08.11.2015

Periférica, literatura de todos los tiempos para entender el presente

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El editor Julián Rodríguez. Foto: Marta Zarco.

El editor Julián Rodríguez. Foto: Marta Zarco.

Hace nueve años, de la mano de Julián Rodríguez y Paca Flores, nacía Periférica, una editorial que se define por su independencia y por su continua y arriesgada apuesta por autores y obras que, desoyendo las leyes del mercado y de las modas, resultan indispensables para la comprensión crítica del presente. Con un fuerte y evidente compromiso socio-político y con una inquebrantable apuesta por la calidad literaria, Rodríguez y Flores han convertido Periférica en indudable punto de referencia para todo tipo de lectores. Hablamos con Julián Rodríguez, que define su editorial como ese lugar que acoge la literatura que no es miope, porque ve de cerca tanto como de lejos.

Sin demarcaciones temporales ni geográficas, Periférica apuesta por la literatura concebida como totalidad, los clásicos y los contemporáneos dialogan entre sí en un catálogo que busca la fricción entre autores y obras, que busca poner en contacto modos narrativos, estilos y épocas bajo dos principales criterios: dialogar con el presente y potenciar la literatura con mayúsculas, una literatura que, como ellos mismos dicen, puede no tener grandes ventas pero que es imprescindible.

Hay libros que deben publicarse sí o sí, y con coherencia en Periférica llevan nueve años embarcados en esta noble y necesaria causa.

Me gustaría empezar la entrevista preguntándote, Julián, cómo definirías el proyecto editorial de Periférica.

Creo que podemos decir con claridad y sin ser pedantes que Periférica es un proyecto intelectual que deviene en empresarial en cuanto que solamente a través de su configuración como empresa es posible sacar adelante los títulos que se quieren publicar y hacer perdurar en el tiempo el proyecto literario-intelectual iniciado. Periférica es, asimismo, un proyecto de riesgo, cuyos títulos son siempre títulos a contracorriente, títulos a través de los cuales se quiere dejar muy claro el lugar desde donde se edita. Por esto digo que Periférica es un proyecto intelectual, un proyecto reflexivo que quiere pensar este tiempo presente; de hecho, cuando recuperamos un autor del pasado lo hacemos porque su obra, si bien de siglos anteriores, dialoga con el presente y ofrece una visión del tiempo contemporáneo múltiple, distinta y sobre todo crítica. A estos elementos que debe poseer la obra publicada, cabe añadir evidentemente la belleza que es constitutiva de la alta literatura; además, creo que ha sido una de las pérdidas que es necesario reclamar, en tanto que sólo la disfruta la clase social privilegiada y es algo que debe estar al alcance de todos.

Tu definición del proyecto editorial Periférica deja entrever, tras la tarea y el compromiso literario, un fuerte y claro compromiso político-social.

Todos somos animales políticos; incluso quienes no quieren actuar nunca, también lo son. El propio desinterés por la política ya es político. Cuando hoy día una editorial propone un texto de Dickens que, indudablemente, será leído de forma muy dispar a como lo fue en su época, está haciendo una propuesta literaria y a la vez política. Esto, sin embargo, no quiere decir que nuestra propuesta progresista y crítica no vaya aparejada a la belleza, que es algo tan esencial como la verdad que un texto puede ofrecer. Para nuestro proyecto, nosotros no estamos interesados en absoluto en el maniqueísmo, nos interesan, por lo contrario, propuestas literarias que comprender y que se aproximan a las contradicciones que nos conforman.

En este sentido, el proyecto editorial responde a la definición que ofrecía Walter Benjamin de los tratados y que vosotros empleáis para describir vuestra colección de ensayos: el tono didáctico debe conjugarse con la belleza del texto, que debe huir por definición de todos los dogmatismo.

En efecto, las palabras de Benjamin resultan muy adecuadas para la colección de Pequeños Tratados, pero también para Periférica en su conjunto. La historia de la literatura y, en parte, la historia de la edición se ha construido a través de dogmas. Ante esto, yo soy partidario no tanto de un encuentro de contrarios, que me resultaría imposible, pero sí de un intento de comprender al otro y, por tanto, de una expresión de respeto hacia el otro. Bajo este punto de vista, la literatura me interesa en su totalidad, una totalidad en la que incorporo un autor como Celine que alza la voz a favor de algo que es desdeñable pero que, al mismo tiempo, compone una obra a través de la cual comprendemos que el verdadero horror no está en ella, sino en el espíritu del tiempo en el que se enmarcaba. Celine es la prueba del intento de comprender a ese otro y, a la vez, de cómo ese otro, a pesar de que sus textos sean ideológicamente desdeñables, te permite comprender su tiempo histórico.

