28.02.2018

La palloza, un ejemplo de ecodiseño y vivienda sostenible con miles de años

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Pueblos de pallozas de os Ancares. Foto: maravillasde.com

Palloza de os Ancares. Foto: maravillasde.com

“Quizá en el pasado se encuentre el secreto del futuro”, decía Félix Rodríguez de la Fuente. Algo de eso hay cuando muchos vuelven la mirada a las milenarias pallozas, arcaicas casas de montaña a caballo entre Galicia y León, en lo más alto de la Sierra de Ancares. Adaptadas a las necesidades de confort del siglo XXI, pueden proporcionar un ejemplo claro de ecodiseño y arquitectura bioclimática.

Mientras sube el precio de la vivienda, en medio del crudo invierno buscamos inspiración y refugio junto a nuestros abuelos cuaternarios, cuya ignorancia científica aparejaba una sabiduría intuitiva y práctica, y que quizá no sabían leer libros, pero leían con fruición el lenguaje de la naturaleza, ante el que nosotros somos analfabetos. “Quizá en el pasado se encuentre el secreto del futuro”, pensaba Félix Rodríguez de la Fuente. De ser cierto, y puesto que rectificar es de sabios, recuperar no es retroceder, sino la forma de progresar. Para muestra, un interesante estudio publicado en 2014 que destaca el rendimiento energético de las pallozas, las robustas viviendas de las culturas castreña y celta, concluyendo que ofrecen una demanda y un comportamiento térmico incluso mejor que algunas de las viviendas construidas hoy, 2.000 años después. El estudio señala: “Hay que considerar la eficacia de sus recursos, pues mientras la palloza responde con el uso de solo cuatro materiales básicos de construcción, la vivienda rural contemporánea ofrece una solución utilizando doce”.

Uno de los autores del estudio, Pablo Fernández Ans, arquitecto técnico e ingeniero de la edificación, fundador de la empresa Rehabilita Energía, está embarcado en proyectos de arquitectura sostenible y, en busca de financiación, lleva 3 años monitorizando la humedad y temperatura de estas arcaicas casas de montaña a caballo entre Galicia y León, en lo más alto de la Sierra de Ancares. Las pallozas han resistido al aislamiento de estas zonas como la aldea gala de Astérix y Obélix, a la que tanto recuerdan. Prueba de su eficiencia es que continuaran habitadas hasta 1990, cuando según este estudio se deshabitó la última en Galicia. Hogares de piedra encapuchados de paja (teitos, en gallego), bajo el sol primaveral o la nieve invernal dan al paisaje una de las estampas más bellas y ancestrales del mundo. Biodegredables, comestibles al tiempo y a la vida, sus techos de pasto semienterrados en la hierba o la nieve, brotan del suelo como setas mimetizadas en el paisaje, siendo una obra más de la faena conjunta del ecosistema, donde el artesano teitador recuerda al pájaro con su nido.

Fernández Ans explica que, dadas las necesidades energéticas actuales, el modelo de urbanismo y arquitectura a golpe de ladrillazo se ha agotado, siendo necesario “un paso atrás para recuperar materiales tradicionales y el uso de estrategias bioclimáticas”. ¿Hasta dónde llega ese paso? De acuerdo con el protocolo de Kioto de 1998, la Unión Europea ha venido transponiendo bajo directivas comunitarias a todos los Estados miembro varias exigencias y requisitos de ahorro energético, bajo un triple objetivo 20/20/20: reducir un 20% las emisiones GEI (Gas de Efecto Invernadero), aumentar un 20% la eficiencia energética y un 20% la energía procedente de energías renovables. Todo ello antes del año 2020. Para el sector de la construcción, esto significa un endurecimiento en las normativas de edificación y una tendencia hacia edificios de consumo nulo (NZEB, Near Zero Energy Building) o Casas Pasivas (Passive Houses).

“Esta tendencia de reducción en los consumos energéticos no se obtendrá sin adoptar estrategias de ahorro pasivas (en el diseño) y activas (en el rendimiento de instalaciones y equipos)”, añade. La mirada vuelve pues al pasado y a las pallozas. No solo en España. Países como Dinamarca, Francia (chaumiers), Irlanda, Alemania, Países Bajos o Gran Bretaña (thatched roofs) están haciendo bandera del patrimonio ancestral de estas casas con tejado vegetal bajo el mismo criterio sostenible y razones tan ecológicas como económicas. El estudio sostiene que las milenarias pallozas, incorporando mejoras técnicas, pueden volver a ser perfectamente habitables, pues ofrecen características que se emplean en el ecodiseño y la arquitectura bioclimática moderna, siempre y cuando se reinterpreten usando nuevas tecnologías adaptadas a las necesidades de confort del siglo XXI. Tecnologías que permitan combatir su punto débil, el fuego, mediante el uso de mantas o espráis ignífugos, como ya se hace en Gran Bretaña o Francia.

