23.02.2018

De mayor, al ‘cohousing’ o vivir en comunidad

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Ilustración: Concha Pasamar.

Ilustración: Concha Pasamar.

¿Vosotros también encontráis últimamente en las redes sociales muchas noticias sobre el cohousing? Lo pregunto porque, desde que Facebook me hace saber cada vez que entro —y sin ningún pudor— que conoce exactamente el lugar en el que me encuentro, he empezado a sospechar que también adivina mis pensamientos y deseos más profundos: categoría en la que se podría incluir mi obsesión por compartir piso con los colegas cuando llegue el momento de la jubilación —suponiendo que llegue, porque tal y como se está poniendo la cosa…

Sí. Lo confieso. Desde hace algunos años tengo fritos a mis amigos con la idea de que alquilemos una casa entre varios para envejecer exactamente como a nosotros nos gusta: de juerga. Aunque he de decir que yo no lo llamo cohousing sino comuna, porque, si bien no dudo que lo primero suena muy chic, lo segundo va más con mi personalidad.

Para mí, el único requisito indispensable es que la casa esté junto a una playa en la que siempre haga sol. No me preocupa demasiado el camión de la mudanza, porque las cosas que considero imprescindibles caben en una maleta; y es que, si algo me ha enseñado la edad, es que es mejor rodearse de personas que de objetos. Mis amigos son lo único que necesito para practicar mi deporte favorito: charlar hasta el amanecer… con algún que otro vinito de por medio, claro.

Lo que más ilusión me hace es pensar que todas las mañanas, mientras esté desayunando en el comedor común, contaré la batallita del día que siempre comenzará con las palabras mágicas: “Santander, 19??”, en honor a Sophia Petrillo, la matriarca de Las chicas de oro que nos deleitaba con sus historias cada semana en La 1 —entre nosotros, la cadena que todos veíamos, por mucho que afirmáramos que éramos más de los documentales de la 2 (o UHF para los más viejunos)—. ¡Qué lejos queda aquello de las dos cadenas! Ahora ya no sabemos ni cuántas hay, y tampoco importa, porque, total, para lo que hay que ver…

Pero bueno, volviendo a Rose, Blanche, Dorothy y Sophia, sospecho que aquellas mujeres un poco más que maduritas, que nos hacían reír con sus diálogos afilados como espadas de Valyrio, tienen algo que ver con esta nueva tendencia de pasar la vejez en comunidad que parece ser que se está extendiendo. A decir verdad, prefiero achacarlo a este motivo, más bien romántico, que profundizar en el tema de las pensiones que nos esperan —sobre todo a los autónomos, a quienes dudo que nos esperen en ningún sitio—, porque, cada vez que lo hago, me dan mareos.

En fin, con la esperanza de poder gozar de una retirada honrosa, sigo buscando —a poder ser sin que Facebook se entere— ese lugar cerca de la playa en el que pueda ser chica de oro y no dejar de disfrutar.

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Sobre el autor

Marta Rañada
Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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2 comentarios

  • El 23.02.2018 , Marie ha comentado:

    Me apunto a tu comuna, Marta!

  • El 23.02.2018 , Marta Rañada ha comentado:

    Llevas años apuntada, Marie. ¡¡¡Ya lo sabes!!! Solo nos falta decidir el lugar.

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