02.01.2019

‘Microplásticos’: cómo estamos plastificando el planeta

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El cadáver de un albatros muerto por ingerir grandes cantidades de plásticos en el océano. Foto: Creative Commons.

El cadáver de un albatros muerto por ingerir grandes cantidades de plásticos en el océano. Foto: Creative Commons.

La nueva palabra de 2018 elegida por la Fundación del Español Urgente ha sido ‘microplástico’. En 2017 fue ‘aporofobia’. Bienvenida la distinción de este neologismo para seguir concienciando sobre el cuidado del planeta, algo en lo que ‘El Asombrario’ estamos volcados. Así que por eso hoy atendemos a uno de los libros para público infantil más impactantes del año pasado: ‘Un mar de plástico’, de Kirsti Bloom y Geir Wing Gabrielse (editorial Takatuka). Queremos arrancar 2019 haciéndonos eco de él, pues aproxima a las nuevas generaciones uno de los problemas más graves que tenemos ya entre nosotros: nos estamos plastificando mientras desviamos la mirada hacia otro lado.

Usamos y tiramos. Usamos y tiramos, sin cansarnos jamás. Y damos a las niñas y los niños la sensación de que el mundo es un lugar mágico donde todo aparece como de la nada y donde todo se autodestruye. Los más pequeños no ven las consecuencias de nuestro despilfarro, un despilfarro donde les hemos hecho protagonistas y usuarios. Donde son parte de esas 230.000 toneladas de residuos plásticos que flotan en el mar según diversos estudios y donde son consumidores compulsivos de plásticos. Unos hábitos de vida que hacen que las niñas y los niños también sean responsables de todo el plástico que se fabrica en el mundo y de ese 10% que acaba en el mar. Y es que hemos llenado el planeta de forma compulsiva de botellas, de bolsas, de envoltorios, de juguetes olvidados… Hemos plastificado nuestras vidas y lo usamos como una segunda piel, ya no sabríamos vivir sin él. Pero nuestro planeta se asfixia y sufre las consecuencias.

Las niñas y los niños también generan basura. Una basura que no conoce fronteras. Una basura que las corrientes marinas arrastra y reparte por todo el planeta. ¡En esto sí que somos democráticos! Haciendo poco a poco, a un ritmo imparable, que los mares y los océanos se vayan convirtiendo en cementerios. Donde el agua ya no es un lugar placentero para la vida. Los océanos que alimentan a la aves marinas y demás especies acuáticas se están convirtiendo en vertederos. Miles de fulmares boreales llegan muertos a las playas y cuando los científicos examinas sus estómagos, encuentran que nueve de cada diez ejemplares tienen restos de plástico en el estómago. Estas aves nos están avisando de que en el mar hay demasiadas porquerías. Y es que los restos de este material se parecen mucho a la comida que ingieren habitualmente.

Nos gusta tener niñas y niños muy bien educados, que no tiren los papeles al suelo, que den los buenos días, que no tengan la cara sucia, pero nos estamos olvidando de que las niñas y los niños tienen que empezar a tener un educación en consumo responsable. Han de empezar a ser conscientes de sus excesos. Y esto se puede conseguir con pequeños gestos: fuera el uso de pajitas de plástico, fuera el uso excesivo de agua embotellada, nada de meriendas rápidas compradas en el súper, basta de comprar bolas de plástico en máquinas expendedoras que contienen juguetes cutres a los que apenas hacen caso. No les podemos educar en la cultura del usar y tirar. Cada año que pasa fabricamos más cantidades de plástico. Su descomposición es muy lenta. Si seguimos a este ritmo, los científicos creen que en 30 años habrá más plástico en los mares que peces.

Y ojo con los juguetes de plástico, que aunque la cosa está muy regulada, hay juguetes que pueden contener metales pesados. Una investigación denominada Prosafe del Servicio de Vigilancia del Mercado Europeo, llevada a cabo por 17 autoridades, entre las que se encuentra España, pone de relieve la exposición infantil a materiales tóxicos a través de los juguetes de plástico. Al analizar 225 muestras, se encontraron sustancias tóxicas a niveles que incumplen la legislación en el 20% de los casos. Así que atención, estamos hablando de algo muy serio.

La buena noticia es que todavía podemos hacer algo, ya sea a nivel individual o colectivo. Las niñas y los niños todavía están a tiempo de tomar conciencia y acelerar el cambio. Para ilustrar y ayudarles a conocer cómo está el tema recientemente ha llegado a nuestras librerías Un mar de plástico, de Kirsti Bloom y Geir Wing Gabrielse, publicado por Takatuka. Con un texto muy didáctico y muy real ,explica con fotografías todo esto que vengo contando desde el principio de este articulo.

Un delfín arrastrando una bolsa de plástico. Foto: Jedi Mentat.

Usando como protagonista a los fulmares boreales, unas aves que son capaces de enfrentarse al frío y los vientos del océano abierto, nos adentramos en un libro que explica muy claro y de una forma muy pedagógica los resultados de nuestros excesos. Esta preciosa ave que sufre las consecuencias del uso indiscriminado que hacemos del plástico nos hará tomar conciencia y, como no puede dejarnos indiferentes, nos invitará a pasar a la acción. Más de un millón de aves marinas mueren cada año por ingerir plástico, quedar atrapadas en redes o sedales de pesca. Los residuos marinos también afectan a otras 800 especies distintas de animales: tortugas, ballenas, focas… que confunden estos restos con medusas o calamares, sus principales alimentos.

Este libro nos hace tomar conciencia, pero no se queda solo en eso, nos ofrece la posibilidad del cambio. De hacer algo. Ofrece soluciones y debate. Y es que debajo de ese mar azul que tanto echamos de menos los niños de ciudad, se esconde un vertedero de basura. Las impresionantes fotografías que acompañan el texto del libro nos van a dejar sin palabras; son alarmistas, duras, impresionantes…, IMPRESCINDIBLES, porque no podemos evitarlas, porque son la realidad que tenemos. No nos podemos permitir el lujo de censurarlas y de girar las cabezas de nuestras niñas y niños para que solo vean el lado amable de la naturaleza. No nos lo podemos permitir si queremos dejarles un planeta mejor.

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Sobre el autor

Javier Pizarro
Maestro de Educación Infantil, desde hace más de 15 años en la escuela pública. Acompaño a los niños/as así como a sus familias en el proceso de aprender. Apasionado por la literatura infantil y juvenil, que vista desde un punto desde la aproximación adulta, resulta llena de ironía, sentido común y nos ayuda a reflexionar sobre la educación, la vida y nuestras fantasías.
Decía José Saramago en su cuento para niños La flor más grande del mundo: “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?”
Instagram: @javierpizavi
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