Nuria Barrios: “Si el dinero mueve el mundo, el amor lo hace habitable”

Nuria Barrios: “Si el dinero mueve el mundo, el amor lo hace habitable”

La escritora Nuria Barrios fotografiada por Daniel Mordzinski.

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Hoy visita ‘Área de Descanso’ Nuria Barrios para hablarnos de drogas, amor fraternal y marginación, temas medulares de su novela ‘Todo arde’ (Alfaguara), publicada al comenzar este complicado año. Un thriller adictivo, con una atmósfera casi onírica, escrito en clave mitológica y en el que la narradora y poeta madrileña posa su mirada en los fantasmas en los narcopoblados.

Lena es una joven veinteañera, drogadicta. Su adicción la ha alejado de su familia y ahora habita en el inframundo que rodea a la droga, en lo que parece un callejón sin salida. En un gesto de amor y heroicidad, su hermano Lolo, adolescente y recién llegado de Irlanda, se propone rescatarla en un viaje muy particular que pondrá en juego su propia vida y la de su hermana. Si la literatura trata de encontrar una luz en la oscuridad, eso es lo que ha logrado Nuria Barrios con su novela, Todo arde

Todo arde se aproxima a una realidad presente en casi todas las ciudades del mundo, pero que preferimos desterrar de nuestra vista. Si mirar es un acto de elección, como aseguraba John Berger, Barrios ha elegido ver. En una particular “bajada a los infiernos”, la autora del libro de cuentos Ocho centímetros y el poemario La luz de la dinamo nos ofrece una salida a ese infierno que actúa como metáfora del mundo, un candil que nos orienta entre las tinieblas y que no es otro que el amor. “Si el dinero mueve el mundo, el amor lo hace habitable”, me cuenta en esta entrevista.

Decía John Berger que el arte busca hacer visible lo invisible, lo que no vemos. Creo que es lo que tú has logrado con ‘Todo arde’. Los poblados chabolistas de la droga están ahí. Pero no queremos verlos, ¿no? ¿Por qué nos cuesta tanto mirar lo que nos desagrada?

Porque lo que nos desagrada forma parte de nosotros. Un narcopoblado es un reflejo especular y algo valleinclanesco de nuestra sociedad. Cualquiera de nosotros puede formar parte de Todo arde: cualquiera puede ser Lolo, cualquiera puede ser Lena. Lo sabemos y, por eso, apartamos la vista para no reconocer nuestra propia vulnerabilidad. Es un mecanismo de supervivencia, igual que los niños cierran los ojos cuando tienen miedo, como si el peligro así desapareciera. Lo que no veo no existe. Pero la literatura ha de hacer visible lo invisible. Durante los últimos años, yo he mirado lo invisible y, a través de la ficción, he buscado su sentido.

El poblado que describes está situado a las afueras de Madrid, pero lo que narras podría haber ocurrido en cualquier gran ciudad, ¿no?

Así es. He cuidado que fuesen verosímiles el lenguaje –los diálogos son fundamentales–, la descripción de los personajes, sus rutinas… Detalles muy concretos que dan a la novela un aire realista, aunque ese realismo es una ilusión. Todo arde transcurre a lo largo de una noche y la oscuridad difumina todas las referencias visuales y trastoca el sentido del tiempo. El poblado de la novela podría ser un poblado de cualquier ciudad en cualquier país.

Durante muchos años trabajaste como periodista local para un diario. ¿En qué medida te sirvió esa experiencia para ‘documentarte’?

El periodismo local fue mi escuela como periodista; lo que aprendí en esos años ha demostrado ser muy valioso para mi vida, no solo para mi escritura. Yo, que venía del aislado ámbito académico y acababa de doctorarme en Filosofía, me vi en la calle, entre la gente, y aprendí a preguntar, a escuchar y a contar historias a toda velocidad, buscando el equilibrio entre la información y la seducción, para que el lector que empezara a leer mi noticia no la abandonara a las primeras líneas.

En ese sentido, uno de los aspectos más brillantes de tu novela es la atmósfera onírica que logras crear, como si los personajes formaran parte de una pesadilla de la que tratan de escapar.

Disfruté mucho creando esa atmósfera onírica, casi febril. Entrelacé detalles concretos de un narcopoblado y sus habitantes con las lecturas sobre el infierno en la literatura clásica –la Odisea, la Divina Comedia, la historia de Orfeo y Eurídice…– y la lectura del cuento de Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm. El proceso fue fascinante.

Las referencias mitológicas son muy claras: la bajada al Hades, Caronte y la laguna Estigia, el mito de Orfeo y Eurídice, el oráculo de Delfos. El viaje de Lolo para salvar a su hermana Lena casi podría leerse en clave de la ‘Odisea’. Sin embargo, estas claves, que amplifican la mirada, no son necesarias para leer una novela con una trama absorbente y muy actual. No somos tan distintos a los griegos, ¿no?

