09.04.2016

Patricio Pron: “Nuestra sociedad está impregnada por completo de la violencia política”

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Patricio Pron. Foto: Javier de Agustín.

Patricio Pron. Foto: Javier de Agustín.

Definida por el propio autor como su obra más actual e, incluso, su obra más política, ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’ representa el culmen literario en la trayectoria narrativa de Patricio Pron y el punto y final, como afirma el mismo Pron, de un proyecto narrativo iniciado en ‘El comienzo de la Primavera’ y seguido con ‘El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia’.

En la estela de autores como Vila-Matas, Cesar Aira o Alan Pauls, el escritor argentino Patricio Pron consigue redoblar todas las apuestas literarias que lo preceden para proponer una novela que, como sostenía acertadamente Juan Carlos Mainer, está llamada a ser –incluso ya lo es en el presente- una de las grandes novelas de los últimos años. Si bien es cierto que con sus anteriores trabajos, Patricio Pron había demostrado con creces la grandeza de su proyecto literario y sus dotes como narrador, con No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House) el autor se sitúa en lo más alto de las letras hispanas.

Te confieso que al preparar la entrevista temía centrar demasiado las preguntas en el aspecto político de la novela y dejar de lado lo literario. ¿Crees que tu novela se debe enfrentar a este riesgo y tú como autor a la petición de explicaciones más políticas que literarias?

Puede, pero es cierto que No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles es una novela que apunta hacia muchas direcciones y una de estas direcciones es la cuestión política: en un principio creía que estaba escribiendo una novela acerca del pasado, pero a lo largo de su escritura se produjeron hechos como el atentado a la Redacción de Charlie Hebdo y la posterior discusión acerca de los límites de la libertad de expresión, el recrudecimiento del enfrentamiento racial en Estados Unidos, la crisis humanitaria vinculada a los refugiados, que a pesar de lo que digan los medios no sucede a las puertas de Europa, sino en el corazón de Europa, o el endurecimiento de las leyes para limitar y prohibir la expresión política de los ciudadanos, no sólo en España, sino también en Francia e Italia. Todos ellos han dotado a la novela de singular actualidad hasta el punto de que posiblemente esta es la novela más contemporánea de todas las que he escrito. La novela, como te decía, apunta a muchas direcciones, pero tiene una naturaleza política y, además, a mí no me avergüenza ni me atemoriza hablar de cuestiones políticas, aunque sí es cierto que se trata de cuestiones que, en algunas ocasiones, hacen que la conversación derive más hacia el ámbito de lo político que hacia lo artístico.

El centro temático de la novela son los futuristas, un grupo de artistas y escritores que basaron su proyecto en la acción política y de transformación social y cultural.

Los futuristas fueron la primera vanguardia histórica, aquella que abrió las sendas que luego serían recorridas por el dadaísmo, el surrealismo, el accionismo vienés, el situacionismo, el arte contemporáneo e, incluso, las prácticas políticas en virtud de que las formas actuales de manifestación tienen tanto de performático como de político. Además, los futuristas fueron los primeros en plantear preguntas que nos preocupan aun hoy, como cuáles son los límites de la adhesión de un escritor o de un intelectual a la causa política o cuán cerca debe estar el autor del poder. Y, finalmente, los futuristas son aquellos que más lejos llegaron en la consecución del ideal vanguardista por excelencia que es el de integrar arte y vida.

Y puede que también el futurismo sea la vanguardia que menos presencia ha tenido con el paso del tiempo.

Al margen de que sus decisiones políticas hayan sido catastróficas, en primer lugar para ellos, y que a muchos de ellos esas decisiones políticas los hayan condenado y los hayan llevado a ser apartados de la historia literaria hasta el punto de ocupar la línea de sombra de la literatura europea de los últimos 50 años; el hecho es que se debe decir que los futuristas fueron consecuentes.

Tu novela se construye a partir de tres tiempos y de relatos: los escritores futuristas, los años del terrorismo rojo en Italia con las Brigate Rosse y las protestas contra la reforma laboral en la Italia del 2000. Tres momentos que se pueden definir por su idealismo y, al menos en el caso de los dos primeros, por ser dos idealismos políticos (el fascismo y el terrorismo de corte comunista) antitéticos y fracasados.

