María Sánchez: “Hemos sido muy injustas con nuestras abuelas y madres”

María Sánchez: “Hemos sido muy injustas con nuestras abuelas y nuestras madres”

La escritora María Sánchez.

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La escritora y veterinaria María Sánchez. © José González.

Su libro ‘Tierra de mujeres’ ha sido uno de los éxitos editoriales del curso pasado. Por eso, a punto de comenzar un nuevo curso, volvemos a María Sánchez. Y hablamos con ella sobre la necesidad de dar voz a quienes nunca la tuvieron, ampliar perspectivas sobre la vida rural, sin idealismos, sin dramatismos, sin prejuicios. Con los pies en la tierra. Con las mujeres. 

Hacer visible lo invisible. Este debería ser uno de los empeños del arte, aseguraba John Berger. El autor británico, autor entre otras obras de la ya célebre Puerca tierra, habita en las páginas de Tierra de mujeres (Seix Barral), de María Sánchez. Hacer visibles a las mujeres del campo, reconocerles la deuda que tenemos con ellas, ha sido uno de los empeños de María Sánchez al escribir este libro híbrido en el que conviven el ensayo, la autobiografía o el manifiesto. Escrito con ternura y poesía, pero también con indignación, este ensayo rebelde ha captado el espíritu de nuestro tiempo, el tiempo de las mujeres rurales.

Ahí reside una parte de nuestra cultura (que algunos quieren borrar para siempre) y habita nuestro porvenir, si es que queremos que sea sostenible y feminista. Autora del poemario Cuaderno de Campo (La Bella Varsovia) y a punto de publicar Almáciga (GeoPlaneta), un proyecto colaborativo en el que ha ido recogiendo palabras asociadas al campo para que no caigan en el olvido, Sánchez se ha convertido en una de las voces más sólidas de la nueva literatura española. La entrevista la hicimos por correo electrónico, pero pocos días antes pude comprobar la solvencia de su discurso, que defiende con calidez y convicción, en un encuentro virtual con lectores. La suya es una narrativa “que descansa en las huellas” y en la memoria.

‘Tierra de mujeres’ comparte mucho del espíritu de tu poemario ‘Cuaderno de campo’, tu primer libro, con quien dialoga. En ambos casos hay una búsqueda de un lenguaje, una poesía que sea a la vez una manera de visibilizar no solo el mundo rural, sino también a las mujeres que viven en él, las grandes olvidadas, ¿no?

Totalmente. Cuaderno de campo y Tierra de mujeres son dos narrativas hermanas. En el poemario ya se marcan y se intuyen qué espacios se ocupan y desde qué género y se trazan estelas de quién tiene privilegio y/o poder. También están presentes las diferentes relaciones con el territorio y con los animales. En ambos hay una especie de duelo por llegar tarde a esas historias y a esa memoria, un homenaje a la tierra de la que vengo y a mis antepasados y antepasadas que me precedieron.

En ese sentido, me encanta el carácter híbrido del libro. Bebe de la autobiografía, la poesía, el ensayo, el manifiesto… ¿Tuviste claro desde el principio cómo iba a ser?

Sí, para mí no había otra manera de entender el libro ni de hacerlo posible. También reflejaba un momento muy concreto de mi vida, con un trabajo que abordaba todo mi tiempo y recién terminada de escribir Cuaderno de campo. Y también, por supuesto, se reflejan mis inquietudes y reflexiones de mi día a día. Quería abrir una pequeña ventana a mi vida y a lo que la rodea, a fin de cuentas de donde vengo y lo que soy, una veterinaria rural. Intentar al menos un lugar donde las mujeres y los hombres de nuestros medios rurales pudieran sentirse reconocidos, más allá de postales simples y planas. 

Eres veterinaria y escritora. ¿Qué puntos de encuentro ves en ambas actividades? En las dos predomina el cuidado, ¿no? De los animales en el primer caso y de las palabras en el segundo.

