03.10.2015

Obras como hachazos, las obsesiones de Munch

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Edvard Munch. 'Desnudo femenino de rodillas', 1919. Houston, Texas, Sarah Campbell Blaffer Foundation. Munch Museum.

Edvard Munch. ‘Desnudo femenino de rodillas’, 1919. Houston, Texas, Sarah Campbell Blaffer Foundation. Munch Museum.

Es la exposición del otoño. Inaugura la temporada del museo Thyssen. La primera en España sobre el pintor noruego Edvard Munch desde hace más de 30 años. Una aproximación a los temas obsesivos de sus pinturas que tiene como objetivo desmontar mitos y señalar los arquetipos de sus obras.

“No creo en el arte que no se haya impuesto por la necesidad de una persona de abrir su corazón. Todo arte ha de ser engendrado con los sentimientos más profundos”. En su manifiesto de 1880, Edvard Munch describió así, con esta pasión, lo que para él era la creación artística: “Queremos ser algo más que fotógrafos de la naturaleza. No queremos pintar bonitas imágenes para ser colgadas en las paredes de las casas. Queremos establecer los fundamentos del arte, un arte con el que demos algo a la humanidad. Un arte que llame la atención y enganche. Un arte creado desde lo más profundo de nuestro corazón”. No cabe duda que lo logró. Más que ningún otro artista, Munch pintó su vida, sus sentimientos más profundos en obras como hachazos, hechas por un enfermo crónico, un bebedor sin mesura, alguien que apuntaba con el pincel como si tuviera un rifle entre los dedos. Con Munch necesitamos conocer su vida cuando vemos sus obras, como nos sucede con las de Van Gogh o Gauguin, para al despojarlas de literatura comprender la crudeza de una pintura que va mucho más lejos del sufrimiento de un artista solitario rodeado de fantasmas.

Edvard Munch reemplazó las imágenes religiosas por las humanas, pintó y repintó un buen número de óleos que agrupó en lo que llamó El Friso de la Vida: Pubertad, Celos, Vampiro, El beso, Madonna, Esfinge, Ansiedad, Melancolía, La danza de la vida, Cenizas y El Grito, “un poema de la vida, del amor y de la muerte”: Son obras en las que trabajó durante 30 años con una fuerte carga literaria, que se miran leyendo, como los dramas de Shakespeare. ¿Fue Munch un simbolista, un expresionista, un narrador de su vida? Simplemente, un artista que exploró nuevos caminos con el corazón y la mente.

En 2012, la Tate Modern sugirió en una gran muestra una nueva aproximación a la modernidad de su pintura. La que se inaugura este próximo martes en el Thyssen, el único museo español que tiene en sus colecciones obras del pintor noruego, es igualmente un ambicioso intento de mostrar la obra del pintor lejos de los arquetipos y los tópicos, porque Munch no es sólo el autor de El grito, un icono mundial, sino un artista que adelantó la modernidad. Alrededor de 80 obras -aproximadamente la mitad cedidas por el Munch Museet y el resto por colecciones privadas- que, si bien no están ordenadas cronológicamente, sí muestran el acercamiento a los contemporáneos a través de las obras del artista. “Y no sólo por sus cuadros, sino también por su grabado. Munch fue excelente y pionero en esta técnica”, dice Paloma Alarcó, jefa de conservación de pintura moderna del Thyssen y comisaria de Edvard Munch, Arquetipos, junto con Ove Steihaug, director de colecciones y exposiciones del Munch Museet: “He intentado presentar a Munch como un catálogo de arquetipos, de emociones del ser humano, diferentes obsesiones existenciales como amor, deseo, celos, ansiedad, enfermedad o muerte; o estados anímicos como melancolía, obsesión o sumisión”. La muestra, estructurada en nueve secciones, se articula en diferentes escenarios, la costa, la habitación de la enferma, el abismo, la habitación verde, el bosque, la noche o el estudio del artista; combinando obras tempranas y versiones tardías, pinturas y obra gráfica, y recoge cada una de las emociones que experimentó el artista sin orden cronológico para, en palabras de Alarcó, “derribar tópicos. Munch congelaba los temas y los repitió a lo largo de su vida. Era su obsesión”. “Nunca he hecho copias de mis pinturas”, confesaba el pintor. “Cuando utilizaba el mismo motivo, era exclusivamente desde el punto de vista artístico y para profundizar más en el tema” .