Sí, y creo que lo interesante es que los tres personajes que protagonizan esos tres momentos tengan que o hayan tenido que hacerse las mismas preguntas, cosa que pone de manifiesto que quizás caminamos en círculos a la par de la historia y que estamos imposibilitados de aprender de ella. Ahora bien, es posible también ver este movimiento en círculo de una forma menos pesimista y decir que aquello que hace la historia es que de generación en generación intentamos ofrecer nuevas respuestas a las mismas preguntas. El hecho de que la novela se haya escrito en estos días, que son días en los que asistimos, al menos en España, al surgimiento de nuevas fuerzas políticas, pone de manifiesto que al menos hay una nueva generación de activistas políticos y nuevas formas de concebir el hecho político.

Intuyo que consideras positiva esta regeneración política.

Es una magnífica noticia, independientemente de lo que se piense de estas nuevas fuerzas políticas. En virtud de aspectos centrales de la cultura española contemporánea, esta llegada de nuevas generaciones a la política ha sido particularmente dificultosa, ha sido perfectamente reprimida por un desinterés mayoritario por la política al tiempo que por un descrédito hacia las principales fuerzas políticas, pero también por un sistema educativo que obligaba a escoger entre una versión muy morigerada de la política o la religión, como si las dos fueran antitéticas y no formaran parte de lo mismo. Este tipo de fenómenos y los múltiples peajes que se han pagado con la Transición han llevado a que fuese dificultoso para las nuevas generaciones de españoles acceder a un conocimiento de lo político; esta batalla se está librando en estos días y creo que somos testigos afortunados de ella, en virtud también de que hemos pasado de ser testigos a ser actores, con las herramientas de las que disponemos, y esto incluye a los que escribimos libros y podemos participar en la discusión con los libros mismos.

En la novela planteas una reflexión acerca del acceso al conocimiento y sobre todo te interrogas acerca de qué es lo que conocemos y cómo lo político condiciona aquello que conocemos.

Efectivamente. Con No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles me interesaba incitar a la discusión en torno a una serie de preguntas, una de ellas era la cuestión sobre cómo sabemos que sabemos lo que sabemos, pregunta particularmente pertinente en el ámbito de la discusión acerca de la memoria histórica española. Como pone de manifiesto la novela en su mismo inicio, lo que recordamos no es precisamente aquello que sucedió y lo que denominamos la historia es sencillamente el ámbito en el cual se produce el enfrentamiento entre diversas fuerzas políticas que procuran interpretar el pasado de tal manera de construir un capital a construir en el presente. Y en relación a tu primera pregunta de cómo se habían apropiado diferentes personas del texto y de sus implicaciones políticas.

Sobre el hecho de poder asumir solo políticamente y desde distintas ópticas ideológicas tu novela…

La pregunta acerca de la memoria histórica ha sido una pregunta que me han realizado muchos periodistas que participan y que trabajan en medios que constituyen la continuación del ideal nacional-católico español. Estos periodistas insistían mucho en que condenase el intento de modificar el callejero de Madrid por parte de Manuela Carmena. Aun simpatizando con Carmena y su gestión, y de hecho la he votado, estando incluso completamente convencido de la necesidad de cambiar el callejero de Madrid, me parece una medida puramente cosmética hasta que no se abran las fosas donde yacen los muertos de la Guerra Civil Española. Ninguna sociedad se articula de forma satisfactoria si no es sobre tres premisas: verdad, memoria y justicia, pero la confusión entre historia y memoria o la confusión entre verdad y justicia no deberíamos dejarla pasar sin una discusión al respecto. Otra forma de apropiación política de mi novela y que tuvo lugar precisamente en el País Vasco está en relación con la violencia política.

¿En relación a legitimación de la violencia en cuestiones políticas?

Sí. Personalmente me interesa un poco la practicidad o impracticidad de la violencia en determinados contextos, pero es una cuestión que resultó ser candente en el País Vasco y los periodistas me preguntaban por mi opinión al respecto. Evidentemente, mi opinión es que mi opinión no importa, la literatura es inteligencia colectiva y lo que nosotros hacemos en el contexto de la literatura como fenómeno social es animar conversaciones de las que emerja una respuesta a nuestras propias preguntas. Sin embargo, entiendo que algunos periodistas se esperaban o bien una declaración explícita de apoyo a la violencia política o una declaración explícita de rechazo a la violencia política. Pero la realidad es mucho más compleja y me parece que cualquiera que tenga los ojos abiertos en este momento podrá comprender que nuestra sociedad está impregnada por completo de la violencia política, al menos como amenaza. Por no hablar de la violencia política que es ejercida de forma más sutil por las instituciones económicas y las instituciones políticas que le sirven de instrumento.

