11.03.2018

Neologismos micromachistas: ‘Manspreading’, ‘mansterrupting’, ‘mansplaining’

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La escritora Clara Obligado nos habla sobre neologismos micromachistas.

La escritora Clara Obligado nos habla sobre neologismos micromachistas.

POR CLARA OBLIGADO

Soy feminista. De toda la vida. Nunca lo he negado, ni siquiera cuando no estaba de moda, cuando se daba por hecho que éramos inútilmente beligerantes, un poco histéricas, tal vez locas. Lo que sucedió el jueves pasado, la manifestación del 8 de marzo y su clamor desbordante, me dan la pauta de la razón que teníamos quienes, desde hace años, peleamos por un mundo más igualitario.

Fui feminista desde muy joven, entre las risas de mis compañeros hombres que, en la política, consideraban que pelear por las mujeres era un asunto irrelevante. Lo fui al llegar a España, y me sumé a luchas minoritarias. Lo fui a mi manera, reflexionando en cada etapa, a veces en contra de lo que las mismas feministas decían. No sabéis lo interesante –y a la vez cansada– que es esta tarea, cómo hace que gastes en ella energías que bien podrías utilizar para otra cosa. A veces pienso cuántos libros más hubiera escrito de no haber tenido que pelear tanto.

En este marco, me gustaría hacer hoy, poco después de este 8 de marzo que cambió tantas cosas, una reflexión mínima sobre lo que significa ser escritora en un mundo todavía regido por los imperativos masculinos, unos imperativos en general obvios, pero muchas veces difíciles de desentrañar. En su artículo sobre Micromachismos: violencia invisible en la pareja, el médico y psiquiatra Luis Bonino Méndez propone a los hombres “tomar iniciativas para realizar acciones que favorezcan la erradicación de la violencia de género y no dejar que sean únicamente las mujeres las que luchen contra la violencia que nosotros producimos”.

La frase es contundente, y es duro comprobar que ha sido pronunciada en 1998; o sea, hace exactamente 20 años. Bonino Méndez utiliza en su artículo el término “micromachismo”, que viene a ser algo así como “violencia suave”, en la terminología de Bourdieu, “pequeña tiranía” casi invisible, es decir, con los anticuerpos y adaptación necesaria para sobrevivir en una sociedad que cada vez tolera menos este tipo de violencia. Pierre Bourdieu tiene un libro llamado La dominación masculina que es muy interesante, y que también os lo recomiendo. Incluso Foucault hablaba de estas desigualdades que generan situaciones de poder. Vamos, que no me estoy inventando nada nuevo.

Si algo tuvo de conmovedor la manifestación del 8 de marzo fue la constatación de la enorme cantidad de chicas jóvenes que salieron a la calle porque han tomado conciencia de su situación y están dispuestas a luchar para cambiarla. Las feministas jóvenes, las que tienen menos de 40 años, se han sumado torrencialmente a nuestros reclamos de mujeres mayores, y han hecho un trabajo brillante de ridiculización, ironía y humor sobre los llamados micromachismos. Me gustaría, como escritora, o sea, como persona que se ve constantemente obligada a participar en mesas públicas, debates, intercambios, etc…, llamar la atención sobre algunos términos de nuevo cuño que pueden servir para explicar lo que creo que sentimos muchas de las mujeres escritoras.

Para hacer honor a los canales que las jóvenes han creado, tomaré como fuente El tornillo, microespacio feminista de La Tuerca ,  un espacio didáctico y divertido que no puedo dejar de recomendaros. Viéndolo he aprendido muchas cosas, y también me he hecho con un pequeño diccionario del micromachismo que me gustaría incluir dentro del campo literario, para que los hombres de buena voluntad, nuestros amigos escritores, tomen en cuenta lo que sentimos. Sé que muchos de nosotros somos muy susceptibles con los nuevos usos lingüísticos –no en vano traficamos con las palabras– y que en los últimos tiempos ha levantado ampollas la feminización un tanto rocambolesca de algunos sustantivos. Bajo mi punto de vista, la lengua es un organismo vivo que da cuenta de los cambios que suceden en la sociedad. No tiene mucho sentido enfadarse por la tensión existente entre el masculino y el femenino, justamente porque en la calle, en las casas, en los trabajos, existe también esta tensión.