Sí, y en especial, para mí, está ese mirar, esa observación en los detalles y cosas que a primera vista parece que no tienen importancia, pero que si se escarba un poquito nos puede contar algo grande que aún no ha salido a la luz.

En algún momento del libro comentas que un día te diste cuenta de que escribes cansada, cuando terminas tu jornada laboral. Creo que no eludes lo que podríamos llamar una cuestión de clase social. Cómo para escribir también se necesitan unas condiciones. De hecho, tu padre, veterinario, procede de una familia de clase media, mientras que tu madre de una familia humilde.

Sí, y era fundamental ese reflejo en el libro. Hablamos poco de cómo se escriben los libros, desde qué lugares, desde qué privilegios, desde qué formas y condiciones… Yo no conozco otra forma de escribir. Escribo después del trabajo, de las tareas domésticas, de los cuidados, de la familia, de los amigos… No conozco otra forma de escribir. A mi abuelo veterinario le tocó el cambio total, y tuvo que migrar a la ciudad para poder seguir trabajando: ese cambio donde se fomentó la industrialización y se maltrataba las formas de vida y de trabajo del campesinado. Mi padre se dedica a la docencia y ha tenido que trabajar en muchas áreas diferentes y colaborar con otras asociaciones para poder sacarnos a mis hermanos y a mí adelante. Y por supuesto, nosotros no somos nadie sin mi madre. Ella, ama de casa, su historia que cuento en el libro, que la quitan del colegio a los 12 años para coger aceituna, sin opción a estudiar o decidir qué quiere hacer con su vida; sin ella, nuestras carreras profesionales no hubieran sido posibles, no estaríamos donde estamos ahora. Y creo que esa historia de silencios, sacrificios y dudas, hay que nombrarla para reconocer y que no vuelva a ocurrir. Creo que hemos sido muy injustas con nuestras abuelas y nuestras madres. Hemos exigido, hemos sido quizás un poco paternalistas, sin ponernos en su lugar y sin entender qué mochilas traen ellas a cuestas y de qué situaciones y tiempos vienen.

Las mujeres del mundo rural no han tenido esas condiciones, por supuesto, de ahí que su voz no se haya oído hasta ahora. Muchas ni siquiera sabían leer o escribir. ¿Crees que la situación está cambiando?

Hermanas de un hijo único, las llamó la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís. Sí, está cambiando pero necesitamos más políticas públicas y de igualdad para que las mujeres puedan decidir si se quieren quedar en el pueblo o irse. Qué menos que poder decidir. Algo tan obvio y simple que no nombramos. Por otro lado, muchas veces seguimos siendo ciudadanas de segunda al no tener acceso a muchos servicios y ver cómo cada día desde la crisis esos servicios se recortan o desaparecen. Creo que también es importante señalar algunos discursos en mi opinión un poco peligrosos, ya que esconden la verdadera situación, de llamar heroínas a las mujeres rurales, y pensarlas clave como única herramienta para luchar contra la despoblación, o esos otros discursos que dicen que los inmigrantes se vayan a los pueblos o la proliferación de las macrogranjas como opciones para luchar contra la despoblación. Este tipo de discurso me parece un poco el cuento de la criada, y esconde la realidad y la situación de desigualdad y machismo de la que venimos y que sigue existiendo, lamentablemente.

Porque no deja de ser sorprendente, como tú misma señalas, que incluso ahora sean solo los hombres, muchos de ellos de las ciudades, quienes hablen en nombre de la gente que vive en el campo.

Sí, y parece que molesta que señales y cuestiones eso. Alguna persona ha dicho que yo solo pretendo que escriban del campo la gente que vive o trabaja en el campo. No, no pienso así, y lo que digo es que nos cuestionemos, que nos revisemos, que nos preguntemos sobre los libros que se escriben sobre los medios rurales, y no solo ahora. ¿Quién lo escribe, desde dónde? ¿Desde qué género, desde qué clase social? Si nos hacemos esa pregunta y miramos años atrás, pues las respuestas nos dan muchas claves. Dudo que una mujer tuviera la misma facilidad para haber dejado su vida (y todos los cuidados y trabajos que se asumen) para irse a una cabaña a escribir Walden, por ejemplo.

