07.01.2019

Mirko Sabatino y tres amigos de 12 años se enfrentan a lo brutal de la sociedad

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El escritor Mirko Sabatino, autor de ‘El verano muere joven’.

Años sesenta. Un bello pueblo en la costa italiana. La amistad, la lealtad, los abusos, la violencia, el fin de la infancia, la venganza. El escritor Mirko Sabatino (Foggia, 1978) ha sabido retomar de forma magistral temas siempre presentes para construir su primera novela, ‘El verano muere joven’. Tras recibir numerosos premios en Italia, llega a España de la mano de Sexto Piso. Hemos hablado con él sobre cómo ha construido unos personajes que nos tocan tanto todas las fibras sensibles, desde la rabia a la ternura.

Hay que tener mucho arrojo y mucho dominio del ritmo literario para escribir una novela tan hermosa y tan dura como la que ha escrito usted, para construir un personaje como Damiano, ese niño hombre que sostiene su novela sin que le tiemble el pulso. Me gustaría saber si esta historia nace de una verdad contada o de un magnífico truco de su imaginación.

No hay nada verídico en esta historia, es fruto de la imaginación. Pero lo fascinante es que, cuando me puse a escribirla, empezó a ser para mí más verdadera que la realidad. Los personajes vivían en mi cabeza incluso cuando no estaba escribiendo, y cuando escribía los observaba tomar decisiones, actuar, dialogar entre ellos, sin poder controlar nada. Aun a día de hoy, un año después de la publicación del libro en Italia, pienso en esa historia como en algo que forma parte de mi experiencia, no como algo que haya inventado.

En su novela hay mucha verdad, muchos golpes dados y muchos golpes silenciados, hay mucha ternura y mucha inocencia, pero también hay una devastadora forma de exponer un periodo convulso de la historia del mundo. De hecho, nada más comenzar su novela, expone los hitos históricos, para que el lector se deje contagiar por el clima complicado y asfixiante al que sus protagonistas deben agarrarse. En apariencia sus vidas son sencillas a pesar de las pérdidas y de esa boca de fuego que es la infancia que usted dibuja para ellos. ¿En qué momento supo quién seria el héroe y quiénes los comparsa?

De inmediato, antes de sentarme a escribir, se me impusieron tres caracteres, el esbozo de tres tipos psicológicos. Sabía que debería tener un narrador en primera persona que sería el más equilibrado, una especie de término medio situado entre los otros dos. Los otros dos asumirían los caracteres extremos del duro y del débil. Comencé a partir de esos caracteres esquemáticos, pero luego, a medida que escribía, su psicología se fue haciendo más compleja, volviéndose más poliédrica. Los demás personajes –también Viola, que es otro de los personajes principales– vinieron después, sólo mientras escribía, y cada uno fue ocupando mágicamente su lugar.

Otro tema apasionante de su historia es la violencia, sobre todo esa violencia que no deja evidencias encima de la carne. La violencia de puertas cerradas y las vidas en apariencia perfectas. Sobrecoge ver la manera de estar vivas de las madres de sus protagonistas. Laura, Rosaria y Emilia, tres mujeres consumidas por la pena, por distintas penas. Penas que equilibran de una manera dramática el futuro de sus hijos, que inciden de manera directa en la acción de la novela y que sin duda usted usa para que el final de ésta no resulte inverosímil, ¿es así?

Las mujeres son los personajes fuertes de la novela. Son las víctimas, pero también los personajes más carismáticos. He intentado describir una sociedad –la del inicio de los años sesenta en la Italia meridional– regida por el patriarcado, pero los hombres sobre los que esta sociedad se sustentaba hipotéticamente necesitaban a las mujeres para hacerlo todo. Así pues, las mujeres eran los auténticos pilares de la familia, aunque tuvieran que subordinarse a los hombres. En la novela tenemos a tres mujeres que intentan suplir la ausencia de los hombres, sobreponerse a ella, pero esas ausencias pesan y no puede no haber consecuencias en los acontecimientos, tal como sucede en la novela.

Mención aparte merece también la belleza que despliega en cada una de sus páginas. En esta historia de lugares secretos y Lolitas rurales que dejan sin aliento al lector, hay frases memorables, imágenes que sin duda entroncan con los hermosos versos del gran Sandro Penna. ¿Es consciente de la virguería visual que es su historia o ha sido construida sin premeditación, dejándose llevar por la inercia de sus personajes joya?

No fue nada premeditado, en el sentido de que no pensé en introducir en el libro frases que pudieran ser citadas o recordadas. Pero quería escribir un libro que lo contuviera todo, todos los elementos que me gusta encontrar en un libro –trama, personajes, ambiente, estilo, ritmo, sonido– de un modo en que todas funcionaran sin que una de ellas se impusiera a las otras. Las frases que algunos lectores citan ahora como si fueran aforismos nacieron del equilibrio creado espontáneamente entre todos los elementos que componen el libro.