Dicho esto, espero que se me permita utilizar algunos neologismos anglófonos que son hijos del tiempo en que vivimos. Partamos del manspreading, término no recogido por la RAE, pero sí por el Oxford English Dictionary, que habla de “la práctica de algunos hombres de sentarse con las piernas abiertas en el transporte público, ocupando con ello espacio de más en el asiento”. Esto es lo que yo siento, habitualmente, cuando tengo que participar en un debate y los ponentes, en general en su mayoría hombres, ocupan la escena sin hacer caso a moderaciones o tiempos asignados. Cuando se “despatarran” sobre mi espacio, En estos casos, se me ofrecen tres opciones: o interrumpo a quien no me deja hablar, actitud que me parece de franca mala educación y que me hace sentir violenta, o señalo que está utilizando mi tiempo, y entonces me convierto inmediatamente en una mujer intratable, o guardo un silencio modosito e irritado que me hace regresar a mi casa furiosa conmigo misma.

Otro término que me gustaría aplicar al campo literario es el de mansterrupting, que consiste en esa costumbre de interrumpir a una mujer que está hablando (está demostrado que se nos interrumpe mucho más que nosotras a ellos), situación que nos deja sin voz, con todo lo que aquello implica. Y sumaría también mansplaining, que está definido como “explicar algo, en general el hombre a la mujer”, de manera condescendiente o paternalista”. Pocas cosas me ofuscan tanto como cuando un compañero de mesa, con o sin vacilaciones de mi parte, aclara: “lo que tú quieres decir”, “probablemente estés hablando de…”, o la alusión directa a mi condición de mujer para tratarme con cierto paternalismo burlón o con generalizaciones absurdas.

En estos días, por ejemplo, algunos amigos escritores me han dado cátedra sobre qué es ser feminista o qué teníamos que hacer las mujeres frente a la huelga. He ido a un club de lectura donde tres hombres discutieron uno de mis cuentos sin escuchar lo que yo tenía que decir, y he leído en las redes cientos de comentarios sobre lo que nosotras íbamos a hacer, las razones y causas de nuestra movilización. Es evidente que, en todas partes, la voz masculina suena más alto, está sobrerrepresentada y que estas son estrategias inconscientes, pero el reconocimiento de la violencia imperceptible que esconden también cambiaría las leyes del juego. Escuchar y callar es algo que puede resultar interesante, de la misma manera que reconocer estrategias de machismo incrustado pueden hacernos avanzar hacia una sociedad más igualitaria.

Por estas cosas, para luchar contra estas relaciones asimétricas, y por muchas otras, me movilicé el jueves. Y también para que haya una cuota más importante de mujeres en los premios literarios de prestigio, en la Academia y en todos los organismos de los que históricamente se nos ha excluido.

Me gustaría terminar esta nota con otra sabia frase de Bonino Menéndez, cuyo artículo recomiendo a todos los que tengan la intención de desactivar estas actitudes de micromachismo, desactivando así algunos mecanismos de la violencia de género: “No hablamos de la maldad de todos los varones, sino que hacemos una crítica al modelo masculino tradicional que se basa en creer que el varón es superior. Defender estos modelos tampoco es provechoso para los hombres que quedan, para defenderlo, cada vez más atrapados en el pasado”.

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Sobre el autor

Taller de Escritura
Pionero en España, el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. En esta sección el lector encontrará recursos para la escritura, entrevistas, reseñas, historias sobre el mundo clásico y otras herramientas que facilitan un primer acercamiento a la creación literaria. Podrás encontrarnos los domingos, cada quince días, aquí, en El Asombrario.