De hecho, hay muchas formas de violencia, algunas muy sutiles y perfectamente actuales.

La violencia cambia de naturaleza en determinados contextos y naturalmente sólo aquel a quien un banco no le haya quitado la casa, aquel que no haya perdido su trabajo y no encuentre otro o aquel que no sepa que es no poder estudiar por no poder pagar la universidad, solamente una persona que no haya padecido estos problemas, que son solo tres de los muchos que padece la actual sociedad, puede creer que no existe violencia en la sociedad o que esta sociedad está pacificada respecto a otras sociedades europeas y otros períodos. Por todo ello, me parece que, antes que decirles a mis amigos vascos si yo estoy a favor o en contra de la violencia política como herramienta de transformación, es más interesante ir más allá de la pregunta y pensar al margen de las opiniones para plantear un debate acerca de lo que significa la violencia política.

Es decir, mantenerse en el interrogante, algo que hace el último y más joven de los protagonistas: hereda y asume los interrogantes del pasado, pero no para dar respuesta, sino para cuestionarlos nuevamente.

Sí, aunque tampoco se tiene la oportunidad de formularse nuevas preguntas de forma racional. El caso del último miembro de la familia Linden es el caso de alguien que sencillamente no tiene la posibilidad de pensar sobre lo que piensa acerca de la violencia política, él sólo tiene que decidir si va a ser perpetrador de ella o no, si va a ser cómplice de ella o no.

Él se encuentra en un debate que los anteriores no tiene. Se pregunta acerca de su papel activo, una cuestión a la que los otros personajes, ya sea a finales de los años treinta o en los setenta, no se enfrentan: ellos tienen claro que su papel debe ser activo.

Las anteriores generaciones se enfrentaron a circunstancias en las que, creo yo, era más perentoria la necesidad de tomar posición; son circunstancias que por fortuna ni siquiera podemos imaginar, ante todo, porque no las hemos vivido: se trata, por un lado, de la Segunda Guerra mundial y, por otro lado, de la emergencia de nuevos activistas políticos que, habiendo nacido en la política en el 68, alrededor del Mayo francés, ven en torno al 1976 cómo se ha endurecido, sea la situación política sea la represión de las formas de disidencia, que por su parte se han radicalizado. Por fortuna, hoy día no tenemos que tomar las decisiones que toman los personajes que son testigos de esos momentos históricos puesto que vivimos en contextos muy distintos, en los que padecemos una violencia ejercida de formas mucho más sutiles. La violencia que experimentamos está supeditada al sitio del cual provengas: posiblemente esta novela hubiera sido muy diferente de haber yo permanecido en la clase baja a la que pertenezco por origen. En cualquier caso, los tres personajes comparten, también con el escritor futurista Luca Borello, la pregunta acerca de cuáles son las herramientas para dejar de ser meros espectadores de sus vidas y convertirse en actores y protagonistas de ellas.

Citas a Artaud: “Qué importa que este fuego puro se haya limitado a consumirse en sí mismo. Ha querido sinceramente ser puro”. ¿Lo importante es esa voluntad más allá del fracaso?

Creo que esta es una idea que estaba ya presente en Mis padres siguen subiendo en la lluvia; se trata de la idea de que al margen de los errores cometidos por la generación de activistas políticos, no solo argentinos o latinoamericanos en la década de los setenta, hay algo en el espíritu de esas decisiones que es puro y merece ser salvado. La pregunta sobre aquello qué hay que salvar está muy presente en todo lo que he escrito.

Luca Borello representa el ideal de salvar todo lo escrito, un ideal que nos lleva hasta Benjamin y a su Filosofía de la historia: rescatar aquello que la historia ha olvidado.

