El ‘nuevo-rico sexual’ es la nueva epidemia

El ‘nuevo-rico sexual’ es la nueva epidemia

Decir “buen sexo” suena a categoría demodée, ¿no? Foto: Pixabay.

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Todo redundante, sí, como el ‘folleteo’ exprés y los números de ‘matchs’ virtuales desatados con los confinamientos. De todo, mucho. De todo, superficial. Quedamos con grandes ‘fuckers’ (dos sobre tres) y aunque nosotras buscamos empatarles, la cosa del ritmo frenético de acumulación no nos satisface casi nada; en cambio, nos rayamos a preguntas. Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

“No debe de ser un fucker besando tan mal”, pensé. Un rato antes, hablando de la vida saludable, él había proferido lo de “tener buen sexo”. Soltar la expresión “buen sexo” en medio de una enumeración banal me sonó significativo de sus intenciones; algo así como plantar una “bandera” que marcase la primera cita (se les llama, justamente, banderitas a esas marcas que los autores ponemos a los personajes literarios, para que el lector los recuerde: un tic nervioso, un rasgo físico, una frase que repite a menudo). Jugar, jugamos todas, y todos, o lo intentamos, en tiempos ingratos; sin embargo, el ping pong del serial fucker (o donjuán compulsivo) suele aburrirnos ya. Y por esto estamos en-estado-de-alerta-fáker.

Decir “buen sexo” suena a categoría demodée, ¿no? Algo así como usar el anticuado “malas hierbas” (¿quién asigna el prestigio y la jerarquía a las pobres plantas?). Listar el «buen sexo” como otro producto más de consumo –como si no comportara el cuerpo y el afecto de otra persona– podría llamarse también eco-carne liberalizada. Como quien dice: “Me alimento bien, soy vegano, evito las calorías y la bollería industrial” y compro a buen precio carne (humana) de comercio justo. Fue una señal, sí, pero preferí desoír mis suspicacias interiores porque, al fin de cuentas, yo también uso ligeramente lo de “bien” y “mal”, para calificar lo que a mí me gusta en materia de acercamiento erótico, aunque sean meras categorías subjetivas.

El tipo había dicho “buen sexo”, así, al pasar, pero parecía verme. Verme alude a eso que pedimos algunas cuando nos encontramos con otro ser humano: que te VEA, con mayúsculas, como persona, y que no te use solamente como público de sus exhibiciones, o carne de mercado justo.

First dates

El caso es que fue un día maravilloso, nos reímos, coincidimos (o parecía que coincidíamos) en muchísimos asuntos importantes de la vida, como el sentido del humor, la ideología, la espiritualidad, la etapa vital que transitábamos, y nos gustábamos (parecía evidente en las miradas fuertes sostenidas al brindar, las piernas que se rozaban y no se apartaban, los toquecitos de brazos y manos con espontaneidad e… intenciones). Era medio milagroso que la cosa transcurriera con semejante ligereza y, a la vez, comunión, en el sentido de comprensión humana, dedicación, respeto y ganas.

Los fuckers o donjuanes contemporáneos acostumbrados a unas dosis habituales de “buen sexo” –como parece que resumen sus conquistas– suelen ser algo torpes, muy evidentes en sus intenciones, medio desesperados por llegar a una meta absolutamente individual, y se los suele adivinar más o menos pronto. Porque aunque pueden resultar atractivos de lejos, pierden, al acercarse, justamente por su torpeza y esa ansiedad egoica que les impide dedicar algo de escucha atenta al otro/la otra (a quien no ven).

Aperitivo, comida, paseo, té y, entonces, ese beso deseado, de amplio consenso y consentimiento mutuo, que va mejorando con algunas maniobras didácticas y alargándose, ampliándose, hasta que a una se le ocurre decir: “sabes, últimamente estoy algo vulnerable… a nivel emocional”. Una bobada, o no. Una pequeña nota al pie, también al pasar… Quizá un acto terrenal de confianza tras varias jocosas horas compartidas o una estúpida (pero sincera) confesión en la parte de los mimos, previa al sexo. Porque casi todas sabemos que el clímax sexual puede (y suele) significar las 12 para la carroza que se convierte en calabaza, en materia de seducción. Es cuando las orejas atentas se desvanecen y la atención pasa a la siguiente casilla, y por eso a veces las mujeres intentamos comunicarnos antes del orgasmo ajeno.

El caso es que esa aparentemente inocua frase de la vulnerabilidad significó la clave para congelar al presunto fucker serial: “Entonces, tengo que parar. ¿Lo dejamos aquí?”.

De afecto ni hablemos. Punto y seguido. Perplejidad.

Incredulidad. Punto y aparte.