Under stjernene, 1900-1905

Edvard Munch. ‘Bajo las estrellas’. 1900-190. Oslo Munch-muset. Photo: Munch Museum.

Nació el año en que entró en vigor el Acta de Emancipación de Abraham Lincoln por el que todos los esclavos fueron declarados libres, el 12 de diciembre de 1863 en Loten, una granja del condado de Hedmark, en Noruega; murió el 23 de Enero de 1944, en Ekely, en el fiordo de Oslo. Durante su larga vida sufrió angustia, pánico, bronquitis, alcoholismo; asistió al auge del nazismo (sus obras entraron en la lista de “obras degeneradas”) y vivió de cerca las dos guerras mundiales.

“Enfermedad y locura fueron los ángeles negros que custodiaron mi cuna… Desde el momento de mi nacimiento, los ángeles de la ansiedad, la preocupación y la muerte permanecieron a mi lado, me seguían cuando jugaba al sol de la primavera y en la gloria del verano. Ellos estaban conmigo por la noche, cuando cerraba mis ojos y me amenazaban con la muerte, el infierno y la condenación eterna. A menudo me despertaba y me encontraba asustado en mi habitación preguntándome: ¿estoy en el infierno?; desde entonces me han seguido durante toda mi vida. Aprendí pronto todo acerca de la miseria y los peligros de la vida, y acerca de la otra vida, acerca del castigo eterno que esperaba a los hijos del pecado en el infierno… En mi infancia fui tratado injustamente, sin mi madre, enferma, y con la amenaza del castigo del cielo pendiendo sobre mi cabeza”. Duras palabras que han conseguido que el adjetivo atormentado se adhiera al nombre de Munch. Para Alarcó, va siendo hora de desmontar la costumbre de juzgar su obra en clave biográfica y apunta a cómo “el desmoronamiento físico y mental daba lugar a un estado en el que la imaginación estética podía superar las limitaciones de la razón y dar lugar a la experimentación”.

Traumática y asfixiante fue la vida de Munch en la casa burguesa de Kristiania (la capital noruega no recuperó el nombre de Oslo hasta 1924). Educado bajo estrictos códigos puritanos por su padre, el doctor Munch, la melancolía reinaba en la vivienda tras la muerte de su madre y su hermana Sofía por tuberculosis. En su memoria quedó grabada la escena que plasmó cuando años después pintó La niña enferma, de la que hizo numerosas versiones porque “abrió un nuevo camino en mi arte; muchos de mis trabajos posteriores se deben a esta pintura tan verídica, que fue más despreciada en Noruega que ninguna de mis otras pinturas”. En las obras que tratan el tema de la muerte, para conseguir plasmar la violencia de un cuerpo que se pudre, Munch utilizaba gruesos emplastes de manera que el óleo chorrea literalmente por el cuadro. Bestial, agresivo, utilizaba incluso un cuchillo o el mango del pincel para abrir surcos a los ojos, al cabello.

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Edvuard Munch. ‘El grito’, 1895. The Metropolitan Museum of art, Nueva York.

En los diarios que Munch escribió durante toda su vida da numerosas referencias de él mismo en tercera persona, bajo los nombres de Brandt, Nansen o Karleman. Concibió también alguna obra (Alfa y Omega o una pieza teatral, La ciudad del amor libre). Guardó anotaciones, cartas, fue un escritor compulsivo y sus textos son ahora celosamente custodiados por el museo Munch de Oslo. Nórdica acaba de publicar El Friso de la vida, donde se recoge una selección de ellos, una buena manera de acercarse a la comprensión de su obra artística.

Como dibujaba bien, su padre decidió que debía estudiar ingeniería. “Me veo tendido en el suelo cuando tenía siete años dibujando a la gente con carboncillo. Recuerdo el placer que me proporcionaba hacerlo y sentía la energía en mi mano cuando dibujaba desobedeciendo las órdenes de mi padre”. “En realidad”, añade, “mi arte es un intento de clarificar mi noción de la vida… hasta el punto de que es una especie de egoísmo”.