Los mitos griegos siguen resonando hoy en día con tanta fuerza porque nos hablan con una extraordinaria claridad. Extraordinaria por precisa y enigmática. Si pudiese tomarse un selfie de la condición humana, de nuestro ser vacilante y orgulloso, ese selfie sería Antígona, sería Orfeo, sería Penélope, sería Odiseo, sería Eurídice, sería el Minotauro, sería Casandra, sería Medea, sería Ícaro… Ahora es siempre, parecen decirnos sus historias. Somos un contenido cuyo contexto puede cambiar. Aquello que nos intriga, que nos cuestiona, vuelve una y otra vez, independientemente de la época en que hayamos nacido, de nuestras circunstancias, de los avatares que conforman nuestra ajetreada existencia. Las claves mitológicas de Todo arde son las que aportan a la historia narrada su capacidad para sugerir, su hondura, también su drama y su belleza.

Hay un viaje, o varios, viajes físicos o interiores dentro de la novela, el de Lolo, el de Lena. Cuando terminé de leerla pensé en el ‘Ulises’ de Joyce. Ambas obras transcurren en unas horas determinadas, la mitología está muy presente, los personajes son héroes/antihéroes cotidianos, pero ‘Todo arde’ puede leerse como un thriller. La tensión no decae en ningún momento. ¿Buscaste esa ‘intriga’ desde el comienzo?

Sí, durante la escritura estuve muy atenta a construir un suspense creciente y a mantener el elemento de tensión. Quería que Todo arde tuviese una naturaleza adictiva que obligara al lector a no dejarla hasta llegar al emocionantísimo final. El hecho de que la novela transcurra en unas pocas horas –desde la puesta de sol hasta la primera luz del día– da a la historia una urgencia que acentúa la tensión y el suspense buscados. El lector siente que cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento.

Nos cuentas un viaje al inframundo, digámoslo así. Y aunque la novela tiene un montón de capas de lectura, a mí me ha parecido sobre todo una historia de amor, de amor fraternal. El amor como motor para cambiar nuestras vidas y hacerlas más llevaderas. En este sentido puede ser la luz que hay al final del túnel, ¿no?

Es cierto que Todo arde puede leerse como una odisea que es al mismo tiempo un relato de aventuras, un descenso a los infiernos con ritmo de thriller y un viaje iniciático, pero es, sobre todo, una historia de amor. Puede que el dinero mueva el mundo, pero el amor hace el mundo habitable. Es el único superpoder que tenemos los humanos. El amor no tiene ni atiende a ninguna lógica. No requiere resultados. Ir a buscar a alguien al infierno por amor es un superpoder; colocar la vida de otra persona por encima de tu adicción es un superpoder.

¿Qué papel jugaría la familia en todo esto?

Un papel fundamental. La familia es el nido del que provienen nuestra fortaleza y nuestras debilidades. El hecho de que los protagonistas de Todo arde sean hermanos no es casual. Yo buscaba un vínculo entre dos personas en el que no estuvieran implícitas ni la responsabilidad ineludible, casi la obligación, que es inherente a la relación de los padres con los hijos, ni la pulsión pasional, que define la relación entre amantes. La relación entre hermanos está muy poco explorada en la ficción. La infancia es una prolongación de la placenta. Ese tiempo marca nuestra identidad y crea un vínculo muy fuerte con los hermanos, que estuvieron allí con nosotros. Pero en ese vínculo caben el amor y el odio. Piensa en Caín y Abel; piensa en Hansel y Gretel. Esa ambivalencia es literariamente fascinante. El hecho de que Lolo, que entra en el poblado a rescatar a su hermana, pueda plantearse irse o quedarse confiere un valor extraordinario a cada una de sus decisiones.

Me pareció muy interesante el retrato que haces del mundo de los gitanos. ¿Crees que en España sigue habiendo racismo hacia este colectivo? Es fácil criticar a Estados Unidos por cómo trata a los negros. ¿Qué piensas al respecto?

Al inicio de esta entrevista, hablábamos de lo que no queremos ver. El caso del rechazo a los gitanos es paradigmático. Basta consultar el barómetro sobre discriminación en España que periódicamente publica el CIS para comprobar que la comunidad gitana sigue figurando en los primeros puestos. Los gitanos son víctimas de discriminación histórica desde 1499, cuando se publicó la Primera Pragmática Antigitana. Gitanos y no gitanos nos hemos convertido en dos comunidades que conviven de espaldas la una de la otra.

Hay tantas miradas como escritores, señala Cristina Fernández Cubas. ¿Cómo se puede educar esa mirada?

Leyendo y escribiendo sin descanso. La mirada es la voz, y la voz es la huella indeleble de cada escritor. Siempre tengo presentes las palabras de Samuel Beckett: “Inténtalo. Fracasa. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”.

‘Todo arde’ cierra una trilogía en la que el mundo de la droga ha sido una especie de hilo conductor. ¿La consideras concluida, hacia dónde van ahora tus nuevos proyectos literarios?

Sí. Esta novela cierra una peculiar trilogía híbrida formada por tres libros independientes y de tres géneros distintos: los relatos de Ocho centímetros, los poemas de La luz de la dinamo y la historia de amor de Todo arde. No sé qué me deparará el futuro, pero sí sé que mi siguiente proyecto será muy distinto.

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