Esta novela es muy benjaminiana, incluso contra mi voluntad, aunque no me desagrada que sea así, qué duda cabe. Pero me sorprendió a mí mismo que la mirada histórica de los personajes fuera benjaminiana, sobre todo porque si bien hay escritores a los que les es muy útil escribir con un mapa previo, yo no escribo con ningún mapa, yo me dejo llevar por los personajes y las circunstancias que éstos viven. En este sentido, yo no sabía cómo se escribía una novela como esta, posiblemente de haberlo sabido no la habría escrito puesto que no habría experimentado a lo largo de la escritura la sorpresa y el asombro, que me parecen fundamentales en todo proceso de escritura. Así que efectivamente una de las tantas sorpresas que trajo la novela es que los personajes y las circunstancias en las que vivieron escaparon de mi control. Al mismo tiempo, aun creyendo conocer medianamente la historia europea, descubrí que había muchas cosas que desconocía y que existía toda una línea de sombra, representada por los escritores fascistas, algunas de cuyas obras merecen ser recuperadas, que desconocía completamente.

El redescubrimiento de una literatura fascista olvidada por la historia y a través de mecanismos narrativos que mezclan textos reales con textos y autores ficcionales a la novela de Bolaño: ‘La literatura nazi en América’.

Naturalmente, La literatura nazi en América es un referente para mí como para muchos lectores, una referencia a cuya inteligencia narrativa intentaba yo oponerle una apuesta redoblada: ante grandes textos de la historia literaria, uno puede adoptar dos actitudes antitéticas, o bien ignorarlos y fingir que no han existido o bien asumir su existencia, que nos ha mejorado como autores y como lectores, para tratar de redoblar la apuesta de los textos. En relación a La literatura nazi en América, mi apuesta era no disponer de las libertades temáticas que disponía Bolaño y ceñirme a los hechos históricos de tal manera que yo no me diese la licencia de inventar, sino que me obligaba a trabajar sobre material real que yo no podía manipular o podía manipular solo hasta cierto punto. Al mismo tiempo, creo que con No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles había un intento de trascender la identificación con la Literatura nazi en América remontándome a quienes fueron los maestros de esta forma específica de narrar y de intervenir en la escena literaria.

Referentes compartidos por Bolaño y por ti.

Bolaño y yo nos conocimos y mantuvimos una relación de amistad epistolar; compartimos además de unas cuantas desavenencias, muchas similitudes y afinidades, una de las cuales era nuestro reconocimiento y nuestra deuda con determinados maestros, el primero de los cuales es Borges.

La figura de Borges y, en concreto, su obra ‘Historia universal de la infamia’ está a la base de esa concepción literaria que compartíais y se ve en vuestras obras.

Efectivamente y, juntamente a Borges, está Georges Perec y sus listas.

¿Y Marcel Schwob con ‘Vidas imaginarias’?

Sí, obviamente, Schwob. Y también Marguerite Duras con la pregunta sobre cómo narrar; evidentemente está Enrique Vila-Matas, que es el autor con quien se ha vinculado No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, o Ricardo Piglia en referencia a los vínculos entre literatura e historia y por la figura de detective entendida como crítico literario. Son todas figuras con las que ha sido vinculada la novela, vinculación que me resulta muy placentera en cuanto todos ellos han sido mis maestros. Yo, sin embargo, creo que No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles está más vinculada con ciertas obras de Cesar Aira, de Mario Bellatin, de Sergio Chejfec e, incluso, con los últimos libros de Alan Pauls… Y me parece que limitarse a pensar este libro solamente en relación a Literatura nazi en América es un acto de pereza por parte de lectores que desconocen que la obra de Bolaño nace de una tradición muy específica que, como decíamos, se compone de nombres como Schwob, Alfonso Reyes, Borges, Pietro Citati, Hernano Cavazzoli, Max Aub…

Citabas a Cesar Aira, cuyo relato ‘El Congreso de Literatura’ es posible leer en diálogo con ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’. Respecto a ese relato, decía Aira: “No me limité a resolver especulativamente el enigma, sino que lo hice también en la práctica”. Tú haces lo contrario, redoblas su proyecto al plantear los enigmas para no resolverlos.

