25.06.2019

¿Cuántos nombres de traductores eres capaz de recordar? Lee esto

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La escritora y traductora Amelia Pérez de Villar.

Pasado el fragor de la Feria del Libro de Madrid, llegando la calma calurosa del verano que tanto se presta a la lectura, hoy en ‘Sitios de Paso’ la escritora se detiene en un recoveco de los libros, en un ángulo en el que casi nadie repara, pero es fundamental: la traducción. En su libro ‘Los enemigos del traductor’, recién publicado por la editorial Fórcola, la escritora y traductora Amelia Pérez de Villar habla sobre un oficio cuyo mayor lucimiento “es que no se note”.

Da la impresión, una vez terminada la Feria del Libro en Madrid, de que el largo paseo de Coches de El Retiro es solo la rambla de un río seco, con sus orillas vaciadas de casetas y ese silencio que ahora rompen niños y pájaros y que antes habitó la megafonía machacona anunciando las firmas del día. Sí, esos días hemos vuelto a comprar más libros de los que debíamos, y ahora amenazan con derrumbarse desde la habitual torre que forman sobre la mesa. Novedades o clásicos, o ese que se publicó hace unos años y no habíamos leído y que de pronto nos llama desde alguna mesa, en alguna caseta; nuestros autores favoritos, de aquí y de allá. Seguramente la mitad de ellos sean extranjeros, pero por fortuna alguien los traduce para que podamos leerlos. Y quizá no pensemos en eso muy a menudo: en que cuando nos gusta cierto autor extranjero, por su profundidad o su peculiar forma de decir las cosas, lo que estamos apreciando en realidad es la cuidadosa traslación que alguien hizo de esa manera suya de decirlas.

En su libro Los enemigos del traductor, recién publicado por la editorial Fórcola, la escritora y traductora Amelia Pérez de Villar habla sobre un oficio cuyo mayor lucimiento, señala, es que no se note. En realidad, casi no sabemos nada de los traductores, esas entidades invisibles cuyo nombre no aparece en las portadas bajo el autor, que no son mencionados por los críticos cuando alaban el estilo del texto, ni percibidos por los lectores que lo devoramos y que solo nos detenemos cuando algo raro salta entre las palabras, cuando algo suena mal. El síntoma de que el traductor es mediocre o no hizo bien su trabajo. “Es fácil”, me explica la autora, “detectar una mala traducción: pasivas forzadas, adjetivos antepuestos, expresiones que no son propias de la lengua de llegada… Algunos están francamente arraigados como el famoso ‘cosas a tener en cuenta’; o el uso inadecuado del gerundio y de tiempos verbales como el futuro simple: ‘hablaré’, cuando nosotros en esa situación diríamos ‘voy a hablar’; o pronombres antes de las partes del cuerpo; o el escaso empleo de sinónimos que provoca en un texto la ausencia de matices. Son malas costumbres que se han colado en nuestros libros a través de dos agujeros perniciosos: las agencias de prensa, que traducen a vuelapluma y no tienen tiempo para pulir o traductores que hagan con rapidez una buena traducción, y las series y películas antiguas. Hoy en día la subtitulación es un mundo aparte y la calidad ha aumentado exponencialmente, por suerte. Pero seguimos oyendo hablar a Michael Landon en La casa de la pradera como si fuera un predicador”.

 Dices en el libro que para traducir no basta con conocer el idioma o tener un buen diccionario, que consiste también en trasladar una cultura a otra diferente. Parece que no todo el mundo puede ser traductor, ¿cómo se aprende esto?

Traduciendo. Leyendo. Estudiando. Leyendo traducciones (buenas). Leyendo en versión original. Leyendo en la propia lengua. Leyendo distintas traducciones de la misma obra. Traduciendo. Estudiando… La traducción, como todo, exige una combinación de circunstancias que no todo el mundo reúne: aparte de los conocimientos técnicos, las dos lenguas y las dos culturas, la de partida y la de llegada, hay que sentir un amor por el lenguaje que no todo el mundo siente, amor más allá del respeto. No ser tacaño con la investigación y la corrección (es decir, con el tiempo), dar siempre otra vuelta, tener paciencia. Y aceptar que con esto no te vas a hacer rico. Es una labor de orfebre.

¿Contribuye una buena traducción a mejorar el estilo de un libro mediocre?

