29.05.2013

No sé qué me das

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Escribió Santa Teresa de Jesús que un ángel le atravesó el corazón con un dardo de oro. Que el dardo le llegó hasta las entrañas. Que le produjo un dolor tan fuerte que no pudo evitar gemir. Pero el placer era aún mayor y por esa razón deseó que el dolor no terminase nunca.

Tras regresar de un éxtasis místico, San Juan de la Cruz buscó pluma para trasladar al papel lo que acababa de sentir. Escribió un poema en el que nos explicaba que el ser humano podía elegir dos caminos en la vida: el de la mente y el del espíritu. Ambos trayectos implicaban un aprendizaje. Si optabas por el primero, la razón te haría fracasar en el objetivo de conocer a Dios. Si por el contrario, te entregabas al conocimiento del espíritu, era posible que llegases a un estado de privilegio que te permitiese llegar a lo invisible para la mayoría de los terrenales y a una indescriptible satisfacción que te marcaría a fuego para siempre.

Un buen día, Paul McCartney y John Lennon dejaron de ser chicos buenos. Y ese día se imaginaron a sí mismos en un bote, sobre un río, rodeados de árboles de mandarinas y cielos de mermelada. Se dejaron llevar por la corriente y se entregaron al vacío. Y explicaron que eso no era morir. Que eso era brillar.

Aldous Huxley, el escritor de Un mundo feliz, quiso saber a qué se refería Santa Teresa cuando hablaba de dardos de oro. Y empezó a ver una lenta danza de luces doradas. Después, suntuosas superficies rojas que se expandían desde nódulos de energía.

Sabemos que Huxley probó con la mescalina (y alguna más, ahí está Las puertas de la percepción para dar fe); McCartney y Lennon, con el LSD. De lo que tomaban Santa Teresa y San Juan no nos ha llegado testimonio escrito pero parece más que evidente que la relación de los místicos con Dios tiene mucho en común con los ‘viajes’ de grandes creadores como Jim Morrison, Hunter S. Thompsom, Allen Ginsberg o los Jefferson Airplane.

Hasta que aparecieron las estrellas del rock y los escritores de la generación beat, no fuimos capaces de relacionar fe, religión, misticismo y drogas. El divino misterio. El grado máximo de unión del alma humana a lo sagrado. Una inquietante mezcla de dolor y placer que a veces también se encuentra en bares de hombres nocturnos, que diría el obispo de Alcalá de Henares.

Y llegados a este punto, quizá deberíamos empezar a desmitificar el poder creador de las drogas. Relacionarlas siempre con la creación suprema, sea La noche oscura o el Break on through (to the other side), no es una verdad absoluta. La droga no es un polvo mágico que nos hace excepcionales. Somos excepcionales y la droga solo podría llegar a convertir nuestra distinción en algo supremo. Pero si no somos excepcionales, si simplemente somos mendrugos, seres humanos sin capacidad empática, rencorosos y envidiosos, las drogas no harán otra cosa que potenciar nuestra mezquindad.

Ocho párrafos después ustedes se preguntarán, ¿pero dónde coño quiere llegar este hombre? Pues les confieso que ni yo mismo lo sé. Esta columna jónica fue inspirada, en el más saludable sentido de la palabra, el día que leí que el cardenal Rouco Varela estaba pensando formar ocho exorcistas debido a la alta demanda que estaba recibiendo de la archidiócesis de Madrid, y sus feligreses, solicitando ayuda para liberarse de posesiones demoníacas o influencias maléficas que iban desde el mal de ojo hasta el reiki. Lo primero que pensé fue en drogas. Pensé que a unos les daba por escribir obras maestras de la literatura universal y a otros, por formar una especie de SWAT de exorcistas. Los hombres de Rouco o algo así.

Acto seguido empecé a contar los minutos que preceden al momento en el que la Conferencia Episcopal y su entorno culpe a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de posesión infernal. El Orgullo LGTB visto como un aquelarre. Parece un disparate pero les recuerdo que el obispo de Alcalá, el señor Reig Plà, ya dijo que la introducción de ciertas ideologías en el ámbito escolar provocaba que los niños se planteasen su condición homosexual. Me encantaría que el debate estuviese en un nivel tan alto como para poder rebatir al señor obispo con el argumento de que no veo ningún problema en plantearnos nuestra sexualidad, no verla como algo impuesto socialmente, y elegir con libertad lo que nos apetece y lo que no. Del mismo modo que decidimos si somos más de letras o de ciencias, podemos plantearnos si nos gustan más los chicos o las chicas. ¿Cuál es el problema? El señor Plà debería saber que por probar la verdura uno no se convierte en vegano. Pero visto que no está el terreno para reflexiones de ese tipo, opté por volver a pensar en lo malas que son las drogas. Al menos, para algunos cerebros.

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Sobre el autor

Paco Tomás
Soy periodista, guionista y, en los tiempos que corren, funambulista. Escribo. Eso es lo que hago la mayor parte del día. También leo y, en ocasiones, releo. Escribo artículos de opinión, teatro, programas de televisión, guiones de cine inéditos y ahora también hago radio. Soy el de “Carta Blanca” en La 2, el de "Alaska y Segura" en La 1, el de “La Transversal” y “Wisteria Lane” en RNE, el del serial “Kurt & Courtney” en Radio 3 y el autor de "Los lugares pequeños", mi primera novela, editada por Punto en Boca.

Puedes seguir al autor en twitter @srpacotomas

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