Es cierto, no lo había pensado. Aunque por otro lado, Cesar Aira tampoco lo resolvió, pero creo que son cuestiones que no se pueden resolver en tanto que hacen parte de cierta forma de la sociabilidad literaria que no han cambiado demasiado. Al documentarme sobre escritores fascistas y antifascistas del periodo para escribir No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, lo que me encontraba es que las discusiones correspondientes a un campo literario tenían su reflejo en el otro, como si ambos bandos estuvieran unidos por una especie de zeitgeist, un espíritu de la época. Al mismo tiempo, lo que veía y comprobaba es que si bien la literatura ha perdido parte de su peso social y se vea menos acuciada a conformar bandos o tomar partido en los debates políticos, la forma sociabilidad sigue siendo hoy la misma. Incluso aunque parezca disparatado, debo confesar que he vivido o he sido testigo de situaciones en congresos de literatura incluso más disparatados de los narrados en la novela.

No sé por qué no me extraña. En relación al espíritu de los escritores de aquellos años, un tema es cómo tomar partido y la necesidad de esta toma de partido.

Era un momento muy específico en el cual a los autores se les exigía que tomasen una participación activa, participación iniciada por los propios futuristas que, articulados como un partido, se unieron al Partido Fascista Italiano. Podemos pensar que los escritores ya no cumplen esta función, aunque las fuerzas políticas españolas, elección tras elección, intentan reclutar a los intelectuales para sumarlos a su causa, incluso a aquellos intelectuales que no somos formalmente españoles.

Existe la idea de que los intelectuales actúan como legitimadores de la causa política a la que se suman, la legitiman y le dan más valor.

Creo que es una idea errónea porque no hay un capital simbólico que yo poseyese que se fuese a desplazar a las manos de la fuerza política a la que yo diese mis simpatías. Asimismo, la literatura no supone ninguna instancia moral; mis compromisos políticos, mis convicciones políticas, que en el menor de los casos encuentran su reflejo en la literatura y que están puestas al servicio de producir efectos políticos a través de los libros, me conciernen en primer lugar solo a mí; nadie va a votar lo que diga que hay que votar y es muy afortunado que así sea.

Sin embargo, los efectos provocados por la literatura varían dependiendo del contexto, no hay efectos únicos y homogéneos. Pienso en Lugones: para los lectores españoles seguramente su lectura no está connotada por el particular viraje ideológico del autor, cosa que sucede en Argentina.

Sí, ciertamente, y en este sentido los efectos políticos que generan las obras literarias están a menudo desvinculadas de las intenciones del autor, las trascienden e, incluso, dignifican al propio autor: si una novela es una buena novela, ésta es mucho más inteligente que su autor. Como pone de manifiesto esta conversación, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles es una novela mucho más inteligente de lo que yo soy y, al margen de que esta afirmación pueda suponer un anticlímax o una completa decepción, está bien que sea así y está bien que la literatura produzca efectos al margen de la intencionalidad del autor. Al inicio de mi carrera pensaba que las obras reflejaban la mentalidad del autor, pero con el tiempo he comprobado que constituyen unos paradójicos espejos de doble faz: por una parte, el autor cree verse en ellos y, por otra parte, el lector se ve a sí mismo en ellos; y en la superposición del rostro del autor con aquel del lector emerge el verdadero rostro de la novela. En términos sociales, de las pocas razones que existe para ser escritor y para publicar es que, si uno es afortunado, los libros le son devueltos por los lectores dotados de un sentido que uno creía que sus libros no tenían o desconocía.

De ahí que ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’ se pregunte qué hubiera pasado si los textos fascistas hubiesen sido leídos sin conocer sus autores y su filiación política.

Hay un caso muy concreto y que el lector de esta conversación tendrá muy presente y que es el de Cristina Morales, que atribuyó a participantes del 15M unas declaraciones de Ramiro Ledesma sin que nadie reparase en esta atribución. Más allá de la inteligencia del juego llevado a cabo por Cristina, se pone de manifiesto una vez más que cuando se leen los textos sin tener en consideración las ideas más explícitamente políticas del autor y, por tanto, sin los prejuicios que se tienen sobre estas ideas, el resultado es que se produce una suspensión de las convicciones. Y toda la literatura es precisamente esto: suspender las convicciones para invitar a tener otras. En los últimos tiempos, en relación a No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, me he visto un poco obligado a decir, en primer lugar, que no soy un fascista, cosa que me parece algo bastante evidente, y, en segundo lugar, que es necesario escindir nuestro gusto literario por ciertos textos de los creadores, aceptando la dificultad inherente a ello y asumiendo que hacerlo no supone menos problemas que no hacerlo. Con ello, nos encontramos ante la paradoja de que autores que fueron muy revolucionarios a nivel estético, fueron conservadores en el plano político, como por ejemplo los propios futuristas.