No. Un libro mediocre lo es por muchas razones. Está mal escrito, mal estructurado, mal resuelto. Una buena traducción puede hacer que se entienda bien lo que en el original queda confuso. Como siempre digo, nos movemos en una banda muy estrecha entre lo perfecto y lo posible, y a veces hay que dejar la ambigüedad porque el autor la busca. Otras está claro que se trata de un error, de una falta de revisión o de una frase apresurada, y el traductor puede armarla para que el lector la perciba como algo coherente, pero nada más. Que te toque traducir un libro mediocre es una auténtica faena. Y hay muchos, por desgracia. Y muchos traductores excelentes traduciéndolos, a destajo. Mira, otra razón por la que no todo el mundo puede ser traductor.

Desde tu experiencia, ¿cuál ha sido tu trabajo más complejo? ¿Y el más fácil?

Ahora mismo tengo entre manos una traducción difícil. Aún no te puedo decir cuál es, pero te puedo contar el reto a grandes rasgos: autor de culto, época y lugar remotos, repetición de palabras (adjetivos, sustantivos y verbos) con el mismo significado o con otro distinto, sinónimos a mansalva, importancia decisiva del tiempo verbal y del matiz, inconcreción… Es maravilloso. Tengo ganas de acabarlo para verlo hecho carne, pero casi me da pena porque estoy disfrutando lo indecible. Creo que mi traducción más fácil fue Parentesco, de Olivia Butler, que publicó el año pasado Capitán Swing. Y no porque sea una obra banal o menor; era moderna, y eso facilita las cosas (aunque no narraba exclusivamente peripecias modernas, algunas eran del siglo XIX). Pero es una novela tan bien escrita, tan aparentemente simple, tan precisa y clara que no representó más esfuerzo que el de trasladar exactamente todo lo que encerraba.

Como explicas en tu libro, el traductor avanza a través de una duda constante para escoger el término adecuado, pero también toma arriesgadas decisiones cuando tiene que respetar el original o no encuentra la correspondencia exacta para algunas palabras. ¿Existe la censura editorial? ¿A ti te ha ocurrido?

Una editorial quiso quitarme un par de palabras que consideraban anticuadas en una novela de los años cuarenta que retrataba la vida de unos cuantos personajes muy sórdidos. Las palabras iban al pelo. Para un traductor el gran momento de gozo de cualquier trabajo es encontrar la palabra perfecta, que encaja como en un puzzle, sin fisuras; significa exactamente lo mismo que la original y tiene todos los demás elementos: la marca temporal y social, los matices, el colorido…, porque las palabras tienen su propio color. En aquella ocasión aducían que los lectores no lo iban a entender. Me opuse, dije que todos habíamos aprendido vocabulario nuevo a costa de leer palabras desconocidas en los libros y buscándolas en el diccionario, y lo respetaron. Pero las palabrotas, por ejemplo, con las burradas que se leen o se oyen hoy en día, hay una especie de mojigatería al respecto. Recuerdo el whatsapp de un editor un sábado a última hora de la tarde porque yo me empeñaba en traducir lo que cualquier otro sinónimo no hubiera expresado igual; su mensaje decía: vale, se queda “el whisky cojonudo”. Fue una gran noticia. Hay editores que lo entienden, y lo respetan. Y eso es bueno para la literatura, para la traducción y para la edición. La censura no es buena para nada.

Los amantes de la literatura apenas conocemos, con suerte, el nombre de dos o tres traductores, en la mayoría de los casos porque sus versiones de algún clásico han sido muy comentadas o elogiadas. Tú llevas años traduciendo del inglés y del italiano para editoriales como Galaxia Gutenberg, Páginas de Espuma, Ariel, Capitán Swing, La Fuga, Tres Hermanas o Impedimenta, ¿hay que trabajarse novelones para ser un traductor importante o respetado?

Traducir novelones—entiendo por ello libros gruesos y con gran repercusión mediática, muy conocidos o difundidos— ayuda. Si traduces un libro con mucha difusión, tu labor también se difunde. Pero eso te convierte en un traductor conocido, no importante. El respeto se gana a base de trabajar lo mejor posible, libro tras libro, año tras año. Y sí, claro: ayuda que alguna de tus criaturas sea un bestseller, o que tu autor salga en los periódicos, como ocurre en todos los ámbitos.

