13.08.2018

El ‘paraíso artificial’ que construyen las ‘leyes del mercado’ en el Mediterráneo

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El barco hundido en Symi llevaba refugiados en el verano del 2015.

El barco hundido en Symi llevaba refugiados en el verano del 2015.

“Cuando en los mercados mediterráneos aún se vendían verduras y pescados y no souvenirs y camisetas”. “La bóveda del antiguo mercado que nos cubría anoche apenas acoge un puñado de negocios en decadencia. Probablemente un grupo de inversores terminen transformándolo en un ‘lugar singular’ regido por las leyes del mercado”. “Mientras tanto, gente como Iannis, Nikitas y Tommy siguen cuidando a sus clientes y la albahaca de sus tiestos”. ¿Cuándo nos vendieron y compramos el paraíso artificial? Continuamos navegando en el velero GoOn con Martha Zein. Esta es su séptima crónica de un viaje de diosas y vientos desde las islas griegas.

Tommy, Nikitas y Iannis no se conocen. Diría que tienen alrededor de 70 años, es decir, deberían de estar jubilados, pero no es así, los tres siguen siendo los patriarcas de sus respectivos restaurantes. Les conocimos en días separados, en localidades distintas, en horarios diferentes, sin embargo comparten algo sutil: el silencio de sus gestos, aquello que enmudece entre lo que se siente y lo que se otorga.

En el GoOn comer fuera del barco equivale a crear un punto de encuentro con los habitantes del lugar. De manera no consensuada, casi al margen de nuestra voluntad, elegimos restaurantes en los que es posible establecer una conversación con el dueño, imagina qué tipo de negocio permite estos encuentros, la forma de gestionarlo, la calidad del tiempo dedicado. Intenta recordar cuántas veces has ido a un restaurante y has terminado hablando con el camarero sobre su pasado como cocinero en un mercante (razón por la que conoció el puerto de Málaga, el de Valencia, el de Barcelona…), o sobre cómo regresó de Nuevo México a su pueblo para cuidar a su padre y su madre en la recta final de sus vidas, o hasta qué punto el espacio en decadencia en el que hoy está ubicado su negocio tuvo un momento de gloria veinte años atrás, cuando en los mercados aún se vendían verduras y pescados y no souvenirs y camisetas. Imagina que vas a cenar y el hombre que te ofrece el menú acaba mostrándote la fotografía de sus hijos o de su pope/padre espiritual, o te abraza al despedirte tras un apretón de manos de esos para los que ya voy preparada y respondo con toda la fuerza de mis cinco dedos. Imagina que incorporaras la escucha como parte del alimento.

De noche, el puerto de Rhodes todo son brillos, luces y colas esperando un taxi.

De noche, el puerto de Rhodes todo son brillos, luces y colas esperando un taxi. Foto tomada de la cuenta de Instagram de la autora que sirve de diario gráfico de estas crónicas.

Y ahora dime: ¿cuántas veces es posible, te interesa, te permites este preciado intercambio?

Anoche, en medio del bullicio de Rhodes (ciudad que pisábamos por vez primera), volvió a suceder: Cenábamos y hablábamos con el dueño y maestro de ceremonias. Bueno, yo permanecía en silencio; mareaba los dolmades  en el plato envuelta en emoción extraña.

De noche el puerto de Rhodes compite en focos y neones. Todo se ofrece, poco se adquiere. Los barcos grandes no escatiman en luces y brillos. En los tenderetes se multiplican las ofertas de disparatadas excursiones en barca (que una de ellas se llame “Adrenalina” da una pista del rentable desatino). El taxi con el que nos acercábamos al viejo mercado se había parado ante un semáforo. Entonces, vi al vendedor de esponjas. Como si hubiera ralentizado la velocidad de mi obturador ocular, me alcanzó el silencio de su mirada. Ofrecía esponjas de no se sabe qué procedencia como un producto más de usar y tirar. ¿Cuándo se convirtieron en cosa aquellos invertebrados? Todo a su alrededor había cambiado, todo eran objetos imperecederos, el reino del plástico y el metal, menos aquel gesto. En el restaurante de Iannis iba de los dolmades al silencio de aquella mirada.

El aumento de la temperatura del agua ha diezmado la población de esponjas en el Mediterráneo. El agua caliente en exceso altera su metabolismo; respiran más y esto hace que agoten sus recursos y se debiliten por falta de defensas, lo que facilita que sean atacadas por microorganismos. Las esponjas que hasta mediados del siglo XX dieron fama al Dodecaneso apenas existen hoy y las supervivientes se exportan con el precio que pone el mercado a los bienes escasos. Probablemente aquel hombre hubiera conocido los días de gloria de esta extracción que daba de comer a familias enteras al tiempo que reventaba los cuerpos de muchos buzos. ¿Cuántas horas trabajará para llegar a fin de mes? ¿Y esa tendera, que a pesar de ser las 22 h, sigue detrás del mostrador? ¿Cuántas horas trabajan el camarero, la cocinera, el vendedor de excursiones necias, la heladera…? ¿Cuántas personas sostienen este paraíso artificial trabajando 12, 17 horas al día, supongo que con salarios precarios? Iannis empezó a contar que desde que Grecia fue obligada a pagar la deuda a los bancos europeos la mayoría de la ciudadanía no tiene vacaciones. ¡En qué barro más triste se sostiene nuestro tiempo de ocio!

El comentario me hizo levantar la vista. Fue entonces cuando me encontré con lo que callaban sus ojos verdes: “¿Cómo he llegado hasta aquí?”, parecían decir. “¿Dónde quedó la vida?”. Una inesperada oleada de respeto y compasión me llevó al recuerdo de Nikitas y Tommy. Los tres compartían el mismo silencio, el de la perplejidad que un ser humano siente ante el vacío que es capaz de crear. Sus restaurantes se pudrían lentamente rodeados de productos made in china y franquicias de grandes marcas. ¿Cómo fue que sus mesas ya no se llenaban? ¿Por qué la teta de la cabra se había secado?