O como Louis Ferdinand Céline.

En cambio, actualmente en el ámbito español, se encuentra fácilmente una serie de autores que podemos englobar en el progresismo, pero que escriben novelas profundamente conservadoras, incluso reaccionarias. La experiencia lectora, implicada en esta parte inventada que Rodrigo Fresán sostiene que es la mejor parte, cosa que comparto, se vería empobrecida si en nombre de las convicciones políticas de los autores nos viésemos obligados a renunciar a autores como Louis Ferdinand Céline, Ezra Pound, Filippo Tommasi Marinetti, etc… y si, a su vez, nos viéramos obligados a leer novelas decimonónicas, en mi opinión absurdas, porque sus autores son afines con nuestras ideas políticas.

Desde la crítica literaria, Jordi Gracia ha planteado un proyecto similar al que tu planteas desde la narrativa con la recuperación de autores franquistas como Sánchez Mazas o Dionisio Ridruejo.

Autores como Jordi Gracia, José Carlos Mainer o Andrés Trapiello han sido fundamentales para la escritura de este libro, precisamente porque en su reivindicación de una literatura olvidada hay, asimismo, también un gesto, creo yo, de complejización de la historia literaria y que constituye una invitación a pensar una vez más y entre todos quién escribe la historia y en nombre de quién.

A la pregunta en torno a quién escribe la historia, tú te enfrentas a través de la forma de la novela: la forma se hace contenido en tanto que la pluralidad de voces pone en discusión la existencia de un único y verídico relato.

Un periodista me preguntaba hoy qué autores habían sido fundamentales para escribir el libro y yo le contestaba que, más allá de los autores, muchos de ellos mencionados al final del libro, el motor de la novela era un cierto descontento hacia una división un tanto rutinaria entre textos, que bajo la pretensión de una supuesta apoliticidad y vanguardismo desdeñan los aspectos políticos de la literatura, y textos que se dicen deliberadamente políticos y prescinden por completo de la forma, olvidando que la política de los textos está en la forma. A mí me parecía que era pertinente cuestionar esta distribución canónica del procedimientos y estilos de la literatura hispanohablante, sobre todo porque estas dos tendencias, a pesar de sus diferencias y su enfrentamiento más o menos tácito, por su naturaleza apuntas a lo mismo: apuntan a una absoluta disponibilidad para el consumo, que equivale a una aceptación tácita de las reglas de mercado. Hay una dificultad inherente a No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles y es que, creo yo, propone jugar a partir de unas reglas que están a las antípodas de ese tipo de literatura.

Ya para concluir, ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’ es también una novela que reflexiona sobre la propia literatura.

Me recordaba Sergio del Molino que en un determinado momento un personaje dice que, al menos en relación a determinados periodos históricos, todo aquello que uno pueda contar es verdadero al tiempo que no es verosímil o es verosímil al tiempo que no es verdadero. Me parece un ejercicio de ventriloquía en tanto que un personaje había dicho algo que yo pensaba sin saberlo.

Patricio Pron presenta el sábado 9 de abril ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’ en la librería de No Llegiu de Barcelona (Pons i Subirá, 3). 13 horas.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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3 comentarios

  • El 09.04.2016 , Deus Carmo ha comentado:

    Há uma tendência dos críticos em diminuir a obra de arte se ela fala de política. Não há maior engano do que este, porque mesmo que não se fale política já se está fazendo política. Neste sentido, até o silêncio é uma posição política, uma opção. O homem é um bloco, não se divide, portanto, sua história há de ser contada na sua totalidade. Qualquer obra de arte que pretenda esconder uma faceta do ser humano é uma falsidade. Eu não conheço homem que não cague, não mije, nem chore. A história do homem é de grandezas e fraquezas e isto não pode ser escondido. Está de parabéns Patrício Pron por assumir corajosamente esta postura e escrever abertamente sobre política sem medo de ver uma crítica reacionária cair-lhe em cima. Parabéns Anna Maria Iglesia pela bela entrevista que conduziu.

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