Una característica de vuestro catálogo es que las obras literarias de ficción se entremezclan, no hay separación o subdivisión por colecciones a partir de criterios geográficos y temporales. Vuestro catálogo refleja la idea de la literatura como el todo que comentas.

Desde el primer momento consideramos que la manera de probar si un autor joven resultaba interesante era colocándolo al lado de sus referentes literarios, así como de los autores que le precedieron: cuando se pone en tensión una obra actual colocándola entre dos autores como, por ejemplo, Thomas Wolfe, que es fundamental para mí, y Elizabeth Smart, que es una autora amada y odiada, pero de una extraordinaria intensidad, lo que se consigue es poner en un problema al autor joven, como puede ser Yuri Herrera, a la vez que se crea un contexto en el cual la obra actual alcanza el mismo valor de lo clásico o de lo clásico contemporáneo. Si, por el contrario, publicáramos sólo autores actuales o sólo clásicos nos estaríamos negando a nosotros mismos como lectores, puesto que somos plurales y muy críticos. Y precisamente por esto creemos que un texto clásico se vuelve interesante en la actualidad también y sobre todo por su encuentro con la juventud y la literatura actual. Al mismo tiempo, es muy interesante observar cómo el escritor joven, cuando su obra es colocada en un contexto de clásicos contemporáneos, empieza a mirar a ese pasado al que se le asocia y no queda circunscrito al contexto actual y a su generación. De esta manera, el escritor joven se da cuenta de que su obra puede estar más conectada con la prosa de Benjamin Constant que con la de un autor de su tiempo.

Suelen decir los editores que, en el actual contexto literario y lector, lo más difícil es introducir un autor nuevo y que este sea acogido por los lectores. ¿Crees que a través del diálogo intertemporal que planteáis en vuestro catálogo es más fácil introducir autores jóvenes, puesto que para el lector se borra la distancia temporal?

Ante todo, creo que no resulta particularmente complicado proponer un autor nuevo si el lector cree en la editorial que lo publica y en sus propuestas. Toda editorial construye, bajo un determinado sello o marca, un catálogo en el que introduce una determinada serie de obras y de autores; cuando el lector reconoce el sello, cuando el lector confía en las propuestas de su catálogo, entonces, cuando se le propone un autor nuevo o completamente desconocido, se acercará a él con más facilidad y confiado. Por ejemplo, autores como Carlos Pardo y Vicente Valero, que nunca habían publicado prosa, han tenido un eco y un recibimiento crítico más que notable con gran número de reseñas positivas de sus obras. Muchos lectores, algunos evidentemente conociendo ya la obra poética de Pardo y Valero, se acercaron a sus obras en prosa precisamente porque confiaban en el catálogo de Periférica, confianza que evidentemente es respaldada por el trabajo y la calidad de los escritores.

Por tanto, ¿no ves mayor facilidad de llegar al público lector con autores ya consolidados y clásicos como Benjamín Constant o Dickens?

En realidad no; al contrario, diría que incluso ha sido, si no más fácil, sí más exitoso la propuesta de jóvenes escritores. Son ya nueve años de recorrido de Periférica, nueve años en los que hemos apostado por autores actuales de América Latina, así como de países del Este de Europa, como Rumanía; en cuanto a autores españoles, los primeros que publicamos fueron Carlos Pardo y Vicente Valero.

Precisamente, ahora que mencionas Rumanía, quisiera preguntarte sobre cómo accedes a los textos, sobre todo en aquellas lenguas que no lees: ¿confías en lectores o acudes a terceras traducciones?

Nosotros leemos directamente el inglés, el francés, el italiano y el portugués; cuando nos enfrentamos a otras lenguas, acudimos a traducciones ya existentes y que nos permiten la comprensión de la obra. En contadas ocasiones, nos ha llegado la traducción ya realizada al castellano por parte de un traductor que nos propone la publicación de una determinada obra que él considera indispensable. Este fue el caso de Una mujer en el frente, y no fue el único, aunque sí que son excepciones; por lo general, de los 20 títulos anuales, uno o dos pueden ser propuestas de traductores, normalmente traductores de la casa que conocen el catálogo de Periférica y saben lo que nos puede interesar.

Es decir, que para dar el aprobado a un texto para su publicación, tú debes haber leído o el original o la traducción.