Sus niños son tan perfectos, a pesar de ser una mentira que recorre las calles, que me gustaría saber de dónde salen. ¿De dónde sale el inmenso Damiano, el timorato Mimmo, el flemático Primo, la sufridora Viola o la vividora Ida? ¿Salen de sus lecturas, Mirko, o de su devoción por la plasticidad cinematográfica del cine italiano?

Son el resultado de múltiples inspiraciones: provienen de mis lecturas, del cine, de la vida real y de la fantasía pura y dura. De ese modo, quizá terminan por no parecerse a nadie en particular, y seguir siendo verosímiles.

Sin duda Pasolini hubiera vendido su alma al diablo por rodar esta historia de silencios y estigmas que tan bien ha construido, pero hay una elegancia subterránea que entronca directamente con los poemas visuales que rodó Visconti, ¿es consciente de que el enfrentamiento entre la violencia y la belleza ha hecho de su novela un clásico a caballo entre ‘Una vuelta de tuerca’ y ‘El señor de las moscas’?

Me enorgullece que se me asocie a autores y obras como ésos, muchas gracias. Otra vuelta de tuerca es un libro que me conmovió profundamente y que amé muchísimo. Releí El señor de las moscas unos meses antes de escribir el libro; y aún tenía en la retina Rocco y sus hermanos cuando estaba metido de pleno en la realización de la novela. No creo haber escrito nada a la altura de esas obras grandiosas y cuando acabe de responder a las preguntas de esta entrevista seguramente me olvidaré de esas comparaciones, pero me resultará muy grato continuar respondiendo las preguntas manteniéndome dentro de los márgenes de este cumplido.

Es mágica también esa potencia con que administra la violencia, ese rasgo tan inequívocamente adolescente, como la utiliza para deslumbrar al lector. Los héroes siempre tienen la carne a medio hacer y usted lo refleja de una manera magistral. Damiano es un personaje colosal, sobrecoge su empaque y su templanza a pesar de su juventud, del drama que vive a diario, aunque nadie, ni siquiera él, se atreva a nombrar. La belleza de su madre y la suya propia marcan una diferencia notable entre él y el resto de sus protagonistas. Es un adolescente seguro, a pesar de que conozca con certeza cuál será su futuro. Ha sido difícil prescindir de la voz, tan potente y única de un personaje como él. ¿Cómo es el abismo que ha dejado sobre su mesa y su memoria?

Estoy particularmente orgulloso de Damiano. Porque ha evolucionado mucho comparado con aquel bosquejo que era en un principio –lo llamaba “el duro” cuando lo iba desarrollando en mi cabeza–, acabó convirtiéndose en un héroe de verdad, con su fragilidad, su ternura, su madurez precoz, la manera en la que sabe mantener bajo control las emociones y las situaciones. Me siento muy ligado a él.

Viola también es un personaje hermoso y heroico, pero también dramático. Un personaje acorralado por una culpa impuesta y salvaje. Las escenas que le atañen en la novela son durísimas. ¿Cómo se enfrentó a un tema tan peliagudo como el abuso, peliagudo no es la palabra, tan incontrolado e incontrolable, tan execrable y tan poco perseguido como es el abuso por parte de los sacerdotes sobre los niños y las niñas que ponen sobre los altares su inocencia para que ellos la pisoteen? ¿Cómo consiguió gestionar la oscuridad en la que va adentrándose este personaje?

Me costó soportarlo. Mientras escribía esa escena, me sentía mal físicamente, y cuando tuve que releerla en la fase de correcciones, me decía: “Basta, a ver cuándo acaba este capítulo”. Pero era necesario contarlo de ese modo, con todos los detalles, sin caer en elipsis o evocaciones: había que contarlo como lo contaría una niña de once años que se está confesando con el hermano al que tanto quiere. Creo que solemos escondernos demasiado detrás de la palabra “abuso”, que es una palabra vaga que en el fondo no nos da la idea de lo que es, y además es sólo una palabra. Sólo arrinconando al lector con cada una de las palabras que cuentan lo que sucede en un abuso, puede éste darse cuenta de lo que es realmente una violación.

En su novela la violencia que sufren las mujeres es también un tema capital y se atreve a dialogar con las sombras como si pudiera convencer a su carne para que no se sintiesen culpables de estar presentes en la vida de un ser humano y lo hace con frases como estas:

“El último y supremo maltrato lo sufrió mi hermana una vez muerta, a manos del mismo esbirro: el funeral de Viola lo oficiaría don Gerardo”

“Ocurría dos veces a la semana. Potito Capece tenía debilidad por las chicas de dieciséis años de formas blancas y maternales. Ida Longo la tenía por los helados. Y aquella furgoneta era el punto de convergencia de esas dos debilidades”.

