también respecto a unos contemporáneos. Creo que eso es muy motivador y a los músicos nos cuesta a veces reconocer a los otros: “Qué gran trabajo. Qué bien. Qué buen disco”. Yo nunca tengo problema en admirar ya sea a un compañero de mi edad o a un profesor; escribirle directamente y decirle: “Macho, me he escuchado tu disco dos o tres veces seguidas y la verdad es que lo adoro”. O, por el contrario, decirle que “me ha encantado esto y esto, quizá esto…”. Me gusta ejercer esa sinceridad y creo que eso me acerca a su persona más como amigo que como competidor. Con Agustí o con Albert, que son personas de mentes muy abiertas, siempre lo hemos podido compartir y seguro que también lo podríamos hacer con Juan de la Rubia o con los músicos que más admiro, como David Mengual o Giulia Valle, músicos que saben apreciar la música y la de sus compañeros como se merece, sin competitividad ni nada, escuchando como si fueses una persona que no se dedica a la música, que esa es otra manera muy interesante. Hay muchos músicos que escuchan la música como si estuviesen batallando con ese disco. Yo intento escucharlo disfrutándolo sin tener que juzgar ni tampoco compararlo con lo que yo hago. Por el mero placer de escuchar música como si no fueses músico, aunque a veces es imposible.

Hace unos días leía en ‘La Vanguardia’ un artículo que nos prevenía sobre cómo la reforma educativa del ministro Wert había mercantilizado incluso la asignatura de filosofía, que la enfocaba en cierto modo a su utilidad empresarial. En este mundo tan utilitario, ¿podrías, para terminar, hacer una oda a la inutilidad de la música?

Sí, es absolutamente inútil la música, no la necesitamos para nada. Si no existiese, casi mejor. ¿Quieres decir eso? Me parecen tremendas esas declaraciones de un ministro. No sé cómo puede ser que una persona con una mínima cultura o principios de conocimiento puede soltar semejantes memeces. Es necesario todo, es necesario que haya profesionales de todos los colores, pero lo que sí está claro es que siempre será necesario que la filosofía se dé como se ha dado toda la vida y siga explorando lo que tiene que explorar. Y en la cultura y el arte, igual. La música no es indispensable y a la vez lo es, no podemos vivir sin ella. La música nos llena los corazones a todos, no sólo a los músicos sino a toda la gente, la sociedad necesita música. Todo el mundo consume música y es necesario sentir al menos que no se ponen trabas a estas cosas, y menos viniendo de un ministro. Me parece aberrante.

No te he preguntado por el título, no suelo hacerlo, pero, ¿cómo enfocas lo de La hora fértil?

Como explico en el interior del disco… ¡Claro! Es que tú te lo compraste por iTunes. Ese es otro detalle que me fastidia mucho. ¿Y si me apetece saber quién fue el ingeniero de sonido de ese día? No lo puedes saber porque no lo pone y en Spotify tampoco. ¿Por qué son tan parcos con la información? Realmente si lo hacen que lo hagan bien, ¿no? Que escaneen las fotos de dentro, que puedas verlo, porque si no te pierdes parte del proceso creativo, que a mí también me ha hecho ilusión hacer. No sólo son las canciones, también es el formato del disco, si pongo una cita de Rilke, que es el caso. Pienso que a veces, por hacerlo tan práctico, se pierden cosas con la tecnología.

Tiene sus ventajas pero también sus desventajas, que la gente lo sepa. Pero bueno, La hora fértil básicamente, y como explico dentro del disco, es un poco el momento vital que estoy experimentando, el momento que vivo en el que siento que me dedico y me entrego a la música sin barreras y en los que sus caminos son libres, fértiles e infinitos. Creo que ese es el motivo principal por el que se titula La hora fértil; porque, como concertista y como persona que vive en la música y que la comparte con la gente que quiere compartirla, me siento libre de poder hacer la música que siento sin pensar: “¡Ay! Esto es más romántico, o esto es free, o esto es jazz, o esto es…”. Quiero pensar que es mi combinado personal y que en eso puede haber influencias desde el Renacimiento hasta la música contemporánea; que tiene influencias variadas pero que, en el fondo, es libre. Y quiero que así sea por muchos años. A modo personal, La hora fértil es también un poco la hora fértil de las cinco de la mañana que a veces habito y en la que me siento realmente muy conectado por la paz, por el sosiego del momento. En la cama, durmiendo, tranquilito… La paz y el amor del momento para mí hacen que esas horas de la madrugada sean realmente fértiles.

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Sobre el autor

Carlos Pérez Cruz
Carlos Pérez Cruz, músico y periodista. Desde 2001 dirige el programa ‘Club de Jazz’, dedicado al jazz y músicas improvisadas. Colabora con el programa ‘Carne Cruda’ de Javier Gallego (antes en RNE3 y la Cadena SER), donde dirige la sección 'Bienvenidos al club'; con Radio Vitoria (EiTB) y la revista ‘Cuadernos de Jazz’. Desde 2012 mantiene el blog/podcast ‘Todos los caminos están cerrados’, dedicado a los Territorios Ocupados de Palestina.

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