Yo siempre digo, y te aseguro que no exagero, que cada texto que publico lo he leído cinco veces y por una razón muy concreta: Periférica somos una editorial muy pequeña y todos los libros los maqueto yo. Por tanto, leo los textos como editor y como maquetador: los leo en su lengua original, una vez que han sido traducidos, mientras los maqueto, en la fase de corrección y, ya por último, justo antes de ir a imprenta. Si el libro resiste cuatro o cinco lecturas seguidas, quiere decir que es un libro que merece; además, todas estas lecturas me permiten descubrir matices y valores que en una única lectura pasan desapercibidos. Incluso diría que hay veces que, a través de las relecturas, el texto que has decidido publicar te gusta cada vez más; hay veces que, con la voluntad de seguir la trayectoria de un autor, decides publicar una de sus obras, si bien sabes que no es de las más logradas. Luego, sin embargo, a lo largo de las relecturas, aquella falta de entusiasmo desaparece en tanto que descubres en el texto elementos en los que no te habías detenido antes. Y, evidentemente, hay obras, como la de Francois Suearu, El camino de los difuntos, que te entusiasman de la misma manera en la primera y en la última lectura.

‘El camino de los difuntos’ es una obra política e históricamente complicada que tiene como fondo la devolución a una España recién entrada en democracia de un etarra, al que Francia había dado asilo en los años sesenta. Junto a este libro, en tu catálogo encontramos ‘Los Bosnios’, novela que se adentra en el todavía reciente conflicto bélico del que ahora se ha celebrado su aniversario.

Yo leí la novela Los Bosnios en francés, y aunque se escribió originariamente en bosnio, el original no es en absoluto accesible, pues no ha quedado. Cuando decidimos, por tanto, publicarlo, no tuvimos otra opción que traducirlo directamente del francés. Aunque pueda parecer extraño, Los Bosnios entra en una línea que tenemos en Periférica que podríamos llamar “partidaria de la felicidad”, en la que también se inscribe una novela tan diferente como La librería ambulante, de Christopher Morley. Los Bosnios de Velibor Colic pertenece, al menos para nosotros, a esta línea de obras “partidarias de la felicidad”, porque es una novela que propone, desde la crudeza y la belleza narrativa, una incitación a la felicidad a la vez que obliga a detenerse en los desastres del mundo.

Unos desastres que, como también se percibe en la obra ‘Una mujer al frente’, de Alaine Polcz, trascienden el ámbito geográfico en el que se inscribe.

La obra de Velibor Colic es una obra lacerante que, aun circunscribiéndose en el conflicto bosnio, puede definirse como una obra paneuropea en tanto que la experiencia que relata nos concierne a todos y, además, es una obra que permite pensar en los conflictos bélicos más allá de un caso particular. Sin duda, el hecho de que la novela se inscriba en el conflicto bosnio la hace todavía más dura, puesto que se trató de un conflicto extremadamente cercano geográficamente y, por lo general, aunque sea erróneo, se tiende a pensar que por el hecho de que algo acontezca cerca de nosotros nos implica y nos concierne más que si pasara lejos.

‘Los Bosnios’, además, plantea la dificultad de narrar determinados hechos de extrema crueldad.

Adorno se preguntaba si era posible escribir después de Auschwitz y esta misma pregunta uno se la plantea frente una obra que aborda la crueldad de una guerra, marcada por el conflicto religioso, como fue la de Bosnia. ¿Cómo escribir sobre ello? Uno se lo pregunta hasta que coge el libro de Velibor Colic y admira la contención y el control sobre el estilo y sobre la narración. Es un libro que yo, al leerlo, lloré.

Si la bibliografía, ensayística y literaria, acerca de Auschwitz es extremadamente amplia, el conflicto bosnio, siendo tan reciente, parece haber sido olvidado. Sólo ahora, en su aniversario, parecen publicarse obras que abordan el tema.