La violencia ejercida contra las mujeres, sobre todo la sexual, me contrae el estómago. Me horroriza, porque el impulso que hace que alguien cometa una violación forma parte también, en cierto modo, del instinto sexual sano, presente en cualquier hombre. Cuando el instinto sexual, que está presente en cada uno de nosotros, se vuelve patológico y desviado, tenemos la violación. Es ese parentesco lo que me espanta.

¿Cómo consiguió acabar cada una de esas frases sin levantarse de la mesa e ir a acabar con el mundo que le hace esto a las mujeres?, ¿cómo consiguió que la locura no lo arrinconase?

Había rabia. Impotencia. Pero la escritura es catártica. Sirve para explorar el mundo, temas, ideas, pero también obsesiones, miedos; sirve para aliviarse, para liberarse. Escribir esta historia me ha ayudado también en ese sentido. Un escritor es alguien que siempre camina bordeando la locura… No es fácil llevar en la cabeza a todos esos personajes, con sus vidas e ideas, y luego continuar con tu propia vida de hombre. La vida del escritor siempre se desliza dentro de la del hombre, por lo que escribir implica tener que vérselas con cierta forma de locura.

Y una vez más volvemos a la belleza y a ese precipicio natural lleno de vegetación que usted escoge para que sus protagonistas puedan ser libres y abstraerse. Hay metáforas que se quedan pegadas a la mente de un lector. ¿Es consciente de que esa elección que hace decide el futuro de sus protagonistas y es también consciente de que es una hermosa mentira quien está tramitando el futuro de toda una generación?

El acantilado es un lugar simbólico, en cierto modo primordial, un lugar de purificación en el que la continuidad se interrumpe de improviso y se asoma al infinito. Es el centro de toda la novela, y es una metáfora de la preadolescencia: ahí abajo está el mar, con todas sus posibilidades, con su belleza inmensa y peligrosa, algo que nos atrae y nos repele al mismo tiempo.

Sus protagonistas no tienen estigmas en las manos, ni en el costado, pero sin duda han sido inventados para tratar de salvar el mundo. Un mundo endogámico y rural, sí, pero un mundo a fin de cuentas. ¿Ha sido complicado condensar en mitad de un paisaje rural todos y cada uno de los desmanes que están convirtiendo al siglo XXI en un monstruo inesperado?

Tenía en mis manos los siguientes elementos: un espacio reducido –un pueblo imaginario–, un tiempo limitado –dos meses– y tres muchachos que deben hacer frente a una situación demasiado grande para ellos y deben salvar su micromundo, darle un orden, un sentido. Con esos pocos medios a mi disposición, debía construir una historia trágica llena de peripecias que contuviera en su interior un tema muy fuerte. Siempre me he sentido atraído por todo aquello construido en espacios reducidos, con situaciones de partida muy limitadas. Cuanto más reducido es el espacio del que dispones, más y mejor debes organizar, perfilar, detallar aquello que hay dentro, y esas limitaciones acaban por resaltar el contenido.

Por último, me gustaría preguntarle en qué momento supo que la violencia en cualquiera de sus facetas sería la protagonista absoluta de ‘El verano muere joven’.

Me di cuenta mientras escribía, no antes. Mientras escribía, me percaté de que cada escena repetía siempre como un eco el mismo tema, con diferentes variaciones. Y cuando un libro funciona lo sabes por el modo en que el tema principal resuena en cada capítulo, pero de un modo espontáneo, sin que lo hayas calzado ahí a la fuerza. Estoy de acuerdo con Stephen King: primero viene siempre la historia, y después el tema. Además, si la historia que tienes en mente antes de sentarte a escribir es vaga, confusa, con muchas lagunas…, mejor dicho: si mientras escribes, te sorprendes a ti mismo con el giro que toman los acontecimientos, entonces es muy probable que también se sorprenda el lector, y puede que en los mismos puntos en los que te has sorprendido tú al escribir. Ésta es la magia de la escritura, y espero que dure mucho, ojalá que para toda la vida.

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Sobre el autor

Sonia Fides
Con 'Mirar y ser mirada', obtuvo el X Premio Nacional de Poesía Nicolás del Hierro. Fue finalista en el Premio Internacional Ciudad de Melilla. El año 2011 le trajo dos antologías de relatos: 'Viscerales', en Ediciones del Viento y 'Narrando a contracorriente', en Ediciones Escalera. Colabora como crítica literaria en el suplemento Artes & letras del Heraldo de Aragón. Ha publicado su primera novela 'La inequívoca fragilidad de los mosquitos' en Libros.com.

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