Estética antes que ética

Tanto hablar de confianza y cuidados, y repetir como cualquier otro eslogan esto de “poner a las personas en el centro”; tanto expresar lo de no ocultar la vulnerabilidad, o pronunciar la delicadeza, nosotros y nosotras, para seguir siendo los mismos viejos necios descomprometidos, abanderando la misma vieja frivolidad de la indiferencia.

Últimamente tengo la sensación de que da lo mismo que seas de los que evangelizan usando mucho estas palabras, porque quizá es solo que quieres que se te peguen en el vocabulario, pero sin ejercer nada que se salga de la esfera discursiva. Ocultamos nuestro sempiterno individualismo y las nuevas prácticas narcisoides (redes, exhibicionismo, didáctica en 280 caracteres) con términos agraciados de laboratorios de convivencia social y/o ejercicios pseudo-espirituales para el cuerpo tonificado y el alma mezquina. A tono con el “buen sexo”.

El nuevorriquismo sexual

El placer por el placer del follar por follar, o la carne de comercio justo, que decíamos, comienza a convertirse en un asunto importante, que por fin empezamos a debatir después de habernos creído fuerte lo de la “liberación sexual”. Decía, días atrás, el sexólogo y activista Miguel Vagalume: “Es común creer que, como venimos de un pasado prohibitivo (no te masturbes, no folles tanto, etcétera), lo que hay que hacer es lo contrario, estableciendo una nueva norma por la que hay que follar mucho, masturbarse mucho, encontrar natural desnudarse en público, hablar de sexo”. Rendir, incluso en el placer, como exponía Lionel Delgado.

Follar por norma, y buscar follar por norma, y a falta de otros alicientes. Esta especie de nuevorriquismo sexual entroniza al fucker y suele dejar sin habla a sus partners, que no quieren parecer moralistas, pero que todavía creen en la saludable humanidad de los afectos. Insatisfechas, pero nuevas ricas.

Estamos tan perjudicados y tan perjudicadas afectivamente que parece que ya ha llegado la hora de decir en voz alta lo que queremos, sin concesiones cool. Hace poco, una chica neoyorkina en sus 30 narraba, para los Sex Diaries de The Cut, una semana en la vida de cualquier persona de esta época ligando para sobrevivir (amorosa y eróticamente hablando):

Día UNO. 7 a.m. Hago lo que hago cada vez que me despierto: encender mi teléfono para ver qué chicos enviaron mensajes de texto durante la noche y ver las aplicaciones de citas. Hay muchas cosas esperándome hoy. Unos cuantos mensajes de texto de cualquier tipo, y un mensaje de Max, el que más me gusta: “Hey sexy”, dice. Max es el primer chico por el que he tenido sentimientos después de un año de constantes citas y sexo por ahí (dejé a mi novio de diez años, el otoño pasado, y he estado sembrando, por decirlo de algún modo). Max y yo nos conocimos en Tinder en el comienzo de la pandemia. Es un poco más joven que yo, adorable y asombroso en la cama.

Ella reconoce que no le molesta jugar al online dating y que incluso la divierte. A Max decide contestarle el mensaje varias horas después (como marca el protocolo de lo casual). Quedan al día siguiente para ir a tomar un vino, en un local de Red Hook, y ahí conversan y se ríen, a partir del tema que él saca: una chica con la que quedó hace unos días estuvo intentando hacerle una felación con la mascarilla puesta. Ella escribe en el diario: “Me río de verdad, pero también lloro un poco por dentro, porque no tiene reparos en hablarme de otra cita. Claramente, no somos exclusivos; hemos salido quizás seis veces. Pero parecía que nos estábamos convirtiendo en algo. Decido mencionar esto más tarde… después del sexo”.

“Entonces, ¿con cuántas personas estás saliendo?”, comenta ella que le pregunta, ya en la cama. “Ambos estamos saliendo y durmiendo con la misma cantidad de personas”, anota en su diario. A continuación, deja escrita la frase con la que él se despide: “Fue realmente reconfortante tener una charla tan abierta y vulnerable con alguien”. Ella dice que espera que lo diga “en serio”. Y así continúa su picorcito cotidiano, el que todos y todas conocemos, la catarata de pensamientos contradictorios sobre lo que no deberíamos decir pero deseamos, las nuevas salidas para ir relativizando la inquietud, las otras preocupaciones (entre las que están los resultados de las pruebas de ETS), lo que queda bien decir, lo que más vale ocultar, la desconfianza que deseamos dejar de tener… Por supuesto que lo más probable es que nada en esa frase de él (con la palabra vulnerable convenientemente colocada en el centro) calme la ansiedad de ella, ni le dé confianza ni alivie ese vacío afectivo repleto de otros matchs titilando en el teléfono. El resto de la historia podéis leerla aquí.

Al fin, lo que sí queda bastante claro es que somos nuevos ricos de lo que se puede ser rico en esta época, o sea, de sexo (incluso de “buen sexo”). Lo demás, ya… tal.

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