Por esto era necesario publicar Los Bosnios. Había, además, que publicarlo también por vergüenza, por la vergüenza ante nuestra implicación en ese conflicto. Evidentemente, nosotros no somos corresponsables como los políticos, pero es necesario sacar a relucir esta historia. No podemos olvidar que hubo empresas de aerolíneas europeas que se lucraron llevando soldados a Bosnia, hubo un grupo de gente que escapó de la crisis económica que produjo la Guerra del Golfo con el conflicto de Bosnia. Y esto no es nuevo: tenemos ministros que venden armas, gente que se lucra con la guerra y con sus consecuencias. El de Bosnia es un conflicto geográfica y temporalmente tan cercano que era necesario publicar el libro de Velibor Colic y mostrar la más absoluta repulsa a todo lo que sucedió. Además, como tu decías, no sólo hay poca bibliografía sino que todavía hay medios, sobre todo los medios de derecha, que exculpan a Europa de lo que pasó, la exculpan y criminalizan a los bosnios: se excluye a Croacia por la belleza de sus playas y por el turismo que tiene, mientras que Bosnia está asociada a la pobreza e, incluso, a actos de violencia. Piensa en cuánto énfasis se hace en que muchos de quienes asaltan viviendas son ex militares bosnios. Es una pena que la atención pública y social no esté a la altura para ver qué pasó en Bosnia y cuáles son las consecuencias que todavía hoy se viven.

Retomando la labor de editor que antes comentabas, me gustaría hablar de las editoriales independientes, con editores reconocibles, con nombres y apellidos, en cierta manera como los antiguos editores de mesa.

Sí, es así, aunque no creo que sea un particular logro nuestro. Nosotros, Paca Flores y yo, tuvimos la suerte de recibir los consejos de Javier Cambronero que, en el momento en que nació lo que hoy es el grupo Contexto, en el que también está Impedimenta, Sexto Piso, Nórdica y Libros del Asteroide, nos señaló que la política de imagen que debíamos tener debía basarse en la personalización de cada sello y ligar cada proyecto a un nombre y a un apellido. Los lectores debían saber que detrás de cada proyecto editorial hay nombres y rostros que son perfectamente identificables. En Periférica, nos hemos dividido las tareas: yo me dedico principalmente a las relaciones con la prensa, mientras que Paca se dedica a las relaciones con las librerías. Otros amigos editores, de forma similar, también adoptaron esta misma idea, convencidos de que debían ligar su proyecto a un determinado rostro, sobre todo porque detrás de todos estos proyectos independientes no hay un gran emporio, pero sí un compromiso. Los editores de este tipo de editoriales somos hombres y mujeres orquesta que nos implicamos en todo el proceso de elaboración del libro; de ahí que difícilmente podamos hablar de los libros como de productos, término en cambio muy frecuente en ambientes empresariales.

Tú, además de ser editor, eres autor. Dos labores distintas y complementarias y a la vez dos maneras diferentes de leer. ¿Lee diferente el Julián Rodríguez autor que el Julián Rodríguez editor?

Sí y no. Ser editor, aunque hay casos en los que parece que no, implica un ejercicio de humildad continua; el editor es aquel que hace el trabajo para el autor y para los lectores y, por tanto, como editor tiene que ocupar un lugar no de imposición, sino de diálogo e interlocución. Asimismo, como editor te vuelves un lector más crítico, porque lees buscando textos para publicar que sean de buenos a excelentes. Y en cuanto al hecho de ser escritor y también editor, te diré que no sitúo escribir por encima de editar; al contrario, los libros que he publicado como editor me han producido tanta o más satisfacción que mis propios libros. En relación a la actividad lectora, nada hay más difícil que ser lector de uno mismo, así que ser editor te permite y te enseña a observar con distancia y apreciar los libros de los demás en toda su valía, sin un juicio tan tajante y tan duro como el que se tiende a dirigir hacia tus propias obras.

Podríamos decir que ser escritor es un valor añadido al oficio de editor…

Creo que el hecho de que yo sea también escritor hace que algunos autores comprendan mejor lo que yo les puedo decir en el momento de editar. Además, creo que el hecho de ser escritor me permite a mí leer los textos y comprender la óptica del escritor y, por tanto, me resulta más fácil comprender según qué cosas. Asimismo, en el momento de revisar una traducción y de pulir la prosa, ser escritor te aporta unas herramientas extras que te permiten no sólo comprender más profundamente los mecanismos del texto, sino rellenar lagunas o adaptar ciertos pasajes. De todas formas, por lo general, el editor es un intérprete, un hermeneuta del texto ajeno, yo en mi ejercicio como editor lo soy. Dicho esto, conocer, por ser escritor, los intríngulis y la fontanería del trabajo literario es un plus que el autor del texto que estás editando aprecia, pues hay una relación de mayor empatía y comprensión.

Hemos hablado de ti como autor y como editor, ahora me gustaría preguntarte acerca no sólo de la imagen y del lector que tiene en mente Julián Rodríguez en el momento de publicar.