Ingresó en la Escuela Técnica, lo dejó un año después para estudiar Historia del Arte y no fue hasta 1881 cuando consiguió tomar clases de dibujo. En 1880 pinta sus primeros autorretratos, se mira en el espejo y dibuja un rostro sombrío, con unos rasgos marcados que denotan determinación. Retrata también a su familia: su padre leyendo en el sillón, su tía en una mecedora, su hermano Andreas estudiando anatomía con una calavera en la mesa. Los rostros nunca miran al espectador, rehuyen el contacto humano. De esos años es un cuadro de su familia en torno a la mesa bajo la luz de la lámpara que recuerda al claroscuro de Comedores de patatas, de Van Gogh. Pinta también paisajes cercanos y se aprecia ya su obsesión por la luz, tan blanca y deslumbrante.

El recorrido por la exposición del Thyssen se inicia con sus cuadros naturalistas. Retrata a sus hermanas Laura e Inger al sol y en Atardecer (1888), de la colección permanente del Thyssen, se ve a Laura sentada junto a una casa cercana a la orilla. Para Paloma Alarcó, esta obra es clave para comprender la evolución artística de Munch. En el óleo se observa cómo Laura no estaba sola, junto a ella había una figura femenina de pie, seguramente su hermana Inger, que posteriormente fue suprimida. “Al quedar descentrada, en primer término a la izquierda, con la mirada absorta, ajena al espectador, Munch acierta a dar con una fórmula que funde las asociaciones personales y universales de la melancolía e inaugura un tipo de composición que utilizará habitualmente en el futuro”. Ese porvenir encabezado por su famosa Melancolía (1891) en la que combina diferentes técnicas: óleo, lápiz y pastel. Munch fue moderno antes de la modernidad y llegó a la abstracción con años de diferencia a los pintores americanos.

En 1884, la capital de Noruega era una pequeña ciudad provinciana, no llegaba a los 100.000 habitantes, con una clase media burguesa y conservadora en lo político y protestante en la religión. La Karl Johan, la arteria principal por la que discurría la vida cotidiana, estaba jalonada de edificios de estilo alemán. Aparece en algunas obras de Munch que retrata a los paseantes con lívidas máscaras al estilo del belga Ensor. En Kristiania proliferaban los cafés, los music-halls y los teatros. Los niños trabajaban en las fábricas once horas diarias y las prostitutas tenían su actividad legalizada. Contagiados por las teorías de Marx y su Manifiesto Comunista, jóvenes escritores y artistas encabezaron la rebelión contra la injusticia social desde las reuniones de café. El grupo de los bohemios hicieron de su decálogo, que se resumía en vivir su vida sin renunciar a nada, su código de conducta. Leían a Nietzsche y Kierkegaard, detestaban la hipocresía dominante, bebían y fumaban como si no hubiera un mañana. Munch perteneció al grupo junto con el pintor Christian Krog y el escritor Hans Jaeger, el alma de los rebeldes, que lanzaba soflamas incendiarias contra la hipócrita burguesía. El padre de Munch clamaba iracundo contra aquellas amistades y la temprana adicción al alcohol del artista. Fue en aquellos años cuando Munch pintó el retrato de su hermana Inger, una figura que emerge desde un negro absoluto, con una luz blanca iluminando su rostro y la mano izquierda. Lo expuso y la crítica lo consideró espantoso e inaceptable.

En 1888, August Strindberg escribe su obra más famosa, La señorita Julia. Van Gogh pinta Los girasoles. La mayoría del grupo de los bohemios caían fulminados por las enfermedades antes de cumplir los 40 años. Munch se marcha a Francia donde asiste de cerca a la rebelión del simbolismo contra el naturalismo. Verlaine en literatura y Redon en pintura son los reyes de la escena. Conoce la obra de los impresionistas y la de Gauguin. Tiene la oportunidad de ver las esculturas de Rodin y cae hechizado ante ellas. “Viajé a París con el deseo de visitar el Salón de pintura. Pensaba que me encontraría en el séptimo cielo, pero todo lo que sentí fue repugnancia”. No obstante, en Francia pasa uno de sus periodos más dulces. Desde su casa en la rue Lafayette pinta la calle, los árboles. Más tarde diría de estas obras que fueron su revival impresionista. Cuando regresa a Noruega, expone en el Salón de Otoño, al que acudirá año tras año a pesar del rechazo de sus compatriotas, y recibe de nuevo las críticas más severas. Él refuta a todos: “No pinto lo que veo, sino lo que vi”, una clara referencia a la parte fundamental que juega la memoria en la construcción de sus imágenes.

