Palabras y miradas de emigrantes, de John Berger a Álex Chico

Palabras y miradas de emigrantes, de John Berger a Álex Chico

Inmigrantes rescatados al sur de Sicilia. Foto: Irish Defence Forces

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Inmigrantes rescatados al sur de Sicilia. Foto: Irish Defence Forces

La emergencia sanitaria está ocultando otros dramas, otras miradas, otras voces, como las de los emigrantes que siguen buscando en Europa un mundo mejor, una posibilidad de vida ante el desahucio general que encuentran a menudo en sus países. Hoy nos detenemos en dos libros que recogen sus miedos, dolor y expectativas: ‘Un séptimo hombre’, que John Berger escribió en los años 70, y ‘Los cuerpos partidos’, de Álex Chico, publicado hace unos meses.

Los gritos e insultos ultras de estas últimas semanas han tapado otros gritos, como el de los emigrantes que siguen queriendo venir a Europa –a pesar de todo– en busca de un sueño. “A los que alquilan las habitaciones más miserables a los emigrantes extranjeros se les llama traficantes de sueño”, escribe John Berger en Un séptimo hombre. Publicadas en 1975, estas palabras siguen resonando en nuestras consciencias muchos años después. En varias entrevistas, el autor británico dijo que quizás fuese su libro preferido. Berger puso las palabras y el fotógrafo suizo Jean Mohr las imágenes, en un diálogo imprescindible que refleja como pocos libros la condición del emigrante en el siglo XX.

Quienes aún no lo conozcan –la primera edición al castellano es de Huerga y Fierro, 2002, y la más actual y disponible de Capitán Swing, 2014–, se sorprenderán porque los emigrantes que protagonizan Un séptimo hombre no son magrebíes, ni sirios, ni subsaharianos. Son turcos, italianos, portugueses, serbios. Españoles. Mediterráneos del sur de Europa.

Como explica el mismo Berger en el prólogo de las ediciones españolas, en su momento el libro no fue muy bien recibido por una parte de la crítica. Lo acusó de sociología barata, de tratado marxista trasnochado. Nada de eso. Esos críticos solo se fijaron en las cifras –como si fueran notarios o agentes de Bolsa–, pero no en las vidas de los emigrantes que recorren las páginas de Un séptimo hombre. El dolor, el miedo y las expectativas de la partida: “El trabajador emigrante lleva consigo su propia decisión, los alimentos que le prepararon en casa y que consumirán a lo largo de los dos o tres días siguientes, su orgullo, las fotografías que guarda en un bolsillo, sus paquetes y su maleta”. El humillante recibimiento en la llegada. En algunos países los sometían a exhaustivos exámenes médicos, como nos relata la foto de Mohr en la que se rechaza a un emigrante turco porque no tiene la estatura mínima exigida. La soledad en los barracones, donde tenían lo imprescindible para vivir, en una austeridad que parecía provisional pero que para muchos fue una condena. Los problemas con la lengua: “¿Es posible ver la realidad a través de la opacidad de las palabras?”, se pregunta Berger. El trabajo alienante (¿cuántos españoles han ido a recoger la fresa o la fruta a los invernaderos?). “En lo que respecta a la economía del país metropolitano, los trabajadores son inmortales: inmortales porque son siempre intercambiables”.

Nada de eso ha cambiado. Solo son distintas las caras de los protagonistas, que ahora vienen de otros lugares. Y las cifras. “Puede pasar que un libro, al contrario de lo que les ocurre a sus autores, se vaya haciendo más joven con el paso de los años. Y creo que esto es lo que le ha pasado a Un séptimo hombre”, escribe Berger al comienzo del prólogo.

En la época de su publicación, Berger andaba escribiendo el primer volumen (Puerca Tierra) de una trilogía imprescindible para entender el siglo XX, De sus fatigas, en el que narra la desaparición del campesinado y la emigración a la ciudad, donde yacen los sueños. Imprescindible tanto por su apuesta literaria como por la mirada única del autor, llena de ternura y sensualidad, capaz de combinar la creación de personajes con la crítica al sistema, la observación casi mágica de las pequeñas cosas con la deconstrucción de las complejidades del mundo capitalista.

Un país no debería perder su memoria. Si no se reconcilia con ella, no tiene futuro. Es lo que se plantea Álex Chico (Plasencia, 1980) en Los cuerpos partidos (Candaya), uno de los pocos libros de la literatura española (habría que recordar el imprescindible La mano del emigrante, de Manuel Rivas) que aborda la emigración. La búsqueda de un abuelo al que nunca llegó a conocer le lleva al autor a hacer un viaje. Un viaje físico, a la pequeña ciudad francesa donde emigró su abuelo en los años sesenta, y otro interior. Ya la cita que abre la novela, del escritor Vicente Valero, nos sitúa perfectamente: “Qué es en definitiva un abuelo, y más un abuelo que no hemos conocido, sino un ser en el que podemos confiar plenamente y del que esperamos el mejor de los relatos”.

Como tantos españoles en los años sesenta, que vivían en un régimen que algunos se empeñan ahora en traernos de nuevo, Nicolás Chico, el abuelo del autor, tuvo que dejar su pueblo natal en Granada para buscar su sueño en Francia. Dejó a su mujer y a su hijo pequeño, a quien vería poco en los siguientes años.

La historia del abuelo de Álex Chico podría haberse contado de al menos dos formas. Digamos que una más narrativa, en la que se primara al personaje, se lo reconstruyera a partir de las personas que llegaron a conocerlo. Y la otra, más ensayística, en la que la figura del abuelo sirviera para contar otras cosas. Aunque Los cuerpos partidos se aproxima más al segundo enfoque, creo que vendría a ser una especie de híbrido entre ambos planteamientos. Mantiene el lado narrativo, pero la prosa y el tono son los del ensayista y el poeta. Se convierte en una maravillosa y profunda reflexión en torno al lugar en el que nos ha tocado o elegimos vivir.

Revisión médica de inmigrantes en Estambul. Foto: Jean Mohr, cortesía de la editorial Capitán Swing.

Trabajadores españoles en Ginebra. Foto: Jean Mohr, cortesía de la editorial Capitán Swing.

La búsqueda de un abuelo, la emigración y su contexto, el drama que supuso para mucha gente, también la esperanza. De todo eso habla Los cuerpos partidos. Pero este libro es aún más cosas. Es una indagación sobre el papel de la literatura, sobre su capacidad de redención, sobre las posibilidades de reconstruir un personaje real a partir de las palabras, sobre la memoria colectiva e individual.

Uno de los aspectos más sobresalientes de Los cuerpos partidos es la mirada del autor sobre el lugar, sobre los personajes que habitaron el exilio de la emigración, sobre lo que significó y significa. Entrevera su propia voz con la de otros testigos, con citas de filósofos y escritores que, en conjunto, tejen un retrato emocional del universo literario de Chico. Es ahí donde conectan el viaje físico con el personal.

“Hay zonas de nuestro interior que solo pueden explicarse si las vinculamos con el pasado”, escribe el autor de Un final para Benjamin Walter. Y creo que eso es lo que en definitiva ha tratado de hacer este escritor extremeño afincado en Barcelona, bucear en la memoria de otros, en la del abuelo muerto, en la de los testigos de una época, en la lectura de libros que nos iluminan como luciérnagas en la oscuridad de la vida, para tratar de encontrarse a sí mismo y de paso dar una pista a los lectores para que no se pierdan en el camino.

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