Hablas de la necesidad de crear un nuevo lenguaje que tienda puentes entre el mundo rural y el urbano. Aunque la “voz cantante” la tiene el segundo, el altavoz digamos, la incomprensión entre ambos, el desconocimiento y los prejuicios no ayudan a una comunicación que debería ser necesaria.

Sí, para mí es fundamental, y ese lenguaje conlleva dejar fuera los paternalismos, clasismos, machismos, ideas preconcebidas y postales simples y planas, que, ojo, se dan desde ambos lados. No podemos caer en idealizar nuestros pueblos y medios rurales, porque también se dan estas dinámicas hacia las personas de medios urbanos. Creo que es importante aprender a mirar de nuevo, como hacen los niños, como se mira algo por primera vez.

Uno de los autores que citas varias veces a lo largo del libro es John Berger, quien ya nos alertó hace años de la invisibilidad del mundo rural, de la importancia que tiene para todos nosotros que sobreviva porque no se puede tachar ese mundo como si fuera una cifra más de la historia. La cercanía, el apoyo mutuo, la solidaridad, la conexión entre la vida y la muerte, son algunas de las ventajas de vivir en un pueblo, aunque también señalas sus desventajas.

Sí, y aquí te enlazo con lo anterior. Para mí es importante contar toda la historia, con sus luces y sus sombras. Berger para mí supone un antes y un después, es uno de mis escritores de cabecera que siempre tengo cerca. Sus libros son altavoces del campesinado, de sus formas de vida, oficios, vínculos a la tierra, la historia de los “exilios” a las ciudades y su defensa de la cultura de nuestros medios rurales; para mí es un autor vital. 

Durante años, la figura de referencia fue tu padre. Tu madre era invisible para ti. Hasta que llegó un momento en el que te diste cuenta del trabajo y el papel que tienen tanto tu madre como todas las mujeres del campo. Me parece preciosa la última parte, dedicada a las mujeres de tu familia (tu madre, abuela y tatarabuela), árboles que te sostienen y te enraízan.

Sí, para mí era importantísimo contar sus historias. También saber de dónde vengo para saber a dónde voy. Me gustó mucho lo que escribió la escritora Anna-María Iglesia de que el libro es una especie de duelo, porque es verdad. Nace también de un sentimiento de culpa por haber llegado tarde a las historias de mi propia familia. Pienso mucho en las que no conoceré y a los que no he llegado porque no pregunté, quizás, a tiempo.

¿Te ha sorprendido el éxito que ha tenido el libro? ¿Te ha cambiado de alguna manera? En algún momento has dicho que no te ves como una “escritora profesional”, que prefieres ganarte la vida de otra manera para poder escribir con mayor libertad.

Más que el éxito lo que me ha sorprendido y me ha hecho muy feliz es ver que tras encontrarme con gente de pueblos diferentes del mío, de mujeres y hombres con otras edades y también diferentes sus historias a las de mi familia, me han dicho dos frases que se han repetido mucho en presentaciones y encuentros: “Este libro lo podría haber escrito yo” y “has contado mi vida, esta es mi vida”. Para mí ha sido un regalo precioso, ya que era fundamental intentar que el libro sirviera de punto de encuentro, de altavoz, de refugio, que la gente se sintiera reconocida. Y sí, yo me gano la vida y como, por así decirlo, de mi trabajo como veterinaria, y la escritura sucede cuando en esos tiempos y formas que para mí son esenciales, que no se rigen por la inmediatez ni temas o formas impuestas. Para mí el campo y mi trabajo son mi narrativa invisible.

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