“Hay una grieta en todo, sólo así entra la luz”. Mi inconsciente trajo el verso de Leonard Cohen a modo de respuesta. Iannis se había cambiado de mesa para defender el precio de su menú ante cuatro señoras que no terminaban de cuadrar sus cuentas. Los músculos de su brazo temblaban. La calma se le escapaba por los poros y con ella algo de su dignidad. ¿Por qué tenía que llegar al punto de repasar decenas de veces cada precio? “¿Cómo he llegado hasta esta selva?”, decía su cuerpo.

Oigo los gestos, no es un superpoder, forma parte de mi condición. Hace cinco años se me coló el viento en los oídos y desde entonces crea sus propias tormentas de intensidad variable entre mis sienes. Este íntimo fenómeno meteorológico hace que de vez en cuando vea el orden mudo de las cosas. El vuelo de ciertas aves, por ejemplo, se desnuda de sus trinos y se me ofrece como un acto silencioso, casi fantasmal, en medio de la sonora realidad. Puedo ver cómo el ave acaricia juguetonamente el aire mientras todo suena y me impulsa a mirar mis dedos y a dejar que mis manos jueguen en un pequeño cielo. Sucede lo mismo con el rumor de la brisa en la mies o al arrullo de un arroyo: al despojarse de su sombra auditiva quedan desmarcados del entorno y adquieren toda su presencia. Se trata de un mutismo etéreo, desgarrador en ocasiones, risueño en otras y capaz de aquietarme en medio del ruido, como en el restaurante de Iannis y días antes en el de Nikitas, en Symi

Al entrar en la bahía habíamos encontrado un barco encallado en la amarillenta costa caliza. Una lengua de tierra roja enmarcaba caprichosamente el pecio. Nikitas empezó a contar que había llegado a la isla en verano de 2015, desbordado de personas que huían de la guerra. Aquel agosto los huidos triplicaban la población de Symi y a pesar de ello sus habitantes no dejaron de atenderles. Existe una ley no escrita en las islas: un náufrago siempre es bienvenido. Apenas han pasado tres años y todo parece que ha vuelto a “la normalidad”, ya nadie habla de aquel episodio en la isla. Pero sentado junto a nosotros, en su tasca, Nikitas se mordió el labio al terminar de decir “todos somos humanos”. No creo que el corazón olvide, aunque la cabeza lo consiga, al menos no tan rápidamente.

Al abandonar Symi quise volver a la lengua de tierra roja que se volvía diana con el barco hundido en su centro; quería presentar mis respetos a ese monumento fortuito que recuerda a los miles de seres humanos que siguen atrapados en los campos de refugiados de Grecia.

La nave se dejó ver bajo el mudo vuelo de las aves, con toda su presencia. Navegar crea una armonía entre mi interior y mi exterior; en ambos lados reina el viento y también en ambos el agua de la vida fluye, no importa si pertenece al flujo de mi sangre o al del Mediterráneo. Cuando regreso a tierra, el Meltemi deja de agitar las velas pero no mis oídos, por eso en ocasiones logro percibir el aleteo de los seres humanos. En su terraza, a las afueras de Haraki (al este de Rhodes), Tommy nos mostró la fotografía de un pope que sonrió después de haber muerto. Imitó su gesto mientras decía: “Mereció la pena dejar Estados Unidos para venir a cuidar a mis padres”. Después calló, pero yo seguí escuchando: “Ahora todo se pudre, pero mereció la pena”.

Hay una grieta en todo… insiste mi inconsciente. La bóveda del antiguo mercado que nos cubría anoche apenas acoge un puñado de negocios en decadencia. La falta de control colectivo sobre el proceso de cambio del espacio ha dejado a los comerciantes sin defensas, como sucedió con las esponjas. Probablemente un grupo de inversores terminen transformándolo en un “lugar singular” regido por las leyes del mercado. Mientras tanto, Iannis, Nikitas y Tommy cuidan la albahaca de sus tiestos, abrazan y muestran las fotografías de sus seres queridos… y, así, mantienen abierta la grieta por la que entra la luz.

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Sobre el autor

Martha Zein
Me llamo Martha Zein, soy narradora. Utilizo múltiples lenguajes para contar el mundo. En el año 2000 empecé a desarrollar mi propia línea de producción y creación basada en la ecología y el cuidado bajo el sello Producciones Orgánicas. Con el tiempo me he convertido en una experta en estrategias narrativas. Comparto este conocimiento con quienes creen que no saben contar historias; les guío a través del juego, la imaginación y la delicadeza. Porque habito un barco 4 meses al año sé el poder que adquiere un viaje cuando se convierte en relato.

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2 comentarios

  • El 13.08.2018 , Juaqui ha comentado:

    ¿Por qué dice Rhodes? Es la isla de Rodas. En español es ese su nombre, archiconocido. La del coloso. La de los caballeros de San Juan de Rodas. ¿Quién habrá traducido así?

  • El 14.08.2018 , Mz ha comentado:

    Tienes razón. En castellano es Rodas. Pero en Rodas ves escrito el nombre en todas partes como Rhodes, en inglés. Quizás debiera haberlo puesto entre comillas o dar una explicación al respecto. La crónica gira sobre el impacto de esas leyes del mercado que cambian nuestras vidas y esas leyes estæn escritas en inglés y modifican hasta la forma de escribir el nombre de nuestras ciudades. Da como para otro artículo. Gracias por la apreciación.

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