El misterio de la sangre menstrual y el esperma

El misterio de la sangre menstrual y el esperma

Una copa menstrual. Foto: Pixabay.

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Una copa menstrual. Foto: Pixabay.

¿La menstruación os ahuyenta? Perder el asco a las mujeres significaría tener menos miedo al misterio de lo supuestamente inacabado e involuntario y, finalmente, al deseo femenino. Otra entrega de nuestro diálogo quincenal sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio alternamos nuestras voces sobre un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo. 

La sangre del guerrero no tiene el mismo valor que la sangre femenina, esa que la mujer ve escurrirse cada mes, la que derrocha, involuntariamente. El guerrero no desperdicia su sangre y si va a batirse por algo, corriendo el riesgo de ser herido, lo hace voluntariamente. Esto explicaba la antropóloga Françoise Héritier, sucesora dilecta de Levi-Strauss, cuando hablaba de lavalencia diferencial de los sexos”, una jerarquía del todo cultural que explicaba uno de los argumentos que sostenían la discriminación ancestral de la mujer en las sociedades tradicionales. Este mito acerca del valor de la sangre femenina, que puede desperdiciarse porque vale menos que la del hombre, que “cuida” su sangre y decide sus acciones, era apenas uno entre los muchos discursos que le daban una apariencia sabia a las creencias populares.

Según Héritier, en el mundo occidental, las diferencias centrales entre sexos tienen que ver con lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, categorías que están directamente ligadas a la masculinidad (calor/seco) y a la feminidad (frío/húmedo) y, “de manera aparentemente inexplicable, asociadas a valores positivos de un lado, y negativos, de otra”. Y, sigue la etnóloga, aunque hay “una cierta ambivalencia de lo seco y de lo húmedo (…), en lo que refiere al orden sexuado, el macho está asociado al fuego, a lo positivo, a lo ya cocido (Empédocles, Aristóteles, Hipócrates). De lo que se trata, dice Aristóteles, es de una diferencia de naturaleza en la aptitud para ‘cocer’ la sangre que construye los humores limpios del cuerpo de cada sexo; los menstruos en la mujer son la forma inacabada e imperfecta del esperma (…) El esperma es una depuración de la sangre por una cocción intensa, es la sustancia más pura”.

La antropóloga francesa –nacida en 1933 y fallecida en 2017– es contundente al señalar que las oposiciones binarias deben ser consideradas como signos culturales y no como portadoras de un sentido universal, ya que, de hecho, hay pueblos (el caso de los Inuit del Ártico) donde lo frío/caliente se asocia de un modo inverso. Sostenía la heredera de Levi-Strauss que el sentido reside en la existencia misma de esa oposición y en el juego social de poder que se hace a partir de esa oposición. Por ejemplo, en el caso de nuestra Antigüedad greco-latina, “esa relación perfección/imperfección, pureza/impureza representada en el esperma y el menstruo se trasladaba simbólicamente a lo masculino y femenino (…), para decir que la mujer puede alcanzar imperfectamente su éxito en el momento de máximo calor, en forma de leche materna”.

Sin duda, uno entre los tantos discursos filosófico-médicos que hemos venido metabolizando como parte de nuestro corpus de conocimiento simbólico sobre el ser mujer o ser hombre y que ha contribuido a que las propias mujeres sientan asco de su sangre y la consideren una involuntaria actividad ocultable, que comporta una incomodidad grandiosa, fuente de intensos dolores (una suerte de castigo), cuando no una circunstancia incapacitante. Pero hay más…

La proteína que da cuenta del misterio

“La sangre menstrual es la mancha, la marca del pecado original con el que nacemos, la suciedad que la religión trascendentalista ha de lavar en el hombre. ¿Es esta identificación meramente fóbica o misógina? ¿O hay, tal vez, algo misterioso en la sangre menstrual que justifica su apego al tabú? La tesis que yo defiendo es que no es la sangre menstrual en sí misma la que provoca a la imaginación –por indeleble que sea su rojo–, sino más bien la albúmina de la sangre, en los fragmentos uterinos, la medusa placentaria del mar femenino (…) Tenemos una repulsión evolutiva a lo viscoso, nuestro origen biológico. El destino de la mujer es enfrentarse todos los meses al abismo del tiempo y del ser, al abismo que es ella misma”, escribe Camille Paglia en Sexual Personae.

Paglia se refiere al misterio que siempre ha representado la mujer, y en especial, el cuerpo de la mujer y su funcionamiento, en el hombre. Algo que, como en el caso del asco fundacional, ha alimentado el imaginario de las propias mujeres durante largos centenios. Frente al misterio (que, de ser tal, es bello y creativo), aceptamos ser diseccionadas y medicalizadas a fin de abolir la incomprensión y la diferencia. De hecho, hubo algunos laboratorios que desarrollaron, hace unos pocos años, una píldora anticonceptiva que eliminaba de cuajo la menstruación y los ginecólogos-comerciales que animaban las reuniones de marketing, vendían el invento como la máxima comodidad para una mujer que, de este modo, por fin, podía programar sus findes románticos, sin el fantasma de la regla, o prever su outfit de fiesta, incluso el vestido de boda, sin temer a la mancha que se presenta por sorpresa. Poco importaban los efectos secundarios o la posible disminución del deseo que pudiesen provocar los sintéticos anovulatorios. Esto es, negar la naturaleza de la albúmina, proteína primera de la vida. Y decretar el fin del misterio de eso que viene de un útero insondable y de una vagina que mastica.

La libertad de las cosas inútiles

Ellos no pierden sangre inútilmente, por lo que tampoco pueden hacer cosas inútiles, pensé, mientras hablaba con una feminista francesa sobre el legado de Françoise Héritier. Insisto en verle el lado positivo a lo que nos hace mujeres en un sentido biológico ancestral: esto nos daría una cierta libertad a las mujeres, le digo, porque se nos permite hacer cosas inútiles, incluyendo lo creativo; los hombres, en cambio, tienen otro mandato social y no pueden dedicarse a nada que no sea útil… “Interesante”, me responde.

Entonces recordé las recomendaciones que nos llegan desde tiempos levíticos sobre los fluidos y la amenaza que supone el contacto con ellos. Estos consejos suelen hacer hincapié en la evitación de la mujer menstruante, a la espera de su ‘purificación’, pero la verdad es que si uno se detiene un instante en los textos originales, las advertencias y fatalidades no son del calibre que luego han difundido sus intérpretes y vigías.

Si pudiéramos hacer una operación simple que sume el asco, la impureza, el misterio de los coágulos albuminares y la imperfección de lo crudo (irracional) que ha supuesto simbólicamente lo que chorrea sin control desde el interior de nuestro cuerpo, diríamos que todo conduce al pavor de los hombres. ¿Miedo a qué?

Aquí llega el deseo femenino, otro insondable. Cualquier mujer que preste un mínimo de atención a las sensaciones de su cuerpo sabe que en las primeras horas rojas, las ganas –esas ganas– se presentan irrefrenables, porque empieza la curva ascendente de libido, que coincide con la producción de estrógenos hacia la ovulación. Hay turgencia, la sangre bulle a flor de piel, todo se desliza y hasta los dolores menstruales pueden aliviarse y desaparecer en un momento erógeno que, probablemente, resulte más placentero que cualquier otro momento del ciclo lunar. Perder el asco, que también es cultural, podría ser el siguiente paso de la deconstrucción.

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