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3 comentarios

  • El 11.03.2018 , Sandra ha comentado:

    Muchas gracias por citar el artículo de Luis Bonino Méndez, lo desconocía. Ya lo he buscado y lo he descargado. ¡Interesantísimo! Ahora puedo entender muchas actitudes, y cómo poder enfrentarme a ellas y rebatirlas. Además, lo voy a imprimir y se lo voy a pasar a una amiga mía, que le va a venir “de perlas”. También, muchas gracias por el libro, “La dominación masculina”. Como tengo que comprarme alguno más, quizá espere a la feria del libro en abril, y me haga con él para entonces.

    Y por cierto, sobre lo que comenta acerca de la interrupción de los hombres en los debates en los que participa. Usted sugiere que se le ofrecen tres opciones: o interrumpe a quien no la deja hablar, o señala que se está utilizando su tiempo, o guarda un silencio modosito e irritado. Pues bien, por experiencia propia (no participo en debates ni nada parecido, pero sí que he sido interrumpida como le ocurre al común de las mujeres) le diré que JAMÁS, JAMÁS, JAMÁS, elija la última ¿dije JAMÁS? Sí, creo que sí. La segunda no dude en utilizarla SIEMPRE que vaya ACOMPAÑADA de la primera. Y en cuanto a ésta, la PRIMERA: haga de ella su hábito principal, que no necesariamente tiene que ir unido al recordatorio del uso (robo) de su tiempo por alguno de los contertulios. Córteles con un “estoy hablando yo” y punto. Vamos, que “ni un paso atrás”, y si lo hace, que sea para coger carrerilla. Esto se lo digo porque no nos queda otra; he pasado por las tres fases que usted comenta, y con la que más a gusto me he quedado utilizando la primera y haciendo valer mi derecho. Por si le sirve, hay una periodista a la que admiro mucho (una de tantas, por supuesto) precisamente porque no se deja intimidar en presencia de hombres, y levanta la voz si hace falta más que ellos para decir lo que a ella le venga en gana, y hace bien. Faltaría más. Es Esther Palomera. Toda una profesional.

    Y sobre el “despatarramiento” masculino, algo tan habitual, le diré que yo veo con frecuencia “The Closer”, porque la subjefa Johnson me encanta. Si me pongo en su lugar, es posible que Brenda, ante tal situación, utilizara las piernas del macho en cuestión como apoyador, para colocar encima su bolso o los expedientes que llevara a cuestas. Y lo haría preguntándole previamente “¿le importa?” y ¡ala! ¡Allá que va! ¡Bolso y expedientes encima! E inmediatamente le daría las gracias: “¡muchísimas gracias!, usted resulta de mucha ayuda para mí”. Y ahora, imagínese la cara con que se puede quedar él…

  • El 12.03.2018 , Clara Obligado ha comentado:

    Sandra, muchas gracias por tus comentarios. Claro que no hay que dejarse interrumpir, pero reconozcamos que pide un esfuerzo extra en cualquier diálogo, y si todo nos cuesta el doble, puede que sólo podamos hacer la mitad.

  • El 23.03.2018 , Danny ha comentado:

    Los hombres nos sentamos con las piernas abiertas para no aplastar nuestro pene y nuestros testículos. Es difícil que la mayoría de las personas tomen en serio al feminismo, cuando busca una igualdad absurda. Los hombres y las mujeres merecemos ambos respeto, pero somos diferentes. Así como lo son los leones de las jirafas, o el hielo del agua. Somos diferentes aunque muchos quieran manipular la mente de las masas, haciendo creer que el sexo está en la mente y no en los genitales. Haciendo creer que las disforias son la regla y no la excepción. Los hombres no somos mujeres, ni pensamos como mujeres, ni vamos a actuar como mujeres por mucho que se nos pretenda manipular.

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