Los medios suelen comentar que actualmente se lee peor que antes y se leen peores textos, pero no creo que sea exactamente así la realidad. Hoy se lee de una manera más plural, habrá a lo mejor el mismo número de lectores que antes, pero hay sin duda más libros y más variedad. Nosotros, desde Periférica, partimos de la idea de que todos los lectores son inteligentes y merecen este reconocimiento; eso sí, somos conscientes de que hay en nuestro catálogo determinados libros que no son para todos los lectores o, por lo menos, que no despertarán el interés de todo tipo de lector; hay libros que requieren un nivel de exigencia que no va a hacer que llegue a un número importante de lectores. Ante este hecho, hay compañeros nuestros que dicen que no hay que editar solamente para 500 lectores, sin embargo nosotros no estamos de acuerdo. Hemos publicado tiradas de sólo 500 libros porque creemos que hay un cierto tipo de literatura que tiene que sortear las barreras de los números y tiene que imponerse sobre el Nielsen. Consideramos que hay libros que deben publicarse independientemente de que no sean noticiables, de que no respondan al género de moda; son textos que deben sobreponerse a todos los obstáculos y deben imponerse sí o sí, tanto si venden 500 o 15.000 ejemplares. No podemos olvidar que no estamos en Francia, donde libros de los que aquí se venden 2.000 ejemplares allí alcanzan los 20.000.

En efecto, la tradición y el hábito lector que hay en Francia son incomparables con los nuestros.

Efectivamente. En el momento de publicar, nosotros no pensamos en un lector que está por debajo de nuestros conocimientos; al contrario, más bien pensamos en lectores que son como nosotros, puesto que no nos creemos ni mejores ni peores. Creemos que entre los lectores hay mucha variedad, y habrá algunos lectores que se interesarán por algunos de nuestros títulos y no por otros. Al inicio te hablaba de Elizabeth Smart; en distintas presentaciones he visto cómo había lectores de nuestro catálogo absolutamente entusiasmados con él y otros en cambio que lo rechazaban absolutamente.

Antes decías que hay obras que se tienen publicar sí o sí. Por tanto, ¿las cuestiones y argumentos literarios se imponen siempre ante los parámetros económicos en el momento de escoger qué publicar y qué no?

Siempre. Nosotros siempre hemos publicado sin contar con el mercado. Doy una clase en el máster de edición de la Pompeu Fabra y siempre dedico parte de la clase a hablar sobre cómo editar en contra del mercado. A los marketinianos les parecerá terrorífico esto de editar en contra del mercado y, sin embargo, para mí es parte de la obligación del editor literario de todos los tiempos. A los alumnos siempre les digo que del oficio de editor he aprendido más leyendo las cartas de Pavese a los correctores de lo que podría haber aprendido en cualquier universidad. He aprendido mucho a través de la figura de Einaudi, un editor que creía que la editorial construía también el país: estaba convencido de que la editorial tenía y debía tener una función fundamental y un compromiso. A partir de Einaudi, me gusta definir Periférica como una ONG para nosotros, como un partido político y asociación que permite actuar en el presente. Periférica es también el lugar desde donde lanzar y promover el trabajo de escritores que no tienen cabida en otros sellos y el lugar para recuperar una parte de la literatura que no es miope y que, por tanto, ve de cerca tanto como de lejos. Evidentemente, a todos estos elementos debe añadirse la voluntad de venta, porque es inútil publicar si luego no se hace el esfuerzo de vender; sin embargo, somos conscientes de que algunos de los que publicamos darán pérdidas y, pese a ello, los publicamos.

Supongo, por tanto, que se trata de hacer un constante equilibrio entre voluntad de publicación y números.

Exacto, es lo que hacemos Paca y yo cuando cerramos el catálogo de una temporada. Un balance que parte de la conciencia de que algunas de las obras, entre las 20 que publicamos cada año, nos darán números rojos. Como te decía antes, hay obras que aunque te aseguren pérdidas deben imprescindiblemente publicarse. Hay novelas cuya publicación es indiscutible.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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3 comentarios

  • El 09.11.2015 , Julián ha comentado:

    Gracias, Anna Maria!

  • El 09.11.2015 , Maria ha comentado:

    En Francia se lee mucho, solo hace falta entrar en una biblioteca o librería para darse cuenta de ello, pero además se vende mucho, entre otras cosas, porque lo libros son más baratos, es fácil encontrar libros por 3 euros. Lo normal es que un libro cueste entre 8-11 euros, en España esa cifra sube a 18-20. En Francia puedo entrar en una librería y salir con 5 libros sin embargo en España me es imposible, por lo que compro menos.

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