1889 es un año clave para Munch. Cae seriamente enfermo y durante la convalecencia pinta Primavera, en la que combina los recuerdos de su hermana muerta y de su propia enfermedad y traza una composición de gran formato plena de elementos naturalistas. Por primera vez añade detalles al cuadro: ventanas, cortinas, flores y una botella de agua. La obra, una vez más, tampoco gustó a nadie.

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Edvuard Munch. ‘Atardecer’. 1988. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Foto: Munch Museum.

El panorama artístico le asfixia. Los pintores noruegos vivían en París, en Alemania, en Italia, en Londres. En los fiordos poco había que hacer. Munch entra en una profunda depresión agravada por su relación con una mujer casada, Milly Thaulow, la señora Heiberg que aparece en sus notas, con la que experimenta los más profundos ataques de celos de su vida. Posesivo, irritable, al borde de la locura, cree que sufre alucinaciones. En 1893 pinta su obra icónica, El grito: “Paseaba por un sendero con dos amigos, el sol se puso y de repente el cielo se tiñó de rojo sangre; me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio; sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad. Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”. El grito, uno de los cuatro que pintó, nunca sale de Noruega pero está presente en la exposición del Thyssen en una pequeña litografía.

Las crisis se suceden: “Vivo con la muerte”, anota en sus diarios. Después de París, Edvard Munch se establecería en Alemania, donde expuso su obra en múltiples ocasiones; la que inauguró en Berlín hubo de clausurarse una semana después de su apertura. “Sus cuadros son una burla”, decían mientras le acusaban de haber vendido su alma a los impresionistas.

En Alemania se relacionó con el grupo de intelectuales bohemios que se reunían en la taberna El cochinillo negro, entre los que se encontraban el escritor polaco Stanislas Przybyszewski, quien retrató al grupo en su libro Memorias del Berlín literario, y el dramaturgo August Strindberg, exilado de Suecia, quien se convirtió en uno de sus amigos más cercanos. Fue él quien describía a Munch como misógino. Lo cierto es que ambos utilizaron a las mujeres, y su relación con ellas fue hostil, egoísta, absorbente, con episodios de celos violentos. Las figuras de mujer que a veces pinta Munch provocan en el espectador latigazos, es como si las odiara; pero en otras obras, los retratos de sus hermanas o las varias versiones que hizo de la Madonna –una mezcla entre Ofelia y Salomé- aportan cierta ternura, aunque oculten su mirada o las cuencas de sus ojos estén vacías. En Las tres edades de la mujer (1894), sus mujeres se ciñen a tres prototipos: la doncella, perfecta y casta, siempre de blanco; la pasional, encarnación del sexo, cabellos rojos, largas melenas que atrapan en una red al hombre, y la mujer madura, viuda, a la que pinta siempre de negro. Munch se justificaba: “Viví una época de transición, en pleno proceso de emancipación de las mujeres… Entonces era la mujer quien tentaba y seducía al hombre, y luego le traicionaba”.

El tema del amor, “un poema de amor y muerte”, siempre fue conflictivo para el artista, su expresión de la fatal atracción entre sexos. Cuando pintó una de las versiones de El beso (1887), Przybyszewski describió lo que vio en el caballete del artista: “Dos figuras humanas, los rostros fundiéndose en uno solo… Todo lo que observo es una enorme oreja, sorda por el éxtasis de la sangre. Es contemplar una piscina de carne líquida”. Munch pintaba el acto sexual, el clímax de la muerte. Camas deshechas, mujeres exangües. En Pubertad, una joven desnuda se cubre los genitales con sus manos, y en Vampiro, de la que llegó a hacer 12 versiones, la mujer que besa al hombre en el cuello lo atrapa hasta hacerlo desaparecer entre sus brazos.

Munch experimentó con infinidad de técnicas. En Francia aprendió artes gráficas y trabajó con la misma furia que a veces ponía en sus cuadros con la litografía y el grabado. Anticipó el arte moderno combinando materiales, técnicas. Llegaba a dejar los cuadros a la intemperie para que la naturaleza los rematara. En uno de ellos, Desnudo sobre fondo azul, se aprecian claramente las cagarrutas de pájaros que se funden con el óleo. En las xilografías aprovechaba la veta de la madera para acentuar el fondo y rellenar los surcos con pintura. En la película del británico Peter Watkins, el personaje de Munch clava la gubia en la madera con fiereza. Más que tallar, mata. Alarcó subraya cómo se acerca a Gauguin “en la explotación plástica de la materialidad de la superficie del bloque de madera y en el modo de aplicar incisiones sobre el mismo para incorporarlos a la composición”.