Hace un par de años, un medio de tirada nacional publicó una extensa crítica a doble página de una obra traducida por Amelia. Era, como cuenta en su libro, un artículo espléndido, pero citaba largos párrafos sin mencionar siquiera la procedencia de su traducción. A raíz de aquello, y con el apoyo de ACEtt (Asociación Colegial de Escritores y Traductores) y de CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos), decidió crear en redes la cuenta @acredítAME, que con la etiqueta #citaaltraductor inició una campaña en Twitter y Facebook que superó aquella primera mañana los 500 seguidores, y que hoy sigue recogiendo los comentarios y reivindicaciones de los colegas del oficio: precarización, invisibilidad, esclavitud para cumplir plazos de entrega a veces imposibles o para llegar a fin de mes.

¿Quiénes son esos enemigos del traductor que dan título a tu libro? 

Uf. Tantos… La prisa, la falta de respeto por nuestro trabajo, que a los periodistas les cueste tanto trabajo citarnos o poner en la ficha bibliográfica quién es el autor de una traducción. Que haya tanta gente que desconoce la profesión y crea que esto lo puede hacer cualquiera que sepa cualquier idioma con un portátil en un café, y que haya editores que publiquen esas traducciones. No es la primera vez que un editor me dice: “Esto lo hizo X y la próxima vez no caigo en la trampa, contrato a un traductor profesional”. Yo misma he tenido que oír, muchas veces, anécdotas de personas que han hecho traducciones “mientras les salía algo mejor” o algo “de lo suyo” (que era mejor, siempre). Así no se construye el respeto por la profesión.

Mientras escucho a Amelia, pienso en esa artesanía callada de los traductores, en que los autores dependemos de su profesionalidad, su intuición y su talento para trasladar a otra lengua lo que escribimos, lo que sentimos, con la misma cadencia y con la intención que pusimos tan esforzadamente en cada una de nuestras palabras. “Esta tarea nos exige ser operarios y artistas, orfebres y dibujantes, montadores de una cadena de producción y buscadores, como poetas preciosistas, del adjetivo inasible, inexistente, inefable, increíble, inevitable. Hacemos el trabajo con pasión, con apasionamiento: no sabemos hacerlo de otra manera”, dice en su libro.

Recomiéndanos algunas traducciones actuales que consideres buenísimas. 

Buenísimas es una calificación cinco estrellas y yo ando un poco atrasada en lecturas contemporáneas. Pero un clásico reciente (tomando lo de reciente de manera relativa) es La montaña mágica de Thomas Mann, con traducción del alemán de Isabel García Adánez. Canción dulce, de Leila Slimani, Premio Goncourt 2016, lo vertió del francés al castellano con gran acierto la no menos grande Malika Embarek, también muy galardonada como traductora. Y cualquier cosa de José Luis López (que ha traducido casi todo lo del mundo, desde Jane Austen a Joyce Carol Oates), de los hermanos Zulaika, Jesús y Jaime… Pongan su nombre en Google y ya verán qué sorpresa se llevan; también soy muy fan de Concha Cardeñoso, que traduce mucho para Libros del Asteroide (Maggie O’Farrell) y Alba (Dafne du Maurier, La prima Rachel debe de ser la penúltima) y Marta Salís (sobre todo, siglo XIX: Dickens y Austen). Y mi perversión favorita: si tienen tiempo, lean A la busca del tiempo perdido publicada por Valdemar con traducción de Mauro Armiño y En busca del tiempo perdido de Alianza, con traducción de Pedro Salinas. Cambia incluso el título. Ahí puede ver el lector cuántas buenas traducciones puede haber de un mismo libro, cómo varía un texto con el filtro del tiempo y, en definitiva, qué difícil es hacer esto. Y no menos importante: así el lector puede decidir quién es su traductor favorito como si él mismo fuese traductor, fijándose en si la traducción es más seca, más colorida, más distante, más rítmica… Será su nuevo vicio.

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Sobre el autor

Ana Esteban
Ana Esteban es viajante, en trayectos de dentro afuera o de fuera adentro. Trabajó como productora y guionista antes de dedicarse a la literatura, y es autora de las novelas 'Es solo lluvia' (Debate) y 'La luz bajo el polvo' (Ediciones del Viento). Ha escrito artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y crónicas en El Semanal, El País, Buensalvaje y otras publicaciones. Su último libro es el volumen de relatos ‘Peces de charco’ (Baile del Sol).

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