Quedan solo unas pocas poblaciones aisladas, como Piornedo o Balouta, donde admirar estos testimonios vivos de la Prehistoria. Ovales o circulares, con muros de piedra (granito o pizarra) sobre los que se apoya una cubierta con entramado de maderas de roble o castaño y techo de paja de centeno. Las pallozas eran en tiempos la única vivienda de estas zonas; apiñadas unas a otras cubrían la aldea con una frondosa techumbre, formando auténticos poblados de aspecto tribal, hoy mermados pero que han logrado recuperarse en algunos casos gracias al turismo rural. ¿Quién no imagina a chamanes o druidas como Panoramix conjurando a la magia de la noche, entre las antorchas y la oscuridad de los bosques? ¿O a bardos como Asurancetúrix cantando a la Luna? Su amplio interior era fresco en verano y cálido en invierno, pues la inercia térmica de los gruesos muros de piedra, el aislamiento de la cubierta, el calor generado por el fuego, y el de los animales, permitían mantener una temperatura constante a pesar del frío exterior. El estudio describe la palloza como una “máquina energética para combatir los meses de invierno, que ha funcionado como tecnología punta durante siglos, basada en el acierto-error”.

Largos meses de invierno, bajo tormentas de nieve, vivían las familias sepultadas en estos nidos de paja, al amor de la lumbre. Así lo cuenta un testimonio de 1935, como si se tratara de la visita a una tribu o de una expedición a la Prehistoria: “Entramos en una de ellas (…). Quedamos un momento parados en el centro, hasta acostumbrar nuestros ojos a la penumbra llena de humo que nos hacía toser. Una docena de campesinos, mujeres, hombres y niños. Caras angulosas de color apretado y fuerte, blaquísima dentadura. Hablan con gran despaciosidad y parsimonia”. Y otro de 1914: “La vida familiar se intensifica dedicando las horas de encierro a la construcción de aperos, cestos, etc. los hombres, y a la elaboración de botelo, mantecas, y de los sabrosos quesos del Cebrero las mujeres. (…) Y cuando el tiempo abonanza y el terreno lo permite, celébranse allí, por la noche, los clásicos filandones o polavicas, reuniéndose las gentes a fiandar (hilar), leer, charlar, jugar y retozar (…)”.

La palloza puede ser, tras la cueva, el primer antepasado de ese imaginario popular hogareño, que junto al refugio o la cabaña, tan pronto invita a una tarde de fuego en la chimenea como a taparse con una manta en el sofá ante una buena película. A quien le apetezca hospedarse y dormir en una construcción así, puede interesarle la Palloza Baltasar, que invita a vivir una experiencia inscrita en una historia y naturaleza milenarias: bajo el grueso manto de nieve y el refugio de la paja y el fuego, al calor de historias y leyendas que se pierden en la noche de los tiempos, rodeados de bosques encantados por criaturas míticas o reales, como los osos o los lobos, que como las pallozas, o los galos del cómic, resisten a tantas amenazas dándonos ejemplo de supervivencia. Al salir de la palloza, que es una buena manta, el aire puro y seco de montaña, donde campan los caballos salvajes. Hay en ello algo atávico, arraigado a nuestra naturaleza, que vale la pena preservar. Y experimentar.

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Sobre el autor

Alberto Pereiras
Premio Fundación Biodiversidad en Comunicación, periodista comprometido con la promoción del progreso sostenible en sus distintos frentes, desde el turismo sostenible, que ve en la tierra un patrimonio y no un producto, a una educación que aporte criterio frente a la sobreinformación y asombro por lo real, para que los pequeños asombrarios aprendan a valorar y distinguir la naturaleza, que antecede y sostiene todo, de lo virtual. Y lo que es ciencia, de lo que es tecnología.

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2 comentarios

  • El 28.02.2018 , GENEVIÈVE ELISABETH NIGON ha comentado:

    Me ha gustado el artículo y quisiera saber más, voy a buscar reseñas de libros sobre el tema.PERO : EN FRANCÉS, SE DICE Y SE ESCRIBE “LA CHAUMIÈRE, LES CHAUMIÈRES”. “CHAUMIER” ES UNA FALTA, no existe esa palabra. GRACIAS.

  • El 28.02.2018 , Maria ha comentado:

    Interesante artículo. Espero que cada vez se tenga en cuenta este tipo de arquitectura más harmoniosa con la Naturaleza y por supuesto más respetuosa. Seguiré leyebdo sobre este tipo de construcción.

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