Bajo el epígrafe de Melodrama, Paloma Alarcó ha agrupado los cuadros conocidos como La habitación verde, que reproducen algunos de los temas de El friso de la vida, amor, celos, muerte. Los personajes que aparecen en esta serie de pinturas parecen actores y el espacio resulta angosto, asfixiante. Es la época en la que trabaja con Max Reinhardt en el montaje de Los espectros, la obra de Ibsen, para un teatro de cámara de Berlín. En la misma sala, las pinturas de Asesina y Asesinato (1906) abundan en sus obsesiones. Asesinato es un cuadro absolutamente biográfico que narra el episodio en el que disparó a su amante Tulla Larsen y perdió un dedo.

“Enfermedad, enfermedad y soledad”. En 1908, Munch es ingresado en una clínica psiquiátrica de Copenhague. Cuando regresa a Noruega, vuelve a pintar y lo hace en esta etapa con colores brillantes. Se ha salvado de la melancolía y de la enfermedad y eso se refleja en sus obras. Durante esos años pinta sin cesar y sus cuadros se llenan de color. Por primera vez en sus obras las escenas rurales hacen referencia a las labores de la tierra, se aprecia el paso de las estaciones del año. Desarrolla la idea del eterno retorno de Nietzsche: “De mi putrefacto cadáver brotarán las flores, y yo estaré en ellas, la eternidad”. Con la cámara fotográfica que se compró en Berlín se retrata una y otra vez. Experimentador en todo, rodó algunas películas y su serie de selfies se presenta tan repetitiva como lo fue todo en su vida.

Desde 1916 hasta la fecha de su muerte llevó una vida solitaria y prácticamente retirado del mundo en Ekely, en su casa de los fiordos. En 1930, a los 66 años, sufrió una hemorragia en su ojo derecho. Su visión con la sangre coagulada era de sombras, puntos y manchas. A sus miedos habituales, Munch añadió el terror de quedarse ciego. Uno de los últimos óleos que pintó es su autorretrato con un reloj de pie y su cama, y en el que la larga figura es la de un anciano con un rostro de cuencas vacías. Vivió trabajando hasta los 81 años. Fue un autor prolífico, realizó 1.800 óleos, centenares de grabados y muchísimos dibujos.

Tras su fallecimiento, la ciudad de Oslo se convirtió en la heredera de sus obras que, desde 1963, se exponen en el Munch-Museet y en la National Gallery.

‘Edvard Munch, Arquetipos’. En el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, del 6 de octubre al 17 de enero. Cada domingo, a partir del 18 de octubre y hasta el 29 de noviembre, un ciclo de cine proyectara películas sobre Munch y también ‘Melancolía’, de Lars von Trier; ‘Vampyr’, de Dreyer, y ‘Madre e hijo’ de Sokuroz. www.museothyssen.org

Munch, Edvard (1863-1944): La t, 1893. New Y

Munch, Edvard (1863-1944): ‘La Tormenta’. Museum of Modern Art, Nueva York. Munch Museum.

Stjernenatt, 1922-24

Edvard Munch. Noche Estrellada. 1922-1924. Oslo. Munch-museet.

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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6 comentarios

  • El 04.10.2015 , Alex Mene ha comentado:

    Una exposición muy recomendable.

  • El 05.10.2015 , Belén Fernanz ha comentado:

    Me gusta mucho el artículo sobre Munch. No pensaba ir a verla. Los rostros irreales q

  • El 05.10.2015 , Belén Fernanz ha comentado:

    Gracias por su reportaje.Esta exposición no tenía pensado visitarla, aunque todas las que monta dicho museo me suelen gustar bastante. Leer las primeras líneas acerca de él, han bastado para que me decida a visitarla. Algún erúdito en Munch me acompañaría. Muchas Gracias

  • El 06.10.2015 , martha ha comentado:

    Me pareció muy buena la nota sobre Munch. Gracias.

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